Razón Española, nº 115; LAS ULTIMAS LECCIONES

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Ricardo de la Cierva

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LAS ULTIMAS LECCIONES

Para mí cada encuentro, cada carta, cada conversación larga o breve de Gonzalo Fernández de la Mora era una lección. Con toda naturalidad, sin el menor alarde, sin la más mínima tentación de adoctrinamiento me ofrecía siempre una lección improvisada, ex abundantia cordis. Tuve el honor de que dedicase a uno de mis primeros libros, en 1969, el último de sus extensos comentarios semanales en la sección literaria de ABC, donde Gonzalo dejó un vacío que nadie ha podido, ni siquiera intentado, colmar. Curiosamente nuestro último encuentro y su última carta versaron sobre el filósofo alemán Krause, que tan desmedida influencia ha ejercido sobre la vida cultural española durante el último siglo y medio.

En los primeros meses de 2002 me interesaba Krause para mi libro, entonces en preparación, La Masonería Invisible. Krause era masón ferviente y conspicuo, como lo eran varios de sus seguidores españoles que luego fundaron la Institución Libre de Enseñanza. La última vez que hablé con Gonzalo Fernández de la Mora, unos días antes de su inesperada muerte, fue bajo el soportal de unas obras en el paseo de la Castellana donde le pedí una puntualización sobre uno de los varios artículos que había dedicado a Krause en Razón Española. Ultimamente se habían deslizado en los ambientes culturales españoles algunos errores graves y algunas tonterías trascendentales sobre el filósofo alemán y Gonzalo me aclaró algunas cosas. La semblanza del filósofo y su huella masónica que pocas semanas después apareció en mi libro se debe a esta conversación.

Pero Gonzalo Fernández de la Mora no quedó satisfecho con esta lección en plena calle. Reflexionó de nuevo sobre el asunto y me envió una larga carta que sería su última lección. No llegó a tiempo para incluirla en la primera edición de mi libro pero me sirve a las mil maravillas para comunicarla en estas páginas porque se trata de un valioso inédito. Estos eran sus párrafos:

«Reconocía Kant que había leído al visionario Svendenborg y que para que tal esfuerzo no fuese totalmente inútil le había dedicado un breve ensayo. Salvadas las distancias, algo parecido me ha ocurrido a mí. Leí a Sanz del Río y a su mentor Krause y he escrito sobre el tema para no tener la sensacion de haber malgastado totalmente mi tiempo.

'Hijo de un pastor luterano, Krause fue un enfermo mental, progresivamente amargado por su fracaso vital y por su pobreza. Alimentaba a su numerosísima familia (tuvo catorce hijos y le sobrevivieron doce) dando clases de piano, instrumento que tocaba muy mediocremente. Ingresó en una logia masónica cuando tenía veintitrés años y se dedicó a escribir tratados masónicos; pero un lustro después le expulsaron de la logia. Leonhardi en la biografía de su suegro, Krause, narra la «persecución» de que fue objeto por los masones. No obstante se considera un masón más puro que los demás y sigue publicando textos masónicos como su Ideal de la Humanidad para masones (1811) utilizado por Sanz del Río para su Ideal de la Humanidad que es, en realidad, una traducción de textos de Krause. Intentó enseñar en las Universidades de Berlín, Gotinga y Munich sin lograr que los alumnos asistieran a sus cursos. Atribuyó uno de sus fracasos académicos al gran filósofo Schleiermacher, y como venganza personal escribió una obra en la que pretendía refutar, párrafo a párrafo, un tratado de Schleiermacher (he tenido esa patética y frustrada refutación en mis manos). Muere a los 51 años, después de haber escrito muchísimo, y encarga a sus descendientes que editen sus manuscritos por lo que la mayoría de sus publicaciones son póstumas. Más que filósofo fue teósofo.

'Los escritos de Krause son auténticos galimatías. Su pensamiento es una especie de intuicionismo místico y de moral puritana, y confiesa que sus ideas fundamentales se le ocurrían durante el sueño, la hipnosis o sus frecuentes ataques de epilepsia. Incluso sus notas de un viaje a Italia son literariamente horrendas. Sólo es legible el epistolario cuando no trata de filosofar.

'En España no tuvo más que un genuino discípulo, Sanz del Río, que tradujo y glosó algo del Sistema que en español es tan galimatías como en alemán. Los socialistas pensionaron a un par de jóvenes para que tradujeran al español La ciencia universal de Krause, (1986) empeño que calificaron de sumamente arduo a pesar de tratarse de un escrito vulgarizador.

'En España no he podido encontrar un solo libro de Krause en alemán. Los institucionistas no suscriben la filosofía de Krause, ni siquiera Giner de los Ríos cuyas Obras completas he leído. Giner sabía que Krause no llevaba a ninguna parte pero no le pareció oportuno confesarlo . Los institucionistas intelectualmente más destacados se hicieron positivistas que es filosóficamente lo opuesto al krausismo. Mi mujer procede de una familia institucionista pero nunca he conocido a ninguno de los llamados krausistas que tuviera una vaga idea de la metafisica de Krause.

'Sanz del Río, seminarista en Córdoba y masón, fue destinado a estudiar. al que los mal informados masones españoles consideraban el filósofo oficial de la Orden. Fue primero a la Universidad masónica de Bruselas y al comprobar que allí nadie se interesaba por la metafisica del alemán se fue a Heidelberg donde enseñaba Derecho un yerno de Krause. También allí se llevó una gran decepción porque la filosofía krausista estaba muerta y pronto regresó a España para refugiarse en Illescas y repensar el krausismo. Salvo el Ideal, el resto de las publicaciones de Sanz del Río es ilegible y parte se conserva inédita en la Academia de la Historia.

'Enrique Ahrens, jurista lúcido, era masón y se decía discípulo de Krause pero en su obra (he leído casi todo) no aparecen ecos significativos de la metafisica krausista. Las logias procedieron a disponer la traducción al español en 1841 del Curso de Derecho Natural de Ahrens, obra excelente en la que se defiende la democracia orgánica, idea adoptada por la mayoría de los institucionistas.

'Para la inteligencia española fue trágico que las logias patrocinasen la estéril importación de Krause en vez de, por ejemplo, la de Comte o Hegel».

Después de esta última lección magistral y personal de Gonzalo Fernández de la Mora anoté al margen un tema para nuestro siguiente encuentro: la vinculación entre la Institución Libre de Enseñanza y la Masonería a través de una personalidad histórica que perteneció intensamente a las dos, el profesor Miguel Morayta. Por desgracia mi ilustre amigo falleció antes de ese encuentro y en medio de la trabajosa investigación que hube de emprender en soledad he palpado lo mucho que significaba para mí su presencia y su inspiración.

Por Ricardo de la Cierva



 

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