Razón Española, nº 115; LA MUERTE DE GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA EN LA PRENSA DEL DIA SIGUIENTE

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Francisco José Fernández de la Cigoñar

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LA MUERTE DE GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA EN LA PRENSA DEL DIA SIGUIENTE

La imprevista muerte de Gonzalo Fernández de la Mora, cuando se encontraba en plenitud de facultades, sorprendió con el natural dolor a sus amigos, pero, sin embargo, no tuvo en la prensa el eco que su personalidad se merecía. Porque su figura excedía con mucho a la de un simple ministro, más o menos eficaz.

Gonzalo Fernández de la Mora fue, a mi entender, un excelente ministro de Obras Públicas, pero ni entiendo demasiado de eso ni tampoco me preocupa. Lo que sí fue es un intelectual de primer orden, de los que tan poco abundan en España. Y eso sí merecería que su desaparición de este mundo tuviera mayor eco del que tuvo. Sin embargo, su vocación de nadar río arriba -es el título de sus Memorias-, le hizo, sin duda incómodo a todos los que se precipitan a nadar río abajo, dejándose llevar de la corriente. Lo que fatiga mucho menos, aunque prive de la gloria de la hazaña.

Cuatro han sido los artículos de prensa que han llegado a mi poder con motivo de su muerte -no acostumbro a leer El Mundo- y es lo que me propongo comentar. De los cuatro articulistas es Luis María Ansón el que tiene mayor conocimiento del fallecido. sus orígenes políticos son parecidos. Cuando Ansón aparecía en la vida pública con notables y comentados artículos en la «tercera» de «ABC». como brillante discípulo de Eugenio Vegas, era Gonzalo una de las principales figuras del «juanismo» de la época. Incluso podríamos puntualizar más, una de las principales y escasas figuras del «juanismo». Se conocieron pues muchísimo y a partir de ese momento de la aparición de Ansón, mucho más. Porque el «ABC» que se abría al joven periodista era la casa de Gonzalo Fernández de la Mora. No sólo por sus generalmente magníficas críticas de libros, sino sobre todo por sus múltiples editoriales, sus «terceras», su amistad con Torcuato y su identificación política con la línea del periódico.

Ansón reconoce los hechos y la valía de Fernández de la Mora
uno de los hombres más brillantes de su generación»-. Y también el decisivo papel que jugó en su día tanto en el aliento de las esperanzas monárquicas como en el diario de la calle de Serrano. Pero, por las circunstancias que fueran, la principal me parece el entibiarse los fervores monárquicos, pero no la única, el distanciamiento entre el diplomático y el periodista fue abismal. Y Gonzalo Fernández de la Mora dejó de existir, en su persona y en su obra, para el periódico de Ansón, fuera «ABC» o «La Razón».

No me paece que fuera la impaciencia por ocupar un cargo público, como dice Ansón, lo que empujó a Fernández de la Mora a la política concreta. En muchas conversaciones que tuve la suerte de mantener con él desde hace bastantes años -con motivo de su muerte me he encontrado con una nieta de Gonzalo, atractiva joven que de niña había tenido en brazos en su acogedor pazo de Poyo- jamás noté esa impaciencia. Creo, más bien, que se debió a un desengaño y a un descubrimiento. De dos personalidades. La de don Juan y la de Francisco Franco. Ahí está la explicación. Aunque ello supusiera reconocer la equivocación de ilusiones y trabajos. Muy importantes. Porque la restauración monárquica, que el 14 de abril de 1931 parecía imposible y el 1 de abril de 1939 también, se debe, únicamente, a tres causas. Al empeño de Eugenio Vegas y su Acción Española, que devolvieron a la institución un prestigio que parecía definitivamente perdido. A la voluntad de un reducido grupo de españoles que en base a aquella reinvidicación, mantuvieron su lealtad a la Monarquía, compatibilizándola unos con la adhesión al régimen nacido el 18 de julio y desde una relativa oposición al mismo en otros.

