Razón Española, nº 113; Carta colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero (1 de julio de 1937)

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Carta colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero (1 de julio de 1937)

Por E. Palomar Baro

Cela y las moscas indice El oro de Moscú, sí existió

Carta colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero (1 de julio de 1937)

A los 65 años de su publicación. En el 1 de julio de 2002 se cumplirá el 65 aniversario de la publicación de este importante documento del Episcopado español y que se puede considerar como el documento más polémico y significativo del magisterio episcopal relativo a la contienda fratricida y a la persecución religiosa que se desencadenó con toda virulencia en la zona republicana a partir del 18 de julio fde 1936. La primera edición de esta carta colectiva vio la luz en Pamplona, en 1937, publicada por Gráficas Bescansa mediante un folleto de 32 páginas y que llevaba por título «Carta colectiva de los obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la guerra de España». Se tradujo a 14 lenguas, con 36 ediciones.

Esta Carta colectiva la redactó el cardenal Isidro Gomá y Tomás, a quien el alzamiento militar del 18 de julio de 1936 sorprendió en Tarazona, donde había acudido para conferir la consagración episcopal a Gregorio Modrego y Casáus, que fue su obispo auxiliar y más tarde, después de finalizada la contienda, sería arzobispo de Barcelona. La consagración fue aplazada hasta octubre y Gomá se trasladó a Pamplona, donde fue acogido por el obispo Marcelino Olaechea, junto con el obispo de Gerona, José Cartañá; el padre Marcet, abad de Montserrat; el prior Escarré, y los monjes supervivientes de aquella comunidad benectina, que tuvo 23 asesinados por las hordas rojas. Centenares de sacerdotes fueron igualmente acogidos y atendidos por la generosa hospitalidad del obispo Olaechea en la Casa de Ejercicios de las Esclavas de Cristo Rey de la capital navarra.

El cardenal Isidro Gomá siguió la guerra civil desde Navarra, en la que el conflicto se vivió no como un movimiento militar contra la República, sino como una auténtica «cruzada» contra el comunismo ateo y en defensa de la civilización cristiana. Por este sublime ideal dieron su vida muchos jóvenes navarros en el frente de batalla.



Los cardenales Vidal y Barraquer, Ilundáin y Segura. Ninguno de los otros tres cardenales españoles estuvo en la zona republicana, pues el arzobispo de Tarragona, cardenal Francisco Vidal y Barraquer se salvó verdaderamente in extremo, ya que el día 21 de julio de 1936 fue detenido en Poblet (Tarragona) -donde se había refugiado por recomendación de la Generalidad, debido a que no podía garantizar su seguridad-, junto con el obispo auxiliar Manuel Borrás Ferrer, por un grupo de milicianos de la FAI. Gracias a las extraordinarias dotes de serenidad que poseía el cardenal Vidal, y sobre todo a la intervención directa del presidente de la Generalidad, Lluís Companys, que consiguió sacarle de la prisión de Montblanc el 23 de julio, fue trasladado a Barcelona, de donde, el 30 de julio de 1936, embarcó en el crucero italiano Flume, que lo llevó a Roma, siendo acogido en la cartuja italiana de Farneta, cerca de Lucca. No regresó a España, muriendo el 13 de septiembre de 1943 en Friburgo (Suiza). El 25 de septiembre de 1943, la Embajada española organizó un solemne funeral en Montserrat de los Españoles.

El cardenal Eustaquio Ilundáin Esteban estuvo siempre en Sevilla, en zona nacional, y el cardenal Pedro Segura Sáez permaneció en su obligado exilio romano, ya que había sido expulsado de España por el Gobierno de la República, a mediados de 1931. En el año 1937, el papa Pío XI le nombró sucesor del fallecido Ilundáin en la sede hispalense.



