LA ELEGANCIA DE
GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA
Las
obras, no las buenas razones, son amores, dice el pueblo.
Pero hay razones con obras, laboriosas. Hay quehaceres
muy puestos en razón y enamorados. Así fueron los de
Gonzalo Fernández de la Mora, en el estudio, el
pensamiento, la pluma, la política y su conducta
general, siempre inaccesibles para cualquier interés o
partido que pudiera desviarle de su pasión por la
razón. La razón justa y recta. La verdadera.
«Al hábito del recto elegir llamaban los latinos
primero eligentia y luego elegantia -dice Ortega y
Gasset-». Es, tal vez, de este vocablo del que viene
nuestra palabra int-eligencia. De todas suertes,
Elegancia debía ser el nombre que diéramos a lo que
torpemente llamamos Etica, ya que esta es el arte de
elegir la mejor conducta, a la ciencia del quehacer. El
hecho de que la voz elegancia sea una de las que más
irritan hoy en el planeta es su mejor recomendación.
«Elegante es el hombre que ni hace ni dice cualquier
cosa, sino que hace lo que hay que hacer y dice lo que
hay que decir». Si esto no fuera la exacta definición y
el retrato de Fernández de la Mora, sería el resumen de
su estilo vital e intelectual.
G.F.M. se impuso a sí mismo el deber de razonar lo que
hay que hacer y, como método, el razonalismo. Aparte de
otros muchos lugares y ocasiones, aquí, en esta revista,
ha razonado, sobre todo asunto, concepto, matiz,
accidente o esencia asequible al logos, con ese método
que «consiste en que para pensar y para obrar, la razón
debe dominar a las pasiones y a la veleidad» como
explicó al distinguir su método del racionalismo, para
el que «todo el saber filosófico es puro extracto de la
cabeza».
Tenía G.F.M. otra elegancia: la literaria. Con su estilo
cristalográfico y translúcido como el cuarzo, iluminó
ideas, hechos, virtudes y plagas: Razón y felicidad,
razón y consenso, razón y el miedo, y el ser, y la
naturaleza, y el fundamentalismo, y la emoción, y la
historia, y la cultura, y el riesgo, y la violencia, y la
vida, y la muerte, y la actualidad, y lo falible, y la
logomaquia, y el socialismo, y ... más de cien
diagnósticos remando contra mareas y corrientes, con el
empuje de su pensamiento enérgico y disciplinado.
Sin querer, G.F.M. logra esta suprema elegancia de decir
lo que hay que decir para hacer lo que hay que hacer. En
todos los números de «Razón Española» no creo que
nadie pueda encontrar un denuesto ni un insulto en
respuesta a los que algunos de sus detractores le han
disparado. «El improperio es un juicio negativo de valor
acerca de una persona, pero no es un juicio razonable
-tenía escrito-. «Los relatos con odio, o a sueldo, son
un atentado al logos».
Su matemático, sistemático y mayestático orden
lógico, llevó a la pureza intelectual su elegancia. Y
la razón le reviste de elegancia vital. En Razón y
modernidad concluye: «No hay otro progreso que la
racionalización o incremento de la densidad lógica de
la conducta». «Más logos, he aquí el primer
imperativo de nuestra especie». Es decir: un quehacer
primordial.
Tenía un sentido crítico de la vida y sus
manifestaciones que determinó los simultáneos caminos
que anduvo. «El buen razonamiento es hermano siamés de
la cultura». Que implica variedad de cursos. La razón
le empujaba al quehacer. «El existir humano es una
creación continuada; es la espléndida oportunidad de
hacerse más valioso por las obras» -afirmó en «Razón
de la muerte» poniendo luz, vigor y horizonte donde
otros habrían desmayado hacia el ocaso triste.
Sin darse cuenta, ¿o dándosela? coincidía, como tanto
coinciden quienes meditan con orden lógico, con la idea
orteguiana de la elegancia:«El razonador, como el
farero, es el árbibro de la luz y pocos llegan hasta
él. Contra las viscerales pulsiones igualitarias,
aceleradas por los socialismos, la dialéctica de la
razón es exclusivista y aristocratizante», escribió en
«Aristocratismo de la razón».
La traición y la ingratitud le parecen burdas, groseras,
retrógradas. «Si como regla voluntaria de la política
se estableciera la gratitud, la gobernación ganaría en
dignidad. En la gratitud hay señorío y grandeza, y en
la ingratitud hay bajeza y mezquindad». Hay, en todo
esto, un prurito instintivo y exigente de elegancia. Es
la gratitud como quehacer, como obra volitiva dispuesta
por aquella regla voluntaria.
Las opiniones y críticas de G.F.M. no tienen que ver con
tácticas ni oportunismos. «No al prejuicio y la pasión
que engañan. Sí al logos que va revelando verdades y
libera». Esto fue lo que hizo él, con toda la obra de
su vida y, en esta revista, poco a poco, número a
número; en esta revista, complemento a sus múltiples
trabajos filosóficos, políticos, docentes y humanos.
Elijamos, para terminar, una de sus aplicaciones de la
razón mejor ajustadas a las medidas intelectuales y
prácticas del propio Fernández de la Mora:El editorial
«Razón de ser», del número 108. Dice:
«La lengua española dispone de una distinción de alta
densidad filosófica, la que existe entre los verbos
«ser» y «estar». El primero atribuye al sujeto una
cualidad que le corresponde por naturaleza, mientras que
el segundo se la atribuye de modo circunstancial y
transitorio. «Ser» posee un estatuto ontológico muy
superior a «estar». Se puede «ser» siempre, mientras
que sólo se «está» de paso y ocasionalmente. Más que
razones de estar hay meras causas (
) Las sociedades
que priman el «estar» sobre el «ser» llevan en la
mezquindad su pena inmanente porque son inestables,
porque dependen de falsos prestigios, y porque postergan
a los verdaderos valores que son los fecundos más aún
para el género humano que para sus titulares».
Fernández de la Mora se sujetó con actitud tan resuelta
a la disciplina del orden lógico que no «estuvo» en
ella «de modo circunstancial y transitorio», sino que
llegó a convertirse en su naturaleza teórica y
práctica: en «Ser». Fernández de la Mora, el de los
quehaceres puestos en razón y enamorados. Enamorados
silenciosamente, elegantemente, de la precisión, de la
verdad y de España.
Por Juan Luis Calleja
|