Razón Española, nº 113; Razón y presión social

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Razón y presión social

Editorial

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Razón y presión social

Cada individuo es objeto de dos procesos formativos: el intrauterino y el extrauterino. En el nivel actual de las ciencias, el primero es en gran medida predeterminado por el genoma y por el seno materno. En cambio, el segundo es contingente, aunque dentro de unos límites relativamente estrechos.

La configuración extrauterina de cada persona es más forzada que voluntaria y depende de la pedagogía magistral, bastante personalizada, y de la social, muy difusa. Los padres se esfuerzan por educar, desde el nacimiento, al hijo, generalmente ejerciendo su autoridad y aprovechando la dependencia del menor. A pesar de esta presión del entorno familiar hay quienes apenas aprovechan la oportunidad de aprendizaje y capacitación. Tal resistencia suele ser voluntarista, emocional, y escasamente racional.

Pero hay, también, la presión social, que suele ser envolvente de la familiar. Lo primero que se recibe coactivamente del medio es un lenguaje. Y con los vocablos vienen ideas sobre el ser y sobre el deber. En la estimación social de algunas voces va implícita una valoración. Por ejemplo, «mentira» no tiene las mismas connotaciones éticas que «verdad». Sería ilusorio pensar que el idioma aprendido en la niñez es axiológicamente neutro. Las nociones de bueno y malo, de feo y hermoso, son muchas veces inseparables de las palabras y de su entonación.

Además, el entorno familiar y social transmite expresamente normas sobre lo bueno, lo bello y lo útil. Esa complejísima operación educadora no es desinteresada puesto que a los grupos conviene que sus miembros contribuyan al bien común y no actúen exclusivamente movidos por un egoísmo absoluto. Puesto que lo bueno es el bien de nuestra especie, en la pedagogía moral hay autodefensa del género humano. Las inversiones en pedagogía son rentables socialmente y, desde luego, individualmente. Lo que incrementa las posibilidades de cada persona es la prótesis cultural que le facilitan sus contemporáneos. Lo que distingue al hombre civilizado del primitivo o adánico es el legado cultural que recibe, en gran parte obligatoriamente.

A veces, la presión social no es ni de los amorosos progenitores, ni de la maternal Humanidad, sino de un grupo que posee medios de comunicación y de educación pública. En tales hipótesis, el egoísmo del grupo de presión puede ser tan dominante que recurra a la falacia, y resulte explotador. Es el caso del poder político cuyas potencialidades no han cesado de aumentar gracias al desarrollo estatal de la enseñanza y de los medios de comunicación de masas. Esta forma de refinada manipulación se ha desarrollado en la edad contemporánea hasta convertirse en arduamente resistible.

Los ahora dictados códigos de «corrección política» no son otra cosa que las normas que imponen los grupos de presión política, no para informar verazmente o educar éticamente, sino para reducir la crítica y fomentar la docilidad y adhesión. Las partitocracias castigan como la suprema incorrección cualquier objeción al sistema. Los proxenetas expulsan de su medio a los contrarios a la prostitución. Y así sucesivamente.

¿Cuál es la posición de la razón ante las presiones sociales? Pura y simplemente, la crítica lógica y la empírica. La lógica es genérica y prioritaria: ante dos versiones contradictorias, una por lo menos es falsa. Los que leen varios periódicos de distinta filiación ideológica han de enfrentarse a diario con el problema de optar por una versión, fabricarse la intermedia, o permanecer perplejos. No se puede pedir tal esfuerzo intelectual al hombre de la calle, y sería utópico aspirar a que no viva perpetuamente manipulado con medias verdades, falacias o silencios.

La crítica empírica o contraste de la información con la realidad tiene una primera aproximación que es la de la verosimilitud. Si alguien nos dice que en la Antártida crecen palmeras, por lo menos, deberíamos suspender el juicio hasta recibir pruebas contundentes. Si se afirma que las dinastías regias reciben el poder por derecho divino también se justificaría la duda metódica. Y así sucesivamente. La segunda aproximación es la de acudir a la experiencia ¿hubo dos mil o doscientas mil personas en tal manifestación? Cabe calcularlas con aceptables márgenes de error. ¿Puede pedirse al hombre de la calle que acuda constantemente a la prueba de la verosimilitud y de la experiencia? No. Hay que resignarse a la manipulación de las masas, sobre todo en la era de la propaganda inaugurada por Goebels en 1933.

Pero la información exacta y veraz no es imposible, y hay personas que están obligadas a buscarla, concretamente, las elites en sus respectivos campos. Por abrumadora que sea la publicidad y altas las comisiones percibibles, un medido no puede recetar una droga en cuya eficacia no cree. Desde la más remota antigüedad los poderosos han tratado de poner a su servicio a los intelectuales, empezando por los juristas, y esa tendencia no ha cesado de consolidarse hasta el punto de que ya se ha tipificado una figura sociológica, la del intelectual «orgánico» al servicio de una ideología de partido. El logos es rebelde y cuando sistemáticamente se somete a una presión social, se descalifica.

También los intelectuales tienen que ganarse su pan y esa menesterosidad les tienta el fácil recurso de entregarse al óbolo del poderoso y de temer sus represalias generalmente incruentas pero tan feroces como la capital condena al ostracismo. En tales situaciones, nada infrecuentes cuando el estatismo lo politiza casi todo, el intelectual se traiciona y envilece. No es difícil identificar a los serviles y consensuados: son la voz de su señor, y es mejor escuchar al amo mismo.

En suma, hay que desconfiar del intelectual políticamente correcto, es decir, alineado con un poder público. Hay que buscar al incorrecto porque en su rebelde discrepancia puede hallarse el camino de la verdad.



 

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