Entrevistas del cardenal Gomá. El 12 de diciembre de 1936, el cardenal Gomá fue recibido por el papa Pío XI. Apenas regresado a España, el cardenal pidió a Franco una entrevista, que se celebró el 29 de diciembre de 1936. Franco afirmó que respetaría todas las libertades de la Iglesia y que nunca se tomarían decisiones que de algún modo la afectasen sin consulta y negociación con sus autoridades. El Caudillo también prometió que todas las leyes contrarias a la Iglesia serían modificadas y solicitó de la Santa Sede una ayuda en todos los problemas políticos que, de alguna forma, se relacionasen con lo espiritual.

En una carta que el cardenal Gomá envió a todos los obispos de la zona nacional, expresaba la satisfacción que la entrevista mantenida con Franco le había producido. Pero advirtió que aquel era tan sólo punto de partida, ya que restablecer el papel de la Iglesia se anunciaba largo y difícil. Todos contestaron felicitándose por aquella perspectiva, incluso el cardenal Vidal y Barraquer que, desde su refugio italiano, le rogó «se digne expresar verbal y reservadamente, sólo a la persona cerca de la cual ejerce su misión altísima, mis salutaciones y homenajes de simpatía y afecto y mis sinceros votos de que se logre, cuanto antes, alcanzar y establecer en nuestra España una paz sincera y perdurable». Y concluía: «ruego a Dios por el triunfo de la causa de la Iglesia».

En marzo de 1937, Pío XI dejaba a Gomá libertad para proceder a la redacción de una carta colectiva, según su criterio. El cardenal actuó con mucha calma, ya que quería conocer antes la opinión de los dos grandes ausentes: el cardenal Vidal y Barraquer y el obispo de Vitoria, Mateo Múgica Urrestarazu, que obedeciendo órdenes del Vaticano, había abandonado España el 14 de octubre de 1936, para refugiarse en Roma, acusado por la Junta de Defensa de tolerar propaganda separatista en el seminario y de proteger a sacerdotes enemigos del Movimiento. Los obispos de Tarragona y de Vitoria respondieron los días 16 y 17 de marzo de 1937. Para Vidal y Barraquer la carta podía resultar inoportuna y aumentar, en zona roja, las «represalias y violencias» contra los católicos. Múgica, que también sentía preocupación por aquellos de sus diocesanos que estaban al otro lado de las líneas, declaró que la carta le parecía conveniente aunque dudaba de «si sería mejor esperar un poco». De hecho el cardenal Gomá se atuvo al criterio de Múgica y esperó hasta que toda la diócesis de Vitoria se encontró en poder de los nacionales.



El cardenal Gomá, principal autor de la Carta. El 8 de junio de 1937, Gomá anunció a Pacelli (más tarde papa Pío XII), haber llegado a la convicción de que era necesaria la carta pastoral colectiva. El mismo redactó el borrador que, después de comunicado a la Santa Sede, se envió a todos los obispos el 14 de junio de 1937.

Este documento, sigue siendo muy discutido, según las opuestas tendencias y sobre todo porque comprometió a la Iglesia con el nuevo régimen; pero en aquellas circunstancias los obispos no podían hacer otra cosa, habida cuenta del holocausto provocado por la persecución.

La carta, que consta de nueve apartados, tuvo como objetivo
«que se conozca la verdad de lo ocurrido en España para rectificar juicios extraviados». Para ello analiza los hechos acaecidos en España y que condujeron a la sublevación, los caracteres de los movimientos enfrentados y la posición de la Iglesia española. Se detiene particularmente en las notas más llamativas de la revolución comunista, a la que aplica, justificándolos en concienzudos párrafos, los siguientes adjetivos: excepcional, premeditada, cruelísima, inhumana, bárbara, antiespañola y anticristiana.

Debido a la extensión de este documento -unas 45 páginas-, transcribiremos los párrafos más indispensables:

«Casi todos los obispos que suscribimos esta carta hemos procurado dar a su tiempo la nota justa del sentido de la guerra. Agradecemos a la prensa católica extranjera el haber hecho suya la verdad de nuestras declaraciones, como lamentamos que algunos periódicos y revistas, que debieron ser ejemplares de respeto y acatamiento a la voz de los prelados de la Iglesia, las hayan combatido o tergiversado.

