Cela y las
moscas
A la
guerra. Supe de Cela por "La Estafeta
literaria" de Juan Aparicio, jonsista, falangista y
franquista a la vez. Allí, Julio Trenas, "El
silencioso", cronista de tertulias, contaba las
ocurrencias de Cela en el Café Gijón. Aparicio,
ninguneado por el antifranquismo cerril, fue el gran
animador periodístico y literario. La Escuela de
Periodismo, con sus coloquios; publicaciones, como
"El Español", donde apareció por entregas
"Pabellón de reposo"; como "Fénix",
como "Documenta" o como "Fantasía",
donde se publicó "Pisando la dudosa luz del
día"; y tantas creaciones de Aparicio eran viveros
juveniles y centros de oportunidades. Con fundamento se
ha podido decir que Aparicio fue un inventor de hombres y
que, entre sus inventos, está Camilo José.
El propio Cela, al cabo de los años (1992) recuerda a
Aparicio como "gran valedor de escritores y
amparador de perseguidos"..."en sus revistas
dio cabida a gentes de izquierdas que procedían, a la
fuerza ahorcan, del bando nacional ...y a personas cuya
filiación política anterior no ofrecía la menor duda y
que habían militado en el bando perdedor, como el
dibujante Lorenzo Goñi"... (Aparicio) echó una
mano a mucha gente...y a mi me ayudó mucho". Por lo
pronto, de entrada, lo empleó en el servicio de censura.
Cela, por supuesto, era un vencedor, en la contienda de
"rojos y nacionales", según su modo preferido
de señalarla. Desde el Madrid rojo se pasa a zona
nacional, embarcando en Valencia, con rumbo a Marsella,
el 2 de octubre de 1937. Destinado al Regimiento de
Infantería "Bailén", número 24, de
guarnición en Logroño, se presenta voluntario para el
frente el 25 de octubre e, inmediatamente, es herido de
metralla en Alcubierre. Tras un mes escaso de
hospitalización, el 21 de noviembre es dado de alta y
declarado inútil total como tuberculoso.
Una estancia en León para reponerse y, el 13 de febrero
de 1938, marcha a Iria y a La Coruña, donde, el 30 de
marzo, solicita el ingreso en el Cuerpo de Investigación
y Vigilancia, ya que, "habiendo vivido en Madrid y
sin interrupción durante los últimos trece años, cree
poder prestar datos sobre personas y conductas que
pudieran ser de utilidad". A la solicitud se le
agrega una nota manuscrita que dice: "Denegada menor
edad".
Con diecisiete líneas terminantes, Cela despacha el
suceso en "Memorias, entendimientos y
voluntades", en el mismo capítulo en que, con
nombres supuestos, da cuenta de sus dos novias
coruñesas. Soy muy amigo de una de ellas: la más bella
y de una decencia "casi enfermiza"; es decir,
dama discreta, que discretamente se refiere a Camipé,
según le llamaba entonces. "El Camilo de aquel
tiempo nuestro -me dice- no parece el mismo Camilo de
después. Yo conocí al Camilo de comunión diaria".
Cela no soporta la pasividad de la retaguardia y, a
petición propia, consigue revocar la declaración de
inutilidad y, al mismo tiempo, destino en el Regimiento
de Artillería Ligera numero 16. En el Regimiento
permanece desde el 4 de diciembre de 1938 al 21 de junio
de 1939, fecha en que vuelve a ser declarado inútil,
después de haber participado en operaciones de guerra en
los frentes de Aragón, Extremadura y Levante y de haber
logrado el ascenso a cabo habilitado.
En aquellas andanzas de la guerra, la batería de Cela
paró en Torremejía (Badajoz), del 8 de febrero al 3 de
marzo de 1939, "tiempo bastante para hacer amigos y
enemigos", según el propio Cela, que aprovechó
aquellas vivencias para situar allí el nacimiento y el
padecimiento de su "Pascual Duarte", que, a su
vez, da nombre a la Biblioteca Pública Municipal.
En 1997 encargó una misa por tres amigos muertos,
Papiano, Modesto y Rosalino, que con él estuvieron en
aquellas operaciones. Y escribió:
"Los tres eran conmilitones míos y los cuatro
hicimos la guerra juntos, tratando de echar del país a
los piernas de los brigadistas internacionales, que eran
unos cursis seudoliterarios. que vinieron hasta aquí
para recibir estopa, los hay insaciables, al metafórico
grito de ¡no pasarán!, y lo que decía Papiano Grillo,
¡pues, anda, que si llegamos a pasar!"
