GONZALO
FERNANDEZ DE LA MORA Y MON Y CHILE
Al
regreso de vacaciones, me he encontrado con la infausta
noticia de la muerte del gran amigo Gonzalo Fernández de
la Mora y Mon; y he sentido que una parte muy importante
de la España que tuve en suerte conocer acababa de
desaparecer. Recuerdo, ahora, como en nuestro lejano
Chile se conocía la fama de Gonzalo. Algunos de sus
antiguos libros habían llegado a nuestra Patria. ¿Cómo
no recordar, por ejemplo, su Ortega y el 98, La
Partitocracia, El Crepúsculo de las ideologías o La
quiebra de la razón deEstado?». ¿O su extraordinaria
serie Pensamiento Español? Poco antes de viajar a
España, llegó a mis manos su por entonces última obra
Los errores del cambio.
En 1987 fui designado Agregado Cultural a la Embajada de
Chile en Madrid y muy pronto pude tomar contacto con este
famoso intelectual, pues él tenía particular interés
en conocer el proceso político mediante el cual debía
terminar el gobierno restaurador y fundacional de las
Fuerzas Armadas en nuestra Patria. Fue así como se
personó a la Embajada y sostuvimos una primera
conversación, seguida de varias otras y, al cabo de no
mucho tiempo, se fue produciendo una verdadera amistad.
Pude admirar su cultura universal, pues no había un tema
que le fuera ajeno. Las conversaciones podían transitar
igualmente por la política nacional española, por la
política chilena o por alguna materia de física,
química, historia, filatelia o ecología.Por esta
razón, las horas pasaban raudas a su lado. Reiteró que
veía con curiosidad y aprensión el futuro de Chile, con
posterioridad al gobierno de las Fuerzas Armadas y la
Presidencia del Capitán General Pinochet. Desde luego,
no concordaba con el sistema de transición a la
democracia partitocrática contemplado en la
Constitución Política de Chile. Consideraba
extremadamente riesgoso que la obra fundacional del
General Pinochet quedara expuesta a una eventual derrota
electoral en un simple plebiscito a celebrar a finales de
1988.
Todas las explicaciones que le daba acerca de la
idiosincrasia democrática del pueblo de Chile, o de la
cuasi-certeza del triunfo del Presidente Pinochet en ese
Plebiscito, habida consideración del éxito económico
de su gobierno, jamás lo convencieron. Su tesis era que
el General Pinochet debía permanecer en el gobierno el
mayor tiempo posible, como la única forma de consolidar
su obra y de evitar un acoso de parte de todos los
actores políticos, tanto nacionales como
internacionales.
Gonzalo era de naturaleza pesimista y no puedo dejar de
recordar aquellos almuerzos con Alfredo Sánchez-Bella,
de naturaleza optimista, en que analizábamos el mundo y
sus alrededores, sobre la base de tan diversas como
convergentes posiciones. Lamentablemente, en el caso de
nuestro Chile, sus aprensiones fueron confirmadas por los
porfiados hechos, de manera que no cabe otra forma de
calificarlas que de muy realistas. En efecto, el
plebiscito se perdió y, de acuerdo a la normativa
constitucional, el General Pinochet debía permanecer
sólo un año más en el gobierno y, luego, entregarlo a
quien resultara electo en unos comicios abiertos a la
dirigencia política. Vino el período de ese año de
transición, y Gonzalo insistía en su
posición:«¡Permaneced!». Nuevamente, convencidos de
las bondades del sistema establecido en nuestra
Constitución, no estuvimos de acuerdo con Gonzalo. En
realidad, la situación política que se había producido
en nuestra Patria hacia imposible pensar siquiera en no
cumplir la normativa constitucional, pues había una
euforia desatada de la izquierda chilena, vencedora en
los comicios presidenciales; y una presión externa que
era verdaderamente irresistible para un país de
economía pequeña, que había abierto absolutamente las
fronteras al comercio internacional.
Cuando comenzaron los llamados gobiernos democráticos,
todo parecía desarrollarse con gran normalidad. Se
había elegido un Presidente de la República que no
pensaba alterar substancialmente el sistema político,
económico y social creado por las Fuerzas Armadas. Chile
siguió creciendo, el General Pinochet continuó
desempeñándose como Comandante en Jefe del Ejército y
la vida política de la Patria chilena era absolutamente
tranquila. Los únicos hechos graves del pe-ríodo
fueron, por una parte, la inaceptable intromisión del
Presidente de la República en las funciones del Poder
Judicial, indicándole a los ministros de la Corte
Suprema cómo debía interpretarse la ley de amnistía,
para que no produjera efectos, lo cual fue mansamente
aceptado por el alto tribunal, y el brutal asesinato, a
manos de guerrilleros subversivos, del Senador Jaime
Guzmán Errázuriz.
En Marzo de 1998, terminó el período por el cual el
General Pino-chet debía permanecer como Comandante en
Jefe del Ejército, entregó el mando al Teniente General
Ricardo Izurieta y, tal como está determinado en la
Constitución, se incorporó al Senado de la República,
habida consideración de su calidad de ex-presidente de
la Nación, tal como posteriormente lo ha hecho Eduardo
Frei Ruiz-Tagle. En octubre de ese año se produjo el
fatídico viaje del General Pinochet a Londres y su
arbitraria prisión, que duró 503 días, causándole
secuelas indelebles. Entonces, no pude menos que recordar
las largas conversaciones con Gonzalo, pues muy distintas
habrían sido las cosas si hubiera permanecido en el
Gobierno, como tantas veces me lo dijera. Cuando nos
hemos visto enfrentados a todas esas vicisitudes, no he
podido dejar de recordar la voz de Gonzalo diciendo:
¡Permaneced!
Finalmente, quiero recordar los ya referidos almuerzos
quincenales en un restaurante gallego, en un subterráneo
cercano al edificio de la Opera, a pasos de la plaza de
Oriente. Ahí, bajo la dirección de Angel Maestro, y con
la presencia de Gonzalo y Alfredo Sánchez-Bella, se
hacía el mejor análisis político de la situación
española, europea y mundial. Para un diplomático
extranjero, si así se puede llamar en España a un
Hispanoamericano, esas reuniones eran de inmenso valor y
un verdadero privilegio, pues ahí estaba presente lo
más granado de la intelectualidad de la verdadera
España.
Con posterioridad, mantuve con Gonzalo correspondencia y
gracias al buen amigo José Díaz Nieva llegó a mis
manos «Río Arriba», libro de memorias que refleja
fielmente su personalidad emprendedora, analítica y
genial, así como algunas noticias en relación con la
revista «Razón Española». En diciembre pasado me
llegaban puntualmente, como todos los años, las
felicitaciones de Navidad y Año Nuevo, Quién podría
pensar entonces que esas serían las últimas palabras
que leería de su puño y letra.
La muerte de Gonzalo deja un gran vacío. Perpetuar su
obra, para bien de España, de Hispanoamérica y del
pensamiento tradicional debe constituir una obligación y
un desafío para todos los que fuimos sus amigos. Con
toda seguridad que desde el Cielo, nos continuará
guiando por la buena senda de la defensa de los bienes
espirituales y morales.
Por Mario Correa Bascuñán
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