LAS ULTIMAS
LECCIONES
Para
mí cada encuentro, cada carta, cada conversación larga
o breve de Gonzalo Fernández de la Mora era una
lección. Con toda naturalidad, sin el menor alarde, sin
la más mínima tentación de adoctrinamiento me ofrecía
siempre una lección improvisada, ex abundantia cordis.
Tuve el honor de que dedicase a uno de mis primeros
libros, en 1969, el último de sus extensos comentarios
semanales en la sección literaria de ABC, donde Gonzalo
dejó un vacío que nadie ha podido, ni siquiera
intentado, colmar. Curiosamente nuestro último encuentro
y su última carta versaron sobre el filósofo alemán
Krause, que tan desmedida influencia ha ejercido sobre la
vida cultural española durante el último siglo y medio.
En los primeros meses de 2002 me interesaba Krause para
mi libro, entonces en preparación, La Masonería
Invisible. Krause era masón ferviente y conspicuo, como
lo eran varios de sus seguidores españoles que luego
fundaron la Institución Libre de Enseñanza. La última
vez que hablé con Gonzalo Fernández de la Mora, unos
días antes de su inesperada muerte, fue bajo el soportal
de unas obras en el paseo de la Castellana donde le pedí
una puntualización sobre uno de los varios artículos
que había dedicado a Krause en Razón Española.
Ultimamente se habían deslizado en los ambientes
culturales españoles algunos errores graves y algunas
tonterías trascendentales sobre el filósofo alemán y
Gonzalo me aclaró algunas cosas. La semblanza del
filósofo y su huella masónica que pocas semanas
después apareció en mi libro se debe a esta
conversación.
Pero Gonzalo Fernández de la Mora no quedó satisfecho
con esta lección en plena calle. Reflexionó de nuevo
sobre el asunto y me envió una larga carta que sería su
última lección. No llegó a tiempo para incluirla en la
primera edición de mi libro pero me sirve a las mil
maravillas para comunicarla en estas páginas porque se
trata de un valioso inédito. Estos eran sus párrafos:
«Reconocía Kant que había leído al visionario
Svendenborg y que para que tal esfuerzo no fuese
totalmente inútil le había dedicado un breve ensayo.
Salvadas las distancias, algo parecido me ha ocurrido a
mí. Leí a Sanz del Río y a su mentor Krause y he
escrito sobre el tema para no tener la sensacion de haber
malgastado totalmente mi tiempo.
'Hijo de un pastor luterano, Krause fue un enfermo
mental, progresivamente amargado por su fracaso vital y
por su pobreza. Alimentaba a su numerosísima familia
(tuvo catorce hijos y le sobrevivieron doce) dando clases
de piano, instrumento que tocaba muy mediocremente.
Ingresó en una logia masónica cuando tenía veintitrés
años y se dedicó a escribir tratados masónicos; pero
un lustro después le expulsaron de la logia. Leonhardi
en la biografía de su suegro, Krause, narra la
«persecución» de que fue objeto por los masones. No
obstante se considera un masón más puro que los demás
y sigue publicando textos masónicos como su Ideal de la
Humanidad para masones (1811) utilizado por Sanz del Río
para su Ideal de la Humanidad que es, en realidad, una
traducción de textos de Krause. Intentó enseñar en las
Universidades de Berlín, Gotinga y Munich sin lograr que
los alumnos asistieran a sus cursos. Atribuyó uno de sus
fracasos académicos al gran filósofo Schleiermacher, y
como venganza personal escribió una obra en la que
pretendía refutar, párrafo a párrafo, un tratado de
Schleiermacher (he tenido esa patética y frustrada
refutación en mis manos). Muere a los 51 años, después
de haber escrito muchísimo, y encarga a sus
descendientes que editen sus manuscritos por lo que la
mayoría de sus publicaciones son póstumas. Más que
filósofo fue teósofo.
'Los escritos de Krause son auténticos galimatías. Su
pensamiento es una especie de intuicionismo místico y de
moral puritana, y confiesa que sus ideas fundamentales se
le ocurrían durante el sueño, la hipnosis o sus
frecuentes ataques de epilepsia. Incluso sus notas de un
viaje a Italia son literariamente horrendas. Sólo es
legible el epistolario cuando no trata de filosofar.
'En España no tuvo más que un genuino discípulo, Sanz
del Río, que tradujo y glosó algo del Sistema que en
español es tan galimatías como en alemán. Los
socialistas pensionaron a un par de jóvenes para que
tradujeran al español La ciencia universal de Krause,
(1986) empeño que calificaron de sumamente arduo a pesar
de tratarse de un escrito vulgarizador.
'En España no he podido encontrar un solo libro de
Krause en alemán. Los institucionistas no suscriben la
filosofía de Krause, ni siquiera Giner de los Ríos
cuyas Obras completas he leído. Giner sabía que Krause
no llevaba a ninguna parte pero no le pareció oportuno
confesarlo . Los institucionistas intelectualmente más
destacados se hicieron positivistas que es
filosóficamente lo opuesto al krausismo. Mi mujer
procede de una familia institucionista pero nunca he
conocido a ninguno de los llamados krausistas que tuviera
una vaga idea de la metafisica de Krause.
'Sanz del Río, seminarista en Córdoba y masón, fue
destinado a estudiar. al que los mal informados masones
españoles consideraban el filósofo oficial de la Orden.
Fue primero a la Universidad masónica de Bruselas y al
comprobar que allí nadie se interesaba por la metafisica
del alemán se fue a Heidelberg donde enseñaba Derecho
un yerno de Krause. También allí se llevó una gran
decepción porque la filosofía krausista estaba muerta y
pronto regresó a España para refugiarse en Illescas y
repensar el krausismo. Salvo el Ideal, el resto de las
publicaciones de Sanz del Río es ilegible y parte se
conserva inédita en la Academia de la Historia.
'Enrique Ahrens, jurista lúcido, era masón y se decía
discípulo de Krause pero en su obra (he leído casi
todo) no aparecen ecos significativos de la metafisica
krausista. Las logias procedieron a disponer la
traducción al español en 1841 del Curso de Derecho
Natural de Ahrens, obra excelente en la que se defiende
la democracia orgánica, idea adoptada por la mayoría de
los institucionistas.
'Para la inteligencia española fue trágico que las
logias patrocinasen la estéril importación de Krause en
vez de, por ejemplo, la de Comte o Hegel».
Después de esta última lección magistral y personal de
Gonzalo Fernández de la Mora anoté al margen un tema
para nuestro siguiente encuentro: la vinculación entre
la Institución Libre de Enseñanza y la Masonería a
través de una personalidad histórica que perteneció
intensamente a las dos, el profesor Miguel Morayta. Por
desgracia mi ilustre amigo falleció antes de ese
encuentro y en medio de la trabajosa investigación que
hube de emprender en soledad he palpado lo mucho que
significaba para mí su presencia y su inspiración.
Por Ricardo de la Cierva
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