Ello obliga al Episcopado español a dirigirse colectivamente a los hermanos de todo el mundo, con el único propósito de que resplandezca la verdad, oscurecida por ligereza o malicia, y nos ayude a difundirla. Se trata de un punbo gravísimo en el que se conjugan no los intereses políticos de una nación, sino los mismos fundamentos providenciales de la vida social: la religión, la justicia, la autoridad y la libertad de los ciudadanos...»

«Con nuestros votos de paz juntamos nuestro perdón generoso para nuestros perseguidores y nuestros sentimientos de caridad para todos. Y decimos sobre los campos de batalla y a nuestros hijos de uno y otro bando las palabras del Apóstol: El Señor sabe cuánto os amamos a todos en las entrañas de Jesucristo...»

«La Iglesia no ha querido esta guerra ni la buscó, y no creemos necesario vindicarla de la nota beligerante con que en periódicos extranjeros se ha censurado a la Iglesia en España. Cierto que miles de hijos suyos, obedeciendo a los dictados de su conciencia y de su patriotismo y bajo su responsabilidad personal, se alzaron en armas para salvar los principios de religión y de justicia cristiana que secularmente habían informado la vida de la nación; pero quien la acusa de haber provocado esta guerra o de haber conspirado para ella y aún de no haber hecho cuanto en su mano estuvo para evitarla, desconoce o falsea la realidad.

Esta es la posición del Episcopado español de la Iglesia española frente al hecho de la guerra actual. Se la vejó y persiguió antes de que estallara, ha sido víctima principal de la furia de una de las partes contendientes y no ha cesado de trabajar con su plegaria, con sus exhortaciones, con su influencia para aminorar sus daños y abreviar los días de prueba...»

«Enjuiciando globalmente los excesos de la revolución comunista española, afirmamos que en la historia de los pueblos occidentales no se conoce un fenómeno igual de vesanía colectiva ni un cúmulo semejante producido en pocas semanas de atentados cometidos contra los derechos fundamentales de Dios, de la sociedad y de la persona humana...»

«Prueba elocuentísima de que la destrucción de los templos y la matanza de los sacerdotes en forma totalitaria fue cosa premeditada es su número espantoso. Aunque son prematuras las cifras, contamos unas 20.000 iglesias y capillas destruidas o totalmente saqueadas. Los sacerdotes asesinados, contando un promedio del 40 por 100 en las diócesis devastadas -en algunas llega al 80 por 100- sumarán, sólo el clero secular, unos 6.000. Se les cazó como perros, se les persiguió a través de los montes, fueron buscados con afán en todo escondrijo. Se les mató sin juicio las más de las veces, sin más razón que su oficio social.

»Fue "cruelísima" la revolución. Las formas de asesinato revistieron caracteres de barbarie horrenda. En su número se calculan en número superior a 300.00 los seglares que han sucumbido asesinados sólo por sus ideas políticas y especialmente religiosas; en Madrid y en los tres primeros meses fueron asesinados más de 22.000. Apenas hay pueblo en que no se haya eliminado a los más destacados derechistas. Por la falta de forma: sin acusación, sin pruebas, las más de las veces sin juicio. Por los vejámenes: a muchos se les han amputado los miembros o se les ha mutilado espantosamente antes de matarlos; se les han vaciado los ojos, cortado la lengua, abierto en canal, quemado o enterrado vivos, matado a hachazos. La crueldad máxima se ha ejercido con los ministros de Dios. Por respeto y caridad no queremos puntualizar más.

