Razón Española, nº 115; GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA EN EL INSTITUTO DE ESTUDIOS EUROPEOS DE BOLZANO

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Miguel Ayuso

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GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA EN EL INSTITUTO DE ESTUDIOS EUROPEOS DE BOLZANO

Para quienes hemos leído la mayor parte de las páginas salidas de la pluma de Gonzalo Fernández de la Mora y hemos disfrutado, además, del privilegio de su trato frecuente y amistoso, no resulta fácil el trance de poner unas líneas para el número in memoriam que la revista a que dio vida y sostuvo tenazmente con toda justicia le ofrece. En ocasión más gozosa, la de celebrar su septuagésimo aniversario, pude en 1995 abordar un asunto de no poca importancia en el armazón de su pensamiento, el de las relaciones entre liberalismo y democracia, y al volumen Razonalismo. Homenaje a Fernández de la Mora remito a quien tuviere interés. Como con anterioridad, en 1992, y consecuencia de un amable requerimiento suyo, había estampado en las páginas de la revista Verbo una nota saludando la aparición del número 50 de «Razón Española». Finalmente, en el mismo día de su fallecimiento, emborroné unas cuartillas con destino al diario «ABC», del que soy colaborar, aunque no asiduo, que no merecieron su publicación, pero que revisadas y con otras notas han visto la luz en la ya citada revista «Verbo», como homenaje cordial y sincero de quien colaboró también en sus páginas. Semblanza que, en lo nuclear, he vuelto a utilizar para el diccionario de juristas españoles que la editorial Aranzadi está a punto de dar a luz.

Por todo ello, y consciente de que por fuerza han de acumularse en esta iniciativa etopeyas procedentes de amigos y discípulos, con las inevitables reiteraciones, que, por cierto, no carecen de valor a la hora de reflejar una imagen de una personalidad y una ejecutoria, he preferido no insistir sobre esa línea -que además, como acabo de decir, también me he honrado en cultivar- y ofrecer en cambio un apunte sobre la colaboración de Gonzalo Fernández de la Mora con el Institut International d'Études Européennes Antonio Rosmini, que conoció de mi mano, a cuyas reuniones acudió en dos ocasiones y del que fue elegido socio.

No tiene sentido ofrecer un moroso repaso de la historia del Instituto, situado en la encantadora ciudad altoatesina (o surtirolesa) de Bolzano (o Bozen), de casi cincuenta años de existencia, y con más de cuarenta congresos internacionales a sus espaldas. Un Instituto en el que la presencia española, si no numerosa, ha sido siempre constante, desde Adolfo Muñoz Alonso -su primer presidente- a Manuel Fraga, Luis Legaz y Jorge Uscatescu, en una primera época, y últimamente -además de quien firma estas líneas, que ocupa la vicepresidencia- por medio de Dalmacio Negro, nuestro llorado Gonzalo Fernández de la Mora, Consuelo Martínez-Sicluna y Estanislao Cantero. Y un Instituto por el que han desfilado personalidades de extraordinario relive en el conjunto de la cultura europea de la segunda mitad del siglo XX, en particular de los ámbitos filosófico, jurídico y político: piénsese en Michele Federico Sciacca, Marino Gentile, Gabriel Marcel, Michel Villey, Alois Dempf, entre los desaparecidos, o Francesco Gentile, Pietro Giuseppe Grasso, Danilo Castellano, Michel Bastit, Claude Polin, Mario Bigotte Chorao, Wolfgang Waldstein, Thomas Chaimowicz, Heinrich Scholler, Thomas Molnar, entre quienes sigue en el tajo.

En diversas sedes, de las que destacan los históricos Palazzo Mercantile y Castel Mareccio, y durante el mes de octubre, a lo largo de tres días, un grupo en torno a los cuarenta estudiosos, algunos constantes en acudir año tras año a las reuniones del Instituto, pero al mismo tiempo siempre renovado con el concurso de nuevos asistentes, discute calmosamente y en un ambiente familiar los asuntos más acuciantes de la experiencia política y jurídica hodierna. En las sesiones, en los paseos y en las comidas los asistentes se entremezclan en una convivencia fácilmente tornada pronto en amistad y que produce granados frutos intelectuales. En este sentido, además de los volúmenes de las actas de cada seminario, curados siempre eficazmente por el director científico, el imprescindible Danilo Castellano, son muchos los proyectos científicos que han surgido de esta particular Academia, muchas las sinergias que se han activado y muchas las amistades que han brotado y se han conservado.

Gonzalo Fernández de la Mora, que acudió acompañado por Isabel, su mujer, en 1993 y 1996, y que fue elegido socio en 1999, también se lucró de estos intercambios con colegas de otros saberes e intereses, al tiempo que su presencia propició un interesante diálogo y consiguiente enriquecimiento de los asistentes. Puedo dar fe de cómo sus intervenciones -tituladas «Región, nación, confederación» y «¿Despolitiza-ción de Europa?»- fueron muy aprecidas, pero sobre todo de la huella que dejó en los asistentes su personalidad brillante y señorial. Danilo Castellano, por ejemplo, escribiría un ensayo crítico de elevado interés para el homenaje de 1995, antes referido. Y Pietro Grasso, en la actualidad presidente del Instituto, colaboraría en estas páginas de «Razón Española» -a requerimiento de su director- sobre los proyectos constitucionales de Antonio Rosmini. Recuerdo también las animadas veladas con el matrimonio Francesco y Annalisa Gentile, él caposcuola de la iusfilosofía italiana, y ella, mujer cultivada, inteligente y sensible. Con Bernard Dumont, animador de la revista «Catholica», una de las más agudas del panorama contemporáneo, trabó desde el primer momento buena relación, intercambiando las publicaciones respectivas, intercambio no sólo formal, sino auténtico, pues me consta el interés recíproco que suscitaba en ambos su lectura. También se reencontró en Bolzano, o quizá le conoció, no estoy seguro ahora, pues pienso que sólo habían tenido antes relación epistolar, con Thomas Chaimowicz, judío austríaco de exquisita cultura clásica, preceptor de los hijos del Archiduque Otto de Austria, a los que enseñaba historia y política en la biblioteca de su casa salzburguesa y de quien estas páginas publicaron en sus primeros años un inteligente ensayo sobre Burke.

Por todo ello, guardo un recuerdo imborrable de los encuentros otoñales tiroleses con Gonzalo Fernández de la Mora, como de los primaverales cordobeses en la Fundación Elías de Tejada -esta vez con Juan Vallet de Goytisolo, Dalmacio Negro y Manuel Fernández de Escalante como otros destacados contertulios-, de los de toda estación en los almuerzos organizados por Angel Maestro -donde brillaba especialmente esa fuerza de la naturaleza que era Alfredo Sánchez Bella- y de los ocasionales con motivo de la llegada de algún amigo de fuera, del argentino Enrique Zuleta al lusitano Jaime Nogueira Pinto, por poner dos ejemplos significativos. Haber tratado a lo largo de casi veinticinco años a Gonzalo Fernández de la Mora ha sido en verdad un privilegio, un privilegio que permite además contemplar con otra luz el pensamiento vertido en sus cuidadas páginas. Sobre las que los estudiosos del derecho público y la filosofía política deberemos volver repetidas veces.


Por Miguel Ayuso



 

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