LA MUERTE DE
GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA EN LA PRENSA DEL DIA
SIGUIENTE
La
imprevista muerte de Gonzalo Fernández de la Mora,
cuando se encontraba en plenitud de facultades,
sorprendió con el natural dolor a sus amigos, pero, sin
embargo, no tuvo en la prensa el eco que su personalidad
se merecía. Porque su figura excedía con mucho a la de
un simple ministro, más o menos eficaz.
Gonzalo Fernández de la Mora fue, a mi entender, un
excelente ministro de Obras Públicas, pero ni entiendo
demasiado de eso ni tampoco me preocupa. Lo que sí fue
es un intelectual de primer orden, de los que tan poco
abundan en España. Y eso sí merecería que su
desaparición de este mundo tuviera mayor eco del que
tuvo. Sin embargo, su vocación de nadar río arriba -es
el título de sus Memorias-, le hizo, sin duda incómodo
a todos los que se precipitan a nadar río abajo,
dejándose llevar de la corriente. Lo que fatiga mucho
menos, aunque prive de la gloria de la hazaña.
Cuatro han sido los artículos de prensa que han llegado
a mi poder con motivo de su muerte -no acostumbro a leer
El Mundo- y es lo que me propongo comentar. De los cuatro
articulistas es Luis María Ansón el que tiene mayor
conocimiento del fallecido. sus orígenes políticos son
parecidos. Cuando Ansón aparecía en la vida pública
con notables y comentados artículos en la «tercera» de
«ABC». como brillante discípulo de Eugenio Vegas, era
Gonzalo una de las principales figuras del «juanismo»
de la época. Incluso podríamos puntualizar más, una de
las principales y escasas figuras del «juanismo». Se
conocieron pues muchísimo y a partir de ese momento de
la aparición de Ansón, mucho más. Porque el «ABC»
que se abría al joven periodista era la casa de Gonzalo
Fernández de la Mora. No sólo por sus generalmente
magníficas críticas de libros, sino sobre todo por sus
múltiples editoriales, sus «terceras», su amistad con
Torcuato y su identificación política con la línea del
periódico.
Ansón reconoce los hechos y la valía de Fernández de
la Mora
uno de los hombres más brillantes de su generación»-.
Y también el decisivo papel que jugó en su día tanto
en el aliento de las esperanzas monárquicas como en el
diario de la calle de Serrano. Pero, por las
circunstancias que fueran, la principal me parece el
entibiarse los fervores monárquicos, pero no la única,
el distanciamiento entre el diplomático y el periodista
fue abismal. Y Gonzalo Fernández de la Mora dejó de
existir, en su persona y en su obra, para el periódico
de Ansón, fuera «ABC» o «La Razón».
No me paece que fuera la impaciencia por ocupar un cargo
público, como dice Ansón, lo que empujó a Fernández
de la Mora a la política concreta. En muchas
conversaciones que tuve la suerte de mantener con él
desde hace bastantes años -con motivo de su muerte me he
encontrado con una nieta de Gonzalo, atractiva joven que
de niña había tenido en brazos en su acogedor pazo de
Poyo- jamás noté esa impaciencia. Creo, más bien, que
se debió a un desengaño y a un descubrimiento. De dos
personalidades. La de don Juan y la de Francisco Franco.
Ahí está la explicación. Aunque ello supusiera
reconocer la equivocación de ilusiones y trabajos. Muy
importantes. Porque la restauración monárquica, que el
14 de abril de 1931 parecía imposible y el 1 de abril de
1939 también, se debe, únicamente, a tres causas. Al
empeño de Eugenio Vegas y su Acción Española, que
devolvieron a la institución un prestigio que parecía
definitivamente perdido. A la voluntad de un reducido
grupo de españoles que en base a aquella
reinvidicación, mantuvieron su lealtad a la Monarquía,
compatibilizándola unos con la adhesión al régimen
nacido el 18 de julio y desde una relativa oposición al
mismo en otros.
Y por último, y decisivamente, a la voluntad de
Francisco Franco. Pues bien, en la segunda de las causas
Gonzalo Fernández de la Mora tuvo no escaso peso.