Y por último, y decisivamente, a la voluntad de Francisco Franco. Pues bien, en la segunda de las causas Gonzalo Fernández de la Mora tuvo no escaso peso.

La transición. tal y como se produjo, no le interesaba. No podía ya estar al lado de Joaquín Satrústegui por las razones apuntadas. Ni tampoco al lado de Ansón. Que se equivoca al augurarle un «papel de relieve» en el cambio de régimen si hubiera permanecido en sus posiciones iniciales. Porque ninguno de los de aquel grupo tuvieron la menor importancia en la nueva situación. ¿Mencionamos a los principales? Gil Robles, Sainz Rodríguez, Satrústegui, Miralles, Barros de Lis, Ansón... Apenas Areilza, con Arias Navarro, Cavero y alguno más contaron para algo. La Monarquía no fue precisamente generosa con quienes, desde el antifranquismo, habían apostado por ella. Y precisamente por la Monarquía que efectivamente llegó.

No entro en las consideraciones de Ansón sobre Fernández de la Mora y Ortega y sus epígonos. Son discutibles. Sólo quiero refrirme al último párrafo del director de «La Razón». La muerte, como ocurre tantas veces, le ha hecho recordar a quien tenía olvidado desde hacía mucho tiempo. Conscientemente olvidado. Deliberadamente olvidado. «Tuve relación con él durante los años en que estuvo al lado de don Juan». Cierto. Y mucha. «Luego no». Cierto también. Y por deliberada y ostentosa decisión de Ansón. Porque, que se hubieran entibiado antiguos fervores no suponía en Fernández de la Mora la ruptura con sus amigos de siempre. Hasta la muerte fue, por ejemplo, fraterno amigo de Torcuato Luca de Tena. «Sé que se analizará con cicatería o con sectarismo.» Creo que estas páginas darán cumplida cuenta de ello. «No quiero sumarme a los leñadores del árbol caído.» Bueno. Me parece más una cláusula de estilo que una realidad. Hay muchas formas de hacer leña y la conspiración del silencio es una de ellas. Que la muerte lo haya roto no hace el silencio menos atronador. Ahora lo más positivo del artículo: «Fue un político eficaz, un diplomático brillante, un escritor pugnaz, un pensador tradicionalista y un hombre muy inteligente, en gran parte malogrado.» Un matiz y una negación. Pienso que fue más conservador, en el más noble sentido de la palabra, que tradicionalista. Y en absoluto me parece malogrado. El estaba satisfecho de sí mismo y de su obra. No tenía la menor conciencia de haberse malogrado. Y me parece que esa conciencia es el mejor aparato de medida de una vida lograda. Mejor incluso que el aplauso de sus numerosos admiradores que agotaban sus obras. Sus numerosas obras, pues fue un prolífero y magnífico escritor. Aunque «ABC», «La Razón» o «El País» no hablaran de sus libros o de su importante revista, obra fundamentalmente de su empeño, «Razón Española».

Si Ansón en su artículo no perdió la compostura, aunque no brillara en él la simpatía, hay que reconocer que permitió que en las páginas de su diario se publicara un artículo menos reticente. Y todo el mundo sabe que en los periódicos que Ansón dirige no aparece ni una página que no haya autorizado. Me refiero al que le dedicó Rafael Borrás con el título de «Un monárquico sin Rey». No es que sea elogioso, pero al menos no es contrario. Y me parece veraz en la narración de unos hechos que son precisamente los que le reprocha Ansón.

