Razón Española, nº 113; Negrín

pag. principal Razón Española

Negrín

Por Pío Moa

El capítulo marítimo de la economía de la Guerra de España indice La crisis argentina. Ideología, historia y literatura

Negrín

Probablemente el político más controvertido dentro de la izquierda española durante el siglo XX ha sido el socialista Juan Negrín. Muchos le han atacado, desde correligionarios suyos como Araquistáin, Prieto o Largo Caballero hasta republicanos como Azaña o anarquistas como Abad de Santillán o Peirats. Finalmente se ha visto relegado a un interesado olvido, lamentado por uno de sus escasos panegiristas, Santiago Carrillo: «Don Juan Negrín es el gran silenciado de la reciente historia política de España. Pocas personas saben que existió un jefe del gobierno republicano durante la guerra civil que se llamó así (…) ¿Quién osa reivindicarle hoy?» (1). He aquí una muestra de ese olvido intencionado: en 1994, el ex dirigente comunista Santiago Alvarez publicó una biografía suya en dos tomos, titulada Negrín, personaje histórico, y la editorial, «De la Torre», envió información de la misma a dos mil centros socialistas: no recibió ni una sola respuesta interesándose por el libro. También es cierto que periódicamente se producen reivindicaciones del personaje, y actualmente asistimos a una, a partir de socialistas como Eligio Hernández o de los nacionalistas canarios.

Negrín apenas destacó en política hasta 1936. Dos años antes, en octubre de 1934, había participado, en un plano secundario, en la sublevación de socialistas y nacionalistas catalanes contra el gobierno constitucional de centro derecha, con la que comenzó, de hecho, la guerra, aunque se interrumpiese momentáneamente al fracasar la revuelta. Luego la querella entre Prieto y Largo Caballero estuvo a punto de escindir al PSOE, y en ella Negrín optó por Prieto, algo menos extremista que Largo. Así, en el famoso mitín de Ecija, a finales de mayo del 36, cuando los secuaces de Largo persiguieron a Prieto a tiros, pedradas y botellazos, Negrín se salvó de ser linchado gracias a la Guardia Civil. Y apoyó desesperadamente a Prieto, con riesgo de consumar la escisión, cuando éste intentó suceder a Azaña a la cabeza del gobierno -alternativa torpedeada en el PSOE por los caballeristas-, pues veía en un gobierno Prieto la última posibilidad de evitar la reanudación de la guerra civil. No obstante, ya poco antes de julio de 1936, prietistas y caballeristas debieron de reconciliarse como sugiere el asesinato de Calvo Sotelo en el que participaron socialistas de ambas tendencias, siendo un guardaespaldas de Prieto el autor material del crimen.

Pero será en el curso de la guerra cuando la figura de Negrín destaque de manera decisiva. Al formarse en septiembre el gobierno revolucionario de Largo Caballero, Negrín aparece en el crucial ministerio de Hacienda. Y ocho meses después, en mayo de 1937, ascenderá a jefe de gobierno, tras la defenestración de Largo Caballero por una maniobra de origen comunista. El gobierno de Negrín, autotitulado «de la victoria», como el de Largo, no logró invertir el curso de la contienda, pero sí alargarla y lanzar operaciones de envergadura en Brunete, Belchite, Teruel o el Ebro. Perdidas las esperanzas de ganar, preconizó la resistencia a ultranza, con vistas a enlazar el conflicto español con el mundial, cuya sombra oscurecía ya a Europa. La guerra mundial estalló solo cinco meses después de terminar la española.

Negrín gobernó el Frente Popular durante 22 de los 32 meses de lucha. Puede considerársele, por tanto, el político fundamental de la izquierda en aquella época, y no debemos considerar anecdóticas las controversias suscitadas por su actuación. Por el contrario, tienen la mayor relevancia, porque la guerra civil es el acontecimiento clave del siglo XX español, el punto de ruptura del cual deriva la historia posterior. Por eso, el olvido de Negrín solo puede entenderse como un aspecto, y bien significativo, de un cierto falseamiento de la memoria, impuesto en estos años últimos.

Las discrepancias en torno a nuestro personaje se han centrado en dos cuestiones fundamentales: su política de guerra, y el envío del oro español a Moscú. Parte del debate queda bien ilustrado por la evolución de Azaña en relación con él. Azaña detestaba a Largo, el Lenin español, por quien se sentía despreciado y menoscabado en su papel de presidente de la república, aunque debe señalarse que la república del 14 de abril se había hundido por completo en julio del 36. Por lo tanto, mostró alivio cuando los comunistas, aliados con Prieto, expulsaron a Largo en mayo del 37, y él pudo sustituirlo por Negrín, que casualmente era también el candidato del PCE. Los diarios de Azaña destacan la «tranquila energía» del nuevo gobernante, a quien elogian: «inteligente, cultivado, conoce y comprende los problemas, sabe ordenar y relacionar las cuestiones». «Parece hombre enérgico, resuelto, y en ciertos aspectos audaz».

Ambos coincidían en el deseo de ordenar la retaguardia, frenar la indisciplina e insolidaridad de los partidos, y emplear a fondo los vastos recursos aún disponibles por el Frente Popular. También compartían la inquietud ante la postura de los nacionalistas vascos y catalanes. El 29 de julio, Azaña cita palabras de Negrín: «Aguirre (presidente del gobierno autónomo vasco) no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien fuere. Pero estos hombres son inaguantables. Acabarían dando la razón a Franco» (2).