La transición. tal y como se produjo, no le interesaba.
No podía ya estar al lado de Joaquín Satrústegui por
las razones apuntadas. Ni tampoco al lado de Ansón. Que
se equivoca al augurarle un «papel de relieve» en el
cambio de régimen si hubiera permanecido en sus
posiciones iniciales. Porque ninguno de los de aquel
grupo tuvieron la menor importancia en la nueva
situación. ¿Mencionamos a los principales? Gil Robles,
Sainz Rodríguez, Satrústegui, Miralles, Barros de Lis,
Ansón... Apenas Areilza, con Arias Navarro, Cavero y
alguno más contaron para algo. La Monarquía no fue
precisamente generosa con quienes, desde el
antifranquismo, habían apostado por ella. Y precisamente
por la Monarquía que efectivamente llegó.
No entro en las consideraciones de Ansón sobre
Fernández de la Mora y Ortega y sus epígonos. Son
discutibles. Sólo quiero refrirme al último párrafo
del director de «La Razón». La muerte, como ocurre
tantas veces, le ha hecho recordar a quien tenía
olvidado desde hacía mucho tiempo. Conscientemente
olvidado. Deliberadamente olvidado. «Tuve relación con
él durante los años en que estuvo al lado de don
Juan». Cierto. Y mucha. «Luego no». Cierto también. Y
por deliberada y ostentosa decisión de Ansón. Porque,
que se hubieran entibiado antiguos fervores no suponía
en Fernández de la Mora la ruptura con sus amigos de
siempre. Hasta la muerte fue, por ejemplo, fraterno amigo
de Torcuato Luca de Tena. «Sé que se analizará con
cicatería o con sectarismo.» Creo que estas páginas
darán cumplida cuenta de ello. «No quiero sumarme a los
leñadores del árbol caído.» Bueno. Me parece más una
cláusula de estilo que una realidad. Hay muchas formas
de hacer leña y la conspiración del silencio es una de
ellas. Que la muerte lo haya roto no hace el silencio
menos atronador. Ahora lo más positivo del artículo:
«Fue un político eficaz, un diplomático brillante, un
escritor pugnaz, un pensador tradicionalista y un hombre
muy inteligente, en gran parte malogrado.» Un matiz y
una negación. Pienso que fue más conservador, en el
más noble sentido de la palabra, que tradicionalista. Y
en absoluto me parece malogrado. El estaba satisfecho de
sí mismo y de su obra. No tenía la menor conciencia de
haberse malogrado. Y me parece que esa conciencia es el
mejor aparato de medida de una vida lograda. Mejor
incluso que el aplauso de sus numerosos admiradores que
agotaban sus obras. Sus numerosas obras, pues fue un
prolífero y magnífico escritor. Aunque «ABC», «La
Razón» o «El País» no hablaran de sus libros o de su
importante revista, obra fundamentalmente de su empeño,
«Razón Española».
Si Ansón en su artículo no perdió la compostura,
aunque no brillara en él la simpatía, hay que reconocer
que permitió que en las páginas de su diario se
publicara un artículo menos reticente. Y todo el mundo
sabe que en los periódicos que Ansón dirige no aparece
ni una página que no haya autorizado. Me refiero al que
le dedicó Rafael Borrás con el título de «Un
monárquico sin Rey». No es que sea elogioso, pero al
menos no es contrario. Y me parece veraz en la narración
de unos hechos que son precisamente los que le reprocha
Ansón.
