Negrín
Probablemente
el político más controvertido dentro de la izquierda
española durante el siglo XX ha sido el socialista Juan
Negrín. Muchos le han atacado, desde correligionarios
suyos como Araquistáin, Prieto o Largo Caballero hasta
republicanos como Azaña o anarquistas como Abad de
Santillán o Peirats. Finalmente se ha visto relegado a
un interesado olvido, lamentado por uno de sus escasos
panegiristas, Santiago Carrillo: «Don Juan Negrín es el
gran silenciado de la reciente historia política de
España. Pocas personas saben que existió un jefe del
gobierno republicano durante la guerra civil que se
llamó así (
) ¿Quién osa reivindicarle hoy?» (1).
He aquí una muestra de ese olvido intencionado: en 1994,
el ex dirigente comunista Santiago Alvarez publicó una
biografía suya en dos tomos, titulada Negrín, personaje
histórico, y la editorial, «De la Torre», envió
información de la misma a dos mil centros socialistas:
no recibió ni una sola respuesta interesándose por el
libro. También es cierto que periódicamente se producen
reivindicaciones del personaje, y actualmente asistimos a
una, a partir de socialistas como Eligio Hernández o de
los nacionalistas canarios.
Negrín apenas destacó en política hasta 1936. Dos
años antes, en octubre de 1934, había participado, en
un plano secundario, en la sublevación de socialistas y
nacionalistas catalanes contra el gobierno constitucional
de centro derecha, con la que comenzó, de hecho, la
guerra, aunque se interrumpiese momentáneamente al
fracasar la revuelta. Luego la querella entre Prieto y
Largo Caballero estuvo a punto de escindir al PSOE, y en
ella Negrín optó por Prieto, algo menos extremista que
Largo. Así, en el famoso mitín de Ecija, a finales de
mayo del 36, cuando los secuaces de Largo persiguieron a
Prieto a tiros, pedradas y botellazos, Negrín se salvó
de ser linchado gracias a la Guardia Civil. Y apoyó
desesperadamente a Prieto, con riesgo de consumar la
escisión, cuando éste intentó suceder a Azaña a la
cabeza del gobierno -alternativa torpedeada en el PSOE
por los caballeristas-, pues veía en un gobierno Prieto
la última posibilidad de evitar la reanudación de la
guerra civil. No obstante, ya poco antes de julio de
1936, prietistas y caballeristas debieron de
reconciliarse como sugiere el asesinato de Calvo Sotelo
en el que participaron socialistas de ambas tendencias,
siendo un guardaespaldas de Prieto el autor material del
crimen.
Pero será en el curso de la guerra cuando la figura de
Negrín destaque de manera decisiva. Al formarse en
septiembre el gobierno revolucionario de Largo Caballero,
Negrín aparece en el crucial ministerio de Hacienda. Y
ocho meses después, en mayo de 1937, ascenderá a jefe
de gobierno, tras la defenestración de Largo Caballero
por una maniobra de origen comunista. El gobierno de
Negrín, autotitulado «de la victoria», como el de
Largo, no logró invertir el curso de la contienda, pero
sí alargarla y lanzar operaciones de envergadura en
Brunete, Belchite, Teruel o el Ebro. Perdidas las
esperanzas de ganar, preconizó la resistencia a
ultranza, con vistas a enlazar el conflicto español con
el mundial, cuya sombra oscurecía ya a Europa. La guerra
mundial estalló solo cinco meses después de terminar la
española.
Negrín gobernó el Frente Popular durante 22 de los 32
meses de lucha. Puede considerársele, por tanto, el
político fundamental de la izquierda en aquella época,
y no debemos considerar anecdóticas las controversias
suscitadas por su actuación. Por el contrario, tienen la
mayor relevancia, porque la guerra civil es el
acontecimiento clave del siglo XX español, el punto de
ruptura del cual deriva la historia posterior. Por eso,
el olvido de Negrín solo puede entenderse como un
aspecto, y bien significativo, de un cierto falseamiento
de la memoria, impuesto en estos años últimos.
Las discrepancias en torno a nuestro personaje se han
centrado en dos cuestiones fundamentales: su política de
guerra, y el envío del oro español a Moscú. Parte del
debate queda bien ilustrado por la evolución de Azaña
en relación con él. Azaña detestaba a Largo, el Lenin
español, por quien se sentía despreciado y menoscabado
en su papel de presidente de la república, aunque debe
señalarse que la república del 14 de abril se había
hundido por completo en julio del 36. Por lo tanto,
mostró alivio cuando los comunistas, aliados con Prieto,
expulsaron a Largo en mayo del 37, y él pudo sustituirlo
por Negrín, que casualmente era también el candidato
del PCE. Los diarios de Azaña destacan la «tranquila
energía» del nuevo gobernante, a quien elogian:
«inteligente, cultivado, conoce y comprende los
problemas, sabe ordenar y relacionar las cuestiones».
«Parece hombre enérgico, resuelto, y en ciertos
aspectos audaz».
Ambos coincidían en el deseo de ordenar la retaguardia,
frenar la indisciplina e insolidaridad de los partidos, y
emplear a fondo los vastos recursos aún disponibles por
el Frente Popular. También compartían la inquietud ante
la postura de los nacionalistas vascos y catalanes. El 29
de julio, Azaña cita palabras de Negrín: «Aguirre
(presidente del gobierno autónomo vasco) no puede
resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no
pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca lo que
llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas,
me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a
España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las
entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien fuere.
Pero estos hombres son inaguantables. Acabarían dando la
razón a Franco» (2).
