LA ALIENACION Y
LA INFELICIDAD
Su
último libro -Sobre la felicidad (1)- lo escribió
Gonzalo Fernández de la Mora con una gran ilusión.
Quería dejar patente que el ser humano, aun existiendo
«en desazón» (2), tiene ante sí un amplio horizonte
cuando se pregunta en serio por el sentido de su vida.
Por no descubrir con la debida lucidez dicho horizonte,
buen número de jóvenes actuales no logran superar la
decepción y el vacío existenciales y se evaden al mundo
irreal de la diversión, la droga, el placer fácil y
superficial... Por significar una salida de sí en falso,
esa forma de evasión aboca al vacío. Este género de
vacío no puede llenarse con el ejercicio de una libertad
de maniobra absoluta, ni con el consiguiente permisivismo
y consumismo hedonista, que inspiran una actitud pasiva e
irresponsable ante la vida (3).
Esta conducta irresponsable significa una huída de la
realidad, que lleva, como en el caso de El Burlador de
Sevilla de Tirso de Molina, al vacío existencial y la
destrucción de la personalidad. Tirso describió
genialmente a Don Juan como un ser en trance de huída
(«¡Ensilla Catalinón...!»).
La existencia humana ha de ser vivida «como una empresa
finalista» (4). Por eso «no basta con pasarlo bien, hay
que hacer algo valioso para que la vida se perciba como
digna de ser vivida» (5). El hombre, según la Biología
actual más cualificada, es un «ser de encuentro», vive
como persona, se desarrolla y madura como tal al crear
modos de unión elevados con las realidades de su
entorno. Tiene que «salir de sí» para ganar su
identidad personal y desarrollarse cabalmente. Este
desarrollo es bloqueado por la fijación fascinada en las
experiencias placenteras, ya que «la búsqueda del
placer es individualista y egoísta» (6).
Para hallar una salida a la asfixiante situación de
«aislamiento ético» (7) en que se halla una parte de
la juventud actual, debemos distinguir cuidadosamente las
distintas formas en que podemos salir de nosotros mismos
sin evadirnos y alienarnos. Por atenerse al conocido
esquema orteguiano «ensimismamiento-alteración»,
Gonzalo parece considerar como alienantes todas las
actividades que nos sacan del recinto acotado de nuestro
yo: «En las dos grandes clases de hedonismo -escribe-
hay alienación, es decir, el hombre sale de sí mismo y
se evade merced al vino, al opio, al beso, al arte, a la
ecuación, a la invocación. Todos los hedonismos son
diversiones, no ensimismamientos» (8).
El sentimiento de amistad y profunda admiración que
siempre me ha suscitado la figura del autor me lleva a
ofrecer mi pequeño aporte a la gran tarea clarificadora
que nos propone en el Epílogo para jóvenes (9). A mi
entender, los esquemas «dentro-fuera»,
«interior-exterior» dejan de ser dilemas para
convertirse en contrastes cuando adoptamos en la vida una
actitud creativa. Un poema que leo superficialmente está
ahí, fuera de mí; no sólo es distinto de mí sino
externo, extraño, ajeno. Si lo asumo como si fuera su
autor y le doy vida, lo re-creo, y con ello deja de serme
exterior y ajeno para hacerse íntimo, aun siendo
distinto. Salir de mí para acceder a este poema y
entregarme a él no me pierde o aliena; perfecciona mi
personalidad porque creo un campo de juego con el poema
en el cual ambos nos perfeccionamos en medida
directamente proporcional a la calidad del poema y al
grado de mi capacidad interpretativa.
Ni yo interiorizo el poema ni el poema me absorbe a mí;
ambos potenciamos nuestro modo de ser en el encuentro.
Este tipo de encuentro enriquecedor no lo podemos
realizar con meros objetos, sino con realidades de rango
superior que son filentes de posibilidades y se ofrecen,
como tales, a nuestra potencia creadora. Al saludar a una
persona, salgo de mi interioridad para encontrarme con un
ser que se halla fuera de mí, en un lugar exterior al
que yo ocupo. Pero, si esa persona es amiga mía, porque
hemos creado una auténtica relación de encuentro, no se
halla fuera de mí, no me es externa y extraña, sino
íntima. Intimidad significa aquí que estamos insertos
dinámicamente en un campo de juego común, en el cual
compartimos actitudes, sentimientos y finalidades sin
perder un ápice de nuestra identidad propia.
En consecuencia, al abrirme con toda el alma a una
realidad que me ofrece una serie de posibilidades -una
persona, una institución, una obra de arte, una obra
literaria...-, no salgo de mí para perderme o alienarme;
incremento mi identidad personal porque amplío la
envergadura de mi yo. El yo pleno del hombre se va
configurando a medida que se relaciona creativamente con
el tú -entendido no sólo como otra persona, sino como
cualquier realidad que el yo pueda asumir activamente por
ser una fuente de posibilidades creativas-. Cuanto más
valiosas son éstas, más elevado es el encuentro
resultante de la unión, y más entrañable la intimidad
que ésta funda entre las realidades que la establecen.
Con profunda razón afirman los escritores místicos que,
en la experiencia religiosa más alta, Dios llega a ser
«más íntimo al alma que su misma intimidad» (interior
inhmo meo), según expresión feliz de San Agustín.
Por ser fuente de posibilidades, una obra literaria
constituye una realidad eminente -precisamente por no ser
«cósica»- y no puede calificarse de «mera ficción».
Es una forma singular de «realidad relacional». La
inmersión en su mundo nos adentra en la trama de
interrelaciones que constituye nuestra peripecia vital;
no nos aliena y despersonaliza.
El joven desilusionado que se entrega a realidades que le
fascinan o seducen sale de sí en sentido negativo,
porque pierde la libertad interior, se lanza por la
pendiente del vértigo y queda succionado por el vacío y
la soledad. En cambio, si sale al encuentro a una
realidad que le ofrece posibilidades creativas -de tipo
ético, estético, religioso...-, deja de ser un iluso
porque se ve lleno de la ilusión que nos produce crear
formas elevadas de unidad.
Estas consideraciones nos permiten comprender hasta qué
punto, como bien observa GFM, el mero poseer bienes,
disponer de libertad de maniobra, moverse en un ambiente
permisivista a ultranza... nos aleja de la auténtica
felicidad porque nos di-vierte, en el sentido pascaliano
de que nos des-centra, ya que el único centro del hombre
es el campo de juego que crea al relacionarse con
realidades valiosas, que le ofrecen posibilidades para
desarrollar su capacidad creativa.
Por Alfonso López Quintás
Notas
1
Ediciones Nobel, Oviedo 2001.
2 El hombre en desazón (Editorial Nobel, Oviedo 1997) es
el título de su libro anterior.
3 Cf. Sobre la felicidad, págs. 177-178.
4 Cf. o. cit., pág. 183.
5 Ibid.
6 Cf. o. cit., p. 174.
7 Cf. o. cit., p. 177.
8 Cf. El hombre en desazón, Ediciones Nobel, Oviedo
1997, p. 95.
9 Cf. o. citl, págs. 173-185.
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