Razón Española, nº 115; PRECISION O LITERATURA

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Aquilino Duque

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PRECISION O LITERATURA

En mal momento se le ocurre morirse a Gonzalo Fernández de la Mora, y eso lo digo por múltiples razones: una, que se va sin despedirse, en medio de esos eclipses que sufren las relaciones entre los hombres, y otra, que se va en plena sazón, cuando tanta luz proyectaba y tanto ánimo infundía desde esa revista de la que nunca me di de baja pese a verme excluido de su nómina de colaboradores. En los diversos comentarios que he hecho sobre libros suyos he procurado explicar lo que fui aprendiendo de él, mayor que yo en edad, saber y gobierno, a la vez que dejaba patente mi gratitud por su hospitalidad, por la puerta que me entreabrió en momentos en que no había puerta con la que no me dieran en las narices.

Creo que lo que más nos ha distanciado ha sido la valoración respectiva de cosas como la generación del 98 y la Institución Libre de Enseñanza, pero por encima de ese distanciamiento, de él, que no mío, he seguido fiel a su «espléndido aislamiento» y a la constelación de hombres de valía que supo reunir bajo su mando. Si yo a él no le hacía falta ninguna, él si que me la hacía a mí. Con todo, tengo que reseñar un rasgo suyo muy importante para entenderlo, y es que aquel sentido del humor que tan grato hacía su trato, brillaba por ausencia en sus escritos. Yo diría que se lo reprimía, como se reprimía una brillantez de estilo que conoce muy bien quien haya leído su relato juvenil Laína. Tenía muy presente el reproche de Ortega a Maeztu y por eso se propuso no hacer literatura, sino precisión.

Yo, que trato de hacer ambas cosas, y que el sentido del humor procuro además no perderlo, siempre admiré la rigurosa precisión de muchos escritos de Gonzalo, entre los que quiero destacar sus estudios sobre los orígenes krausistas de la llamada «democracia orgánica». La corrección política para andar por casa procura rehabilitar la Primera Restauración, y se complace en refutar a quienes la criticaron, porque de sobra sabemos quién sacó partido de las más acertadas de esas críticas. La explotación política de las críticas aquellas dio por resultado algo que el propio Gonzalo denominaría el «Estado de Obras». Plenamente identificado con él, no podía tratar de navegar en una Segunda Restauración, que no era otra cosa que un «volver a empezar», un «volver a las andadas». El fue de los pocos que lo vieron así en su día y a eso se debió su apartamiento de la vida pública; a eso y a una elegancia de espíritu que casaba muy mal con el tono tabernario que irrumpía triunfante. No olvidaré nunca un versallesco debate televisivo entre Gonzalo y Tierno Galván, en el que cada cual dijo lo que tenía que decir sin perder las formas ni la compostura. Todo aquello se fue al garete y no se repitió; la figura de Tierno se diluyó en la partitocracia y si Gonzalo conservó la suya fue porque de esa partitocracia supo mantenerse a una saludable distancia.

Muchos son los personajes y personajillos que nunca digieren su caida en desgracia. No fue ése el caso de Gonzalo, y es que Gonzalo no cayó en desgracia de fulano o de mengano, sino de un tiempo que ya no era el suyo y en el que él no se reconocía. De ahí el buen talante con el que iba por la vida y la perseverancia intelectual con la que mantuvo encendida la luz de la razón en un medio dominado por las tinieblas de los instintos. Dios lo premió con una buena muerte, también España lo premiará con esa segunda vida, la de la buena fama, por haberle sido fiel cuando casi todos renegaban de ella.


Por Aquilino Duque



 

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