Sin embargo la simpatía entre Negrín y Azaña se
debilitó hasta tornarse aversión y desprecio. En abril
del 38, Azaña transcribe una tensa charla con el
primero:«¿Me llevarán ustedes ante un tribunal, por
derrotista? (
) Desde noviembre de 1936 soy un
presidente desposeido. Cuando usted formó Gobierno,
creí respirar, y que mis opiniones serían oídas, por
lo menos. No es así (
) Soy el único a quien se
puede violentar impunemente en sus sentimientos,
poniéndome siempre ante el hecho consumado». Señala la
brutalidad represiva: «La crueldad impolítica,
innecesaria y repulsiva de los fallos (judiciales) (
)
Denuncias sin firma del SIM(policía secreta militar).
Unos mozalbetes condenados a muerte por cantar un himno.
El delator no sabía cual era. Malos tratos: uno sordo,
otro ciego». Denuncia maniobras para aislarle. Sobre la
salida de Prieto del gobierno, en mayo de 1938, deplora:
«Le echaron (
) porque se negó a firmar una carta,
que le llevó redactada un agente ruso, pidiendo a
Hacienda que les librase millón y medio de dólares para
gastos de personal militar, sin justificación alguna».
Constata: «El Presidente de la República (él mismo) no
tiene ya libertad para cambiar de política, si lo estima
conveniente, porque todos los mandos están copados por
los comunistas, y se resistirían». Lamenta: «A los
ocho días de hablar de piedad y perdón me refriegan 58
muertos», hechos fusilar por el gobierno. Califica estas
conductas:«Horrible», «Indignación mía», «Doblez y
deslealtad», «Insegura y errática fantasía de
Negrín». De la derrota en Cataluña, dice: «Negrín
pronunció un discurso que merecería llamarse gedeónico
si las circunstancias no le diesen el carácter de
bufonada siniestra. Llegó a decir que el mejor
plebiscito a favor del Gobierno era el hecho de la fuga
general de la población delante de los invasores. Nadie
se sintió injuriado en su buen sentido por tamaño
despropósito» (3). Etc.
La raíz de estas querellas es conocida. Conforme
avanzaba la guerra, Azaña veía la derrota segura, y
buscaba, a través de Londres y París, un alto el fuego
capaz de abrir paso a un armisticio. Idea falsa, pues ni
Londres ni París pensaban involucrarse a tal grado, y
tampoco aceptaban Franco o Negrín. Este trataba de
vencer o, en otro caso, de enlazar con la guerra mundial,
idea, ya lo veremos, no menos fantástica que la del alto
el fuego. Azaña consideraba vesánico ese plan porque
multiplicaba, en vano, los sufrimientos del país, y su
oponente encontraba la actitud de Azaña lindante con la
traición. Por ello no vaciló, cuando las maniobras
derrotistas con Francia se hicieron patentes, a finales
de agosto del 38, en tomar Barcelona con tanques y
aviones, y una gigantesca manifestación organizada por
el PCE, a fin de intimidar al presidente de la república
y a los demás negociadores.
Así, el cambio de actitud de Azaña gira sobre una de
las cuestiones esenciales por las que Negrín ha pasado a
la historia: su política de guerra, merecedora, por
tanto, de análisis. En esa política coincidió de lleno
con los comunistas y discrepó cada vez más de los
restantes aliados, es decir, de la mayoría de los
socialistas, anarquistas, republicanos y nacionalistas
vascos y catalanes. Todos, menos los comunistas y algunos
socialistas, terminaron por sentir un odio visceral hacia
el jefe del gobierno.
Por su decisión de resistir y prologar la guerra,
Carrillo y los comunistas ven en Negrín «una roca de
dignidad, coraje y nobleza», y lamentan cómo «el
hombre que ha mostrado las mejores virtudes humanas y que
ha conquistado así lo que debería ser un lugar de honor
en la historia de España es (
) víctima de una
campaña inmunda. Los cobardes le crucifican como agente
comunista». También el historiador liberal
norteamericano Malefakis lo considera «una figura sin
equivalente en España desde Olivares en el siglo XVII».
Juan Marichal dice que «en pocos hombres de la historia
europea del último siglo y medio se ha dado una fusión
semejante de inteligencia y carácter, de entereza moral
y de capacidad intelectual». Angel Viñas lo considera
«el gran estadista de la República». Jackson lo
encuentra «absolutamente honrado y coherente» (4).
Sin embargo esa política tuvo costes desmesurados.
Cuando Negrín se hizo cargo del poder, en mayo del 37,
todavía era concebible una victoria del Frente Popular,
porque éste poseía los mayores medios. Para vencer, era
preciso imponer una recia disciplina en el ejército y a
los partidos, los cuales venían sabo-
teándose entre sí desde el principio de la guerra. Pero
pocos meses después, tras los fracasos de Brunete y
Belchite y la pérdida de la zona norte, la victoria se
volvió mucho más nebulosa, y en el Frente Popular
cundió el desánimo. No obstante, Negrín, los
comunistas y parte de los socialistas, hicieron un
esfuerzo por robustecer la retaguardia, las fuerzas
armadas y la economía de guerra.
Para afirmar la retaguardia, los nacionalistas catalanes,
que habían vulnerado sin contemplaciones el estatuto,
hubieron de someterse al gobierno; los republicanos, que
ya desempeñaban antes un papel decorativo, quedaron aun
más marginados; los anarquistas y el semitrotskista POUM
fueron perseguidos con enorme dureza y al margen de la
ley. En cambio el PCE y la policía secreta soviética
alcanzaron la cima de su influencia. Anarquistas,
poumistas y un sector socialista abundan en denuncias
sobre la privación de derechos, las cárceles secretas,
torturas y asesinatos contra ellos. El inglés Orwell,
voluntario con el POUM, escribe: «Ocurrían las cosas
más terribles, detenciones masivas, heridos arrastrados
fuera del hospital y arrojados a la cárcel, gentes
apretujadas en repugnantes guaridas, presos golpeados y
muertos de hambre, etc.» El anarquista Peirats señala:
«Las mazmorras de la GPU se multiplicaron como infiernos
de Dante»; «El régimen de tortura era el clásico
procedimiento brutal: palizas con vergajos de caucho
seguidas de duchas muy frías, simulacros de
fusilamientos y otros tormentos dolorosos y sangrientos.
