GONZALO
FERNANDEZ DE LA MORA: ¿INTELECTUAL O POLITICO?
Escribir
sobre alguien, siempre es difícil y comprometido.
Difícil, porque si se es mero «relatador», es uno
trivial, si se desea ser analítico, ese trabajo obliga a
una disección del hombre, que es complicada.
Comprometido, pues obliga a uno a sincerarse,
manifestarse con espontaneidad, y esa visión personal y
franca, debe ser imparcial. Pero esa imparcialidad, es
difícil cuando se trata de un amigo entrañable.
Gonzalo Femández de la Mora fue un atleta intelectual,
un hombre, que cuando más se le conocía íntimamente,
por estar más cerca de él, en vez de empequeñecerse,
se crecía. Fue uno de los hombres con mayor cultura que
he conocido, para tenerla junto a su poderosa cabeza
consumió gran parte de su vida en la lectura y el
pensamiento, pues una cultura no se logra, si no es por
el esfuerzo, no cabe la donación ni la herencia; su
biblioteca privada, con veinte mil volúmenes,
subrayados, anotados, en definitiva trabajados lo
demuestra.
Esa cultura le permitía ser un conversador ameno y
profundo. Quizá, lo que más me impresionaba en él, era
la coherencia en sus opiniones. Esa coherencia fue
posible, es posible, (pues el hombre ha muerto pero no
sus ideas que están vivas en sus escritos), gracias a
una claridad derivada de una vida estudiosa-reflexiva,
sin ese peaje no se alcanza la armonía intelectual,
siendo esa unidad filosófica la que monumentaliza la
obra. En su palabra, en sus escritos se nos aparece
brillante y profundo, unión difícil y por ello
infrecuente.
Todos, pero quizá más los intelectuales, no suelen
rezar «el yo pecador», aceptando sus errores
conceptuales o en los actos. Gonzalo, como hombre los
tuvo, pocos, pero los tuvo. Creo que Dios deja a todos
errar alguna vez para ayudarnos a ser humildes. Pero ante
esta realidad del error, al hombre sólo le cabe
reconocerlo o no. Lo primero es doloroso, al menos
incómodo, pero engrandecedor, Gonzalo se engrandeció.
Fue un hombre ilusionado por España, no participaba de
la idea derrotista, en creer que había pasado nuestra
hora, pensaba en nuestro futuro, por ello participó con
éxito asumiendo grandes responsabilidades públicas, que
se concretaron en grandes realidades jurídicas y
materiales. Logros que hoy, con pasión malvada, se niega
a un régimen falsificando la historia. Cuando se nos
fue, Gonzalo había perdido la fe no sólo en el sistema,
sino en muchas instituciones, y lo que es más
trascendente, en parte de la sociedad española.
Como hombre reflexivo, usaba de la soledad, que le
llevaba a la intimidad de su biblioteca, era el lugar en
donde más feliz se sentía porquc en definitiva
satisfacía ampliamente a su vital vocación intelectual.
Siempre he creído en lo certero una vez más de la
apreciación de Ortega al decir «toda predilección es
auténtica confesión». Fernández de la Mora se nos
confesaba quizá sin desearlo por lo abstracto.
Cuantas veces he meditado sobre la vieja cuestión de si
es útil el intelectual en la política me he respondido
con un: Sí. Pero tenemos que decir qué entendemos por
intelectual, y por político. Ambas palabras tienen
varias acepciones, y entre estas son más comunes algunas
en cada momento. También en el lenguaje se puede o no
«estar de moda».
Aceptamos por intelectual el que «preferentemente» se
dedica al cultivo de las ciencias o las letras. Asoma en
esa preferencia una predisposición y vocación. Al
político creemos que lo que le caracteriza es el «hacer
política». En aquel es primario el intelecto, en este
la acción.
Ahora bien, aquel sin la subsiguiente exposición de lo
pensado es infecundo. Por otra parte la acción sin la
guía del pensamiento es poco trascendente, no desarrolla
un plan, no tiene conexión. Por ello creo que el ideal
es que el político sea intelectual, quizá seccionando
la «preferencia», pero este intelectual político,
tiene que tener ciertas características del hombre de
acción, entre otras el carácter, la asunción de
riesgos, cierta capacidad de liderazgo. Intelectual se es
o no se es, en la política se está o no. «Ser» y
«estar» son quiza los términos claves en el distingo.
Hoy como nunca se llega al poder sin ese bagaje de ideas
y sin ese sistema de reflexión. El político no sabe lo
que hacer, sólo lo que aparece a su vista
superficialmente, su «hacer» no tiene calado
histórico, carece de proyecto, las contradicciones son
frecuentes. Una de las preocupantes realidades, es
enjuiciar al poder, y no poder censurarlo en su ideario,
no por no ser discrepantes, sino porque ese poder no
tiene ideas, o solo superficiales, biológicas.
Femández de la Mora fue un intelectual, que estuvo en la
política, que para unos «es estar», es una manera de
vivir, de satisfacer vanidades, a veces conciliando todo
ello con una buena intención, para otros hacer política
es la realización de ideales y de ideas.. Fernández de
la Mora, estaba, en este último grupo y porque tenía
ideas e ideales fue un político legitimado moralmente.
Sin ideales, a lo más que se puede llegar es a ser un
funcionario honesto y eficiente.
Sus últimos años vivió en el ostracismo político, que
llevó a Gonzalo a una vida fecunda intelectual, pues ese
reducto íntimo y para él seductor no se lo pudieron
arrebatar. No tuvo grandes aspiraciones políticas
personales, llegó a más de lo que quería, para mí el
por qué, es que su primaria vocación, era intelectual.
Filosóficamente era un cristiano. Recuerdo no hace
muchos meses que Gonzalo con su mujer y yo con la mía,
fuimos a Yuste un par de días, para recordar a Carlos I.
Junto con hablar del rey Carlos, nuestras conversaciones
fueron también religiosas. Si viviera no me atrevería a
decirlo: su erudición en lo religioso era apabullante.
Su fe en Dios profunda, y aunque sea imprudente, pienso
que si hay dos caminos para llegar a El, el sentimiento y
la razón, Gonzalo llego más por el segundo.
Cuentan que Goethe cuando moría dijo « luz, más luz»
esa luz precisa para ver la Verdad; y esa posibilidad y
deseo anhelante de Goethe, quizásle hacía no temer la
muerte, sino al contrario desearla, para satisfacer su
apasionado deseo de poseer la Verdad.
Gonzalo fue un hombre de fe, pero el hombre es
absolutamente incapaz, por poderosa que sea su cabeza, de
descifrar muchas incógnitas que sólo con la
contemplación se resuelven. Creo que para Gonzalo
Fernández de la Mora ya no existen secretos, su vital
ansiedad estará plenamente satisfecha.
Por Julio Iranzo
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