Razón Española, nº 115; FERNANDEZ DE LA MORA, EN EL RECUERDO

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por José Lois Estévez

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FERNANDEZ DE LA MORA, EN EL RECUERDO

Nos conocimos en 1936, como un efecto más del Movimiento Nacional, en Mondariz Balneario, en donde, impensadamente, nos había hecho coincidir una buena fortuna. El había veraneado en Poyo, junto con sus padres y hermana, en el hermoso Pazo que allí tenían, frente al Convento Mercedario. Los azares de la guerra, al impedirles regresar a Madrid, les obligaron a substituir los Colegios en que habían estudiado sus hijos. Para Gonzalo eligieron el del Apóstol Santiago, de la Compañía de Jesús, en el que yo llevaba ya cuatro años internado, por haber seguido a los Padres durante su exilio en Portugal.

Algo más joven que yo, estudiaba Gonzalo tercero de bachillerato cuando a mi me correspondía el cuarto curso. Pronto despertaron nuestra amistad el compartido desdén por los deportes y otros juegos, al lado de aficiones literarias comunes. Solíamos pasear juntos durante los recreos, que aprovechábamos para comentar nuestras lecturas, no siempre coincidentes; pero sí propias para cambiar impresiones. Y nos recitábamos los textos que suscitaban en nosotros algún asombro, a veces ingenuo, o cuya musicalidad nos producía el más vivo deleite. Permanecimos juntos durante tres cursos, hasta que yo finalicé el bachillerato; pero la gran amistad iniciada entonces la conservamos siempre, sin ningún altibajo.

Recuerdo alguno de nuestros coloquios. El sentía ferviente admiración por la prosa de Gabriel Miró, cuyas figuras de la Pasión del Señor leíamos calmosamente por un delicioso paseo que terminaba bordeando el río Tea. No menos entusiasmo sentía por Valle Inclán, cuyos armoniosos períodos alcanzaban a seducirlo. También -ya entonces-experimentaba la atracción de Ortega, a quien comenzaba a tomar como modelo en fondo y forma. Pero su autor predilecto, sin ninguna duda, era Cervantes, cuyo Quijote leía con una asiduidad que le permitía recitar muchos pasajes de memoria. Era una afición que compartíamos y que nos llevó -a iniciativa suya- a desafiarnos, ante unas pocas líneas escritas, a identificar el lugar en que se hallaban de la gran obra.

Nos recitábamos igualmente los poemas que nos parecían más sorprendentes o emocionantes. Algunos, de autores clásicos como Garcilaso, Herrera, FrayLuis, San Juan de la Cruz, Lope de Vega, Góngora, Quevedo, aprendimos a conocerlos seleccionando a menudo sus versos más incitantes. Entre los más modernos, Rubén Darío y Juan Ramón nos fascinaban. Azul, Prosas Profanas, Cantos de Vida y Esperanza y la Segunda Antología Poética casi nos las sabíamos de memoria. Cuando me dedicó un ejemplar de Laína, teniendo presentes nuestros coloquios, los rememoraba así: «Con nostalgia de las horas jóvenes en que nos declamábamos a Cervantes, Miró y Rubén…»

Estaba claro que ambos acusábamos con fuerza vocación de escritores. ¿Hasta qué punto aquellas conversaciones influyeron en nuestros gustos y estilos? Evidentemente, algún poso hubo de quedar, pues no hay manera mejor de aprender que el diálogo comprensivo entre verdaderos aficionados. Por otra parte, ninguno de los dos pudimos olvidar jamás aquellas charlas. En sus memorias Río Arriba el ya maduro filósofo y siempre excepcional prosista, las evoca, no sin añoranza. Recuerda igualmente que su primera publicación la hizo a instancias mías, antes de terminar su bachillerato, cuando, por sabe Dios qué azares, hube de asumir la dirección de la Revista universitaria Abrente.