Los consejeros rusos modernizaron esta vieja técnica
».
Líderes socialistas hablaban de persecuciones y de
cómo, en el ejército, los comunistas liquidaban a
quienes rechazaban su obediencia y proselitismo, al punto
de negarse a ir al frente oficiales socialistas o
anarquistas, por temor a ser asesinados por la espalda y
presentados después como muertos por intentar pasarse al
enemigo (5).
Estas conductas despertaban el lógico resentimiento. El
anarquista Abad de Santillán declara: «No hemos
derribado al gobierno Negrín porque no tuvimos la fuerza
necesaria para ello, porque la confusión había
debilitado nuestro movimiento y lo había disgregado y
dispersado, y porque aquellos hombres de otros partidos
que coincidían con nosotros en la urgencia de un cambio
de timoneles del Gobierno y de la guerra, se encontraban
en las mismas condiciones que nosotros». Todos esos
partidos compren-dían que Franco no iba a darles
cuartel, y por eso aguantaban el inmisericorde poder de
Negrín y los comunistas, con una vaga esperanza de que
la victoria final, cada vez más lejana, mejorase su
situación. Al mismo tiempo maniobraban a espaldas del
gobierno del que oficialmente formaban parte, sin
retroceder ante la traición, especialmente los
nacionalistas (6).
Aun así, llegó un momento en que la mayoría de ellos
prefirió capitular ante Franco, aun sabiendo el trato
que les aguardaba, antes que continuar en tales
condiciones. Fueron anarquistas, socialistas y
republicanos quienes precipitaron el final de la guerra,
rebelándose contra Negrín y rindiéndose
incondicionalmente.
Si disciplinar la retaguardia exigió medidas de terror,
lo mismo ocurrió en el ejército. Al comenzar la guerra
los partidos del Frente Popular tenían tal seguridad en
la victoria, que se preocuparon ante todo de reforzarse
cada uno frente a sus propios aliados, para lograr la
mejor parte a la hora de la victoria. El resultado fue la
dispersión de esfuerzos y la indisciplina, y gracias a
ello los alzados pudieron superar su situación inicial
de absoluta inferioridad. Cuando las derrotas hicieron
comprender a las izquierdas el peligro que corrían, se
fue imponiendo, por reacción, un talante rígidamente
disciplinario, sobre todo entre los comunistas. El
ejército popular se convirtió así en una potente
máquina de guerra capaz de resistencias exitosas, pero
también sufrió de acartonamiento y merma de iniciativa
en los distintos escalones del mando, reflejado en su
escaso rendimiento ofensivo.
La pérdida de la zona cantábrica en octubre del 37
marcó el giro decisivo de la guerra. La combatividad de
las tropas disminuía y ya en Brunete la mitad de las
bajas sufridas eran «desertores más o menos
disimulados», según apunta Azaña. Para frenar esa
tendencia, el gobierno llevó el disciplinarismo a
límites francamente terroristas. Se multiplicaron las
ejecuciones de supuestos desafectos, severísimas penas
recaían sobre toda la familia del desertor. Estos
métodos, más un intenso adoctrinamiento ideológico,
debían impedir la descomposición del ejército.
Escribía un combatiente extranjero: «Los líderes del
Kremlin, aunque nos proporcionan material, confían sobre
todo en el terror. Oficiales y soldados son
implacablemente ejecutados siguiendo sus órdenes». «La
responsabilidad por las derrotas se exige cada día más
estrechamente al soldado, sobre el que se hace caer
duramente el código de Justicia Militar, interpretado
con excesiva rigidez por los Tribunales Permanentes. La
responsabilidad va difuminándose hasta desaparecer
conforme ascendemos en la escala jerárquica». El SIM,
servicio de espionaje organizado por Prieto a instancias
del jefe de la policía soviética en España, Orlof,
«se extendía por las pequeñas y grandes unidades del
ejército y por el interior de los partidos y
organizaciones, vigilando estrechamente las actividades
de sus militantes». Pero conforme avanzaba la guerra, ni
aun esos métodos contenían las deserciones. Abundaban
las autolesiones y enfermedades fingidas, y en Cataluña,
los desertores y prófugos llegaron a formar guerrillas
contra los intentos de enviarles al frente. Estos
fenómenos apenas se dieron, en cambio, en el bando
contrario (7).
Aparte de la unidad de retaguardia, impuesta con brutal
determinación, y del disciplinarismo exacerbado en el
ejército, el tercer aspecto clave de la política de
resistencia consistía en prolongar la lucha hasta la
guerra mundial, y ello merece también una breve
consideración.
Desde la derrota de Teruel, y más definitivamente la del
Ebro, estaba claro que la única esperanza de eludir la
rendición estaba en un próximo estallido de la guerra
mundial. De hecho, en septiembre de 1938 el estallido
pareció a punto, y hubo fuertes rumores de intervención
francesa, pedida también por Negrín. Pero la tensión
europea se cerró con los acuerdos de Munich y la entrega
de Checoslovaquia a Hitler. No obstante, muchos pensaban
que el arreglo era solo momentáneo. Las crisis
políticas provocadas por Hitler se iban sucediendo, y
probablemente la siguiente sería la definitiva, según
esperaba el Frente Popular.
Negrín y las izquierdas calculaban que la guerra europea
obligaría a Francia e Inglaterra a intervenir en
España, para impedir su conversión en una base alemana
e italiana a espaldas de Francia y sobre las líneas de
comunicación británicas. Por tanto, las dos democracias
tendrían que apoyar al Frente Popular, dando un vuelco
en la guerra civil. Naturalmente el coste añadido en
vidas y sufrimientos habría sido terrible, pero la idea
parecía tener sentido.
