GONZALO
FERNANDEZ DE LA MORA, HOMBRE DE ESTADO
La
muerte de Gonzalo, tan inesperada en el momento en que se
produjo, como dolorosa para sus amigos, ha hecho que se
aviven los recuerdos de su descollante personalidad. Con
él hemos perdido, además de un amigo entrañable, uno
de los más destacados intelectuales de la segunda mitad
del siglo XX, un escritor tan brillante como brillante
era su oratoria, un servidor ejemplar del Estado en los
distintos ámbitos de su actuación, y un político leal
siempre a su pensamiento.
De todas las facetas que confluían en su personalidad,
yo querría valorarle hoy especialmente como hombre de
Estado. Un hombre de Estado definido por su lealtad
inquebrantable a España. Fue, sin duda, también un
monárquico convencido y decidido, pero era monárquico
porque entendía que la monarquía se identificaba mejor
que cualquier otra forma de gobierno con el ser
histórico y el futuro de España.
Así se entiende que en una primera época fuera un
decidido partidario de D. Juan, de cuyo Consejo Privado
llegó a formar parte. Y que se inclinara finalmente por
D. Juan Carlos, cuando vio que ésta era la mejor, si no
la única solución, para la Monarquía y para España. Y
aceptada esta solución, colaboró decididamente a
hacerla posible, primero desde el Gobierno de Franco y
luego desde su actuación política en la Transición.
Ningún interés o ambición personal enturbió la
claridad de sus ideas y la lealtad con que sirvió a la
Monarquía y a España. Yo conviví y compartí con él
esta parte final de su actuación política y tengo
sobradas razones para atestiguarlo.
Compartí con él las tareas de Gobierno, cuando,
después de la dimisión de Federico Silva, fue nombrado
Ministro de Obras Públicas. Cualquiera podría haber
pensado que este Ministerio no era el más adecuado para
un hombre de su talante intelectual y su talla política.
Por otra parte, no era fácil suceder a un Ministro que
había hecho tan excepcional labor al frente del
Ministerio que, con razón, mereció de la opinión
pública el concepto de «ministro eficacia». Pero
Gonzalo Fernández de la Mora no solo fue un magnífico
Ministro de Obras Públicas, sino que su criterio
político era siempre especialmente ponderado y valorado
en los Consejos de Ministros, en los que lógicamente los
Ministros no sólo cumplíamos con la dignísima función
de hacer bien nuestra tarea, sino que asumíamos y
ejercíamos la responsabilidad política de gobernar
España. Y, para ello, el peso político de cada Ministro
no se medía por el Ministerio que desempeñaba, sino por
su categoría personal y su criterio. Gonzalo Fernández
de la Mora fue un Ministro fundamental en la andadura del
Gobierno en aquellos difíciles y comprometidos años que
precedieron a la Transición. El jefe del Estado, el
Presidente del Gobierno (cuando Carrero asumió esta
función) y sus compañeros teníamos en la mayor estima
sus opiniones, a veces intransigentes en temas
fundamentales, porque sabíamos que no sólo estaban
avaladas por su indiscutida categoría intelectual y
política, sino por su absoluta lealtad a los intereses
de España.
La muerte de Carrero apartó a Gonzalo de las tareas de
Gobierno, pero no de la política. En la Transición, y
desde la Presidencia colegiada de Alianza Popular,
volvimos a compartir la tarea difícil y quizá
incomprendida por algunos, de ser leales a Franco y sobre
todo ser leales a España, a sus valores esenciales y a
la obra realizada en servicio del pueblo español.
Tuvimos que luchar con toda clase de incomprensiones y
hostilidades, no solo de quienes eran de verdad nuestros
adversarios políticos (socialistas, comunistas y
nacionalistas), sino también de quienes creíamos
cercanos a nosotros y ocupaban el poder, desde el que
trataron por todos los medios de arrebatarnos un
electorado que, en su gran mayoría, compartíamos.
Ambos fuimos elegidos diputados en las elecciones de 1977
y la discusión de la constitución volvió a unirnos, a
Gonzalo y a mí, en la defensa de enmiendas que se
referían al entendimiento de España como nación y
patria común de los españoles. Recuerdo de entonces una
brillantísima intervención de Gonzalo en contra del
concepto de «nacionalidades», introducido en el
artículo 2º. Cesión peligrosísima a las posturas
nacionalistas y germen permanente de los intentos de
disgregación de España. Su disquisición
jurídico-sociológica sobre el concepto de nación
implícito en el término nacionalidades, fue magistral,
demostrando que si España se concebía como una nación
de naciones, ello abocaría a la lógica
jurídico-política de instaurar en España una
pluralidad de Estados más o menos independientes, con el
forcejeo permanente para su constitución formal y
consecuente disgregación de la unidad de España.
Y terminó diciendo unas palabras proféticas. «Ahora se
nos formula el pronóstico de que cuando incluyamos el
concepto de «nacionalidades», eliminaremos también el
terrorismo. Yo tengo la seguridad absoluta de que ese
pronóstico desgraciadamente no se cumplirá, porque el
terrorismo no aspira a un regionalismo o a unas
autonomías, sino que aspira clara y decididamente a una
fórmula de independencia total, a la constitución de un
Estado». Los hechos han demostrado a lo largo de 25
años que esa no era sólo la aspiración del terrorismo
sino la que los nacionalistas escondían bajo el término
de «nacionalidades».
Por Licinio de la Fuente
|