GONZALO
FERNANDEZ DE LA MORA Y LA JUVENTUD (Recuerdos de una
amistad)
Hace ya
más de un mes que Don Gonzalo nos abandonaba, y aunque
creemos que su partida no era un simple adiós, sino un
hasta siempre, muchos sentíamos que su aliento, su
palabra, su pensamiento, sus escritos
se nos iban
de la mano. Pocos días después algunos amigos me
solicitaron, desde el Foro ARBIL, que escribiera algo en
su memoria para un dossier que en su homenaje estaban
confeccionando. Ahora, cuando esa solicitud proviene de
sus compañeros de toda la vida, de los miembros del
Consejo de Redacción de «Razón Española», no puedo
evitar traer a mi memoria algunos episodios personales
que, a modo de breves comentarios, me gustaría
compartir. Pese a que son pequeños recuerdos, considero
que traspasan el mero plano personal y son fiel reflejo
de la relación que GFM mantuvo con los jóvenes, así
como con aquellos otros que, como en mi caso, dejaron de
serlo hace ya algunos años.
Lejos de lo que suele ocurrir con otros intelectuales, la
figura de GFM tenía algo de paternal en su trato con
todos los que se acercaban a conocerle. El fácil acceso
a su persona y su predisposición a tratar con la
Juventud siempre fueron en él una constante. En lo que a
mí respecta, jamás podré olvidar cuando en mis
primeros años universitarios me acerqué a los locales
de la Fundación Balmes -en aquellos años sita en la
calle Génova nº 12. Un viejo y entrañable amigo me
había mostrado los dos primeros números de una nueva
publicación, «Razón Española», y tras leerlos
atentamente no dudé un instante en suscribirme. No
obstante, mi primer encuentro con GFM se produjo algunos
años más tarde, cuando le solicité que impartiera una
conferencia en el Colegio Universitario Cardenal
Cisneros, debía ser el mes de febrero de 1987. GFM
aceptó enseguida sin poner ningún tipo de reparo.
Recuer-do que en aquella primera conversación, me
preguntó -bueno, más bien interrogó- sobre mis
estudios, mis inquietudes, mis orígenes
y al
comentarle que había nacido en Pontevedra y que mi
familia paterna era oriunda de Combarro, mostró especial
afecto hacia mi persona. Poco tiempo después me
obsequió con uno de sus libros, Filósofos españoles
del siglo XX, y me enviaba una atenta carta en la que,
agradeciéndome por unas publicaciones que le había
facilitado, me invitaba a colaborar en la revista que
magistralmente dirigía. Se daba así la circunstancia de
que mis primeros pasos en esto de escribir fueron sobre y
gracias a GFM: un comentario sobre los filósofos que
realicé para la revista «Punto y coma», y una nota
sobre la derecha chilena que apareció poco tiempo
después en «Razón Española».
Algunos años más tarde cuando le comenté que viajaría
a Chile en busca del material necesario para una futura
tesis doctoral, GFM se mostró tremendamente interesado y
me facilitó las direcciones y teléfonos de varios de
sus amigos, entre ellos los de Cristian Garay Vera, un
joven y brillante intelectual que no hacía mucho tiempo
había concluido un interesantísimo trabajo sobre
Acción Española. Desde aquel día, siempre que Don
Gonzalo me veía, me preguntaba -examinaba- sobre la
situación reciente de aquel país andino, mostrando sumo
interés por los datos económicos, la unidad de las
Fuerzas Armadas, la situación de la Iglesia, los amigos
comunes, la marcha de la Universidad Berardo O'Higgins -y
la de su Rector, Mario Correa-, los ambientes culturales
de la derecha
Precisamente en una de nuestras
últimas conversaciones me solicitó la dirección de
«Realidad», una revista que, publicada por la
Fundación Jaime Guzmán, acababa de reaparecer en el
marco editorial de aquel país.
Estos breves retazos vivenciales son tan sólo una
pequeña muestra de esa actitud, a que al principio de
esta escueta nota hacía referencia. En ellos creo que se
plasma su interés hacia los jóvenes. Sabía que ellos
eran el futuro, esas generaciones nuevas que algún día
deberían recoger el báculo de sus ancestros. Tal vez
por eso GFM siempre estaba ahí, siempre se le podía
llamar, siempre se le podía solicitar para alguna
actividad, y jamás se mostraba distante, jamás era
huidizo, y nunca trataba de poner trabas al contacto con
la juventud. Uno de sus últimos encuentros con los
jóvenes fue en una cena organizada a finales del año
pasado por el Foro ARBIL. En aquella ocasión, como en
otras anteriores, GFM gozó charlando y conversando con
un nutrido grupo de jóvenes profesionales que allí se
dieron cita.
En estos momentos, cuando comenzamos a echarle de menos,
somos muchos los que nos lamentamos de no haber
aprovechado más su amistad, de no haber conversado más
con él. Tenía mucho que enseñar, era un pozo de
sabiduría sin fondo. Sorprendía a propios y a
extraños. Lo mismo se podía asistir a una discusión en
griego clásico (doy fe que tal hecho ocurrió entre GFM
y el director de una revista cultural argentina), como se
le podía encontrar reparando un antiguo reloj en su casa
de San Juan de Poyo. Ahora, estamos seguros que se habrá
reencontrado con viejos amigos, como Alfredo Sánchez
Bella (con quien solía mantener divertidas disputas
dialécticas en esas amenas y fecundas comidas que
organizaba Angel Maestro), Federico Silva Muñoz y tantos
otros antiguos compañeros de infatigables luchas; o bien
con sus viejos maestros como Leopoldo Eulogio Palacios,
Manuel García Morente o Javier Conde.
A nosotros tan sólo nos queda su recuerdo; el haberle
conocido, el haberle tratado, fue sencilla y llanamente
todo un placer y un auténtico privilegio.
José Díaz Nieva
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