Razón Española, nº 115;

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Licinio de la Fuente

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GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA, HOMBRE DE ESTADO

La muerte de Gonzalo, tan inesperada en el momento en que se produjo, como dolorosa para sus amigos, ha hecho que se aviven los recuerdos de su descollante personalidad. Con él hemos perdido, además de un amigo entrañable, uno de los más destacados intelectuales de la segunda mitad del siglo XX, un escritor tan brillante como brillante era su oratoria, un servidor ejemplar del Estado en los distintos ámbitos de su actuación, y un político leal siempre a su pensamiento.

De todas las facetas que confluían en su personalidad, yo querría valorarle hoy especialmente como hombre de Estado. Un hombre de Estado definido por su lealtad inquebrantable a España. Fue, sin duda, también un monárquico convencido y decidido, pero era monárquico porque entendía que la monarquía se identificaba mejor que cualquier otra forma de gobierno con el ser histórico y el futuro de España.

Así se entiende que en una primera época fuera un decidido partidario de D. Juan, de cuyo Consejo Privado llegó a formar parte. Y que se inclinara finalmente por D. Juan Carlos, cuando vio que ésta era la mejor, si no la única solución, para la Monarquía y para España. Y aceptada esta solución, colaboró decididamente a hacerla posible, primero desde el Gobierno de Franco y luego desde su actuación política en la Transición.

Ningún interés o ambición personal enturbió la claridad de sus ideas y la lealtad con que sirvió a la Monarquía y a España. Yo conviví y compartí con él esta parte final de su actuación política y tengo sobradas razones para atestiguarlo.

Compartí con él las tareas de Gobierno, cuando, después de la dimisión de Federico Silva, fue nombrado Ministro de Obras Públicas. Cualquiera podría haber pensado que este Ministerio no era el más adecuado para un hombre de su talante intelectual y su talla política. Por otra parte, no era fácil suceder a un Ministro que había hecho tan excepcional labor al frente del Ministerio que, con razón, mereció de la opinión pública el concepto de «ministro eficacia». Pero Gonzalo Fernández de la Mora no solo fue un magnífico Ministro de Obras Públicas, sino que su criterio político era siempre especialmente ponderado y valorado en los Consejos de Ministros, en los que lógicamente los Ministros no sólo cumplíamos con la dignísima función de hacer bien nuestra tarea, sino que asumíamos y ejercíamos la responsabilidad política de gobernar España. Y, para ello, el peso político de cada Ministro no se medía por el Ministerio que desempeñaba, sino por su categoría personal y su criterio. Gonzalo Fernández de la Mora fue un Ministro fundamental en la andadura del Gobierno en aquellos difíciles y comprometidos años que precedieron a la Transición. El jefe del Estado, el Presidente del Gobierno (cuando Carrero asumió esta función) y sus compañeros teníamos en la mayor estima sus opiniones, a veces intransigentes en temas fundamentales, porque sabíamos que no sólo estaban avaladas por su indiscutida categoría intelectual y política, sino por su absoluta lealtad a los intereses de España.

La muerte de Carrero apartó a Gonzalo de las tareas de Gobierno, pero no de la política. En la Transición, y desde la Presidencia colegiada de Alianza Popular, volvimos a compartir la tarea difícil y quizá incomprendida por algunos, de ser leales a Franco y sobre todo ser leales a España, a sus valores esenciales y a la obra realizada en servicio del pueblo español. Tuvimos que luchar con toda clase de incomprensiones y hostilidades, no solo de quienes eran de verdad nuestros adversarios políticos (socialistas, comunistas y nacionalistas), sino también de quienes creíamos cercanos a nosotros y ocupaban el poder, desde el que trataron por todos los medios de arrebatarnos un electorado que, en su gran mayoría, compartíamos.

Ambos fuimos elegidos diputados en las elecciones de 1977 y la discusión de la constitución volvió a unirnos, a Gonzalo y a mí, en la defensa de enmiendas que se referían al entendimiento de España como nación y patria común de los españoles. Recuerdo de entonces una brillantísima intervención de Gonzalo en contra del concepto de «nacionalidades», introducido en el artículo 2º. Cesión peligrosísima a las posturas nacionalistas y germen permanente de los intentos de disgregación de España. Su disquisición jurídico-sociológica sobre el concepto de nación implícito en el término nacionalidades, fue magistral, demostrando que si España se concebía como una nación de naciones, ello abocaría a la lógica jurídico-política de instaurar en España una pluralidad de Estados más o menos independientes, con el forcejeo permanente para su constitución formal y consecuente disgregación de la unidad de España.

Y terminó diciendo unas palabras proféticas. «Ahora se nos formula el pronóstico de que cuando incluyamos el concepto de «nacionalidades», eliminaremos también el terrorismo. Yo tengo la seguridad absoluta de que ese pronóstico desgraciadamente no se cumplirá, porque el terrorismo no aspira a un regionalismo o a unas autonomías, sino que aspira clara y decididamente a una fórmula de independencia total, a la constitución de un Estado». Los hechos han demostrado a lo largo de 25 años que esa no era sólo la aspiración del terrorismo sino la que los nacionalistas escondían bajo el término de «nacionalidades».

Por Licinio de la Fuente



 

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