Razón Española, nº 115; LA ELEGANCIA DE GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Juan Luis Calleja

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LA ELEGANCIA DE GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA

Las obras, no las buenas razones, son amores, dice el pueblo. Pero hay razones con obras, laboriosas. Hay quehaceres muy puestos en razón y enamorados. Así fueron los de Gonzalo Fernández de la Mora, en el estudio, el pensamiento, la pluma, la política y su conducta general, siempre inaccesibles para cualquier interés o partido que pudiera desviarle de su pasión por la razón. La razón justa y recta. La verdadera.

«Al hábito del recto elegir llamaban los latinos primero eligentia y luego elegantia -dice Ortega y Gasset-». Es, tal vez, de este vocablo del que viene nuestra palabra int-eligencia. De todas suertes, Elegancia debía ser el nombre que diéramos a lo que torpemente llamamos Etica, ya que esta es el arte de elegir la mejor conducta, a la ciencia del quehacer. El hecho de que la voz elegancia sea una de las que más irritan hoy en el planeta es su mejor recomendación. «Elegante es el hombre que ni hace ni dice cualquier cosa, sino que hace lo que hay que hacer y dice lo que hay que decir». Si esto no fuera la exacta definición y el retrato de Fernández de la Mora, sería el resumen de su estilo vital e intelectual.

G.F.M. se impuso a sí mismo el deber de razonar lo que hay que hacer y, como método, el razonalismo. Aparte de otros muchos lugares y ocasiones, aquí, en esta revista, ha razonado, sobre todo asunto, concepto, matiz, accidente o esencia asequible al logos, con ese método que «consiste en que para pensar y para obrar, la razón debe dominar a las pasiones y a la veleidad» como explicó al distinguir su método del racionalismo, para el que «todo el saber filosófico es puro extracto de la cabeza».

Tenía G.F.M. otra elegancia: la literaria. Con su estilo cristalográfico y translúcido como el cuarzo, iluminó ideas, hechos, virtudes y plagas: Razón y felicidad, razón y consenso, razón y el miedo, y el ser, y la naturaleza, y el fundamentalismo, y la emoción, y la historia, y la cultura, y el riesgo, y la violencia, y la vida, y la muerte, y la actualidad, y lo falible, y la logomaquia, y el socialismo, y ... más de cien diagnósticos remando contra mareas y corrientes, con el empuje de su pensamiento enérgico y disciplinado.

Sin querer, G.F.M. logra esta suprema elegancia de decir lo que hay que decir para hacer lo que hay que hacer. En todos los números de «Razón Española» no creo que nadie pueda encontrar un denuesto ni un insulto en respuesta a los que algunos de sus detractores le han disparado. «El improperio es un juicio negativo de valor acerca de una persona, pero no es un juicio razonable -tenía escrito-. «Los relatos con odio, o a sueldo, son un atentado al logos».

Su matemático, sistemático y mayestático orden lógico, llevó a la pureza intelectual su elegancia. Y la razón le reviste de elegancia vital. En Razón y modernidad concluye: «No hay otro progreso que la racionalización o incremento de la densidad lógica de la conducta». «Más logos, he aquí el primer imperativo de nuestra especie». Es decir: un quehacer primordial.

Tenía un sentido crítico de la vida y sus manifestaciones que determinó los simultáneos caminos que anduvo. «El buen razonamiento es hermano siamés de la cultura». Que implica variedad de cursos. La razón le empujaba al quehacer. «El existir humano es una creación continuada; es la espléndida oportunidad de hacerse más valioso por las obras» -afirmó en «Razón de la muerte» poniendo luz, vigor y horizonte donde otros habrían desmayado hacia el ocaso triste.

Sin darse cuenta, ¿o dándosela? coincidía, como tanto coinciden quienes meditan con orden lógico, con la idea orteguiana de la elegancia:«El razonador, como el farero, es el árbibro de la luz y pocos llegan hasta él. Contra las viscerales pulsiones igualitarias, aceleradas por los socialismos, la dialéctica de la razón es exclusivista y aristocratizante», escribió en «Aristocratismo de la razón».

La traición y la ingratitud le parecen burdas, groseras, retrógradas. «Si como regla voluntaria de la política se estableciera la gratitud, la gobernación ganaría en dignidad. En la gratitud hay señorío y grandeza, y en la ingratitud hay bajeza y mezquindad». Hay, en todo esto, un prurito instintivo y exigente de elegancia. Es la gratitud como quehacer, como obra volitiva dispuesta por aquella regla voluntaria.

Las opiniones y críticas de G.F.M. no tienen que ver con tácticas ni oportunismos. «No al prejuicio y la pasión que engañan. Sí al logos que va revelando verdades y libera». Esto fue lo que hizo él, con toda la obra de su vida y, en esta revista, poco a poco, número a número; en esta revista, complemento a sus múltiples trabajos filosóficos, políticos, docentes y humanos.

Elijamos, para terminar, una de sus aplicaciones de la razón mejor ajustadas a las medidas intelectuales y prácticas del propio Fernández de la Mora:El editorial «Razón de ser», del número 108. Dice:

«La lengua española dispone de una distinción de alta densidad filosófica, la que existe entre los verbos «ser» y «estar». El primero atribuye al sujeto una cualidad que le corresponde por naturaleza, mientras que el segundo se la atribuye de modo circunstancial y transitorio. «Ser» posee un estatuto ontológico muy superior a «estar». Se puede «ser» siempre, mientras que sólo se «está» de paso y ocasionalmente. Más que razones de estar hay meras causas (…) Las sociedades que priman el «estar» sobre el «ser» llevan en la mezquindad su pena inmanente porque son inestables, porque dependen de falsos prestigios, y porque postergan a los verdaderos valores que son los fecundos más aún para el género humano que para sus titulares».

Fernández de la Mora se sujetó con actitud tan resuelta a la disciplina del orden lógico que no «estuvo» en ella «de modo circunstancial y transitorio», sino que llegó a convertirse en su naturaleza teórica y práctica: en «Ser». Fernández de la Mora, el de los quehaceres puestos en razón y enamorados. Enamorados silenciosamente, elegantemente, de la precisión, de la verdad y de España.

Por Juan Luis Calleja



 

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