Mi pariente político. Soy contrapariente de Cela. De
ello he presumido en un articulo "Mi pariente
político", publicado en "Arriba", cuando
le eligieron académico, y hasta tengo un arbolillo
genealógico donde se ve como unos Aguinagas son, a la
vez, Lejaldes, y como estos entroncan con los Condes y
más concretamente con Charo Conde, primera esposa de
Cela. Esto me proporcionaba cierta familiaridad con el
escritor, hasta el punto que, cuando hablábamos a solas
y se ponía maravilloso, yo le decía: "Entre
nosotros no hace falta".
Cela, que publicó el primer artículo en la revista
"Y " y el primer cuento en la revista
"Medina", ambas de la Sección Femenina de FET
y de las JONS, entró en el ruedo literario, como tantos
otros, por el diario "Arriba", que insertó sus
"Apuntes carpetovetónicos" y que, en 1957, al
ganar el sillón "Q", tituló "La quinta
del SEU entra en la Academia ".
Todo el día de su ingreso en la Academia lo pasé pegado
a Cela, en compañía de Pastor, el famoso fotógrafo,
para escribir la crónica de la entrada de C.J.C. en la
"inmortalidad". De aquella jornada, de la que
guardo muchos recuerdos particulares, ha quedado el
reportaje gráfico, que se abría con la foto de Cela
enjabonado en la ducha, foto que tanto escandalizó al
académico García Sanchiz.
Al cabo de los años, en 1991, Cela ha recordado su
primer periódico diario:
"Me acuerdo mucho del "Arriba" en los
tiempos de Javier Echarri. Curiosamente era entonces el
periódico más liberal que había en Madrid. Eran más
cerrados el "Ya" y el "ABC". Ibamos
por la noche a la redacción del "Arriba"
porque nos daban café y coñac y no nos lo cobraban y,
allí, cerrados los cafés, nos reuníamos un grupo de
amigos. Colaboré mucho y guardo un gran recuerdo de
aquel tiempo.
En el "Ya" eran más distantes y más serios.
Al "ABC" mandaba alguna colaboración, aunque
no iba por su redacción".
Allí empezó nuestro conocimiento, en aquellas
tertulias, en aquellos encuentros del periódico, en los
que no faltaba la diversión. Un día se presentó Cela
vestido de blanco para pedir prestados unos pantalones
oscuros porque Sánchez Mazas le había invitado a cenar.
Se los prestó Cebrián, entonces secretario de
redacción, y cuando se quedó en calzoncillos para el
intercambio, alguien le gastó la broma de esconderle los
pantalones. Cela buscó el escondite por todo el
periódico y, de tal guisa, atravesó la sala de visitas
donde, ceremonioso e impávido, besó la mano a unas
señoras visitantes a las que explicó que normalmente
iba de traje completo.
Bajo su apariencia "tremendista", desde el
principio advertí un Cela de exquisitas maneras, muy
ordenado, de letra cuidada y pulcras carpetas, muy
puntilloso con los papeles y las cosas. ¡ Cuantas veces,
la noche de su ingreso en la Academia, preguntó por la
cinta, la simple cinta rojigualda, que ceñía el
diploma! Yo la tengo, entre mis fetiches. Por eso, siendo
maestro en ironía, sorprenden sus encarnizadas
condenaciones, como la que hace de Pedro Rocamora en sus
"Memorias"
Una noche, ya de retirada, nos animó a tres o cuatro
para que fuéramos a su casa (Alcalá, 185) a ver los
cuadros que iba a exponer en la Galería
"Abril". En su casa los tenía en el suelo,
apoyados en la pared del pasillo, y allí nos los fue
explicando. Recuerdo el autorretrato, otro que se
titulaba "La familia de Er Zifili'', la engolada
seriedad del autor y los esfuerzos que tuvimos que hacer
para no reventar de risa y despertar al niño y a la
buena de Charo. Tan congestivos fueron los esfuerzos que,
en cuanto salimos de la casa, nos dio un ataque de
histeria y, para desahogarnos, la emprendimos a patadas
con los cubos de la basura.
Regalo de Marina. Tres años más tarde (la exposición
se hizo en 1948), siendo subdirector de 'Haz", la
revista del SEU que dirigió García Serrano, le pedí a
Cela un relato para la serie que publicábamos como
encarte y le ofrecí por ello mil pesetas de las de
entonces. Cela escribió "Santa Balbina 37, gas en
cada piso" y me envió el original con esta nota:
"Enrique de Aguinaga, mi bien amado pariente
político: Ahí va eso. No pasa de las dimensiones
pedidas porque va en holandesas y no en folio. Te ruego
que no quites nada. Mi bazo sufre y tu deber es evitarlo.
Otra cosa. Lo pactado fue que las mil pesetas, mil, las
recibiera en esta tu casa. Ir a las cajas me desmoraliza.