Sin embargo hoy sabemos que no lo tenía. Ante la crisis
de Munich, Franco había maniobrado hábilmente,
declarando su neutralidad en caso de guerra general, para
indignación de italianos y alemanes. No es descartable
que las democracias prefiriesen la neutralidad española
a una intervención directa, potencialmente muy costosa y
de incierto resultado. Tampoco tiene solidez la
expectativa de que una invasión francobritánica salvase
a las izquierdas:en 1940 la Wehrmacht destrozó en pocas
semanas a los ejércitos francés y británico, y sin
duda habría ocurrido algo semejante en España, con la
derrota total del Frente Popular.
Estas son especulaciones, aunque tan razonables al menos
como los cálculos de Negrín y sus partidarios. En
cambio es mucho menos especulativo lo que habría
ocurrido si la resistencia se hubiera prolongado esos
meses, hasta el comienzo de la guerra europea. Entre la
crisis de Munich, de septiembre del 38, y el ataque nazi
a Polonia, un año más tarde, cambiaron radicalmente las
alianzas en el teatro europeo. Ante el asombro del mundo,
nazis y soviéticos se entendieron para repartirse
Polonia, evitar la agresión mutua y ayudarse con un
comercio favorable. Entonces las potencias democráticas
hubieron de enfrentarse directamente con Alemania, pese a
sus graves temores de que la devastación consiguiente
abriera toda Europa a la revolución impulsada por
Moscú. Ahora bien, en España los sostenedores de la
lucha habían sido comunistas y el Kremlin, súbitamente
convertidos en amigos de Hitler. En Francia, por ejemplo,
los comunistas sabotearon el esfuerzo bélico de su país
contra Alemania, haciendo propaganda derrotista y
atacando al «imperialismo británico y francés».
¿Qué podrían hacer los comunistas españoles y
Negrín, nervio de la lucha sin concesiones contra el
«fascismo»? La situación habría sido absolutamente
surrealista. Ellos eran el poder hegemónico en el Frente
Popular y en el ejército, y no podían ser sustituidos
por los republicanos, socialistas y anarquistas, fuerzas
muy debilitadas y faltas de cohesión, aunque de-seasen,
ellos sí, la alianza con Francia y Gran Bretaña. Las
democracias se habrían inclinado con toda probabilidad
por Franco, si éste les prometía la neutralidad de
España, como había hecho en la crisis de Munich.
En realidad, la resistencia a toda costa estaba inspirada
por la Unión Soviética. La clave de la política de
Stalin consistía en evitar la guerra con Alemania,
procurando que estallara por occidente, y por ello le
interesaba mantener abierta la llaga española el mayor
tiempo posible
hasta conseguir el acuerdo con
Hitler. Para cuando lo consiguió, el conflicto español
había terminado. Ese pacto con los nazis interesaba a
Stalin muy por encima de la victoria de la izquierda en
la guerra española, y el déspota del Kremlin habría
sacrificado sin vacilar a sus protegidos del Frente
Popular, dejándolos en una posición imposible.
Como resumen cabe señalar que la política de Negrín y
los comunistas no logró ni la victoria ni un final
pactado y, por lo tanto, significó el alargamiento
inútil de la mortandad y las privaciones para los
españoles. Y su designio de encadenar una guerra a otra
mayor sólo hubiera multiplicado los sufrimientos, sin la
menor seguridad de vencer: muy al contrario. La
prolongación de los sacrificios se hizo, en realidad, al
servicio de Stalin, de quien eran devotos incondicionales
los comunistas, y cuyo juego siguió Negrín por
convicción o por otras causas.
También se ha acusado a Negrín, como a los jefes de los
demás partidos, de haberse puesto a salvo sin dejar la
menor previsión de fuga, resistencia u ocultamiento para
sus seguidores, miles de los cuales estaban complicados
en el terror contra las derechas, e iban a sufrir, por
tanto, un estrecho ajuste de cuentas por parte de los
vencedores. Claro que de haber terminado la guerra con la
derrota nacional, la represión habría sido
probablemente mucho peor: para entenderlo basta recordar
el terror aplicado entre los mismos partidos del Frente
Popular, especialmente por los comunistas. Es fácil
imaginar lo que hubiera ocurrido a sus comunes enemigos,
si éstos hubieran perdido.
Al comparar a Negrín con otro dirigente socialista de la
guerra, Largo Caballero, observamos un punto común: su
identificación con los comunistas. Y una discrepancia:
esa identificación duró a Largo sólo unos cuantos
meses, pero Negrín la mantuvo toda la guerra. Carrillo
denuncia como venenosa la propaganda que tildaba a este
último de «agente comunista», y no sabemos si fue
agente consciente de Stalin, o si actuó por propia
convicción y criterio. Me inclino a creer lo último.
Por una u otra razón, Negrín actuó en todo momento de
acuerdo con la URSS y el PCE, y ese hecho es lo que
realmente cuenta.
En su nombramiento como sucesor de Largo hay algo
extraño. El socialista Zugazagoitia escribe: «¿Cómo
fue preferido Negrín? No sabría decirlo. Azaña se
atribuye la iniciativa del nombramiento: «Me decidí a
encargar el Gobierno a Negrín. El público esperaría
que fuese Prieto. Pero estaba mejor Prieto al frente de
los ministerios militares reunidos». Negrín era
también el candidato del PCE, y no le sorprendió la
decisión, según comenta Azaña, quien observa
también:«los comunistas están entusiasmados conmigo».
En aquel momento se produjo entre el presidente de la
república y los comunistas un acuerdo cuyos entresijos
ignoramos (8).
