Razón Española, nº 115; ARS LONGA VITA BREVIS

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Dalmacio Negro

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ARS LONGA VITA BREVIS

Gonzalo Fernández de la Mora ha sido uno de los principales pensadores hispanos del siglo y uno de los mayores escritores políticos españoles del presente, del que por su impresionante vitalidad gozosamente jovial, aún cabía esperar mucho más. Su figura intelectual es bien conocida, pero quizá no tanto como debiera serlo: Gonzalo Fernández de la Mora era una potencia intelectual y, al pertenecer al tipo incómodo del pensador enérgico, suscitó recelos, reservas, incomprensión. Sin embargo, en lugar de una discusión crítica de su obra, la censura y la autocensura han impuesto una especie de clamoroso silencio para el que vale el dicho latino cum tacent, clamant.

A ello ha contribuido además, que a la indiscutible categoría de su pensamiento unía otra cualidad: la autenticidad. Fideliter et constanter, siempre fiel a sí mismo, mantuvo sin reservas a lo largo de su trayectoria una excepcional independencia de pensamiento y de criterio que los poco avisados pueden tomar por otra cosa. Cuadra muy bien a sus Memorias el título Rio arriba, pues, con auténtica honradez intelectual, nunca le importó ir contra corriente, hasta quedarse a veces prácticamente solo. Por su valor y otras muchas virtudes, su egregia y briosa personalidad ejemplar explica y, cum grano salis, supera a la obra: para los que han tenido la suerte de conocerle y tratarle era un tipo humano fascinante.

Dotado de una inmensa erudición, que cuidó de acumular día a día hasta el final, la transformaba como pocos en cultura viva y profunda sabiduría, lo que le hacía sentirse tan seguro de sí mismo que con su saber transmitía serenidad a quiénes le leían o conversaban con él. A quienes sólo le escuchaban, quizá no pocas veces su energía y seguridad serena les pudo parecer arrogancia. Impresión que, a pesar de su sencillez, no desmentía el trato más íntimo, si llegaba el caso, en el que se confirmaba que además de una gran personalidad era una gran persona. Elegante, abierto y liberal en el trato, alegre con un punto de ironía, amable y tolerante, fortiter in re, suaviter in modo, agudo y contundente pero cortés con el adversario, siempre generoso, resultaba imposible no estimarle y sentirse honrado con sus deferencias o su amistad.

Gonzalo Fernández la Mora era un razonador, como él mismo quería serlo. Su modo de pensar «razonalista» kat' exochen, sólo desvela empero una parte de su personalidad. Con toda su alegría de vivir, era íntimamente un hombre en desazón, como tituló su penúltimo libro. España, el país de la melancolía que decía X. Zubiri, a quien admiraba por su rigor, fue el objeto de todas sus preocupaciones públicas y, congruente con ello, en las honduras de la arrolladora personalidad de este profundo conocedor de Séneca había el grave punto de melancolía de un estoico cristiano.

Reflejan muy bien su talante estas frases de ese libro sobre la condición humana: «No desprecio, sino que respeto a esa inmensa parte de la Humanidad que, porque se conforma con la naturaleza o porque la ignora, se desentiende del desenlace y alegremente madura o envejece sub specie vitae. Dominando episodios de inadvertencia o diversión, la suprema presencia de la muerte ha sido, por obra y gracia del catecismo y de la filosofia, el telón de fondo de mis movimientos en el tiempo, tan breve para el hombre. No lo recomiendo como receta felicitaria; pero considero inauténtica toda existencia que se desarrolle de espaldas al dato magno del acabamiento personal».

Mors certa, hora incerta era su lema. Pero, como decía irónicamente, «ultima necat». Mas con el acabamiento personal de Gonzalo Fernández de la Mora no se acaban ni su vigoroso pensamiento ni sus méritos. Además de su figura quedan sus obras, en las que junto con el rigor, la claridad y el arte de escribir se pueden aprender tantas cosas y, con ellas, quedan las empresas de este empresario de la razón. Y quedan también sus discípulos, bastantes de ellos, los ex auditu, amigos, pues siempre acogía con más amistad que benevolencia a quien se acercaba a él en busca de consejo u orientación, que prestaba gustoso con el don especial del maestro auténtico: sin que se le notase la maestría. Bene vixit, qui bene latuit.

Por Dalmacio Negro



 

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