RAZON DE ESPAÑA
El
fallecimiento de Gonzalo Fernández de la Mora cierra una
etapa de la historia de las ideas en España, pues
probablemente se trate del último intelectual que luchó
abierta y desacomplejadamente por una idea de España
coherente con su más inmediato pasado. ¿Se puede ser
español sin complejo? Gonzalo sí lo fue y, además,
abiertamente. Muchos de sus detractores, entre los que se
encuentran no pocos envidiosos de la actual derecha
española, nunca entendieron su retirada voluntaria de la
escena política española, como Luis María Ansón,
quien sostiene que fue en gran parte «malogrado» por no
haber sabido «aguardar» a los tiempos de la Transición
española, desde las posturas monárquicas que siempre
inspiraron su moral política. Rafael Borrás dice que
era un «monárquico sin rey», y Darío Valcárcel lo
denomina un «gran intelectual autoritario». Son, en
cualquier caso, definiciones muy parciales para un hombre
tan complejo como Fernández de la Mora, que nada desde
el integrismo monárquico, hasta la construcción de un
nuevo ideario mundial de la derecha, de la mano de sus
intercambios intelectuales, entre otros, con Carl
Schmidt, gran ideólogo de la derecha europea.
Ciertamente no puede echarse en cara a una persona su
retirada voluntaria, cuando no comparte el devenir de los
acontecimientos que le rodeaban y en los que, en gran
parte, era protagonista en primera persona. Su
apartamiento, pues, nada oportunista y desde luego
coherente con su trayectoria. Fernández de la Mora
renegó de una situación histórica y política dada, lo
contrario a lo que hicieron muchos alzados a la vida
pública contemporánea, cuando devienen de los mismos
trances históricos que Fernández de la Mora. La
definición que encuadra más con Fernández de la Mora
es la del intelectual ilustrado obligado en el
cumplimiento del servicio al Estado. En témminos
genéricos, puede que sea cierto que en los gobiernos de
Franco hubo políticos-técnicos; Fernández de la Mora
así lo fue. Su gran ilusión por España y por la
defensa de los pilares de la cultura europea le llevan a
hacerse esa especie de «hara-kiri» de 1978, en que se
retira solo para «pensar y escribir», lo que cumple
fielmente hasta el último de sus días terrenos.
Gonzalo fue un impecable diplomático y funcionario al
servicio del Estado, al que sirvió decenas de años
desde todos los puestos que se le encargaron. Su ascenso
a Ministro de Obras Públicas lo ejerció con el mismo
brío técnico que sus anteriores puestos, aplicando la
máxima de que el Estado no «debe justificarse por la fe
al modo luterano, sino por sus obras al modo romano».
Fuertemente influido por las corrientes de pensamiento
monárquico anidadas en Acción Española, que propagaba
el pensamiento tradicional español con el liderazgo de
Ramiro de Maeztu, era también heredero intelectual de
Menéndez Pelayo, Eugenio Vegas, Maurras o Zubiri y, en
la forma de pensar, deveniente directo del
iusnaturalismo, del pensamiento clásico y de la lógica
griega, llevando hasta sus últimas consecuencias el
esquema dialéctico del pensamiento científico. Y sin
que él mismo lo sospechara, cierto paralelismo con el
sincretismo entre el mundo real y el de las ideas que
propone Hegel, ya que en Fernández de la Mora se
yuxtaponen en el mismo plano el mundo real y el ideal,
teniendo el Ser Humano que vivir de una única forma
veraz y coherente tanto con su pasado, que arranca de su
familia y de la historia más reciente de la
colectividad, como con su futuro, que debe ser impulsado
por la propia persona con el fin de obtener los mejores
resultados tanto para sí, como para su familia, como
para la propia colectividad en la que vive. ¿Es real esa
idealización de la vida? Fernández de la Mora cumplió
a rajatabla con ese principio y lo hizo creíble en
primera persona.
Ahora queda su legado de pensamiento, que deberá ser
sometido a análisis y contraste por las generaciones
futuras como parte inexcusable del pensamiento político
de la España del siglo XX y la de toda una retahíla de
nuevos pensadores jóvenes de la generación de 1960,--no
la suya, tampoco la de los actuales gobernantes- que le
siguen y le estudian. En muchos de ellos sentó escuela,
por la breve pero fecundísima relación personal que
mantuvieron con Femández de la Mora y de la que se
sienten verdaderamente orgullosos, en ese mismo estilo
clásico de Maestro y discípulo de la que los griegos
disfrutaron tanto y que era, en definitiva, en la que
Gonzalo se sentía verdaderamente realizado e
inmortalizado con mucha mayor fidelidad que en su vasta
obra escrita.
José Luis Barceló
|