PRECISION O
LITERATURA
En mal
momento se le ocurre morirse a Gonzalo Fernández de la
Mora, y eso lo digo por múltiples razones: una, que se
va sin despedirse, en medio de esos eclipses que sufren
las relaciones entre los hombres, y otra, que se va en
plena sazón, cuando tanta luz proyectaba y tanto ánimo
infundía desde esa revista de la que nunca me di de baja
pese a verme excluido de su nómina de colaboradores. En
los diversos comentarios que he hecho sobre libros suyos
he procurado explicar lo que fui aprendiendo de él,
mayor que yo en edad, saber y gobierno, a la vez que
dejaba patente mi gratitud por su hospitalidad, por la
puerta que me entreabrió en momentos en que no había
puerta con la que no me dieran en las narices.
Creo que lo que más nos ha distanciado ha sido la
valoración respectiva de cosas como la generación del
98 y la Institución Libre de Enseñanza, pero por encima
de ese distanciamiento, de él, que no mío, he seguido
fiel a su «espléndido aislamiento» y a la
constelación de hombres de valía que supo reunir bajo
su mando. Si yo a él no le hacía falta ninguna, él si
que me la hacía a mí. Con todo, tengo que reseñar un
rasgo suyo muy importante para entenderlo, y es que aquel
sentido del humor que tan grato hacía su trato, brillaba
por ausencia en sus escritos. Yo diría que se lo
reprimía, como se reprimía una brillantez de estilo que
conoce muy bien quien haya leído su relato juvenil
Laína. Tenía muy presente el reproche de Ortega a
Maeztu y por eso se propuso no hacer literatura, sino
precisión.
Yo, que trato de hacer ambas cosas, y que el sentido del
humor procuro además no perderlo, siempre admiré la
rigurosa precisión de muchos escritos de Gonzalo, entre
los que quiero destacar sus estudios sobre los orígenes
krausistas de la llamada «democracia orgánica». La
corrección política para andar por casa procura
rehabilitar la Primera Restauración, y se complace en
refutar a quienes la criticaron, porque de sobra sabemos
quién sacó partido de las más acertadas de esas
críticas. La explotación política de las críticas
aquellas dio por resultado algo que el propio Gonzalo
denominaría el «Estado de Obras». Plenamente
identificado con él, no podía tratar de navegar en una
Segunda Restauración, que no era otra cosa que un
«volver a empezar», un «volver a las andadas». El fue
de los pocos que lo vieron así en su día y a eso se
debió su apartamiento de la vida pública; a eso y a una
elegancia de espíritu que casaba muy mal con el tono
tabernario que irrumpía triunfante. No olvidaré nunca
un versallesco debate televisivo entre Gonzalo y Tierno
Galván, en el que cada cual dijo lo que tenía que decir
sin perder las formas ni la compostura. Todo aquello se
fue al garete y no se repitió; la figura de Tierno se
diluyó en la partitocracia y si Gonzalo conservó la
suya fue porque de esa partitocracia supo mantenerse a
una saludable distancia.
Muchos son los personajes y personajillos que nunca
digieren su caida en desgracia. No fue ése el caso de
Gonzalo, y es que Gonzalo no cayó en desgracia de fulano
o de mengano, sino de un tiempo que ya no era el suyo y
en el que él no se reconocía. De ahí el buen talante
con el que iba por la vida y la perseverancia intelectual
con la que mantuvo encendida la luz de la razón en un
medio dominado por las tinieblas de los instintos. Dios
lo premió con una buena muerte, también España lo
premiará con esa segunda vida, la de la buena fama, por
haberle sido fiel cuando casi todos renegaban de ella.
Por Aquilino Duque
|