«ABC» le dedicó un amplio reportaje biográfico y un artículo de Darío Valcárcel que lleva por título «Un gran intelectual autoritario». Escrito desde la misma orilla ansoniana, el respeto y la admiración ganan con mucho a la discrepancia, «aunque mantuviéramos interpretaciones opuestas sobre el siglo XX español (el régimen de Franco, la política de resistencia de don Juan de Borbón, el desarrollo de los años sesenta, la evolución hacia la Europa democrática...)». «Fue un intelectual íntegro, ciclópeo trabajador y fiel a sus verdaderos amigos. Hombre de grandísima cultura e inteligencia, supo enseguida que el gran caudal con que cuenta el ser humano, el tiempo, debe ser aprovechado al minuto y se cuidó de dejar en más de cuatro mil páginas -la mitad de ellas en este periódico- una parte de su pensamiento». Nada que objetar, excepto que las páginas que escribió fueron once mil. Tampoco a las raíces que le atribuye: Menéndez Pelayo, Maeztu, Vegas, la corriente conservadora alemana y francesa, Feijóo y Jovellanos... Y añadiría también el conservatismo anglosajón. Era uno de los pocos españoles que lo conocían a fondo. La mezcla le daba una especial peculiaridad, por lo que quizá la palabra «directo descendiente» no sea la más acertada, aunque el influjo cierto sea.

El párrafo que dedica a su «independencia radical», aunque elogioso, no me parece acertado. Gonzalo Fernández de la Mora no vivía «a la intemperie». Tenía «tribu y territorio». Creo que puedo manifestarlo con especial conocimiento de causa. En muchos lugares se sentía querido, arropado, admirado... Todos los veranos acudía -no recuerdo que faltara nunca a la cita- a una comida que un núcleo de ex combatientes le ofrecía en el Club de Campo de Vigo. Apenas yo, y algún otro, éramos por edad, ajenos a la contienda civil. Me consta la espera ilusionada de todos los asistentes, la atenta escucha, la sobremesa apasionante que a todos se les hacía corta... Me consta también el sentimiento que la tremenda noticia del 10 de febrero produjo en todos ellos: Manolo Núñez, Moncho Encinas, Antonio Bandeira, Pepín... Habían desaparecido ya Fernando Romero, Ojeda de la Riva... Allí había tribu y territorio. Y no se sentía la intemperie, sino la amistad y el amor a España. Y lo mismo cabe decir de otras reuniones que celebrábamos en Madrid, convocadas periódicamente por Angel Maestro, Emilio de Miguel, Enrique de la Cierva, Mario Soria, Gonzalo Muñiz, Benedicto Martín Amores, Miguel Ayuso, José Díaz Nieva, Javier Esparza, Os-waldo Elejalde, Eduardo Ballester...

Y en el domicilio cuando aún estaba de cuerpo presente, en el cementerio, en los funerales que por su eterno descanso se celebraron no se percibía en modo alguno la soledad del muerto, sino la multitud de relaciones que había cultivado y ahora iban a darle el último adiós. ministros, ex ministros, académicos, gente vinculada a «Razón Espa-ñola» o a la Fundación Francisco Franco, amigos sin más...

Pese a esta discrepancia es, sin duda, el de Valcárcel, el artículo más favorable de los que aparecieron al día siguiente del fallecimiento de Gonzalo Fernández de la Mora, cosa más de agradecer por no coincidir ahora políticamente Darío Valcárcel con Gonzalo Fernández de la Mora.

«El País» publicó una basura obra de Javier Tusell. Conocido el personaje, que días después estaba a las puertas de la muerte, podía esperarse lo peor. Pues todavía se superó en la indignidad. «Diplomático con ínfulas de intelectual», «lo lamentable de sus ideas», «decía necedades»... Verdaderamente hay personas con un don especial para desautorizarse solas.

La relectura de estos artículos me volvió a una triste mañana de febrero en la que aparecieron en la prensa madrileña. Aquel día apenas reparé en ellos. Hoy ha sido cuando verdaderamente me he indignado con Tusell, aunque semejante sujeto tal vez ni merezca la indignación. Aquella mañana triste, camino de su casa en Navalmanzano para darle el último adíos, un adiós al que ya no contestaría, sólo pensaba en el amigo muerto, en aquel ser de conversación encantadora, amable siempre, acogedor, lleno de vida, sabio, afectuoso... Lo que se perdió Luis María Ansón. De Tusell no digo nada.


Por Francisco José Fernández de la Cigoña



 

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