Sin embargo la simpatía entre Negrín y Azaña se debilitó hasta tornarse aversión y desprecio. En abril del 38, Azaña transcribe una tensa charla con el primero:«¿Me llevarán ustedes ante un tribunal, por derrotista? (…) Desde noviembre de 1936 soy un presidente desposeido. Cuando usted formó Gobierno, creí respirar, y que mis opiniones serían oídas, por lo menos. No es así (…) Soy el único a quien se puede violentar impunemente en sus sentimientos, poniéndome siempre ante el hecho consumado». Señala la brutalidad represiva: «La crueldad impolítica, innecesaria y repulsiva de los fallos (judiciales) (…) Denuncias sin firma del SIM(policía secreta militar). Unos mozalbetes condenados a muerte por cantar un himno. El delator no sabía cual era. Malos tratos: uno sordo, otro ciego». Denuncia maniobras para aislarle. Sobre la salida de Prieto del gobierno, en mayo de 1938, deplora: «Le echaron (…) porque se negó a firmar una carta, que le llevó redactada un agente ruso, pidiendo a Hacienda que les librase millón y medio de dólares para gastos de personal militar, sin justificación alguna». Constata: «El Presidente de la República (él mismo) no tiene ya libertad para cambiar de política, si lo estima conveniente, porque todos los mandos están copados por los comunistas, y se resistirían». Lamenta: «A los ocho días de hablar de piedad y perdón me refriegan 58 muertos», hechos fusilar por el gobierno. Califica estas conductas:«Horrible», «Indignación mía», «Doblez y deslealtad», «Insegura y errática fantasía de Negrín». De la derrota en Cataluña, dice: «Negrín pronunció un discurso que merecería llamarse gedeónico si las circunstancias no le diesen el carácter de bufonada siniestra. Llegó a decir que el mejor plebiscito a favor del Gobierno era el hecho de la fuga general de la población delante de los invasores. Nadie se sintió injuriado en su buen sentido por tamaño despropósito» (3). Etc.

La raíz de estas querellas es conocida. Conforme avanzaba la guerra, Azaña veía la derrota segura, y buscaba, a través de Londres y París, un alto el fuego capaz de abrir paso a un armisticio. Idea falsa, pues ni Londres ni París pensaban involucrarse a tal grado, y tampoco aceptaban Franco o Negrín. Este trataba de vencer o, en otro caso, de enlazar con la guerra mundial, idea, ya lo veremos, no menos fantástica que la del alto el fuego. Azaña consideraba vesánico ese plan porque multiplicaba, en vano, los sufrimientos del país, y su oponente encontraba la actitud de Azaña lindante con la traición. Por ello no vaciló, cuando las maniobras derrotistas con Francia se hicieron patentes, a finales de agosto del 38, en tomar Barcelona con tanques y aviones, y una gigantesca manifestación organizada por el PCE, a fin de intimidar al presidente de la república y a los demás negociadores.

Así, el cambio de actitud de Azaña gira sobre una de las cuestiones esenciales por las que Negrín ha pasado a la historia: su política de guerra, merecedora, por tanto, de análisis. En esa política coincidió de lleno con los comunistas y discrepó cada vez más de los restantes aliados, es decir, de la mayoría de los socialistas, anarquistas, republicanos y nacionalistas vascos y catalanes. Todos, menos los comunistas y algunos socialistas, terminaron por sentir un odio visceral hacia el jefe del gobierno.

Por su decisión de resistir y prologar la guerra, Carrillo y los comunistas ven en Negrín «una roca de dignidad, coraje y nobleza», y lamentan cómo «el hombre que ha mostrado las mejores virtudes humanas y que ha conquistado así lo que debería ser un lugar de honor en la historia de España es (…) víctima de una campaña inmunda. Los cobardes le crucifican como agente comunista». También el historiador liberal norteamericano Malefakis lo considera «una figura sin equivalente en España desde Olivares en el siglo XVII». Juan Marichal dice que «en pocos hombres de la historia europea del último siglo y medio se ha dado una fusión semejante de inteligencia y carácter, de entereza moral y de capacidad intelectual». Angel Viñas lo considera «el gran estadista de la República». Jackson lo encuentra «absolutamente honrado y coherente» (4).

Sin embargo esa política tuvo costes desmesurados. Cuando Negrín se hizo cargo del poder, en mayo del 37, todavía era concebible una victoria del Frente Popular, porque éste poseía los mayores medios. Para vencer, era preciso imponer una recia disciplina en el ejército y a los partidos, los cuales venían sabo-
teándose entre sí desde el principio de la guerra. Pero pocos meses después, tras los fracasos de Brunete y Belchite y la pérdida de la zona norte, la victoria se volvió mucho más nebulosa, y en el Frente Popular cundió el desánimo. No obstante, Negrín, los comunistas y parte de los socialistas, hicieron un esfuerzo por robustecer la retaguardia, las fuerzas armadas y la economía de guerra.

Para afirmar la retaguardia, los nacionalistas catalanes, que habían vulnerado sin contemplaciones el estatuto, hubieron de someterse al gobierno; los republicanos, que ya desempeñaban antes un papel decorativo, quedaron aun más marginados; los anarquistas y el semitrotskista POUM fueron perseguidos con enorme dureza y al margen de la ley. En cambio el PCE y la policía secreta soviética alcanzaron la cima de su influencia. Anarquistas, poumistas y un sector socialista abundan en denuncias sobre la privación de derechos, las cárceles secretas, torturas y asesinatos contra ellos. El inglés Orwell, voluntario con el POUM, escribe: «Ocurrían las cosas más terribles, detenciones masivas, heridos arrastrados fuera del hospital y arrojados a la cárcel, gentes apretujadas en repugnantes guaridas, presos golpeados y muertos de hambre, etc.» El anarquista Peirats señala: «Las mazmorras de la GPU se multiplicaron como infiernos de Dante»; «El régimen de tortura era el clásico procedimiento brutal: palizas con vergajos de caucho seguidas de duchas muy frías, simulacros de fusilamientos y otros tormentos dolorosos y sangrientos. Los consejeros rusos modernizaron esta vieja técnica…». Líderes socialistas hablaban de persecuciones y de cómo, en el ejército, los comunistas liquidaban a quienes rechazaban su obediencia y proselitismo, al punto de negarse a ir al frente oficiales socialistas o anarquistas, por temor a ser asesinados por la espalda y presentados después como muertos por intentar pasarse al enemigo (5).