»La revolución fue «inhumana». No se ha respetado el pudor de la mujer, ni aun la consagrada a Dios por sus votos. Se han profanado las tumbas y cementerios. En el famoso monasterio románico de Ripoll se han destruido los sepulcros, entre los que había el de Vifredo el Velloso, conquistador de Cataluña, y el del obispo Morgades, restaurador del célebre cenobio. En Vich se ha profanado la tumba del gran Balmes y leemos que se ha jugado al fútbol con el cráneo del gran obispo Torras y Bafes. En Madrid y en el cementerio viejo de Huesca se han abierto centenares de tumbas para despojar a los cadáveres del oro de sus dientes o de sus sortijas. Algunas formas de martirio suponen la subversión o supresión del sentido de humanidad.

»La revolución fue «bárbara», en cuanto destruyó la obra de civilización de siglos. Destruyó millares de obras de arte, muchas de ellas de fama universal. Saqueó o incendió los archivos, imposibilitando la rebusca histórica y la prueba instrumental de los hechos de orden jurídico y social. Quedan centenares de telas pictóricas acuchilladas, de esculturas mutiladas, de maravillas arquitectónicas para siempre deshechas. Podemos decir que el caudal de arte, sobre todo religioso, acumulado en siglos, ha sido estúpidamente destrozado en unas semanas en las regiones dominadas por los comunistas...»

La revolución fue esencialmente «antiespañola». La obra destructora se realizó a los gritos de «¡Viva Rusia!», a la sombra de la bandera internacional comunista. Las inscripciones murales, la apología de personajes forasteros, los mandos militares en manos de jefes rusos, el expolio de la nación a favor de extranjeros, el himno internacional comunista, son prueba sobrada del odio al espíritu nacional y al sentido de la patria.

Pero sobre todo la revolución fue «anticristiana». No creemos que en la historia del cristianiso, y en el espacio de unas semanas, se haya dado explosión semejante, en todas las formas de pensamiento, de voluntad y de pasión, del odio contra Jesucristo y su religión sagrada. Tal ha sido el sacrílego estrago que ha sufrido la Iglesia en España, que el delegado de los rojos españoles enviado al Congreso de los Sin-Dios, en Moscú, pudo decir: «España ha superado en mucho la obra de los soviets, por cuanto la Iglesia en España ha sido completamente aniquilada.»

Contamos los mártires por millares. Su testimonio es una esperanza para nuestra pobre patria, pero casi no hallaríamos en el martirologio romano una forma de martirio no usada por el comunismo, sin exceptuar la crucifixión, y en cambio hay formas nuevas de tormento que han consentido las sustancias y las máquinas modernas.

El odio a Jesucristo y la Virgen han llegado al paroxismo en los centenares de crucifijos acuchillados, en las imágenes de la Virgen bestialmente proafanadas, en los pasquines de Bilbao, en los que se blasfemaba sacrílegamente de la Madre de Dios; en la infame literatura de las trincheras rojas, en que se ridiculizan los divinos misterios; en la reiterada profanación de las sagradas formas, podemos adivinar el odio del infierno encarnado en nuestros infelices comunistas. «Tenía jurado vengarme de ti» -le decía uno de ellos al Señor encerrado en el sagrario-, y encañonando la pistola disparó contra Él diciendo: «Ríndete a los rojos, ríndete al marxismo.»

Ha sido espantosa la profanación de sagradas reliquias. Han sido destrozados o quemados los cuerpos de San Narciso, San Pascual Bailón, la Beata Beatriz de Silva, San Bernardo Calvó y otros. Las formas de profanación son inverosímiles y casi no se conciben sin sugestión diabólica. Las campanas han sido destrozadas y fundidas. El culto, absolutamente suprimido en todo el territorio comunista, si se exceptúa una pequeña porción del Norte. Gran número de templos, entre ellos verdaderas joyas de arte, han sido totalmente arrasados. En esta obra inicua se ha obligado a trabajar a pobres sacerdotes. Famosas imágenes de veneración secular han desaparecido para siempre destruidas o quemadas. En muchas localidades, la autoridad ha obligado a los ciudadanos a entregar todos los objetos religiosos de su pertenencia para destruirlos públicamente. Pondérese lo que esto representa en el orden del derecho natural, de los vínculos de familia y de la violencia hecha en la conciencia cristiana.