Su estilo entonces (¡no debemos olvidar que andaba por los dieciséis años!) respondía a cierta tendencia barroca. Todavía se dejaba llevar de su imaginación exhuberante. Acumulaba los adjetivos y cultivaba la sonoridad de los párrafos. Pocos años después, cuando a fines de 1944 publica Paradoja, ha embridado ya su propensión a la sobreabundancia. Su fantasía (¿cómo no?) sigue dominando sus formas de expresión; pero ya se ve refrenada por un esfuerzo consciente de condensación y simplicidad.

Este primer libro revela otra cosa: Que el escritor no tiene claro aún cuál será el rumbo de su vida. Vuela alrededor, atisbando dónde ha de posarse.

Decía: «Lo útil es descubrir un nuevo principio energético, una fórmula que resuelva los más arduos problemas, una dimensión desconocida, una teoría del átomo que conmueva el mundo desde sus entrañas. En las ciencias exactas hay sin duda un horizonte inmenso para la genialidad, para lo nuevo, lo positivo. Pero yo leo libros de ensayo y no puedo zambullirme en las fórmulas de Einstein. Si me asomo a la platina de un microscopio es para sorprender un mosaico tembloroso de campánulas, bastones, rosarios y motas impalpables. Mi visión es ingenua…».

Cuando, años después, escribe Laína, su estilo se ha depurado y enriquecido; su vocabulario se revela ya selecto y opulento; pero su elocución menos contenida. La imaginación le puede una vez más y se nos muestra de nuevo propenso al barroquismo. Sus más íntimas tendencias le desbordan. Parece que su vocación de escritor trata de decidirse por la novela. Pero contaba a la sazón unos veinte años. Y habiendo sufrido la influencia de los estudios filosófico-jurídicos, pugnaba por definir sus aspiraciones vitales. No deja, pese a eso, de ser sintomático que Laína no se publicara hasta 1994.

En cambio, en 1952 aparece La quiebra de la razón de Estado, una magnífica conferencia que, a mi juicio, dará la definitiva orientación a su vida. A partir de este primer trabajo científico relevante su riquísima prosa didáctica queda perfectamente establecida y el autor habrá encontrado el filón de donde extraer el germen de sus ideas filosófico-políticas.

No mucho después publica en el Boletín de la Universidad de Santiago (otra vez a petición mía) su polémico estudio sobre El Tri-bunal de Nürenberg y la Iglesia, que en la España de entonces da prueba de su valor e independencia de criterio. Cumple a la sazón treinta años y su personalidad está ya cabalmente formada. Maeztu y la teoría de la revolución, de 1956; La política exterior de España, 1961; y, sobre todo, El crepúsculo de las Ideologías, 1965, acusan en toda su plenitud la genialidad de su prosa científica y la hondura de su pensamiento político.

En lo sucesivo serán muchas, variadas e importantes otras publicaciones suyas. Pero los cimientos tendidos consentían ya clarísimos augurios de cuanto estaba llamado a realizar en todo el curso de su vida. Tanto en sus perspectivas teóricas como en los cargos políticos que desempeñó, se comportó después con el mayor acierto y fidelidad a sus principios.

Permítaseme terminar recordando una anécdota premonitoria. En los años de Colegio, hacíamos una vez, junto con otros compañeros, una excursión en autobús a Vigo. En las inmediaciones de Rande hablábamos con el Profesor que nos acompañaba de los galeones, supuestamente cargados de oro, que habían sido hundidos allí por los ingleses. Bajamos para observar el lugar y alguno sugirió lo cerca que quedaban ambas orillas. ¡Qué fácil sería construir un puente que las uniera!, fue el comentario que se hizo. ¿Quién nos diría entonces que, tiempo después, desde el Ministerio de Obras Públicas, Fernández de la Mora cumpliría el designio de llevar a cabo la gran empresa? Por años nos hemos servido de la ingente obra de ingeniería que él logró realizar.

La remembranza de aquellos versos que, según la tradición, dedicó Virgilio al plagio de Batilo, parece inesquivable en nuestro caso:

Ego versiclos fecit, tulit alter honores…

¡No quisiera que su Galicia entrañable olvidara jamás a quién debe la feliz iniciativa de construir el puente que flanquea en Rande la ría viguesa!

Por José Lois Estévez



 

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