Estas conductas despertaban el lógico resentimiento. El anarquista Abad de Santillán declara: «No hemos derribado al gobierno Negrín porque no tuvimos la fuerza necesaria para ello, porque la confusión había debilitado nuestro movimiento y lo había disgregado y dispersado, y porque aquellos hombres de otros partidos que coincidían con nosotros en la urgencia de un cambio de timoneles del Gobierno y de la guerra, se encontraban en las mismas condiciones que nosotros». Todos esos partidos compren-dían que Franco no iba a darles cuartel, y por eso aguantaban el inmisericorde poder de Negrín y los comunistas, con una vaga esperanza de que la victoria final, cada vez más lejana, mejorase su situación. Al mismo tiempo maniobraban a espaldas del gobierno del que oficialmente formaban parte, sin retroceder ante la traición, especialmente los nacionalistas (6).

Aun así, llegó un momento en que la mayoría de ellos prefirió capitular ante Franco, aun sabiendo el trato que les aguardaba, antes que continuar en tales condiciones. Fueron anarquistas, socialistas y republicanos quienes precipitaron el final de la guerra, rebelándose contra Negrín y rindiéndose incondicionalmente.

Si disciplinar la retaguardia exigió medidas de terror, lo mismo ocurrió en el ejército. Al comenzar la guerra los partidos del Frente Popular tenían tal seguridad en la victoria, que se preocuparon ante todo de reforzarse cada uno frente a sus propios aliados, para lograr la mejor parte a la hora de la victoria. El resultado fue la dispersión de esfuerzos y la indisciplina, y gracias a ello los alzados pudieron superar su situación inicial de absoluta inferioridad. Cuando las derrotas hicieron comprender a las izquierdas el peligro que corrían, se fue imponiendo, por reacción, un talante rígidamente disciplinario, sobre todo entre los comunistas. El ejército popular se convirtió así en una potente máquina de guerra capaz de resistencias exitosas, pero también sufrió de acartonamiento y merma de iniciativa en los distintos escalones del mando, reflejado en su escaso rendimiento ofensivo.

La pérdida de la zona cantábrica en octubre del 37 marcó el giro decisivo de la guerra. La combatividad de las tropas disminuía y ya en Brunete la mitad de las bajas sufridas eran «desertores más o menos disimulados», según apunta Azaña. Para frenar esa tendencia, el gobierno llevó el disciplinarismo a límites francamente terroristas. Se multiplicaron las ejecuciones de supuestos desafectos, severísimas penas recaían sobre toda la familia del desertor. Estos métodos, más un intenso adoctrinamiento ideológico, debían impedir la descomposición del ejército. Escribía un combatiente extranjero: «Los líderes del Kremlin, aunque nos proporcionan material, confían sobre todo en el terror. Oficiales y soldados son implacablemente ejecutados siguiendo sus órdenes». «La responsabilidad por las derrotas se exige cada día más estrechamente al soldado, sobre el que se hace caer duramente el código de Justicia Militar, interpretado con excesiva rigidez por los Tribunales Permanentes. La responsabilidad va difuminándose hasta desaparecer conforme ascendemos en la escala jerárquica». El SIM, servicio de espionaje organizado por Prieto a instancias del jefe de la policía soviética en España, Orlof, «se extendía por las pequeñas y grandes unidades del ejército y por el interior de los partidos y organizaciones, vigilando estrechamente las actividades de sus militantes». Pero conforme avanzaba la guerra, ni aun esos métodos contenían las deserciones. Abundaban las autolesiones y enfermedades fingidas, y en Cataluña, los desertores y prófugos llegaron a formar guerrillas contra los intentos de enviarles al frente. Estos fenómenos apenas se dieron, en cambio, en el bando contrario (7).

Aparte de la unidad de retaguardia, impuesta con brutal determinación, y del disciplinarismo exacerbado en el ejército, el tercer aspecto clave de la política de resistencia consistía en prolongar la lucha hasta la guerra mundial, y ello merece también una breve consideración.

Desde la derrota de Teruel, y más definitivamente la del Ebro, estaba claro que la única esperanza de eludir la rendición estaba en un próximo estallido de la guerra mundial. De hecho, en septiembre de 1938 el estallido pareció a punto, y hubo fuertes rumores de intervención francesa, pedida también por Negrín. Pero la tensión europea se cerró con los acuerdos de Munich y la entrega de Checoslovaquia a Hitler. No obstante, muchos pensaban que el arreglo era solo momentáneo. Las crisis políticas provocadas por Hitler se iban sucediendo, y probablemente la siguiente sería la definitiva, según esperaba el Frente Popular.

Negrín y las izquierdas calculaban que la guerra europea obligaría a Francia e Inglaterra a intervenir en España, para impedir su conversión en una base alemana e italiana a espaldas de Francia y sobre las líneas de comunicación británicas. Por tanto, las dos democracias tendrían que apoyar al Frente Popular, dando un vuelco en la guerra civil. Naturalmente el coste añadido en vidas y sufrimientos habría sido terrible, pero la idea parecía tener sentido.

