Razón y
presión social
Cada
individuo es objeto de dos procesos formativos: el
intrauterino y el extrauterino. En el nivel actual de las
ciencias, el primero es en gran medida predeterminado por
el genoma y por el seno materno. En cambio, el segundo es
contingente, aunque dentro de unos límites relativamente
estrechos.
La configuración extrauterina de cada persona es más
forzada que voluntaria y depende de la pedagogía
magistral, bastante personalizada, y de la social, muy
difusa. Los padres se esfuerzan por educar, desde el
nacimiento, al hijo, generalmente ejerciendo su autoridad
y aprovechando la dependencia del menor. A pesar de esta
presión del entorno familiar hay quienes apenas
aprovechan la oportunidad de aprendizaje y capacitación.
Tal resistencia suele ser voluntarista, emocional, y
escasamente racional.
Pero hay, también, la presión social, que suele ser
envolvente de la familiar. Lo primero que se recibe
coactivamente del medio es un lenguaje. Y con los
vocablos vienen ideas sobre el ser y sobre el deber. En
la estimación social de algunas voces va implícita una
valoración. Por ejemplo, «mentira» no tiene las mismas
connotaciones éticas que «verdad». Sería ilusorio
pensar que el idioma aprendido en la niñez es
axiológicamente neutro. Las nociones de bueno y malo, de
feo y hermoso, son muchas veces inseparables de las
palabras y de su entonación.
Además, el entorno familiar y social transmite
expresamente normas sobre lo bueno, lo bello y lo útil.
Esa complejísima operación educadora no es
desinteresada puesto que a los grupos conviene que sus
miembros contribuyan al bien común y no actúen
exclusivamente movidos por un egoísmo absoluto. Puesto
que lo bueno es el bien de nuestra especie, en la
pedagogía moral hay autodefensa del género humano. Las
inversiones en pedagogía son rentables socialmente y,
desde luego, individualmente. Lo que incrementa las
posibilidades de cada persona es la prótesis cultural
que le facilitan sus contemporáneos. Lo que distingue al
hombre civilizado del primitivo o adánico es el legado
cultural que recibe, en gran parte obligatoriamente.
A veces, la presión social no es ni de los amorosos
progenitores, ni de la maternal Humanidad, sino de un
grupo que posee medios de comunicación y de educación
pública. En tales hipótesis, el egoísmo del grupo de
presión puede ser tan dominante que recurra a la
falacia, y resulte explotador. Es el caso del poder
político cuyas potencialidades no han cesado de aumentar
gracias al desarrollo estatal de la enseñanza y de los
medios de comunicación de masas. Esta forma de refinada
manipulación se ha desarrollado en la edad
contemporánea hasta convertirse en arduamente
resistible.
Los ahora dictados códigos de «corrección política»
no son otra cosa que las normas que imponen los grupos de
presión política, no para informar verazmente o educar
éticamente, sino para reducir la crítica y fomentar la
docilidad y adhesión. Las partitocracias castigan como
la suprema incorrección cualquier objeción al sistema.
Los proxenetas expulsan de su medio a los contrarios a la
prostitución. Y así sucesivamente.
¿Cuál es la posición de la razón ante las presiones
sociales? Pura y simplemente, la crítica lógica y la
empírica. La lógica es genérica y prioritaria: ante
dos versiones contradictorias, una por lo menos es falsa.
Los que leen varios periódicos de distinta filiación
ideológica han de enfrentarse a diario con el problema
de optar por una versión, fabricarse la intermedia, o
permanecer perplejos. No se puede pedir tal esfuerzo
intelectual al hombre de la calle, y sería utópico
aspirar a que no viva perpetuamente manipulado con medias
verdades, falacias o silencios.
La crítica empírica o contraste de la información con
la realidad tiene una primera aproximación que es la de
la verosimilitud. Si alguien nos dice que en la
Antártida crecen palmeras, por lo menos, deberíamos
suspender el juicio hasta recibir pruebas contundentes.
Si se afirma que las dinastías regias reciben el poder
por derecho divino también se justificaría la duda
metódica. Y así sucesivamente. La segunda aproximación
es la de acudir a la experiencia ¿hubo dos mil o
doscientas mil personas en tal manifestación? Cabe
calcularlas con aceptables márgenes de error. ¿Puede
pedirse al hombre de la calle que acuda constantemente a
la prueba de la verosimilitud y de la experiencia? No.
Hay que resignarse a la manipulación de las masas, sobre
todo en la era de la propaganda inaugurada por Goebels en
1933.
Pero la información exacta y veraz no es imposible, y
hay personas que están obligadas a buscarla,
concretamente, las elites en sus respectivos campos. Por
abrumadora que sea la publicidad y altas las comisiones
percibibles, un medido no puede recetar una droga en cuya
eficacia no cree. Desde la más remota antigüedad los
poderosos han tratado de poner a su servicio a los
intelectuales, empezando por los juristas, y esa
tendencia no ha cesado de consolidarse hasta el punto de
que ya se ha tipificado una figura sociológica, la del
intelectual «orgánico» al servicio de una ideología
de partido. El logos es rebelde y cuando
sistemáticamente se somete a una presión social, se
descalifica.
También los intelectuales tienen que ganarse su pan y
esa menesterosidad les tienta el fácil recurso de
entregarse al óbolo del poderoso y de temer sus
represalias generalmente incruentas pero tan feroces como
la capital condena al ostracismo. En tales situaciones,
nada infrecuentes cuando el estatismo lo politiza casi
todo, el intelectual se traiciona y envilece. No es
difícil identificar a los serviles y consensuados: son
la voz de su señor, y es mejor escuchar al amo mismo.
En suma, hay que desconfiar del intelectual
políticamente correcto, es decir, alineado con un poder
público. Hay que buscar al incorrecto porque en su
rebelde discrepancia puede hallarse el camino de la
verdad.
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