En cambio, no tiene secreto la armonía entre el PCE y
Negrín. Este había sido el artífice del envío del oro
español a la URSS siete meses antes, como ministro de
Hacienda de Largo Caballero, y ese acto decisivo lo ataba
a la causa soviética, lo convertía en el hombre de
Stalin en España.
El envío del oro español a Rusia fue, sin duda, el
hecho clave del Frente Popular y la decisión más
trascendental de la guerra, pues determinó su
prolongación y carácter. Sobre muchos detalles del
suceso sigue reinando la oscuridad, pero sus principales
aspectos e implicaciones están bastante claros. Ocurrió
así: quinientas diez toneladas de oro, el grueso de las
reservas españolas, fueron sacadas del Banco de España
y trasladadas a Cartagena por orden de Negrín, el 14 de
septiembre de 1936. Para ello obró con un decreto
reservado, del cual debía dar cuenta el gobierno a las
Cortes en su día, que nunca llegó. Cinco semanas
después, el 23 de octubre, el oro era embarcado en dicho
puerto con rumbo al soviético de Odesa.
¿Por qué se evacuó el oro desde Madrid? Diversos
autores han alegado que Franco estaba a las puertas de la
capital, y podía capturarlo. Eso no parece muy real,
pues las tropas nacionales se hallaban entonces en
Talavera, a más de 100 kilómetros, y tardarían aún
dos meses en llegar «a las puertas de la capital», en
medio de una creciente resistencia. También se ha
hablado de intentos anarquistas de apoderarse del tesoro,
y de presiones para llevarlo a Barcelona por parte de la
Generalitat, la cual había roto el estatuto y actuaba
como gobierno semiindependiente. Estos hechos revelan
también la situación creada en la aun hoy llamada,
impropiamente, república.
Pese a la precipitación del traslado, depositar las
reservas en Cartagena no dejaba de ser una solución
sensata, pues se trataba de una base naval sumamente
protegida y alejada de los frentes. Sin embargo, la
razón no fue la seguridad de la base, sino las buenas
condiciones de ésta como punto de embarque para su
destino definitivo. También para este segundo traslado
se han ofrecido argumentos poco creíbles. Largo y otros
lo han justificado en el temor a un desembarco enemigo
para capturar las reservas; pero se trata de un evidente
pretexto, pues tanto las fortificaciones como la
presencia del grueso de la escuadra en Cartagena hacían
imposible tal cosa. De ser cierto ese supuesto temor, el
propio gobierno habría debido resguardarse en el
extranjero, pues ¿quién garantizaba que no acabase con
él un golpe de mano en Madrid, o, luego, un desembarco
en Valencia?
Si las justificaciones para el traslado del oro desde
Cartagena son falsas, no lo son menos las aducidas para
la elección de la URSS como destino. De no guardarlo en
Cartagena, ¿por qué no depositarlo en Francia, Suiza o
USA, cuya actuación financiera se regía por normas
reconocidas y respetadas, mientras que la conducta del
Kremlin carecía de toda posibilidad de control desde
España? Suele achacarse la elección a la política de
No Intervención de las democracias, y a problemas
surgidos con algunos bancos ingleses. Pero, en realidad,
el Frente Popular colocó en Francia la enorme suma de
200 toneladas de oro, con las cuales compró u obtuvo
créditos para conseguir armas y vituallas, y vendió en
USA y otros países grandes cantidades de plata y
materiales preciosos. Los mayores problemas en la compra
de armas no surgieron de los renuentes bancos europeos,
sino de la corrupción e ineptitud de los propios
enviados del gobierno, como ha documentado el historiador
anarquista Francisco Olaya, entre otros (9).
El envío de las reservas a la URSS no fue, por tanto,
una imposición de las circunstancias, sino una decisión
deliberada, y la evidente falsedad de los pretextos
aducidos deja asomar la causa más evidente: la
identificación básica de Largo Caballero, Negrín y los
comunistas, con la Unión Soviética, modelo de la
sociedad a imponer en España antes o después. Desde ese
punto de vista, ¿qué se oponía a dejar el tesoro
español en manos de Stalin, el jefe de la revolución
mundial, «el padre del proletariado y de los pueblos»,
como demostraba con su apoyo al Frente Popular? Esta
obvia explicación nunca se invoca en los argumentos
posteriores, porque la propaganda oficial hacía del
Frente Popular la continuación de la «república»
burguesa y democrática del 14 de abril, cosa tan falsa
como el resto de los pretextos invocados. Y cuando el
stalinismo perdió su aureola, las razones para el
disimulo aumentaron.
Hay otro punto oscuro en este oscuro negocio: ¿de dónde
partió la iniciativa, de los rusos o de los españoles?
Largo Caballero escribió a Stalin, aparentemente a
instancias de Negrín, pidiendo acogiese el tesoro
español, pero los agentes del espionaje soviético Orlof
y Krivitski adjudican la idea del envío a Stashefski,
encargado ruso de negocios y buen amigo del ministro de
Hacienda. Tendría sumo interés dilucidar el asunto,
pero Negrín no ha dejado escritos al respecto (10).
Hace años, Angel Viñas publicó El oro de Moscú. El
estudio está viciado por dos supuestos erróneos: que
las críticas al traslado del oro tienen carácter
franquista, cuando las condenas quizá más duras
proceden de otros socialistas y de anarquistas; y que se
trató de un acuerdo normal entre gobiernos democráticos
o al menos financieramente normales. No fue nada de eso,
como sa-bían muy bien los más directamente implicados
en los hechos, Largo Caballero y Prieto, los cuales
intentan en sus escritos zafarse de la responsabilidad y
cargarla íntegra sobre Negrín, mientras éste mantiene
un silencio por demás expresivo. Prieto asegura no haber
sido informado de la operación, y haberla conocido por
azar, al encontrarse accidentalmente en Cartagena durante
el embarque. Largo, a su vez, escribe como si Negrín
hubiese tomado por su cuenta una decisión de tal
envergadura, por encima del jefe de gobierno, es decir,
del propio Largo, cosa imposible de creer. Tampoco es
creíble que el ministro de Hacienda ordenase el embarque
y la escolta naval del oro al margen del ministro de
Marina, es decir, de Prieto. Este miente seguramente, y
Largo intenta dar una impresión falsa. Sin duda lo hacen
porque, al revés que Viñas, llegaron a considerar
inconfesable aquella operación, en la que participaron.
