FERNANDEZ DE LA
MORA, EN EL RECUERDO
Nos
conocimos en 1936, como un efecto más del Movimiento
Nacional, en Mondariz Balneario, en donde,
impensadamente, nos había hecho coincidir una buena
fortuna. El había veraneado en Poyo, junto con sus
padres y hermana, en el hermoso Pazo que allí tenían,
frente al Convento Mercedario. Los azares de la guerra,
al impedirles regresar a Madrid, les obligaron a
substituir los Colegios en que habían estudiado sus
hijos. Para Gonzalo eligieron el del Apóstol Santiago,
de la Compañía de Jesús, en el que yo llevaba ya
cuatro años internado, por haber seguido a los Padres
durante su exilio en Portugal.
Algo más joven que yo, estudiaba Gonzalo tercero de
bachillerato cuando a mi me correspondía el cuarto
curso. Pronto despertaron nuestra amistad el compartido
desdén por los deportes y otros juegos, al lado de
aficiones literarias comunes. Solíamos pasear juntos
durante los recreos, que aprovechábamos para comentar
nuestras lecturas, no siempre coincidentes; pero sí
propias para cambiar impresiones. Y nos recitábamos los
textos que suscitaban en nosotros algún asombro, a veces
ingenuo, o cuya musicalidad nos producía el más vivo
deleite. Permanecimos juntos durante tres cursos, hasta
que yo finalicé el bachillerato; pero la gran amistad
iniciada entonces la conservamos siempre, sin ningún
altibajo.
Recuerdo alguno de nuestros coloquios. El sentía
ferviente admiración por la prosa de Gabriel Miró,
cuyas figuras de la Pasión del Señor leíamos
calmosamente por un delicioso paseo que terminaba
bordeando el río Tea. No menos entusiasmo sentía por
Valle Inclán, cuyos armoniosos períodos alcanzaban a
seducirlo. También -ya entonces-experimentaba la
atracción de Ortega, a quien comenzaba a tomar como
modelo en fondo y forma. Pero su autor predilecto, sin
ninguna duda, era Cervantes, cuyo Quijote leía con una
asiduidad que le permitía recitar muchos pasajes de
memoria. Era una afición que compartíamos y que nos
llevó -a iniciativa suya- a desafiarnos, ante unas pocas
líneas escritas, a identificar el lugar en que se
hallaban de la gran obra.
Nos recitábamos igualmente los poemas que nos parecían
más sorprendentes o emocionantes. Algunos, de autores
clásicos como Garcilaso, Herrera, FrayLuis, San Juan de
la Cruz, Lope de Vega, Góngora, Quevedo, aprendimos a
conocerlos seleccionando a menudo sus versos más
incitantes. Entre los más modernos, Rubén Darío y Juan
Ramón nos fascinaban. Azul, Prosas Profanas, Cantos de
Vida y Esperanza y la Segunda Antología Poética casi
nos las sabíamos de memoria. Cuando me dedicó un
ejemplar de Laína, teniendo presentes nuestros
coloquios, los rememoraba así: «Con nostalgia de las
horas jóvenes en que nos declamábamos a Cervantes,
Miró y Rubén
»
Estaba claro que ambos acusábamos con fuerza vocación
de escritores. ¿Hasta qué punto aquellas conversaciones
influyeron en nuestros gustos y estilos? Evidentemente,
algún poso hubo de quedar, pues no hay manera mejor de
aprender que el diálogo comprensivo entre verdaderos
aficionados. Por otra parte, ninguno de los dos pudimos
olvidar jamás aquellas charlas. En sus memorias Río
Arriba el ya maduro filósofo y siempre excepcional
prosista, las evoca, no sin añoranza. Recuerda
igualmente que su primera publicación la hizo a
instancias mías, antes de terminar su bachillerato,
cuando, por sabe Dios qué azares, hube de asumir la
dirección de la Revista universitaria Abrente.
Su estilo entonces (¡no debemos olvidar que andaba por
los dieciséis años!) respondía a cierta tendencia
barroca. Todavía se dejaba llevar de su imaginación
exhuberante. Acumulaba los adjetivos y cultivaba la
sonoridad de los párrafos. Pocos años después, cuando
a fines de 1944 publica Paradoja, ha embridado ya su
propensión a la sobreabundancia. Su fantasía (¿cómo
no?) sigue dominando sus formas de expresión; pero ya se
ve refrenada por un esfuerzo consciente de condensación
y simplicidad.
