ARS LONGA VITA
BREVIS
Gonzalo
Fernández de la Mora ha sido uno de los principales
pensadores hispanos del siglo y uno de los mayores
escritores políticos españoles del presente, del que
por su impresionante vitalidad gozosamente jovial, aún
cabía esperar mucho más. Su figura intelectual es bien
conocida, pero quizá no tanto como debiera serlo:
Gonzalo Fernández de la Mora era una potencia
intelectual y, al pertenecer al tipo incómodo del
pensador enérgico, suscitó recelos, reservas,
incomprensión. Sin embargo, en lugar de una discusión
crítica de su obra, la censura y la autocensura han
impuesto una especie de clamoroso silencio para el que
vale el dicho latino cum tacent, clamant.
A ello ha contribuido además, que a la indiscutible
categoría de su pensamiento unía otra cualidad: la
autenticidad. Fideliter et constanter, siempre fiel a sí
mismo, mantuvo sin reservas a lo largo de su trayectoria
una excepcional independencia de pensamiento y de
criterio que los poco avisados pueden tomar por otra
cosa. Cuadra muy bien a sus Memorias el título Rio
arriba, pues, con auténtica honradez intelectual, nunca
le importó ir contra corriente, hasta quedarse a veces
prácticamente solo. Por su valor y otras muchas
virtudes, su egregia y briosa personalidad ejemplar
explica y, cum grano salis, supera a la obra: para los
que han tenido la suerte de conocerle y tratarle era un
tipo humano fascinante.
Dotado de una inmensa erudición, que cuidó de acumular
día a día hasta el final, la transformaba como pocos en
cultura viva y profunda sabiduría, lo que le hacía
sentirse tan seguro de sí mismo que con su saber
transmitía serenidad a quiénes le leían o conversaban
con él. A quienes sólo le escuchaban, quizá no pocas
veces su energía y seguridad serena les pudo parecer
arrogancia. Impresión que, a pesar de su sencillez, no
desmentía el trato más íntimo, si llegaba el caso, en
el que se confirmaba que además de una gran personalidad
era una gran persona. Elegante, abierto y liberal en el
trato, alegre con un punto de ironía, amable y
tolerante, fortiter in re, suaviter in modo, agudo y
contundente pero cortés con el adversario, siempre
generoso, resultaba imposible no estimarle y sentirse
honrado con sus deferencias o su amistad.
Gonzalo Fernández la Mora era un razonador, como él
mismo quería serlo. Su modo de pensar «razonalista»
kat' exochen, sólo desvela empero una parte de su
personalidad. Con toda su alegría de vivir, era
íntimamente un hombre en desazón, como tituló su
penúltimo libro. España, el país de la melancolía que
decía X. Zubiri, a quien admiraba por su rigor, fue el
objeto de todas sus preocupaciones públicas y,
congruente con ello, en las honduras de la arrolladora
personalidad de este profundo conocedor de Séneca había
el grave punto de melancolía de un estoico cristiano.
Reflejan muy bien su talante estas frases de ese libro
sobre la condición humana: «No desprecio, sino que
respeto a esa inmensa parte de la Humanidad que, porque
se conforma con la naturaleza o porque la ignora, se
desentiende del desenlace y alegremente madura o envejece
sub specie vitae. Dominando episodios de inadvertencia o
diversión, la suprema presencia de la muerte ha sido,
por obra y gracia del catecismo y de la filosofia, el
telón de fondo de mis movimientos en el tiempo, tan
breve para el hombre. No lo recomiendo como receta
felicitaria; pero considero inauténtica toda existencia
que se desarrolle de espaldas al dato magno del
acabamiento personal».
Mors certa, hora incerta era su lema. Pero, como decía
irónicamente, «ultima necat». Mas con el acabamiento
personal de Gonzalo Fernández de la Mora no se acaban ni
su vigoroso pensamiento ni sus méritos. Además de su
figura quedan sus obras, en las que junto con el rigor,
la claridad y el arte de escribir se pueden aprender
tantas cosas y, con ellas, quedan las empresas de este
empresario de la razón. Y quedan también sus
discípulos, bastantes de ellos, los ex auditu, amigos,
pues siempre acogía con más amistad que benevolencia a
quien se acercaba a él en busca de consejo u
orientación, que prestaba gustoso con el don especial
del maestro auténtico: sin que se le notase la
maestría. Bene vixit, qui bene latuit.
Por Dalmacio Negro
|