Conclusión

Cerramos, venerables hermanos, esta ya larga carta rogándoos nos ayudéis a lamentar la gran catástrofe nacional de España, en que se han perdido, con la justicia y la paz, fundamento del bien común y de aquella vida virtuosa de la ciudad de que nos habla el Angélico, tantos valores de civilización y de vida cristiana. El olvido de la verdad y de la virtud en el orden político, económico y social nos ha acarreado esta desgracia colectiva. Hemos sido mal gobernados, porque, como dice Santo Tomás, Dios hace reinar al hombre hipócrita por causas de los pecados del pueblo.

A nuestra piedad añadid la caridad de vuestras oraciones y las de vuestros fieles para que aprendamos la lección del castigo con que Dios nos ha probado, para que se reconstruya pronto nuestra Patria y pueda llenar sus destinos futuros, de que son presagio los que ha cumplido en siglos anteriores; para que se contenga con el esfuerzo y las oraciones de todos, esta inundación del comunismo que tiende a anular al Espíritu de Dios y al espíritu del hombre, únicos polos que han sostenido las civilizaciones que fueron.

Y completad vuestra obra con la caridad de la verdad sobre las cosas de España. «Non est addenda afflictio affictis»; a la pena por lo que sufrimos se ha añadido la de no haberse comprendido nuestros sufrimientos. Más la de aumentarlos con la mentira, con la insidia, con la interpretación torcida de los hechos. No se nos ha hecho siquiera el honor de considerarnos víctimas. La razón y la justicia se han pesado en la misma balanza que la sinrazón y la injusticia, tal vez la mayor que han visto los siglos. Se ha dado el mismo crédito al periódico asalariado, al folleto procaz o al escrito del español prevaricador, que ha arrastrado por el mundo con vilipendio el nombre de su madre Patria, que a la voz de los prelados, al concienzudo estudio del moralista o a la relación auténtica del cúmulo de hechos que son afrenta de la humana historia. Ayudadnos a difundir la verdad. Sus derechos son imprescriptibles, sobre todo cuando se trata del honor de un pueblo, de los prestigios de la Iglesia, de la salvación del mundo. Ayudadnos con la divulgación del contenido de estas letras, vigilando la prensa y la propaganda católica, rectificando los errores de la indiferente o adversa. El hombre enemigo ha sembrado copiosamente la cizaña; ayudadnos a sembrar profusamente la buena semilla.

Consentidnos una declaración última. Dios sabe que amamos en las entrañas de Cristo y perdonamos de todo corazón a cuantos, sin saber lo que hacían, han inferido daño gravísimo a la Iglesia y la Patria. Son hijos nuestros. Invocamos ante Dios y a favor de ellos los méritos de nuestros mártires, de los diez obispos y de los miles de sacerdotes católicos que murieron perdonándoles, así como el dolor, como de mar profundo, que sufre nuestra España. Rogad para que en nuestro país se extingan los odios, se acerquen las almas y volvamos a ser todos unos en el vínculo de la caridad. Acordaos de nuestros obispos asesinados, de tantos millares de sacerdotes, religiosos y seglares selectos que sucumbieron sólo porque fueron las milicias escogidas de Cristo, y pedid al Señor que dé fecundidad a su sangre generosa. De ninguno de ellos se sabe que claudicara en la hora del martirio; por millares dieron altísimos ejemplos de heroísmo. Es gloria inmarcesible de nuestra España. Ayudadnos a orar, y sobre nuestra tierra, regada hoy con sangre de hermanos, brillará otra vez el iris de paz cristiana y se reconstruirán a la par nuestra Iglesia, tan gloriosa y nuestra Patria, tan fecunda.