Sin embargo hoy sabemos que no lo tenía. Ante la crisis de Munich, Franco había maniobrado hábilmente, declarando su neutralidad en caso de guerra general, para indignación de italianos y alemanes. No es descartable que las democracias prefiriesen la neutralidad española a una intervención directa, potencialmente muy costosa y de incierto resultado. Tampoco tiene solidez la expectativa de que una invasión francobritánica salvase a las izquierdas:en 1940 la Wehrmacht destrozó en pocas semanas a los ejércitos francés y británico, y sin duda habría ocurrido algo semejante en España, con la derrota total del Frente Popular.

Estas son especulaciones, aunque tan razonables al menos como los cálculos de Negrín y sus partidarios. En cambio es mucho menos especulativo lo que habría ocurrido si la resistencia se hubiera prolongado esos meses, hasta el comienzo de la guerra europea. Entre la crisis de Munich, de septiembre del 38, y el ataque nazi a Polonia, un año más tarde, cambiaron radicalmente las alianzas en el teatro europeo. Ante el asombro del mundo, nazis y soviéticos se entendieron para repartirse Polonia, evitar la agresión mutua y ayudarse con un comercio favorable. Entonces las potencias democráticas hubieron de enfrentarse directamente con Alemania, pese a sus graves temores de que la devastación consiguiente abriera toda Europa a la revolución impulsada por Moscú. Ahora bien, en España los sostenedores de la lucha habían sido comunistas y el Kremlin, súbitamente convertidos en amigos de Hitler. En Francia, por ejemplo, los comunistas sabotearon el esfuerzo bélico de su país contra Alemania, haciendo propaganda derrotista y atacando al «imperialismo británico y francés». ¿Qué podrían hacer los comunistas españoles y Negrín, nervio de la lucha sin concesiones contra el «fascismo»? La situación habría sido absolutamente surrealista. Ellos eran el poder hegemónico en el Frente Popular y en el ejército, y no podían ser sustituidos por los republicanos, socialistas y anarquistas, fuerzas muy debilitadas y faltas de cohesión, aunque de-seasen, ellos sí, la alianza con Francia y Gran Bretaña. Las democracias se habrían inclinado con toda probabilidad por Franco, si éste les prometía la neutralidad de España, como había hecho en la crisis de Munich.

En realidad, la resistencia a toda costa estaba inspirada por la Unión Soviética. La clave de la política de Stalin consistía en evitar la guerra con Alemania, procurando que estallara por occidente, y por ello le interesaba mantener abierta la llaga española el mayor tiempo posible… hasta conseguir el acuerdo con Hitler. Para cuando lo consiguió, el conflicto español había terminado. Ese pacto con los nazis interesaba a Stalin muy por encima de la victoria de la izquierda en la guerra española, y el déspota del Kremlin habría sacrificado sin vacilar a sus protegidos del Frente Popular, dejándolos en una posición imposible.

Como resumen cabe señalar que la política de Negrín y los comunistas no logró ni la victoria ni un final pactado y, por lo tanto, significó el alargamiento inútil de la mortandad y las privaciones para los españoles. Y su designio de encadenar una guerra a otra mayor sólo hubiera multiplicado los sufrimientos, sin la menor seguridad de vencer: muy al contrario. La prolongación de los sacrificios se hizo, en realidad, al servicio de Stalin, de quien eran devotos incondicionales los comunistas, y cuyo juego siguió Negrín por convicción o por otras causas.

También se ha acusado a Negrín, como a los jefes de los demás partidos, de haberse puesto a salvo sin dejar la menor previsión de fuga, resistencia u ocultamiento para sus seguidores, miles de los cuales estaban complicados en el terror contra las derechas, e iban a sufrir, por tanto, un estrecho ajuste de cuentas por parte de los vencedores. Claro que de haber terminado la guerra con la derrota nacional, la represión habría sido probablemente mucho peor: para entenderlo basta recordar el terror aplicado entre los mismos partidos del Frente Popular, especialmente por los comunistas. Es fácil imaginar lo que hubiera ocurrido a sus comunes enemigos, si éstos hubieran perdido.

Al comparar a Negrín con otro dirigente socialista de la guerra, Largo Caballero, observamos un punto común: su identificación con los comunistas. Y una discrepancia: esa identificación duró a Largo sólo unos cuantos meses, pero Negrín la mantuvo toda la guerra. Carrillo denuncia como venenosa la propaganda que tildaba a este último de «agente comunista», y no sabemos si fue agente consciente de Stalin, o si actuó por propia convicción y criterio. Me inclino a creer lo último. Por una u otra razón, Negrín actuó en todo momento de acuerdo con la URSS y el PCE, y ese hecho es lo que realmente cuenta.

En su nombramiento como sucesor de Largo hay algo extraño. El socialista Zugazagoitia escribe: «¿Cómo fue preferido Negrín? No sabría decirlo. Azaña se atribuye la iniciativa del nombramiento: «Me decidí a encargar el Gobierno a Negrín. El público esperaría que fuese Prieto. Pero estaba mejor Prieto al frente de los ministerios militares reunidos». Negrín era también el candidato del PCE, y no le sorprendió la decisión, según comenta Azaña, quien observa también:«los comunistas están entusiasmados conmigo». En aquel momento se produjo entre el presidente de la república y los comunistas un acuerdo cuyos entresijos ignoramos (8).

En cambio, no tiene secreto la armonía entre el PCE y Negrín. Este había sido el artífice del envío del oro español a la URSS siete meses antes, como ministro de Hacienda de Largo Caballero, y ese acto decisivo lo ataba a la causa soviética, lo convertía en el hombre de Stalin en España.