Este primer libro revela otra cosa: Que el escritor no
tiene claro aún cuál será el rumbo de su vida. Vuela
alrededor, atisbando dónde ha de posarse.
Decía: «Lo útil es descubrir un nuevo principio
energético, una fórmula que resuelva los más arduos
problemas, una dimensión desconocida, una teoría del
átomo que conmueva el mundo desde sus entrañas. En las
ciencias exactas hay sin duda un horizonte inmenso para
la genialidad, para lo nuevo, lo positivo. Pero yo leo
libros de ensayo y no puedo zambullirme en las fórmulas
de Einstein. Si me asomo a la platina de un microscopio
es para sorprender un mosaico tembloroso de campánulas,
bastones, rosarios y motas impalpables. Mi visión es
ingenua
».
Cuando, años después, escribe Laína, su estilo se ha
depurado y enriquecido; su vocabulario se revela ya
selecto y opulento; pero su elocución menos contenida.
La imaginación le puede una vez más y se nos muestra de
nuevo propenso al barroquismo. Sus más íntimas
tendencias le desbordan. Parece que su vocación de
escritor trata de decidirse por la novela. Pero contaba a
la sazón unos veinte años. Y habiendo sufrido la
influencia de los estudios filosófico-jurídicos,
pugnaba por definir sus aspiraciones vitales. No deja,
pese a eso, de ser sintomático que Laína no se
publicara hasta 1994.
En cambio, en 1952 aparece La quiebra de la razón de
Estado, una magnífica conferencia que, a mi juicio,
dará la definitiva orientación a su vida. A partir de
este primer trabajo científico relevante su riquísima
prosa didáctica queda perfectamente establecida y el
autor habrá encontrado el filón de donde extraer el
germen de sus ideas filosófico-políticas.
No mucho después publica en el Boletín de la
Universidad de Santiago (otra vez a petición mía) su
polémico estudio sobre El Tri-bunal de Nürenberg y la
Iglesia, que en la España de entonces da prueba de su
valor e independencia de criterio. Cumple a la sazón
treinta años y su personalidad está ya cabalmente
formada. Maeztu y la teoría de la revolución, de 1956;
La política exterior de España, 1961; y, sobre todo, El
crepúsculo de las Ideologías, 1965, acusan en toda su
plenitud la genialidad de su prosa científica y la
hondura de su pensamiento político.
En lo sucesivo serán muchas, variadas e importantes
otras publicaciones suyas. Pero los cimientos tendidos
consentían ya clarísimos augurios de cuanto estaba
llamado a realizar en todo el curso de su vida. Tanto en
sus perspectivas teóricas como en los cargos políticos
que desempeñó, se comportó después con el mayor
acierto y fidelidad a sus principios.
Permítaseme terminar recordando una anécdota
premonitoria. En los años de Colegio, hacíamos una vez,
junto con otros compañeros, una excursión en autobús a
Vigo. En las inmediaciones de Rande hablábamos con el
Profesor que nos acompañaba de los galeones,
supuestamente cargados de oro, que habían sido hundidos
allí por los ingleses. Bajamos para observar el lugar y
alguno sugirió lo cerca que quedaban ambas orillas.
¡Qué fácil sería construir un puente que las uniera!,
fue el comentario que se hizo. ¿Quién nos diría
entonces que, tiempo después, desde el Ministerio de
Obras Públicas, Fernández de la Mora cumpliría el
designio de llevar a cabo la gran empresa? Por años nos
hemos servido de la ingente obra de ingeniería que él
logró realizar.
La remembranza de aquellos versos que, según la
tradición, dedicó Virgilio al plagio de Batilo, parece
inesquivable en nuestro caso:
Ego versiclos fecit, tulit alter honores
¡No quisiera que su Galicia entrañable olvidara jamás
a quién debe la feliz iniciativa de construir el puente
que flanquea en Rande la ría viguesa!
Por José Lois Estévez
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