Razón Española, nº 115; GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA: INTELECTUAL O POLITICO?

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Julio Iranzo

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GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA: ¿INTELECTUAL O POLITICO?

Escribir sobre alguien, siempre es difícil y comprometido. Difícil, porque si se es mero «relatador», es uno trivial, si se desea ser analítico, ese trabajo obliga a una disección del hombre, que es complicada. Comprometido, pues obliga a uno a sincerarse, manifestarse con espontaneidad, y esa visión personal y franca, debe ser imparcial. Pero esa imparcialidad, es difícil cuando se trata de un amigo entrañable.

Gonzalo Femández de la Mora fue un atleta intelectual, un hombre, que cuando más se le conocía íntimamente, por estar más cerca de él, en vez de empequeñecerse, se crecía. Fue uno de los hombres con mayor cultura que he conocido, para tenerla junto a su poderosa cabeza consumió gran parte de su vida en la lectura y el pensamiento, pues una cultura no se logra, si no es por el esfuerzo, no cabe la donación ni la herencia; su biblioteca privada, con veinte mil volúmenes, subrayados, anotados, en definitiva trabajados lo demuestra.

Esa cultura le permitía ser un conversador ameno y profundo. Quizá, lo que más me impresionaba en él, era la coherencia en sus opiniones. Esa coherencia fue posible, es posible, (pues el hombre ha muerto pero no sus ideas que están vivas en sus escritos), gracias a una claridad derivada de una vida estudiosa-reflexiva, sin ese peaje no se alcanza la armonía intelectual, siendo esa unidad filosófica la que monumentaliza la obra. En su palabra, en sus escritos se nos aparece brillante y profundo, unión difícil y por ello infrecuente.

Todos, pero quizá más los intelectuales, no suelen rezar «el yo pecador», aceptando sus errores conceptuales o en los actos. Gonzalo, como hombre los tuvo, pocos, pero los tuvo. Creo que Dios deja a todos errar alguna vez para ayudarnos a ser humildes. Pero ante esta realidad del error, al hombre sólo le cabe reconocerlo o no. Lo primero es doloroso, al menos incómodo, pero engrandecedor, Gonzalo se engrandeció.

Fue un hombre ilusionado por España, no participaba de la idea derrotista, en creer que había pasado nuestra hora, pensaba en nuestro futuro, por ello participó con éxito asumiendo grandes responsabilidades públicas, que se concretaron en grandes realidades jurídicas y materiales. Logros que hoy, con pasión malvada, se niega a un régimen falsificando la historia. Cuando se nos fue, Gonzalo había perdido la fe no sólo en el sistema, sino en muchas instituciones, y lo que es más trascendente, en parte de la sociedad española.

Como hombre reflexivo, usaba de la soledad, que le llevaba a la intimidad de su biblioteca, era el lugar en donde más feliz se sentía porquc en definitiva satisfacía ampliamente a su vital vocación intelectual. Siempre he creído en lo certero una vez más de la apreciación de Ortega al decir «toda predilección es auténtica confesión». Fernández de la Mora se nos confesaba quizá sin desearlo por lo abstracto.

Cuantas veces he meditado sobre la vieja cuestión de si es útil el intelectual en la política me he respondido con un: Sí. Pero tenemos que decir qué entendemos por intelectual, y por político. Ambas palabras tienen varias acepciones, y entre estas son más comunes algunas en cada momento. También en el lenguaje se puede o no «estar de moda».

Aceptamos por intelectual el que «preferentemente» se dedica al cultivo de las ciencias o las letras. Asoma en esa preferencia una predisposición y vocación. Al político creemos que lo que le caracteriza es el «hacer política». En aquel es primario el intelecto, en este la acción.

Ahora bien, aquel sin la subsiguiente exposición de lo pensado es infecundo. Por otra parte la acción sin la guía del pensamiento es poco trascendente, no desarrolla un plan, no tiene conexión. Por ello creo que el ideal es que el político sea intelectual, quizá seccionando la «preferencia», pero este intelectual político, tiene que tener ciertas características del hombre de acción, entre otras el carácter, la asunción de riesgos, cierta capacidad de liderazgo. Intelectual se es o no se es, en la política se está o no. «Ser» y «estar» son quiza los términos claves en el distingo.

Hoy como nunca se llega al poder sin ese bagaje de ideas y sin ese sistema de reflexión. El político no sabe lo que hacer, sólo lo que aparece a su vista superficialmente, su «hacer» no tiene calado histórico, carece de proyecto, las contradicciones son frecuentes. Una de las preocupantes realidades, es enjuiciar al poder, y no poder censurarlo en su ideario, no por no ser discrepantes, sino porque ese poder no tiene ideas, o solo superficiales, biológicas.

Femández de la Mora fue un intelectual, que estuvo en la política, que para unos «es estar», es una manera de vivir, de satisfacer vanidades, a veces conciliando todo ello con una buena intención, para otros hacer política es la realización de ideales y de ideas.. Fernández de la Mora, estaba, en este último grupo y porque tenía ideas e ideales fue un político legitimado moralmente. Sin ideales, a lo más que se puede llegar es a ser un funcionario honesto y eficiente.

Sus últimos años vivió en el ostracismo político, que llevó a Gonzalo a una vida fecunda intelectual, pues ese reducto íntimo y para él seductor no se lo pudieron arrebatar. No tuvo grandes aspiraciones políticas personales, llegó a más de lo que quería, para mí el por qué, es que su primaria vocación, era intelectual.

Filosóficamente era un cristiano. Recuerdo no hace muchos meses que Gonzalo con su mujer y yo con la mía, fuimos a Yuste un par de días, para recordar a Carlos I. Junto con hablar del rey Carlos, nuestras conversaciones fueron también religiosas. Si viviera no me atrevería a decirlo: su erudición en lo religioso era apabullante. Su fe en Dios profunda, y aunque sea imprudente, pienso que si hay dos caminos para llegar a El, el sentimiento y la razón, Gonzalo llego más por el segundo.

Cuentan que Goethe cuando moría dijo « luz, más luz» esa luz precisa para ver la Verdad; y esa posibilidad y deseo anhelante de Goethe, quizásle hacía no temer la muerte, sino al contrario desearla, para satisfacer su apasionado deseo de poseer la Verdad.

Gonzalo fue un hombre de fe, pero el hombre es absolutamente incapaz, por poderosa que sea su cabeza, de descifrar muchas incógnitas que sólo con la contemplación se resuelven. Creo que para Gonzalo Fernández de la Mora ya no existen secretos, su vital ansiedad estará plenamente satisfecha.

Por Julio Iranzo



 

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