Razón Española, nº 115; LA ALIENACION Y LA INFELICIDAD

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Alfonso López Quintás

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LA ALIENACION Y LA INFELICIDAD

Su último libro -Sobre la felicidad (1)- lo escribió Gonzalo Fernández de la Mora con una gran ilusión. Quería dejar patente que el ser humano, aun existiendo «en desazón» (2), tiene ante sí un amplio horizonte cuando se pregunta en serio por el sentido de su vida.

Por no descubrir con la debida lucidez dicho horizonte, buen número de jóvenes actuales no logran superar la decepción y el vacío existenciales y se evaden al mundo irreal de la diversión, la droga, el placer fácil y superficial... Por significar una salida de sí en falso, esa forma de evasión aboca al vacío. Este género de vacío no puede llenarse con el ejercicio de una libertad de maniobra absoluta, ni con el consiguiente permisivismo y consumismo hedonista, que inspiran una actitud pasiva e irresponsable ante la vida (3).

Esta conducta irresponsable significa una huída de la realidad, que lleva, como en el caso de El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina, al vacío existencial y la destrucción de la personalidad. Tirso describió genialmente a Don Juan como un ser en trance de huída («¡Ensilla Catalinón...!»).

La existencia humana ha de ser vivida «como una empresa finalista» (4). Por eso «no basta con pasarlo bien, hay que hacer algo valioso para que la vida se perciba como digna de ser vivida» (5). El hombre, según la Biología actual más cualificada, es un «ser de encuentro», vive como persona, se desarrolla y madura como tal al crear modos de unión elevados con las realidades de su entorno. Tiene que «salir de sí» para ganar su identidad personal y desarrollarse cabalmente. Este desarrollo es bloqueado por la fijación fascinada en las experiencias placenteras, ya que «la búsqueda del placer es individualista y egoísta» (6).

Para hallar una salida a la asfixiante situación de «aislamiento ético» (7) en que se halla una parte de la juventud actual, debemos distinguir cuidadosamente las distintas formas en que podemos salir de nosotros mismos sin evadirnos y alienarnos. Por atenerse al conocido esquema orteguiano «ensimismamiento-alteración», Gonzalo parece considerar como alienantes todas las actividades que nos sacan del recinto acotado de nuestro yo: «En las dos grandes clases de hedonismo -escribe- hay alienación, es decir, el hombre sale de sí mismo y se evade merced al vino, al opio, al beso, al arte, a la ecuación, a la invocación. Todos los hedonismos son diversiones, no ensimismamientos» (8).

El sentimiento de amistad y profunda admiración que siempre me ha suscitado la figura del autor me lleva a ofrecer mi pequeño aporte a la gran tarea clarificadora que nos propone en el Epílogo para jóvenes (9). A mi entender, los esquemas «dentro-fuera», «interior-exterior» dejan de ser dilemas para convertirse en contrastes cuando adoptamos en la vida una actitud creativa. Un poema que leo superficialmente está ahí, fuera de mí; no sólo es distinto de mí sino externo, extraño, ajeno. Si lo asumo como si fuera su autor y le doy vida, lo re-creo, y con ello deja de serme exterior y ajeno para hacerse íntimo, aun siendo distinto. Salir de mí para acceder a este poema y entregarme a él no me pierde o aliena; perfecciona mi personalidad porque creo un campo de juego con el poema en el cual ambos nos perfeccionamos en medida directamente proporcional a la calidad del poema y al grado de mi capacidad interpretativa.

Ni yo interiorizo el poema ni el poema me absorbe a mí; ambos potenciamos nuestro modo de ser en el encuentro. Este tipo de encuentro enriquecedor no lo podemos realizar con meros objetos, sino con realidades de rango superior que son filentes de posibilidades y se ofrecen, como tales, a nuestra potencia creadora. Al saludar a una persona, salgo de mi interioridad para encontrarme con un ser que se halla fuera de mí, en un lugar exterior al que yo ocupo. Pero, si esa persona es amiga mía, porque hemos creado una auténtica relación de encuentro, no se halla fuera de mí, no me es externa y extraña, sino íntima. Intimidad significa aquí que estamos insertos dinámicamente en un campo de juego común, en el cual compartimos actitudes, sentimientos y finalidades sin perder un ápice de nuestra identidad propia.

En consecuencia, al abrirme con toda el alma a una realidad que me ofrece una serie de posibilidades -una persona, una institución, una obra de arte, una obra literaria...-, no salgo de mí para perderme o alienarme; incremento mi identidad personal porque amplío la envergadura de mi yo. El yo pleno del hombre se va configurando a medida que se relaciona creativamente con el tú -entendido no sólo como otra persona, sino como cualquier realidad que el yo pueda asumir activamente por ser una fuente de posibilidades creativas-. Cuanto más valiosas son éstas, más elevado es el encuentro resultante de la unión, y más entrañable la intimidad que ésta funda entre las realidades que la establecen. Con profunda razón afirman los escritores místicos que, en la experiencia religiosa más alta, Dios llega a ser «más íntimo al alma que su misma intimidad» (interior inhmo meo), según expresión feliz de San Agustín.

Por ser fuente de posibilidades, una obra literaria constituye una realidad eminente -precisamente por no ser «cósica»- y no puede calificarse de «mera ficción». Es una forma singular de «realidad relacional». La inmersión en su mundo nos adentra en la trama de interrelaciones que constituye nuestra peripecia vital; no nos aliena y despersonaliza.

El joven desilusionado que se entrega a realidades que le fascinan o seducen sale de sí en sentido negativo, porque pierde la libertad interior, se lanza por la pendiente del vértigo y queda succionado por el vacío y la soledad. En cambio, si sale al encuentro a una realidad que le ofrece posibilidades creativas -de tipo ético, estético, religioso...-, deja de ser un iluso porque se ve lleno de la ilusión que nos produce crear formas elevadas de unidad.

Estas consideraciones nos permiten comprender hasta qué punto, como bien observa GFM, el mero poseer bienes, disponer de libertad de maniobra, moverse en un ambiente permisivista a ultranza... nos aleja de la auténtica felicidad porque nos di-vierte, en el sentido pascaliano de que nos des-centra, ya que el único centro del hombre es el campo de juego que crea al relacionarse con realidades valiosas, que le ofrecen posibilidades para desarrollar su capacidad creativa.

Por Alfonso López Quintás

Notas

1 Ediciones Nobel, Oviedo 2001.
2 El hombre en desazón (Editorial Nobel, Oviedo 1997) es el título de su libro anterior.
3 Cf. Sobre la felicidad, págs. 177-178.
4 Cf. o. cit., pág. 183.
5 Ibid.
6 Cf. o. cit., p. 174.
7 Cf. o. cit., p. 177.
8 Cf. El hombre en desazón, Ediciones Nobel, Oviedo 1997, p. 95.
9 Cf. o. citl, págs. 173-185.



 

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