Razón Española, nº 115; GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA Y MON Y CHILE

pag. principal Razón Española

Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Mario Correa Bascuñán

artículo anterior indice siguiente artículo

GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA Y MON Y CHILE

Al regreso de vacaciones, me he encontrado con la infausta noticia de la muerte del gran amigo Gonzalo Fernández de la Mora y Mon; y he sentido que una parte muy importante de la España que tuve en suerte conocer acababa de desaparecer. Recuerdo, ahora, como en nuestro lejano Chile se conocía la fama de Gonzalo. Algunos de sus antiguos libros habían llegado a nuestra Patria. ¿Cómo no recordar, por ejemplo, su Ortega y el 98, La Partitocracia, El Crepúsculo de las ideologías o La quiebra de la razón deEstado?». ¿O su extraordinaria serie Pensamiento Español? Poco antes de viajar a España, llegó a mis manos su por entonces última obra Los errores del cambio.

En 1987 fui designado Agregado Cultural a la Embajada de Chile en Madrid y muy pronto pude tomar contacto con este famoso intelectual, pues él tenía particular interés en conocer el proceso político mediante el cual debía terminar el gobierno restaurador y fundacional de las Fuerzas Armadas en nuestra Patria. Fue así como se personó a la Embajada y sostuvimos una primera conversación, seguida de varias otras y, al cabo de no mucho tiempo, se fue produciendo una verdadera amistad. Pude admirar su cultura universal, pues no había un tema que le fuera ajeno. Las conversaciones podían transitar igualmente por la política nacional española, por la política chilena o por alguna materia de física, química, historia, filatelia o ecología.Por esta razón, las horas pasaban raudas a su lado. Reiteró que veía con curiosidad y aprensión el futuro de Chile, con posterioridad al gobierno de las Fuerzas Armadas y la Presidencia del Capitán General Pinochet. Desde luego, no concordaba con el sistema de transición a la democracia partitocrática contemplado en la Constitución Política de Chile. Consideraba extremadamente riesgoso que la obra fundacional del General Pinochet quedara expuesta a una eventual derrota electoral en un simple plebiscito a celebrar a finales de 1988.

Todas las explicaciones que le daba acerca de la idiosincrasia democrática del pueblo de Chile, o de la cuasi-certeza del triunfo del Presidente Pinochet en ese Plebiscito, habida consideración del éxito económico de su gobierno, jamás lo convencieron. Su tesis era que el General Pinochet debía permanecer en el gobierno el mayor tiempo posible, como la única forma de consolidar su obra y de evitar un acoso de parte de todos los actores políticos, tanto nacionales como internacionales.

Gonzalo era de naturaleza pesimista y no puedo dejar de recordar aquellos almuerzos con Alfredo Sánchez-Bella, de naturaleza optimista, en que analizábamos el mundo y sus alrededores, sobre la base de tan diversas como convergentes posiciones. Lamentablemente, en el caso de nuestro Chile, sus aprensiones fueron confirmadas por los porfiados hechos, de manera que no cabe otra forma de calificarlas que de muy realistas. En efecto, el plebiscito se perdió y, de acuerdo a la normativa constitucional, el General Pinochet debía permanecer sólo un año más en el gobierno y, luego, entregarlo a quien resultara electo en unos comicios abiertos a la dirigencia política. Vino el período de ese año de transición, y Gonzalo insistía en su posición:«¡Permaneced!». Nuevamente, convencidos de las bondades del sistema establecido en nuestra Constitución, no estuvimos de acuerdo con Gonzalo. En realidad, la situación política que se había producido en nuestra Patria hacia imposible pensar siquiera en no cumplir la normativa constitucional, pues había una euforia desatada de la izquierda chilena, vencedora en los comicios presidenciales; y una presión externa que era verdaderamente irresistible para un país de economía pequeña, que había abierto absolutamente las fronteras al comercio internacional.

Cuando comenzaron los llamados gobiernos democráticos, todo parecía desarrollarse con gran normalidad. Se había elegido un Presidente de la República que no pensaba alterar substancialmente el sistema político, económico y social creado por las Fuerzas Armadas. Chile siguió creciendo, el General Pinochet continuó desempeñándose como Comandante en Jefe del Ejército y la vida política de la Patria chilena era absolutamente tranquila. Los únicos hechos graves del pe-ríodo fueron, por una parte, la inaceptable intromisión del Presidente de la República en las funciones del Poder Judicial, indicándole a los ministros de la Corte Suprema cómo debía interpretarse la ley de amnistía, para que no produjera efectos, lo cual fue mansamente aceptado por el alto tribunal, y el brutal asesinato, a manos de guerrilleros subversivos, del Senador Jaime Guzmán Errázuriz.

En Marzo de 1998, terminó el período por el cual el General Pino-chet debía permanecer como Comandante en Jefe del Ejército, entregó el mando al Teniente General Ricardo Izurieta y, tal como está determinado en la Constitución, se incorporó al Senado de la República, habida consideración de su calidad de ex-presidente de la Nación, tal como posteriormente lo ha hecho Eduardo Frei Ruiz-Tagle. En octubre de ese año se produjo el fatídico viaje del General Pinochet a Londres y su arbitraria prisión, que duró 503 días, causándole secuelas indelebles. Entonces, no pude menos que recordar las largas conversaciones con Gonzalo, pues muy distintas habrían sido las cosas si hubiera permanecido en el Gobierno, como tantas veces me lo dijera. Cuando nos hemos visto enfrentados a todas esas vicisitudes, no he podido dejar de recordar la voz de Gonzalo diciendo: ¡Permaneced!

Finalmente, quiero recordar los ya referidos almuerzos quincenales en un restaurante gallego, en un subterráneo cercano al edificio de la Opera, a pasos de la plaza de Oriente. Ahí, bajo la dirección de Angel Maestro, y con la presencia de Gonzalo y Alfredo Sánchez-Bella, se hacía el mejor análisis político de la situación española, europea y mundial. Para un diplomático extranjero, si así se puede llamar en España a un Hispanoamericano, esas reuniones eran de inmenso valor y un verdadero privilegio, pues ahí estaba presente lo más granado de la intelectualidad de la verdadera España.

Con posterioridad, mantuve con Gonzalo correspondencia y gracias al buen amigo José Díaz Nieva llegó a mis manos «Río Arriba», libro de memorias que refleja fielmente su personalidad emprendedora, analítica y genial, así como algunas noticias en relación con la revista «Razón Española». En diciembre pasado me llegaban puntualmente, como todos los años, las felicitaciones de Navidad y Año Nuevo, Quién podría pensar entonces que esas serían las últimas palabras que leería de su puño y letra.

La muerte de Gonzalo deja un gran vacío. Perpetuar su obra, para bien de España, de Hispanoamérica y del pensamiento tradicional debe constituir una obligación y un desafío para todos los que fuimos sus amigos. Con toda seguridad que desde el Cielo, nos continuará guiando por la buena senda de la defensa de los bienes espirituales y morales.


Por Mario Correa Bascuñán



 

artículo anterior indice siguiente artículo

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.