El envío del oro español a Rusia fue, sin duda, el hecho clave del Frente Popular y la decisión más trascendental de la guerra, pues determinó su prolongación y carácter. Sobre muchos detalles del suceso sigue reinando la oscuridad, pero sus principales aspectos e implicaciones están bastante claros. Ocurrió así: quinientas diez toneladas de oro, el grueso de las reservas españolas, fueron sacadas del Banco de España y trasladadas a Cartagena por orden de Negrín, el 14 de septiembre de 1936. Para ello obró con un decreto reservado, del cual debía dar cuenta el gobierno a las Cortes en su día, que nunca llegó. Cinco semanas después, el 23 de octubre, el oro era embarcado en dicho puerto con rumbo al soviético de Odesa.

¿Por qué se evacuó el oro desde Madrid? Diversos autores han alegado que Franco estaba a las puertas de la capital, y podía capturarlo. Eso no parece muy real, pues las tropas nacionales se hallaban entonces en Talavera, a más de 100 kilómetros, y tardarían aún dos meses en llegar «a las puertas de la capital», en medio de una creciente resistencia. También se ha hablado de intentos anarquistas de apoderarse del tesoro, y de presiones para llevarlo a Barcelona por parte de la Generalitat, la cual había roto el estatuto y actuaba como gobierno semiindependiente. Estos hechos revelan también la situación creada en la aun hoy llamada, impropiamente, república.

Pese a la precipitación del traslado, depositar las reservas en Cartagena no dejaba de ser una solución sensata, pues se trataba de una base naval sumamente protegida y alejada de los frentes. Sin embargo, la razón no fue la seguridad de la base, sino las buenas condiciones de ésta como punto de embarque para su destino definitivo. También para este segundo traslado se han ofrecido argumentos poco creíbles. Largo y otros lo han justificado en el temor a un desembarco enemigo para capturar las reservas; pero se trata de un evidente pretexto, pues tanto las fortificaciones como la presencia del grueso de la escuadra en Cartagena hacían imposible tal cosa. De ser cierto ese supuesto temor, el propio gobierno habría debido resguardarse en el extranjero, pues ¿quién garantizaba que no acabase con él un golpe de mano en Madrid, o, luego, un desembarco en Valencia?

Si las justificaciones para el traslado del oro desde Cartagena son falsas, no lo son menos las aducidas para la elección de la URSS como destino. De no guardarlo en Cartagena, ¿por qué no depositarlo en Francia, Suiza o USA, cuya actuación financiera se regía por normas reconocidas y respetadas, mientras que la conducta del Kremlin carecía de toda posibilidad de control desde España? Suele achacarse la elección a la política de No Intervención de las democracias, y a problemas surgidos con algunos bancos ingleses. Pero, en realidad, el Frente Popular colocó en Francia la enorme suma de 200 toneladas de oro, con las cuales compró u obtuvo créditos para conseguir armas y vituallas, y vendió en USA y otros países grandes cantidades de plata y materiales preciosos. Los mayores problemas en la compra de armas no surgieron de los renuentes bancos europeos, sino de la corrupción e ineptitud de los propios enviados del gobierno, como ha documentado el historiador anarquista Francisco Olaya, entre otros (9).

El envío de las reservas a la URSS no fue, por tanto, una imposición de las circunstancias, sino una decisión deliberada, y la evidente falsedad de los pretextos aducidos deja asomar la causa más evidente: la identificación básica de Largo Caballero, Negrín y los comunistas, con la Unión Soviética, modelo de la sociedad a imponer en España antes o después. Desde ese punto de vista, ¿qué se oponía a dejar el tesoro español en manos de Stalin, el jefe de la revolución mundial, «el padre del proletariado y de los pueblos», como demostraba con su apoyo al Frente Popular? Esta obvia explicación nunca se invoca en los argumentos posteriores, porque la propaganda oficial hacía del Frente Popular la continuación de la «república» burguesa y democrática del 14 de abril, cosa tan falsa como el resto de los pretextos invocados. Y cuando el stalinismo perdió su aureola, las razones para el disimulo aumentaron.

Hay otro punto oscuro en este oscuro negocio: ¿de dónde partió la iniciativa, de los rusos o de los españoles? Largo Caballero escribió a Stalin, aparentemente a instancias de Negrín, pidiendo acogiese el tesoro español, pero los agentes del espionaje soviético Orlof y Krivitski adjudican la idea del envío a Stashefski, encargado ruso de negocios y buen amigo del ministro de Hacienda. Tendría sumo interés dilucidar el asunto, pero Negrín no ha dejado escritos al respecto (10).

Hace años, Angel Viñas publicó El oro de Moscú. El estudio está viciado por dos supuestos erróneos: que las críticas al traslado del oro tienen carácter franquista, cuando las condenas quizá más duras proceden de otros socialistas y de anarquistas; y que se trató de un acuerdo normal entre gobiernos democráticos o al menos financieramente normales. No fue nada de eso, como sa-bían muy bien los más directamente implicados en los hechos, Largo Caballero y Prieto, los cuales intentan en sus escritos zafarse de la responsabilidad y cargarla íntegra sobre Negrín, mientras éste mantiene un silencio por demás expresivo. Prieto asegura no haber sido informado de la operación, y haberla conocido por azar, al encontrarse accidentalmente en Cartagena durante el embarque. Largo, a su vez, escribe como si Negrín hubiese tomado por su cuenta una decisión de tal envergadura, por encima del jefe de gobierno, es decir, del propio Largo, cosa imposible de creer. Tampoco es creíble que el ministro de Hacienda ordenase el embarque y la escolta naval del oro al margen del ministro de Marina, es decir, de Prieto. Este miente seguramente, y Largo intenta dar una impresión falsa. Sin duda lo hacen porque, al revés que Viñas, llegaron a considerar inconfesable aquella operación, en la que participaron.