Sí parece, en cambio, que los tres obraron a espaldas
del resto del gobierno y del propio presidente de la
República, Azaña. Así lo afirma taxativamente un
documento inédito de Largo Caballero: «¿De esta
decisión convenía dar cuenta a muchas personas? No. Una
indiscreción sería la piedra de escándalo
internacional (
) Se decidió que no lo supiera ni
el Presidente de la República, el cual se hallaba
entonces en un estado espiritual verdaderamente
lamentable, por consiguiente sólo lo sabía el
Presidente del Consejo de Ministros (es decir, el propio
Largo), el Ministro de Hacienda (Negrín) y el de Marina
y Aire (Prieto). Pero los dos primeros serían los
únicos que se habían de entender con el Gobierno de
Rusia». Prieto confirma la ignorancia de Azaña, quien,
al ser informado por el mismo Prieto, reaccionó
anunciando su inmediata dimisión: «nunca lo había
visto tan fuera de sí». Si bien, como en otras
ocasiones, no dimitió. Azaña había firmado el decreto
reservado con el cual había operado Negrín, autorizando
a transportar «con las mayores garantías, al lugar que
estime de más seguridad, las existencias que en oro,
plata y billetes hubiera en aquel momento en el
establecimiento central del Banco de España». Se trató
de un abuso de confianza, por lo menos, pues, desde
luego, el presidente no pensaba en Rusia como el destino
«de más seguridad». En sus detallados diarios Azaña
silencia el trascendental suceso, actitud sumamente
extraña, y no menos significativa (11).
La medida fue, desde luego, ilegal, tanto más cuanto
que, como señala el mismo Largo Caballero, la función
del oro era respaldar la moneda española, cuyo valor se
derrumbaría si fuera conocido el traslado. Largo
escribirá, después de romper las relaciones con Moscú:
«De hecho, el Estado se ha convertido en monedero falso.
¿Será por esto y por otras cosas por lo que Negrín se
niega a enterar a nadie de la situación económica? (
)
¡Desgraciado país que se ve gobernado por quienes
carecen totalmente de escrúpulos» (12).
Largo insiste en que Negrín no daba cuenta de sus actos:
«¿Cuánto oro se entregó a Rusia? Nunca pudo saberse,
porque el Sr. Negrín, sistemáticamente, se ha negado
siempre a dar cuentas de su gestión. Después se ha
sabido, por unas cuentas publicadas por el Banco de
España en 30 de abril de 1938, que dicho Banco había
entregado en custodia 1.592.851.906 millones (sic de
pesetas) en oro y 307.630.000 en plata. Aparte de esto,
Hacienda se incautó de todo lo existente en cajas de
seguridad de los Bancos oficiales y privados, cuyo valor
se eleva, seguramente a muchos millones. ¿Todo esto más
las alhajas que existían en el Palacio Nacional (el
Palacio de Oriente o Real, de Madrid), en habitaciones
reservadas, y las de muchos particulares, se han gastado
en armas? ¿Al terminar la guerra qué oro quedaba en
poder de Rusia? ¿Ha liquidado con el Gobierno llamado
del Sr. Negrín? Esto no lo puede saber nadie más que
él, pues (
) siempre se negó a dar cuenta de la
situación económica». La venta de las reservas fue
«legalizada» mediante un decreto reservado de 29 de
abril de 1938, cuando estaban oficial y prácticamente
agotadas. En ese momento la peseta del Frente Popular,
muy deteriorada por una inflación galopante, acabó de
hundirse (13).
Tal manera de actuar resulta asombrosa, pero otros
testimonios coinciden en señalar la independencia y
secreto de Negrín en el manejo de las finanzas.
Araquistáin lo señala, y remacha el anarquista Abad de
Santillán: hecho ministro de Hacienda, Negrín «tenía
la llave de la caja y lo primero que hizo fue crearse una
guardia de corps, de cien mil carabineros (
) Los
que consintieron ese desfalco al tesoro público (
)
y esa guardia de corps de un advenedizo sin moral y sin
escrúpulos, también deben ser responsabilizados» (14).
«Esa política de manos rotas (
) ha hecho posible
operaciones como la del traslado de gran parte del oro
del Banco de España (
) y la apertura de depósitos
de centenares de millones en el extranjero para la
presunta ayuda a los futuros emigrados de la España
republicana. De todo esto no se ha dado cuenta ni
siquiera al Gobierno (
) Ha hecho con la tapadera de
la guerra lo que ningún gobernante, ni siquiera la
monarquía absoluta, había podido hacer». Son
testimonios de enemigos de Negrín, pero su amigo
Zugazagoitia coincide: aquel pensaba que «solo un
secreto inquebrantable podía hacernos conducir la
Hacienda en condiciones de seguridad», por lo cual «la
política económica era un puro misterio para todos los
ministros» (15).
Y si las cuentas españolas eran un misterio para el
propio gobierno del Frente Popular, eran en cambio un
libro abierto para los dirigentes soviéticos, que
sabían más de ellas, en rigor, que el propio Negrín.
La primera y decisiva consecuencia del transporte de las
reservas a Moscú fue precisamente la pérdida de su
control por el gobierno español.
