GONZALO
FERNANDEZ DE LA MORA EN EL INSTITUTO DE ESTUDIOS EUROPEOS
DE BOLZANO
Para
quienes hemos leído la mayor parte de las páginas
salidas de la pluma de Gonzalo Fernández de la Mora y
hemos disfrutado, además, del privilegio de su trato
frecuente y amistoso, no resulta fácil el trance de
poner unas líneas para el número in memoriam que la
revista a que dio vida y sostuvo tenazmente con toda
justicia le ofrece. En ocasión más gozosa, la de
celebrar su septuagésimo aniversario, pude en 1995
abordar un asunto de no poca importancia en el armazón
de su pensamiento, el de las relaciones entre liberalismo
y democracia, y al volumen Razonalismo. Homenaje a
Fernández de la Mora remito a quien tuviere interés.
Como con anterioridad, en 1992, y consecuencia de un
amable requerimiento suyo, había estampado en las
páginas de la revista Verbo una nota saludando la
aparición del número 50 de «Razón Española».
Finalmente, en el mismo día de su fallecimiento,
emborroné unas cuartillas con destino al diario «ABC»,
del que soy colaborar, aunque no asiduo, que no
merecieron su publicación, pero que revisadas y con
otras notas han visto la luz en la ya citada revista
«Verbo», como homenaje cordial y sincero de quien
colaboró también en sus páginas. Semblanza que, en lo
nuclear, he vuelto a utilizar para el diccionario de
juristas españoles que la editorial Aranzadi está a
punto de dar a luz.
Por todo ello, y consciente de que por fuerza han de
acumularse en esta iniciativa etopeyas procedentes de
amigos y discípulos, con las inevitables reiteraciones,
que, por cierto, no carecen de valor a la hora de
reflejar una imagen de una personalidad y una ejecutoria,
he preferido no insistir sobre esa línea -que además,
como acabo de decir, también me he honrado en cultivar-
y ofrecer en cambio un apunte sobre la colaboración de
Gonzalo Fernández de la Mora con el Institut
International d'Études Européennes Antonio Rosmini, que
conoció de mi mano, a cuyas reuniones acudió en dos
ocasiones y del que fue elegido socio.
No tiene sentido ofrecer un moroso repaso de la historia
del Instituto, situado en la encantadora ciudad
altoatesina (o surtirolesa) de Bolzano (o Bozen), de casi
cincuenta años de existencia, y con más de cuarenta
congresos internacionales a sus espaldas. Un Instituto en
el que la presencia española, si no numerosa, ha sido
siempre constante, desde Adolfo Muñoz Alonso -su primer
presidente- a Manuel Fraga, Luis Legaz y Jorge Uscatescu,
en una primera época, y últimamente -además de quien
firma estas líneas, que ocupa la vicepresidencia- por
medio de Dalmacio Negro, nuestro llorado Gonzalo
Fernández de la Mora, Consuelo Martínez-Sicluna y
Estanislao Cantero. Y un Instituto por el que han
desfilado personalidades de extraordinario relive en el
conjunto de la cultura europea de la segunda mitad del
siglo XX, en particular de los ámbitos filosófico,
jurídico y político: piénsese en Michele Federico
Sciacca, Marino Gentile, Gabriel Marcel, Michel Villey,
Alois Dempf, entre los desaparecidos, o Francesco
Gentile, Pietro Giuseppe Grasso, Danilo Castellano,
Michel Bastit, Claude Polin, Mario Bigotte Chorao,
Wolfgang Waldstein, Thomas Chaimowicz, Heinrich Scholler,
Thomas Molnar, entre quienes sigue en el tajo.
En diversas sedes, de las que destacan los históricos
Palazzo Mercantile y Castel Mareccio, y durante el mes de
octubre, a lo largo de tres días, un grupo en torno a
los cuarenta estudiosos, algunos constantes en acudir
año tras año a las reuniones del Instituto, pero al
mismo tiempo siempre renovado con el concurso de nuevos
asistentes, discute calmosamente y en un ambiente
familiar los asuntos más acuciantes de la experiencia
política y jurídica hodierna. En las sesiones, en los
paseos y en las comidas los asistentes se entremezclan en
una convivencia fácilmente tornada pronto en amistad y
que produce granados frutos intelectuales. En este
sentido, además de los volúmenes de las actas de cada
seminario, curados siempre eficazmente por el director
científico, el imprescindible Danilo Castellano, son
muchos los proyectos científicos que han surgido de esta
particular Academia, muchas las sinergias que se han
activado y muchas las amistades que han brotado y se han
conservado.
Gonzalo Fernández de la Mora, que acudió acompañado
por Isabel, su mujer, en 1993 y 1996, y que fue elegido
socio en 1999, también se lucró de estos intercambios
con colegas de otros saberes e intereses, al tiempo que
su presencia propició un interesante diálogo y
consiguiente enriquecimiento de los asistentes. Puedo dar
fe de cómo sus intervenciones -tituladas «Región,
nación, confederación» y «¿Despolitiza-ción de
Europa?»- fueron muy aprecidas, pero sobre todo de la
huella que dejó en los asistentes su personalidad
brillante y señorial. Danilo Castellano, por ejemplo,
escribiría un ensayo crítico de elevado interés para
el homenaje de 1995, antes referido. Y Pietro Grasso, en
la actualidad presidente del Instituto, colaboraría en
estas páginas de «Razón Española» -a requerimiento
de su director- sobre los proyectos constitucionales de
Antonio Rosmini. Recuerdo también las animadas veladas
con el matrimonio Francesco y Annalisa Gentile, él
caposcuola de la iusfilosofía italiana, y ella, mujer
cultivada, inteligente y sensible. Con Bernard Dumont,
animador de la revista «Catholica», una de las más
agudas del panorama contemporáneo, trabó desde el
primer momento buena relación, intercambiando las
publicaciones respectivas, intercambio no sólo formal,
sino auténtico, pues me consta el interés recíproco
que suscitaba en ambos su lectura. También se
reencontró en Bolzano, o quizá le conoció, no estoy
seguro ahora, pues pienso que sólo habían tenido antes
relación epistolar, con Thomas Chaimowicz, judío
austríaco de exquisita cultura clásica, preceptor de
los hijos del Archiduque Otto de Austria, a los que
enseñaba historia y política en la biblioteca de su
casa salzburguesa y de quien estas páginas publicaron en
sus primeros años un inteligente ensayo sobre Burke.
Por todo ello, guardo un recuerdo imborrable de los
encuentros otoñales tiroleses con Gonzalo Fernández de
la Mora, como de los primaverales cordobeses en la
Fundación Elías de Tejada -esta vez con Juan Vallet de
Goytisolo, Dalmacio Negro y Manuel Fernández de
Escalante como otros destacados contertulios-, de los de
toda estación en los almuerzos organizados por Angel
Maestro -donde brillaba especialmente esa fuerza de la
naturaleza que era Alfredo Sánchez Bella- y de los
ocasionales con motivo de la llegada de algún amigo de
fuera, del argentino Enrique Zuleta al lusitano Jaime
Nogueira Pinto, por poner dos ejemplos significativos.
Haber tratado a lo largo de casi veinticinco años a
Gonzalo Fernández de la Mora ha sido en verdad un
privilegio, un privilegio que permite además contemplar
con otra luz el pensamiento vertido en sus cuidadas
páginas. Sobre las que los estudiosos del derecho
público y la filosofía política deberemos volver
repetidas veces.
Por Miguel Ayuso
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