Sí parece, en cambio, que los tres obraron a espaldas del resto del gobierno y del propio presidente de la República, Azaña. Así lo afirma taxativamente un documento inédito de Largo Caballero: «¿De esta decisión convenía dar cuenta a muchas personas? No. Una indiscreción sería la piedra de escándalo internacional (…) Se decidió que no lo supiera ni el Presidente de la República, el cual se hallaba entonces en un estado espiritual verdaderamente lamentable, por consiguiente sólo lo sabía el Presidente del Consejo de Ministros (es decir, el propio Largo), el Ministro de Hacienda (Negrín) y el de Marina y Aire (Prieto). Pero los dos primeros serían los únicos que se habían de entender con el Gobierno de Rusia». Prieto confirma la ignorancia de Azaña, quien, al ser informado por el mismo Prieto, reaccionó anunciando su inmediata dimisión: «nunca lo había visto tan fuera de sí». Si bien, como en otras ocasiones, no dimitió. Azaña había firmado el decreto reservado con el cual había operado Negrín, autorizando a transportar «con las mayores garantías, al lugar que estime de más seguridad, las existencias que en oro, plata y billetes hubiera en aquel momento en el establecimiento central del Banco de España». Se trató de un abuso de confianza, por lo menos, pues, desde luego, el presidente no pensaba en Rusia como el destino «de más seguridad». En sus detallados diarios Azaña silencia el trascendental suceso, actitud sumamente extraña, y no menos significativa (11).

La medida fue, desde luego, ilegal, tanto más cuanto que, como señala el mismo Largo Caballero, la función del oro era respaldar la moneda española, cuyo valor se derrumbaría si fuera conocido el traslado. Largo escribirá, después de romper las relaciones con Moscú: «De hecho, el Estado se ha convertido en monedero falso. ¿Será por esto y por otras cosas por lo que Negrín se niega a enterar a nadie de la situación económica? (…) ¡Desgraciado país que se ve gobernado por quienes carecen totalmente de escrúpulos» (12).

Largo insiste en que Negrín no daba cuenta de sus actos: «¿Cuánto oro se entregó a Rusia? Nunca pudo saberse, porque el Sr. Negrín, sistemáticamente, se ha negado siempre a dar cuentas de su gestión. Después se ha sabido, por unas cuentas publicadas por el Banco de España en 30 de abril de 1938, que dicho Banco había entregado en custodia 1.592.851.906 millones (sic de pesetas) en oro y 307.630.000 en plata. Aparte de esto, Hacienda se incautó de todo lo existente en cajas de seguridad de los Bancos oficiales y privados, cuyo valor se eleva, seguramente a muchos millones. ¿Todo esto más las alhajas que existían en el Palacio Nacional (el Palacio de Oriente o Real, de Madrid), en habitaciones reservadas, y las de muchos particulares, se han gastado en armas? ¿Al terminar la guerra qué oro quedaba en poder de Rusia? ¿Ha liquidado con el Gobierno llamado del Sr. Negrín? Esto no lo puede saber nadie más que él, pues (…) siempre se negó a dar cuenta de la situación económica». La venta de las reservas fue «legalizada» mediante un decreto reservado de 29 de abril de 1938, cuando estaban oficial y prácticamente agotadas. En ese momento la peseta del Frente Popular, muy deteriorada por una inflación galopante, acabó de hundirse (13).

Tal manera de actuar resulta asombrosa, pero otros testimonios coinciden en señalar la independencia y secreto de Negrín en el manejo de las finanzas. Araquistáin lo señala, y remacha el anarquista Abad de Santillán: hecho ministro de Hacienda, Negrín «tenía la llave de la caja y lo primero que hizo fue crearse una guardia de corps, de cien mil carabineros (…) Los que consintieron ese desfalco al tesoro público (…) y esa guardia de corps de un advenedizo sin moral y sin escrúpulos, también deben ser responsabilizados» (14). «Esa política de manos rotas (…) ha hecho posible operaciones como la del traslado de gran parte del oro del Banco de España (…) y la apertura de depósitos de centenares de millones en el extranjero para la presunta ayuda a los futuros emigrados de la España republicana. De todo esto no se ha dado cuenta ni siquiera al Gobierno (…) Ha hecho con la tapadera de la guerra lo que ningún gobernante, ni siquiera la monarquía absoluta, había podido hacer». Son testimonios de enemigos de Negrín, pero su amigo Zugazagoitia coincide: aquel pensaba que «solo un secreto inquebrantable podía hacernos conducir la Hacienda en condiciones de seguridad», por lo cual «la política económica era un puro misterio para todos los ministros» (15).

Y si las cuentas españolas eran un misterio para el propio gobierno del Frente Popular, eran en cambio un libro abierto para los dirigentes soviéticos, que sabían más de ellas, en rigor, que el propio Negrín. La primera y decisiva consecuencia del transporte de las reservas a Moscú fue precisamente la pérdida de su control por el gobierno español.