Esa pérdida decisiva se manifiesta en numerosos
detalles. Casi todo el oro iba en monedas, muchas de las
cuales poseían un valor numismático muy superior a su
contenido en metal. Moscú, sin embargo, no reconoció
ese valor y dispuso la fundición del cargamento entero,
sin que quisieran o pudieran evitarlo las autoridades
españolas. Estas ni siquiera verificaron, según todo
indica, si la fundición se realizó realmente, aunque
España hubo de pagar por ella un precio elevado.
También impuso la URSS la consunción directa del oro en
las compras, en lugar de usarlo como garantía para
obtener créditos, como deseaba el propio Negrín. Cuatro
claveros del Banco de España, presentes en la URSS para
contar y pesar el oro, fueron retenidos allí contra su
voluntad, es decir, secuestrados. Para Viñas, «tal
vez» Negrín decidió confinarlos para evitar
filtraciones, pero fue el Kremlim el que autorizó su
regreso, bajo exigencia de estricta reserva, en octubre
de 1938, es decir, casi dos años más tarde, cuando las
reservas se habían consumido oficialmente, mientras los
asesores soviéticos se iban retirando y la guerra se
daba por perdida.
Las reservas del Banco de España no fueron los únicos
pagos por los suministros soviéticos, pues también
fueron entregadas otras remesas de metales preciosos,
procedentes del saqueo de propiedades particulares, así
como materias primas y bienes industriales, y quedaron en
poder de la URSS bastantes barcos mercantes españoles.
Los soviéticos no entregaron una contabilidad detallada
o medianamente precisa durante la guerra o en los sesenta
años largos transcurridos desde entonces. Tampoco
Viñas, cuyo estudio exculpa constantemente a los
responsables españoles y soviéticos, ha descubierto
hasta ahora unas cuentas claras. Se ha especulado mucho
sobre un posible engaño por parte de Stalin, cuestión
imposible de resolver con los datos actuales, si bien esa
misma deficiencia en los datos apoya con fuerza la
sospecha. Pero la falta de contabilidad adecuada prueba
definitivamente algo mucho más importante que el posible
o probable fraude: la pérdida por los españoles del
control de la propiedad a efectos prácticos, del oro,
cuya gestión realizaban los soviéticos bajo palabra,
sin garantía alguna. Contra el supuesto de Viñas, ni el
Frente Popular ni la URSS tenían un comportamiento
financiero normal, o siquiera vagamente normal.
Dice Largo Caballero: «Nos pareció algo milagroso que
el cargamento pasara el Mediterráneo y llegara a Odesa y
a Moscú sin novedad» (16). Visto lo anterior, más
milagrosa hubiera sido su vuelta. Y no sólo por los
riesgos del viaje en tiempo de guerra.
La pérdida de control sobre el tesoro, y la
imposibilidad de recuperarlo, tuvo un efecto mucho peor,
aunque rara vez señalado: la pérdida de la
independencia del Frente Popular, atado así a Stalin, en
cuyas manos quedaba el suministro bélico, y por tanto la
subsistencia de sus protegidos. Muchos testimonios
indican que el Kremlin utilizó el envío de las armas
-pagadas por España-, para determinar la política
frentepopulista, en especial durante la maniobra de
expulsión de Largo. Este escribe: «Yo tenía que hacer
esfuerzos titánicos para tolerar a los asesores
soviéticos, por la siguiente reflexión: ¿Y si no nos
facilitan material de guerra?». O bien: «El gobierno
soviético se erigía en definidor de cómo debíamos
hacer la política de nuestro país. Cuando esto hacían
con nosotros, ¿qué consignas no darían a los
comunistas?». En una carta al asesor soviético
Smushkiévich, verdadero jefe del arma aérea, se quejaba
patéticamente: «La aviación procede -al igual que
ocurre con los carros blindados- con una libertad de
acción que escapa a las previsiones y hasta las órdenes
emanadas del Ministro bajo cuya jurisdicción se mueve en
el orden administrativo y debiera hacer otro tanto en el
militar». (17)
De hecho, los soviéticos y los comunistas españoles
utilizaron su control sobre las armas para echar por
tierra los planes militares de Largo, es decir, del jefe
del gobierno. Luego ya no hubo necesidad de presiones,
porque Negrín nunca puso obstáculos a Stalin. Prieto,
tras aliarse con los comunistas contra Largo, desafió la
tutela soviética, para seguir enseguida la suerte de
éste, y descubrir así quién mandaba realmente. De este
modo quedaron desbancados dos de los tres responsables
del envío del oro, quedando al cargo de la política el
más dócil o compenetrado con los criterios del Kremlin.
Un hecho extraño es que, pese a la negativa soviética a
conceder créditos a España, a última hora sí
concedió uno de 70 millones de dólares, en marzo de
1938, más otro mencionado por Viñas, de 60 millones,
cuatro meses más tarde. Tras la derrota del Ebro y con
Cataluña en peligro inminente, la URSS parece haber
autorizado otro crédito por unos 100 millones de
dólares, si bien la rapidez con que cayó Cataluña
impidió la llegada a tiempo de buena parte de las armas
así compradas, y devueltas a la URSS. En 1957, los
soviéticos hablaban de un crédito de 85 millones, del
que quedarían a España 50 millones por pagar. Como
puede verse, en todo persiste una oscuridad y confusión
muy reveladoras de la anormalidad de los tratos.
Resulta incongruente que Stalin rechazase dar créditos
cuando disponía de la garantía del oro y había
esperanzas razonables de victoria y, en cambio los
concediera cuando tenía las mayores probabilidades de
perder, con la guerra, su reintegro. Debe recordarse que
al Kremlim le convenía el pago inmediato de las armas -y
aun el sobrepago- debido a su propia necesidad de rearme
ante la guerra europea en vistas. ¿Por qué, entonces,
esa extraña generosidad a última hora? Me permitiré
exponer aquí lo que es sólo una sospecha, aunque no
gratuita: los créditos podrían ser pagados con un
inmenso tesoro artístico que incluía las pinturas del
Prado y otros museos, más gran cantidad de joyas,
cuadros, esculturas y libros antiguos expoliados de las
casas y los depósitos bancarios de miles de
particulares, de iglesias, etc.
