Razón Española, nº 115; RAZON DE ESPAÑA

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por José Luis Barceló

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RAZON DE ESPAÑA

El fallecimiento de Gonzalo Fernández de la Mora cierra una etapa de la historia de las ideas en España, pues probablemente se trate del último intelectual que luchó abierta y desacomplejadamente por una idea de España coherente con su más inmediato pasado. ¿Se puede ser español sin complejo? Gonzalo sí lo fue y, además, abiertamente. Muchos de sus detractores, entre los que se encuentran no pocos envidiosos de la actual derecha española, nunca entendieron su retirada voluntaria de la escena política española, como Luis María Ansón, quien sostiene que fue en gran parte «malogrado» por no haber sabido «aguardar» a los tiempos de la Transición española, desde las posturas monárquicas que siempre inspiraron su moral política. Rafael Borrás dice que era un «monárquico sin rey», y Darío Valcárcel lo denomina un «gran intelectual autoritario». Son, en cualquier caso, definiciones muy parciales para un hombre tan complejo como Fernández de la Mora, que nada desde el integrismo monárquico, hasta la construcción de un nuevo ideario mundial de la derecha, de la mano de sus intercambios intelectuales, entre otros, con Carl Schmidt, gran ideólogo de la derecha europea.

Ciertamente no puede echarse en cara a una persona su retirada voluntaria, cuando no comparte el devenir de los acontecimientos que le rodeaban y en los que, en gran parte, era protagonista en primera persona. Su apartamiento, pues, nada oportunista y desde luego coherente con su trayectoria. Fernández de la Mora renegó de una situación histórica y política dada, lo contrario a lo que hicieron muchos alzados a la vida pública contemporánea, cuando devienen de los mismos trances históricos que Fernández de la Mora. La definición que encuadra más con Fernández de la Mora es la del intelectual ilustrado obligado en el cumplimiento del servicio al Estado. En témminos genéricos, puede que sea cierto que en los gobiernos de Franco hubo políticos-técnicos; Fernández de la Mora así lo fue. Su gran ilusión por España y por la defensa de los pilares de la cultura europea le llevan a hacerse esa especie de «hara-kiri» de 1978, en que se retira solo para «pensar y escribir», lo que cumple fielmente hasta el último de sus días terrenos.

Gonzalo fue un impecable diplomático y funcionario al servicio del Estado, al que sirvió decenas de años desde todos los puestos que se le encargaron. Su ascenso a Ministro de Obras Públicas lo ejerció con el mismo brío técnico que sus anteriores puestos, aplicando la máxima de que el Estado no «debe justificarse por la fe al modo luterano, sino por sus obras al modo romano».

Fuertemente influido por las corrientes de pensamiento monárquico anidadas en Acción Española, que propagaba el pensamiento tradicional español con el liderazgo de Ramiro de Maeztu, era también heredero intelectual de Menéndez Pelayo, Eugenio Vegas, Maurras o Zubiri y, en la forma de pensar, deveniente directo del iusnaturalismo, del pensamiento clásico y de la lógica griega, llevando hasta sus últimas consecuencias el esquema dialéctico del pensamiento científico. Y sin que él mismo lo sospechara, cierto paralelismo con el sincretismo entre el mundo real y el de las ideas que propone Hegel, ya que en Fernández de la Mora se yuxtaponen en el mismo plano el mundo real y el ideal, teniendo el Ser Humano que vivir de una única forma veraz y coherente tanto con su pasado, que arranca de su familia y de la historia más reciente de la colectividad, como con su futuro, que debe ser impulsado por la propia persona con el fin de obtener los mejores resultados tanto para sí, como para su familia, como para la propia colectividad en la que vive. ¿Es real esa idealización de la vida? Fernández de la Mora cumplió a rajatabla con ese principio y lo hizo creíble en primera persona.

Ahora queda su legado de pensamiento, que deberá ser sometido a análisis y contraste por las generaciones futuras como parte inexcusable del pensamiento político de la España del siglo XX y la de toda una retahíla de nuevos pensadores jóvenes de la generación de 1960,--no la suya, tampoco la de los actuales gobernantes- que le siguen y le estudian. En muchos de ellos sentó escuela, por la breve pero fecundísima relación personal que mantuvieron con Femández de la Mora y de la que se sienten verdaderamente orgullosos, en ese mismo estilo clásico de Maestro y discípulo de la que los griegos disfrutaron tanto y que era, en definitiva, en la que Gonzalo se sentía verdaderamente realizado e inmortalizado con mucha mayor fidelidad que en su vasta obra escrita.

José Luis Barceló



 

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