Razón Española, nº 115; GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA Y LA JUVENTUD (Recuerdos de una amistad)

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por José Díaz Nieva

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GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA Y LA JUVENTUD (Recuerdos de una amistad)

Hace ya más de un mes que Don Gonzalo nos abandonaba, y aunque creemos que su partida no era un simple adiós, sino un hasta siempre, muchos sentíamos que su aliento, su palabra, su pensamiento, sus escritos… se nos iban de la mano. Pocos días después algunos amigos me solicitaron, desde el Foro ARBIL, que escribiera algo en su memoria para un dossier que en su homenaje estaban confeccionando. Ahora, cuando esa solicitud proviene de sus compañeros de toda la vida, de los miembros del Consejo de Redacción de «Razón Española», no puedo evitar traer a mi memoria algunos episodios personales que, a modo de breves comentarios, me gustaría compartir. Pese a que son pequeños recuerdos, considero que traspasan el mero plano personal y son fiel reflejo de la relación que GFM mantuvo con los jóvenes, así como con aquellos otros que, como en mi caso, dejaron de serlo hace ya algunos años.

Lejos de lo que suele ocurrir con otros intelectuales, la figura de GFM tenía algo de paternal en su trato con todos los que se acercaban a conocerle. El fácil acceso a su persona y su predisposición a tratar con la Juventud siempre fueron en él una constante. En lo que a mí respecta, jamás podré olvidar cuando en mis primeros años universitarios me acerqué a los locales de la Fundación Balmes -en aquellos años sita en la calle Génova nº 12. Un viejo y entrañable amigo me había mostrado los dos primeros números de una nueva publicación, «Razón Española», y tras leerlos atentamente no dudé un instante en suscribirme. No obstante, mi primer encuentro con GFM se produjo algunos años más tarde, cuando le solicité que impartiera una conferencia en el Colegio Universitario Cardenal Cisneros, debía ser el mes de febrero de 1987. GFM aceptó enseguida sin poner ningún tipo de reparo. Recuer-do que en aquella primera conversación, me preguntó -bueno, más bien interrogó- sobre mis estudios, mis inquietudes, mis orígenes… y al comentarle que había nacido en Pontevedra y que mi familia paterna era oriunda de Combarro, mostró especial afecto hacia mi persona. Poco tiempo después me obsequió con uno de sus libros, Filósofos españoles del siglo XX, y me enviaba una atenta carta en la que, agradeciéndome por unas publicaciones que le había facilitado, me invitaba a colaborar en la revista que magistralmente dirigía. Se daba así la circunstancia de que mis primeros pasos en esto de escribir fueron sobre y gracias a GFM: un comentario sobre los filósofos que realicé para la revista «Punto y coma», y una nota sobre la derecha chilena que apareció poco tiempo después en «Razón Española».

Algunos años más tarde cuando le comenté que viajaría a Chile en busca del material necesario para una futura tesis doctoral, GFM se mostró tremendamente interesado y me facilitó las direcciones y teléfonos de varios de sus amigos, entre ellos los de Cristian Garay Vera, un joven y brillante intelectual que no hacía mucho tiempo había concluido un interesantísimo trabajo sobre Acción Española. Desde aquel día, siempre que Don Gonzalo me veía, me preguntaba -examinaba- sobre la situación reciente de aquel país andino, mostrando sumo interés por los datos económicos, la unidad de las Fuerzas Armadas, la situación de la Iglesia, los amigos comunes, la marcha de la Universidad Berardo O'Higgins -y la de su Rector, Mario Correa-, los ambientes culturales de la derecha…Precisamente en una de nuestras últimas conversaciones me solicitó la dirección de «Realidad», una revista que, publicada por la Fundación Jaime Guzmán, acababa de reaparecer en el marco editorial de aquel país.

Estos breves retazos vivenciales son tan sólo una pequeña muestra de esa actitud, a que al principio de esta escueta nota hacía referencia. En ellos creo que se plasma su interés hacia los jóvenes. Sabía que ellos eran el futuro, esas generaciones nuevas que algún día deberían recoger el báculo de sus ancestros. Tal vez por eso GFM siempre estaba ahí, siempre se le podía llamar, siempre se le podía solicitar para alguna actividad, y jamás se mostraba distante, jamás era huidizo, y nunca trataba de poner trabas al contacto con la juventud. Uno de sus últimos encuentros con los jóvenes fue en una cena organizada a finales del año pasado por el Foro ARBIL. En aquella ocasión, como en otras anteriores, GFM gozó charlando y conversando con un nutrido grupo de jóvenes profesionales que allí se dieron cita.

En estos momentos, cuando comenzamos a echarle de menos, somos muchos los que nos lamentamos de no haber aprovechado más su amistad, de no haber conversado más con él. Tenía mucho que enseñar, era un pozo de sabiduría sin fondo. Sorprendía a propios y a extraños. Lo mismo se podía asistir a una discusión en griego clásico (doy fe que tal hecho ocurrió entre GFM y el director de una revista cultural argentina), como se le podía encontrar reparando un antiguo reloj en su casa de San Juan de Poyo. Ahora, estamos seguros que se habrá reencontrado con viejos amigos, como Alfredo Sánchez Bella (con quien solía mantener divertidas disputas dialécticas en esas amenas y fecundas comidas que organizaba Angel Maestro), Federico Silva Muñoz y tantos otros antiguos compañeros de infatigables luchas; o bien con sus viejos maestros como Leopoldo Eulogio Palacios, Manuel García Morente o Javier Conde.

A nosotros tan sólo nos queda su recuerdo; el haberle conocido, el haberle tratado, fue sencilla y llanamente todo un placer y un auténtico privilegio.

José Díaz Nieva



 

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