No ha solido repararse en el curioso empeño del gobierno
frentepopulista por arrastrar consigo esos bienes,
primero a Valencia, luego a Cataluña. El pretexto
invocado de su seguridad es otra de las numerosas y
obvias falsedades en torno a las finanzas de aquel
régimen. Aquellos traslados suponían almacenamiento
precario y peligro de bombardeos. La inseguridad llegó
al culmen durante la desastrosa retirada en Cataluña,
cuando incluso en circunstancias casi apocalípticas el
gobierno se preocupó de llevarse lo que se ha llamado a
veces «el mayor tesoro del mundo». Azaña deja
constancia de su angustia al descubrir parte de las obras
de arte en el castillo de Perelada, junto a la frontera
francesa, amontonadas en malas condiciones y «en grave
peligro de bombardeo, porque en los jardines del castillo
¡había un parque de material de guerra!» «Debajo de
nuestro comedor estaban los Velázquez. En un edificio
anejo, otro gran depósito. Temí que mi destino me
hubiera traído a ver el museo hecho una hoguera. Era
más de cuanto podía soportarse». «Sostuve una
conversación, algo violenta por mi parte, con el
ministro de Hacienda: «¿Puede usted dormir teniendo esa
responsabilidad?» Como el sujeto es morfinómano debía
de vivir generalmente en una euforia provocada.
Repetidamente le llamé la atención a Negrín: «El
Museo del Prado -le dije- es más importante para España
que la República y la monarquía juntas» (18).
Sin duda aquellos tesoros debían cumplir una función
económica. Parte de ellos, como los transportados a
Méjico en el yate «Vita», fueron usados a tal fin,
como es bien sabido, y no debe descartarse, como
hipótesis de trabajo, que en su conjunto, estuvieran
destinados al pago de los créditos soviéticos. Tanto
Lenin como Stalin, por lo demás, habían obtenido
divisas en varias ocasiones vendiendo obras valiosas del
arte ruso o del museo Ermitage de Leningrado.
Sea lo que fuera de este caso, sí puede afirmarse como
resumen de la gestión de Negrín, que el envío del oro
a Rusia -aunque no fuera responsabilidad exclusiva de
él- supuso para el Frente Popular -y para España- la
pérdida del control sobre sus reservas financieras, y
aún más, la pérdida de la independencia política. Y
que su empeño en mantener la guerra supuso una
prolongación inútil de los sufrimientos de la
población, cuyo único beneficiario fue el régimen
staliniano.
Al margen de lo que pudieran ser sus convicciones
particulares, Negrín fue, conscientemente o no, el
hombre de Stalin, del tirano más brutal y sangriento del
siglo XX, junto con Hitler. Sólo desde una ignorancia
radical o desde la voluntad de engaño, es posible
presentarlo como defensor de la libertad, de la
modernidad, o, en general, de los intereses de España.
La mentira, una de las grandes fuerzas de la historia,
está muy presente en la historiografía española
actual. No la reverenciemos, por poderosa que sea.
Pío Moa
Notas
1
Carrillo, S., Juez y parte, Barcelona, Plaza y Janés,
1998, p. 147.
2 M. Azaña, Memorias de guerra, Barcelona, Crítica,
1978, p. 55 y 176.
3 Ib., pp. 387,393,400,404,435,437.
4 S. Carrillo, Juez
p. 163. En B. Bolloten, La
guerra civil española, Madrid, Alianza, 1997. G. Jackson
en VVAA 1936-1939. La guerra de España, «El país», p.
285.
5 En Bolloten, La guerra
, p. 769. J. Peirats, Los
anarquistas en la crisis política española, Madrid,
Júcar, 1977, p. 243.
6 D. Abad de Santillán, Por qué perdimos la guerra,
Barcelona, Plaza y Janés, 1977, p. 389-90. A. Bahamonde
y J. Cervera, Así terminó la guerra de España, Madrid,
M. Pons, 1999, p. 287 y ss.
7 M. Azaña, Memorias de guerra, p. 243. En B. Bollonte,
La guerra
, p. 865. Fundación Pablo Iglesias (FPI)
AFLC XXV, p. 1116. En P. Moa, El derrumbe de la Segunda
República y la guerra civil, Madrid, Encuientro, 2001,
p. 468.
8 J. Zugazagoitia, Guerra y vicisitudes de los
españoles, París, Librería española, p. 286. M.
Azaña, Memorias de guerra, pp. 55, 56 y 60.
9 F. Olaya, El oro de Negrín, Madrid, Nossa y Jara,
1998, pp. 79 y ss.
10 En Bolloten, pp. 256 y ss.
11 FPI, AFLC XXIII, p. 477. I. Prieto, Convulsiones de
España II, México, Oasis, p. 130.
12 FPI, AFLC, XXIII, p. 477.13 Ib., pp. 467 y ss.
14 Negrín transformó, efectivamente, el modesto cuerpo
de carabineros en todo un ejército, utilizando su cargo
de ministro de Hacienda. La razón de esta extraordinaria
irregularidad fue la carrera entre partidos y sindicales,
en los primeros meses de la guerra, por hacerse cada cual
con sus propias fuerzas armadas, con vistas al reparto de
la victoria, que todos daban por segura. De todas formas
este asunto no lo trataré aquí.
15 J. Zugazagoitia, Guerra
p. 300. D. Abad de
Santillán, Por qué
p. 329.
16 F. Largo Caballero, Correspondencia secreta, Madrid,
Nos, 1961, p. 258.
17 FPI, AFLC XXIII, pp. 602 y 694; Ib., XXV, pp. 1149-50,
1173.
18 M. Azaña, Memorias de guerra, p. 442-3.
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