Razón Española, nº 113; LIBROS: La identidad humana

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LIBROS: La identidad humana. nº 113

Comentarios de J.L. Núñez al libro de J.A. Jauregui .

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LIBROS: La identidad humana

Jáuregui, José Antonio: La identidad humana, Ed. Martínez Roca, Barcelona, 2001, 364 págs.



Al antropólogo José Antonio Jáuregui, navarro, discípulo de Evans-Pritchard y de Madariaga, le conoció el gran público gracias a sus programas de televisión, en aquella vieja televisión pública que no tenía que competir con las cadenas privadas, y que, en consecuencia, podía permitirse programas de divulgación del conocimiento como Las reglas del juego. Lo último que el gran público ha sabido sobre Jáuregui es que la Universidad Complutensa le cerró la cátedra Jean Monnet sin dar más explicaciones. Pero ni la vieja tele pública ni la reciente cacicada universitaria son más que dos anécdotas en la trayectoria intelectual de un autor singular, dotado de una prosa caudalosa y gratamente preocupado por explicar siempre las cosas de modo que el lector las pueda entender. No es poco mérito en un antropólogo. Y más todavía si el asunto del que habla es algo tan complejo como la identidad.

Identidad: hay pocas palabras que despierten, hoy, tanta controversia. Continuamente se habla de identidad nacional, identidad cultural, identidad sexual, y cualquier conflicto se explica como «crisis de identidad». Pero, ¿qué es la identidad? Paul Ricoeur decía que la identidad actuaba en dos direcciones: una dirección idem que es la identidad como elemento que nos identifica con el prójimo -somos idénticos, somos lo mismo-, y otra dirección ipse que es la identidad como elemento que nos singulariza -el carné de identidad, lo que me hace yo mismo-. Jáuregui, sin tomar pie explícitamente en esa distinción, sigue un camino semejante cuando dibuja la identidad como una gradación sucesiva de círculos concéntricos. El círculo mayor es el de la humanidad zoológica, donde el cuerpo actúa como bandera humana. En torno a él se despliegan fórmulas de conocimiento y reconocimiento que son comunes a todos los pueblos del orbe: los besos, el llanto, la mímica… Sobre esas herramientas comunes, y a medida que se profundiza en lo humano, van apareciendo nuevas instancias de identidad: el amor, la familia, la ética, la técnica, las personas… Todas esas instancias nos asemejan a otros humanos y, al mismo tiempo, nos diferencian del prójimo.

Por así decirlo, la identidad humana es un repertorio casi inagotable de variaciones sobre el mismo tema: somos lo mismo (idem), pero a la vez somos nosotros mismos (ipse). Una buena lección para quienes aspirarían a construir mundos cerrados sobre una identidad considerada como un absoluto; pero también para quienes desearían construir un mundo absolutamente abierto donde toda identidad hubiera sido exterminada. Simplificando: ni abertzalismo, ni mundialismo. La identidad nos asemeja y nos diferencia al mismo tiempo. En último extremo, ese es el complejo e imprescindible patrimonio de la humanidad.



J.L. Núñez



 

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