Esa pérdida decisiva se manifiesta en numerosos detalles. Casi todo el oro iba en monedas, muchas de las cuales poseían un valor numismático muy superior a su contenido en metal. Moscú, sin embargo, no reconoció ese valor y dispuso la fundición del cargamento entero, sin que quisieran o pudieran evitarlo las autoridades españolas. Estas ni siquiera verificaron, según todo indica, si la fundición se realizó realmente, aunque España hubo de pagar por ella un precio elevado. También impuso la URSS la consunción directa del oro en las compras, en lugar de usarlo como garantía para obtener créditos, como deseaba el propio Negrín. Cuatro claveros del Banco de España, presentes en la URSS para contar y pesar el oro, fueron retenidos allí contra su voluntad, es decir, secuestrados. Para Viñas, «tal vez» Negrín decidió confinarlos para evitar filtraciones, pero fue el Kremlim el que autorizó su regreso, bajo exigencia de estricta reserva, en octubre de 1938, es decir, casi dos años más tarde, cuando las reservas se habían consumido oficialmente, mientras los asesores soviéticos se iban retirando y la guerra se daba por perdida.

Las reservas del Banco de España no fueron los únicos pagos por los suministros soviéticos, pues también fueron entregadas otras remesas de metales preciosos, procedentes del saqueo de propiedades particulares, así como materias primas y bienes industriales, y quedaron en poder de la URSS bastantes barcos mercantes españoles.

Los soviéticos no entregaron una contabilidad detallada o medianamente precisa durante la guerra o en los sesenta años largos transcurridos desde entonces. Tampoco Viñas, cuyo estudio exculpa constantemente a los responsables españoles y soviéticos, ha descubierto hasta ahora unas cuentas claras. Se ha especulado mucho sobre un posible engaño por parte de Stalin, cuestión imposible de resolver con los datos actuales, si bien esa misma deficiencia en los datos apoya con fuerza la sospecha. Pero la falta de contabilidad adecuada prueba definitivamente algo mucho más importante que el posible o probable fraude: la pérdida por los españoles del control de la propiedad a efectos prácticos, del oro, cuya gestión realizaban los soviéticos bajo palabra, sin garantía alguna. Contra el supuesto de Viñas, ni el Frente Popular ni la URSS tenían un comportamiento financiero normal, o siquiera vagamente normal.

Dice Largo Caballero: «Nos pareció algo milagroso que el cargamento pasara el Mediterráneo y llegara a Odesa y a Moscú sin novedad» (16). Visto lo anterior, más milagrosa hubiera sido su vuelta. Y no sólo por los riesgos del viaje en tiempo de guerra.

La pérdida de control sobre el tesoro, y la imposibilidad de recuperarlo, tuvo un efecto mucho peor, aunque rara vez señalado: la pérdida de la independencia del Frente Popular, atado así a Stalin, en cuyas manos quedaba el suministro bélico, y por tanto la subsistencia de sus protegidos. Muchos testimonios indican que el Kremlin utilizó el envío de las armas -pagadas por España-, para determinar la política frentepopulista, en especial durante la maniobra de expulsión de Largo. Este escribe: «Yo tenía que hacer esfuerzos titánicos para tolerar a los asesores soviéticos, por la siguiente reflexión: ¿Y si no nos facilitan material de guerra?». O bien: «El gobierno soviético se erigía en definidor de cómo debíamos hacer la política de nuestro país. Cuando esto hacían con nosotros, ¿qué consignas no darían a los comunistas?». En una carta al asesor soviético Smushkiévich, verdadero jefe del arma aérea, se quejaba patéticamente: «La aviación procede -al igual que ocurre con los carros blindados- con una libertad de acción que escapa a las previsiones y hasta las órdenes emanadas del Ministro bajo cuya jurisdicción se mueve en el orden administrativo y debiera hacer otro tanto en el militar». (17)

De hecho, los soviéticos y los comunistas españoles utilizaron su control sobre las armas para echar por tierra los planes militares de Largo, es decir, del jefe del gobierno. Luego ya no hubo necesidad de presiones, porque Negrín nunca puso obstáculos a Stalin. Prieto, tras aliarse con los comunistas contra Largo, desafió la tutela soviética, para seguir enseguida la suerte de éste, y descubrir así quién mandaba realmente. De este modo quedaron desbancados dos de los tres responsables del envío del oro, quedando al cargo de la política el más dócil o compenetrado con los criterios del Kremlin.

Un hecho extraño es que, pese a la negativa soviética a conceder créditos a España, a última hora sí concedió uno de 70 millones de dólares, en marzo de 1938, más otro mencionado por Viñas, de 60 millones, cuatro meses más tarde. Tras la derrota del Ebro y con Cataluña en peligro inminente, la URSS parece haber autorizado otro crédito por unos 100 millones de dólares, si bien la rapidez con que cayó Cataluña impidió la llegada a tiempo de buena parte de las armas así compradas, y devueltas a la URSS. En 1957, los soviéticos hablaban de un crédito de 85 millones, del que quedarían a España 50 millones por pagar. Como puede verse, en todo persiste una oscuridad y confusión muy reveladoras de la anormalidad de los tratos.

Resulta incongruente que Stalin rechazase dar créditos cuando disponía de la garantía del oro y había esperanzas razonables de victoria y, en cambio los concediera cuando tenía las mayores probabilidades de perder, con la guerra, su reintegro. Debe recordarse que al Kremlim le convenía el pago inmediato de las armas -y aun el sobrepago- debido a su propia necesidad de rearme ante la guerra europea en vistas. ¿Por qué, entonces, esa extraña generosidad a última hora? Me permitiré exponer aquí lo que es sólo una sospecha, aunque no gratuita: los créditos podrían ser pagados con un inmenso tesoro artístico que incluía las pinturas del Prado y otros museos, más gran cantidad de joyas, cuadros, esculturas y libros antiguos expoliados de las casas y los depósitos bancarios de miles de particulares, de iglesias, etc.

