EL SENTIDO
ESENCIAL DE UNA EXISTENCIA
No cabe
duda de que la trayectoria intelectual de Gonzalo
Fernandez de la Mora nos ha influido a todos, incluyendo
en el término a personas aparentemente alejadas de él;
como una de las últimas remebranzas tengo presente la
emoción con que, a la Academia de la Historia, a la que
no pertenecía, entregó un donativo valioso. Muestra de
su desinterés, de su amor por el saber. Desde muy joven,
orientada su vida hacia la carrera diplomatica, que
habría de darle muy enriquecedoras experiencias, dos
rasgos, en su mente, destacaron por encima de otros, la
racionalidad y el amor a España. No debe extrañarnos,
por ende, que esas dos palabras apareciesen en el título
de la revista a que, desde octubre de 1983, dio vida.
Porque sin su presencia y abnegada dedicación, «Razon
Española» no hubiera llegado a ser lo que fue: un
mensaje sereno, libre y racional, acerca de la
trayectoria hispana, de su pasado y, especialmente, de su
proyección hacia el futuro.
Gonzalo pertenece a una generación, la mía, que no fue
a la guerra pero sobre cuyos hombros recayó luego la
responsabilidad de levantar la paz. Desde el primer
momento, en sus escritos lo vemos, esa paz estaba
concebida como un servicio a España que es, ante todo,
patrimonio heredado al que es preciso dotar de nuevas
dimensiones, enriquecer y transmitir. Orador de grandes
cualidades y escritor certero y ecuánime, tuvo de este
modo la oportunidad de comunicar su pensamiento. España
es una Monarquía, y a ella brindó sus servicios, pero
no desde la bobalicona servidumbre de quienes creen que
las personas están por encima de la Institución sino,
bien al contrario, de los que afirman que la Institución
debe estar al servicio de todo eso que englobamos bajo el
nombre de España. Le aguardaban, en este camino,
profundas decepciones. Pero no debemos en modo alguno
olvidar que el nombre de Fernández de la Mora se
inscribe en esa estela de quienes hicieron posible la
evolución de un Régimen sin las traumas violentas que
muchos de los que ahora aplauden, entonces procuraban.
¿Qué no hubo gratitud? Gonzalo nos diría que no la
necesitaba.
Espiritu liberal, en el sentido clásico español de esta
palabra -abierto, afectuoso incluso para los adversarios,
firme en el propósito de enseñar, explicar y convencer-
nos ha dejado una copiosa obra literaria. A mí me
gustaría destacar, por el efecto que tuvieron en mi
propia formación, dos que constituyen pivotes del
pensamiento político contemporáneo, El crepúsculo de
las ideologías y La envidia igualitaria. Es cierto que
la envidia es el gran vicio español. Cada país tiene el
suyo. Y en los últimos tiempos se ha desplegado entre
nosotros para hacer triunfar las mediocridades y apartar
en cambio las mentes más valiosas, porque no halagan
sino reprenden. Fue un gran descubrimiento apercibirse de
que las postrimerías del siglo XX se caracterizaban por
ese gran proceso histórico que llevaba a las ideologías
a la muerte.
Las ideologías, sistemas cerrados que se presentaron a
sí mismas como salvíficas, en especial idealismo,
positivismo y marxismo, no condujeron, como habían
prometido, a esa especie de «fin de la Historia» o meta
que debe alcanzarse. Al contrario, sueños de la razon,
engendraron monstruos. Por eso Gonzalo Fernández de la
Mora puso todo su empeño, durante estos veinte últimos
años, en reunir colaboradores en torno a las páginas de
una revista cuyo protagonista debía ser el hombre. Con
las dos características fundamentales que imprimen el
signo de la cultura europea: racionalidad y libre
albedrío. Pues no se trata de dar la razon a esta u otra
opción, característica de toda ideologia, sino de «dar
razón de lo que existe». Ni es tampoco la libertad una
independencia irresponsable, sino la capacidad de elegir,
adhiriendose de este modo a la verdad.
Tal es la herencia. Por ella me parecía imprescindible
recoger, en pocas palabras, la gratitud que a su esfuerzo
debemos los que, de un modo u otro, tratamos de colaborar
en su empresa.
Por Luis Suárez Fernández
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