«ABC» le dedicó un amplio reportaje biográfico y un
artículo de Darío Valcárcel que lleva por título «Un
gran intelectual autoritario». Escrito desde la misma
orilla ansoniana, el respeto y la admiración ganan con
mucho a la discrepancia, «aunque mantuviéramos
interpretaciones opuestas sobre el siglo XX español (el
régimen de Franco, la política de resistencia de don
Juan de Borbón, el desarrollo de los años sesenta, la
evolución hacia la Europa democrática...)». «Fue un
intelectual íntegro, ciclópeo trabajador y fiel a sus
verdaderos amigos. Hombre de grandísima cultura e
inteligencia, supo enseguida que el gran caudal con que
cuenta el ser humano, el tiempo, debe ser aprovechado al
minuto y se cuidó de dejar en más de cuatro mil
páginas -la mitad de ellas en este periódico- una parte
de su pensamiento». Nada que objetar, excepto que las
páginas que escribió fueron once mil. Tampoco a las
raíces que le atribuye: Menéndez Pelayo, Maeztu, Vegas,
la corriente conservadora alemana y francesa, Feijóo y
Jovellanos... Y añadiría también el conservatismo
anglosajón. Era uno de los pocos españoles que lo
conocían a fondo. La mezcla le daba una especial
peculiaridad, por lo que quizá la palabra «directo
descendiente» no sea la más acertada, aunque el influjo
cierto sea.
El párrafo que dedica a su «independencia radical»,
aunque elogioso, no me parece acertado. Gonzalo
Fernández de la Mora no vivía «a la intemperie».
Tenía «tribu y territorio». Creo que puedo
manifestarlo con especial conocimiento de causa. En
muchos lugares se sentía querido, arropado, admirado...
Todos los veranos acudía -no recuerdo que faltara nunca
a la cita- a una comida que un núcleo de ex combatientes
le ofrecía en el Club de Campo de Vigo. Apenas yo, y
algún otro, éramos por edad, ajenos a la contienda
civil. Me consta la espera ilusionada de todos los
asistentes, la atenta escucha, la sobremesa apasionante
que a todos se les hacía corta... Me consta también el
sentimiento que la tremenda noticia del 10 de febrero
produjo en todos ellos: Manolo Núñez, Moncho Encinas,
Antonio Bandeira, Pepín... Habían desaparecido ya
Fernando Romero, Ojeda de la Riva... Allí había tribu y
territorio. Y no se sentía la intemperie, sino la
amistad y el amor a España. Y lo mismo cabe decir de
otras reuniones que celebrábamos en Madrid, convocadas
periódicamente por Angel Maestro, Emilio de Miguel,
Enrique de la Cierva, Mario Soria, Gonzalo Muñiz,
Benedicto Martín Amores, Miguel Ayuso, José Díaz
Nieva, Javier Esparza, Os-waldo Elejalde, Eduardo
Ballester...
Y en el domicilio cuando aún estaba de cuerpo presente,
en el cementerio, en los funerales que por su eterno
descanso se celebraron no se percibía en modo alguno la
soledad del muerto, sino la multitud de relaciones que
había cultivado y ahora iban a darle el último adiós.
ministros, ex ministros, académicos, gente vinculada a
«Razón Espa-ñola» o a la Fundación Francisco Franco,
amigos sin más...
Pese a esta discrepancia es, sin duda, el de Valcárcel,
el artículo más favorable de los que aparecieron al
día siguiente del fallecimiento de Gonzalo Fernández de
la Mora, cosa más de agradecer por no coincidir ahora
políticamente Darío Valcárcel con Gonzalo Fernández
de la Mora.
«El País» publicó una basura obra de Javier Tusell.
Conocido el personaje, que días después estaba a las
puertas de la muerte, podía esperarse lo peor. Pues
todavía se superó en la indignidad. «Diplomático con
ínfulas de intelectual», «lo lamentable de sus
ideas», «decía necedades»... Verdaderamente hay
personas con un don especial para desautorizarse solas.
La relectura de estos artículos me volvió a una triste
mañana de febrero en la que aparecieron en la prensa
madrileña. Aquel día apenas reparé en ellos. Hoy ha
sido cuando verdaderamente me he indignado con Tusell,
aunque semejante sujeto tal vez ni merezca la
indignación. Aquella mañana triste, camino de su casa
en Navalmanzano para darle el último adíos, un adiós
al que ya no contestaría, sólo pensaba en el amigo
muerto, en aquel ser de conversación encantadora, amable
siempre, acogedor, lleno de vida, sabio, afectuoso... Lo
que se perdió Luis María Ansón. De Tusell no digo
nada.
Por Francisco José Fernández de la Cigoña
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