Cumplir vos como yo cumplí y enviarme un flecha. No
perderá el viaje y será retribuido con un duro. Si yo
no estoy en casa, firmará y dará el durito mi mujer, tu
prima. Expreçoes. Camilo José".
Quizá porque nunca abusé de la situación, quiero creer
que, como a los conmilitones de la batería, Cela, en la
distancia, siempre me guardó cierta ley. Se ponía al
teléfono, contestaba a las cartas y atendía mis escasos
requerimientos. Así, a mi requerimiento, vino por tres
veces a conversar con los alumnos del Master de
Periodismo de "ABC" (1993, 1995, 1997), del que
yo era director, con una sola condición: que le fuera a
buscar en coche a su casa de Guadalajara.
Con el coche prometido, fui a Guadalajara, habiéndome
procurado un conductor, a fin de atender mejor al
viajero. De este modo, Cela, acomodado conmigo en el
asiento trasero, evocaba los tiempos de
"Arriba" que yo le suscitaba sin
complicaciones, preguntaba por este y por el otro
(particularmente, por Sánchez-Silva), se interesaba por
todo y no paraba de hablar hasta que llegábamos a
Madrid. Se le veía a gusto, como pueden dar fe los
conductores, que fueron mi hijo Santi y mi camarada del
periódico, Antonio Gibello.
Cela era muy puntual. Aquel día, a las diez en punto,
tomábamos la vereda para llegar a la puerta del muro y
salir de la finca. "Si no os importa, antes, vamos a
rodear, despacio, la casa". Gibello hizo la maniobra
y pasamos por delante del cobertizo donde estaban tres o
cuatro automóviles. "Fijaos en ese". No
entiendo mucho, pero se le veía un gran coche. Entonces
fue cuando Cela, con arrobo inolvidable, nos dijo:
"Me lo ha regalado Marina".
En las conversaciones del coche le recordé la entrevista
que le hice para "La Vanguardia" de Barcelona
(1948) y, además, le dije que conservaba todas las
respuestas manuscritas por él mismo. Una provocación
para su afán coleccionista. "¡Mándamela!,
¡mándamela!". Se la mandé y apareció publicada
con su firma en "ABC" (1995), bajo el titulo de
"Escritor, pintor y músico", eso sí, con
plenas referencias y cortesías para mi.
También, de propina, para sus colecciones, le mandé el
recorte original de una breve y desvergonzada entrevista
que, para "Arriba", le hice en mayo de 1950,
cuando, en el Liceo Científico, dio un ciclo de diez
conferencias de pago sobre "Mi estética y mi
obra", referido a su primera década de actividad
literaria, que resumía en sistema decimal: diez libros.
cien cuentos, mil artículos. La entrevista, en la que
anunció "La Colmena", se titulaba "Camilo
José Cela habla de Camilo José Cela".
Un tiro y un navajazo. En "Haz" publicó la
autobiografía en la que dice: "Me considero el más
importante novelista español desde el 98 y me espanta el
considerar lo fácil que me resultó. Pido perdón por no
haberlo podido evitar". En esta autobiografia se
atribuye un tiro en la ingle, "la derecha, por
fortuna"; pero me suena que es una más de las
muchas atribuciones gratuitas de sus memorias, en las que
engarza con gracia cuanto encuentra gracioso.
Lo que sí es cierto, aunque de ello hablase poco, es el
navajazo que le propinaron en la nalga izquierda, en la
bronca que provocó en "Casablanca", sala de
fiestas, en 1953. Navajazo pernicioso, que le trajo a mal
traer toda su vida, con una veintena de intervenciones
quirúrgicas y la obligación de mejorar sus largos
asientos de escritor con una cámara neumática.
De su loa a la Infantería (1949), revalidada en 2001, es
este párrafo:
"Quien no ha sido soldado de Infantería quizá
ignore lo que es sentirse amo del mundo, a pie y sin
dinero. Y sin dinero izamos nuestra bandera donde nos dio
la gana y donde nos mandaron, porque la victoria es algo
que no se compra, sino que se conquista, y os lo asegura
un pobre".
En su articulo "La brisa y el vendaval"
(semanario "Juventud") está el fundamento:
'Y no olvidemos que nuestras banderas, como nuestras
ideas, son más bellas que nunca al aire libre, batidas
por el viento forzudo y poderoso, que huele a jaras y a
tomillo... Porque esta será -nos lo dijo José Antonio-
la verdadera vuelta a la Naturaleza, no en el sentido de
la égloga, que es el de Rousseau, sino en el de la
geórgica, que es la manera profunda, severa y ritual de
entender la tierra. Y, con la tierra, el campamento -el
bélico clarín sonando al pie de la cruz cristiana-, la
vida en sus dos únicas formas serias de entenderla. Ya
sabéis cuales son."