No ha solido repararse en el curioso empeño del gobierno frentepopulista por arrastrar consigo esos bienes, primero a Valencia, luego a Cataluña. El pretexto invocado de su seguridad es otra de las numerosas y obvias falsedades en torno a las finanzas de aquel régimen. Aquellos traslados suponían almacenamiento precario y peligro de bombardeos. La inseguridad llegó al culmen durante la desastrosa retirada en Cataluña, cuando incluso en circunstancias casi apocalípticas el gobierno se preocupó de llevarse lo que se ha llamado a veces «el mayor tesoro del mundo». Azaña deja constancia de su angustia al descubrir parte de las obras de arte en el castillo de Perelada, junto a la frontera francesa, amontonadas en malas condiciones y «en grave peligro de bombardeo, porque en los jardines del castillo ¡había un parque de material de guerra!» «Debajo de nuestro comedor estaban los Velázquez. En un edificio anejo, otro gran depósito. Temí que mi destino me hubiera traído a ver el museo hecho una hoguera. Era más de cuanto podía soportarse». «Sostuve una conversación, algo violenta por mi parte, con el ministro de Hacienda: «¿Puede usted dormir teniendo esa responsabilidad?» Como el sujeto es morfinómano debía de vivir generalmente en una euforia provocada. Repetidamente le llamé la atención a Negrín: «El Museo del Prado -le dije- es más importante para España que la República y la monarquía juntas» (18).

Sin duda aquellos tesoros debían cumplir una función económica. Parte de ellos, como los transportados a Méjico en el yate «Vita», fueron usados a tal fin, como es bien sabido, y no debe descartarse, como hipótesis de trabajo, que en su conjunto, estuvieran destinados al pago de los créditos soviéticos. Tanto Lenin como Stalin, por lo demás, habían obtenido divisas en varias ocasiones vendiendo obras valiosas del arte ruso o del museo Ermitage de Leningrado.

Sea lo que fuera de este caso, sí puede afirmarse como resumen de la gestión de Negrín, que el envío del oro a Rusia -aunque no fuera responsabilidad exclusiva de él- supuso para el Frente Popular -y para España- la pérdida del control sobre sus reservas financieras, y aún más, la pérdida de la independencia política. Y que su empeño en mantener la guerra supuso una prolongación inútil de los sufrimientos de la población, cuyo único beneficiario fue el régimen staliniano.

Al margen de lo que pudieran ser sus convicciones particulares, Negrín fue, conscientemente o no, el hombre de Stalin, del tirano más brutal y sangriento del siglo XX, junto con Hitler. Sólo desde una ignorancia radical o desde la voluntad de engaño, es posible presentarlo como defensor de la libertad, de la modernidad, o, en general, de los intereses de España. La mentira, una de las grandes fuerzas de la historia, está muy presente en la historiografía española actual. No la reverenciemos, por poderosa que sea.



Pío Moa

Notas

1 Carrillo, S., Juez y parte, Barcelona, Plaza y Janés, 1998, p. 147.

2 M. Azaña, Memorias de guerra, Barcelona, Crítica, 1978, p. 55 y 176.

3 Ib., pp. 387,393,400,404,435,437.

4 S. Carrillo, Juez… p. 163. En B. Bolloten, La guerra civil española, Madrid, Alianza, 1997. G. Jackson en VVAA 1936-1939. La guerra de España, «El país», p. 285.

5 En Bolloten, La guerra…, p. 769. J. Peirats, Los anarquistas en la crisis política española, Madrid, Júcar, 1977, p. 243.

6 D. Abad de Santillán, Por qué perdimos la guerra, Barcelona, Plaza y Janés, 1977, p. 389-90. A. Bahamonde y J. Cervera, Así terminó la guerra de España, Madrid, M. Pons, 1999, p. 287 y ss.

7 M. Azaña, Memorias de guerra, p. 243. En B. Bollonte, La guerra…, p. 865. Fundación Pablo Iglesias (FPI) AFLC XXV, p. 1116. En P. Moa, El derrumbe de la Segunda República y la guerra civil, Madrid, Encuientro, 2001, p. 468.

8 J. Zugazagoitia, Guerra y vicisitudes de los españoles, París, Librería española, p. 286. M. Azaña, Memorias de guerra, pp. 55, 56 y 60.

9 F. Olaya, El oro de Negrín, Madrid, Nossa y Jara, 1998, pp. 79 y ss.

10 En Bolloten, pp. 256 y ss.

11 FPI, AFLC XXIII, p. 477. I. Prieto, Convulsiones de España II, México, Oasis, p. 130.

12 FPI, AFLC, XXIII, p. 477.13 Ib., pp. 467 y ss.

14 Negrín transformó, efectivamente, el modesto cuerpo de carabineros en todo un ejército, utilizando su cargo de ministro de Hacienda. La razón de esta extraordinaria irregularidad fue la carrera entre partidos y sindicales, en los primeros meses de la guerra, por hacerse cada cual con sus propias fuerzas armadas, con vistas al reparto de la victoria, que todos daban por segura. De todas formas este asunto no lo trataré aquí.

15 J. Zugazagoitia, Guerra… p. 300. D. Abad de Santillán, Por qué… p. 329.

16 F. Largo Caballero, Correspondencia secreta, Madrid, Nos, 1961, p. 258.

17 FPI, AFLC XXIII, pp. 602 y 694; Ib., XXV, pp. 1149-50, 1173.

18 M. Azaña, Memorias de guerra, p. 442-3.



 

El capítulo marítimo de la economía de la Guerra de España indice La crisis argentina. Ideología, historia y literatura

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.