Hace pocos días, en los funerales periodísticos, José
Carlos Mainer aludía al recuerdo "ciertamente poco
glorioso de un capítulo del libro "Laureados de
España" (1939)". Ya casi nadie se acuerda.
Pero para eso están las bibliotecas. Es el capítulo
dedicado a Adolfo Esteban Ascensión y, en él, Cela
escribe: "Con Don Carlos (María Isidro de Borbón)
lloraron millares de españoles y nuestra pobre y grande,
la malquerida España, cayó en tal abismo que, para
levantarse, le hizo falta: primero, todo un siglo;
después ... la bendición de Dios para Francisco Franco,
nuestro Caudillo y Padre".
Moscas y moscones. Por motivos muy distintos (sus
declaraciones sobre García Lorca), la descalificación
de Terenci Moix no se anda con rodeos. Cela es "un
figurón que repugna a nuestra madurez, ora con
estentóreos desplantes que son obras maestras de
grosería y vulgaridad, ora con desfasadas pompas de
aristócrata parvenu que entran simplemente en el terreno
de la ridiculez". "A mis catorce años intenté
aprender en la obra de Cela cómo debía escribir. En mi
cincuentena aprendo cómo no debo comportarme. Y aprendo
sobre todo a elegir con extrema prudencia en su
"riquísimo" acervo lingüístico, acervo que,
por cierto, se ha convertido en el único soporte de una
obra hueca, repetitiva e innecesaria, bagatelas, saldos
de diccionario y santoral".
Ramón J. Sender también le salió respondón. Fue en
Palma de Mallorca, con un grupo que cenaba en la casa de
Cela. ¿Por qué Cela dijo en la mesa que confiaba en
que, un día, los carros de combate rusos invadieran los
Estados Unidos? Sender no lo resistió y le replicó que,
"bajo un sistema comunista, él no seria nada, y que
se callara". "Yo vivo en los Estados Unidos
-añadió-, siento simpatía por ese país y no consiento
que un loco y un cínico diga esas estupideces".
El propio Sender ha relatado el final: "Me levanté
y tiré del mantel. Todo cayó sobre los comensales. Y,
ya en la puerta, le dije que conmigo no sirven esos
juegos: cuidado o le metía un tiro entre las cejas.
Tenía que haberle visto usted, más blanco que la
pared".
¿Alguien, por muy amigo mío que sea ese alguien, puede
pensar que Cela necesita mi defensa? ¿Quién soy yo para
espantarle las moscas? En el cajón quedan sus cuentas
como censor, que en la tesis de Justino Sinova están
para quien las quiera repasar. Y los exámenes en la
Escuela Oficial de Periodismo. Y la acusación de plagio
por "La cruz de San Andrés". Y el exabrupto
sobre la Virgen de Covadonga. Y las repeticiones del
"Aviso de la defensa del español". Y el
exultante monarquismo de Senador Real. Y la salida y
segunda entrada en la Asociación de la Prensa de Madrid.
Y el pateo a "María Sabina". Y el contrato
teatral con la Comunidad de Madrid. Y la presidencia del
"Sindicato del Crimen" (Asociación de
Escritores y Periodistas Independientes). Y el juicio
sobre el premio "Cervantes". Y las relaciones
con su hijo, Camilo José Cela Conde, y su nieta. Y el
uso del presente del subjuntivo del verbo subyacer.
Ni el Premio Nobel (1989) le espantó las moscas, que
tanto se excitaron. "Existe en este país mucha
envidia, muchas rencillas y una elevación a la
injusticia de esas rencillas personales o
institucionales" dijo Antonio Gala, que añadió:
"Yo me alegro de que el Nobel tenga a Cela, pero
también me alegro de que lo tenga a pesar de tanto
mastuerzo como hay en la república de las letras".
Rafael Alberti, que lo hubiera preferido para Octavio Paz
o Rosa Chacel, consideró que el Nobel de Cela era
"prematuro". Menos delicado estuvo Rafael
Sánchez Ferlosio: "Hace treinta años que no lo
leo. Es un pelmazo. Y me tiene sin cuidado que le hayan
dado el Nobel o no".
Pero, por encima de todo, está Camilo José Cela,
sufridor de un Presidente del Gobierno, gran moscardón,
que, de acuerdo con su ministro de Cultura, le regateó
su felicitación por el Nobel, "torpísima grosería
de Gonzalez y resentimiento de Semprún", según
Umbral, sin olvidar al ministro, Solana, el de
"mientras yo sea ministro, Cela no será Premio
Cervantes".
Claro está que la hazaña del trío quedó compensada
por el telegrama de Aquilino Duque: "Está visto que
siempre tiene que ser un gallego el que nos devuelva el
orgullo de ser españoles".
Enrique de Aguinaga
* Publicado en «Casa Cuartel», enero-febrero 2002.
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