Y que la paz del Señor sea con todos nosotros, ya que nos ha llamado a todos a la gran obra de la paz universal, que es el establecimiento del reino de Dios en el mundo por la edificación del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, de la que nos ha constituido obispos y pastores.

Os escribimos desde España, haciendo memoria de los hermanos difuntos y ausentes de la Patria, en la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, 1 de julio de 1937.




No firmaron la carta Vidal y Barraquer y Mateo Múgica. Esta carta, que fue publicada el 9 de julio de 1937, fue firmada por todos los prelados excepto Vidal y Barraquer y Mateo Múgica. El primero envió un escrito al cardenal Gomá negando su firma a la carta pastoral colectiva, declarando que encontraba dicha carta «admirable de fondo y forma», aunque temía «que se le dará interpretación política por su contenido y por algunos datos o hechos en él consignados». Su idea era, sobre todo «que no deben publicarse documentos de este género hasta que todas las diócesis y su personal se encuentren en igualdad de condiciones, no exista peligro de represalias ni riesgo de complicar la situacióin internacional que hoy podría permitir alguna gestión a favor de los pobres sacerdotes presos o necesitados de socorro. Es para mí una seria contrariedad el verme obligado en conciencia a ratificar la opinión de no suscribirlo..., pues ello importa violentar mis sentimientos, de usted bien conocidos, y los vivos deseos que tendría de complacerle, pero no puedo apartar mi pensamiento de aquellas almas confiadas a mi solicitud paternal que se hallan todavía en situación incierta y angustiosa.»

Mateo Múgica Urrestarazu se mostró más duro: dijo a Gomá simplemente «que estando fuera de su diócesis, no le parecía oportuno firmar». Añadía que no podía avalar con su firma un documento que exaltaba a los nacionales, responsables del asesinato de 14 sacerdotes vascos acusados de separatismo.

Otros tres obispos no la pudieron firmar, por diferentes motivos: el anciano obispo de Menorca, Bartolomé Pascual Marroig, confinado en su diócesis, aunque respetado por los republicanos, el obispo de Orihuela, Irastorza, que se hallaba en el extranjero y había perdido la jurisdicción diocesana, al haber sido nombrado un administrador apostólico, el doctor Ponce, que fue asesinado. Tampoco la firmó el cardenal Segura, que en aquel momento no era miembro del Episcopado español, ya que seguía exiliado en Roma y no tenía cargo alguno en España.



Los nueve apartados de la Carta. La Carta colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero, consta de nueve apartados: 1) Razón de este documento. 2) Naturaleza de la carta. 3) Nuestra posición ante la guerra. 4) El quinquenio que precedió a la guerra. 5) El alzamiento militar y la revolución comunista. 6) Características de la revolución comunista. 7). El movimiento nacional: sus caracteres. 8) Se responde a unos reparos. 9) Conclusión.



La postura de los obispos. «Nosotros, obispos católicos, no podíamos inhibirnos sin dejar abandonados los intereses de Nuestro Señor Jesucristo y sin incurrir en el tremendo apelativo de «canes muti», con el que el Profeta censura a quienes, debiendo hablar, callan ante la injusticia.»

La Carta colectiva ha sido, sin lugar a dudas, el documento más importante en la historia del Episcopado español. Muchos historiadores la han criticado porque manifiestan que comprometió definitivamente a la Iglesia con el régimen de Franco. En parte es cierto, pero también es verdad que en aquellas terribles circunstancias -que no pueden ser juzgadas con los criterios y la visión de los años posteriores-, los obispos no pudieron hacer otra cosa, ya que no trataban de demostrar tesis alguna, sino de relatar hechos concretos, con el fin de evitar las tergiversaciones de la propaganda republicana, que nega hechos tan evidentes como la matanza indiscriminada de sacerdotes y religiosos, así como de católicos, simplemente por motivos de fe.

Los obispos sintieron el deber de publicar el escrito, pues estaban en juego «los mismos fundamentos providenciales de la vida social: la religión, la justicia, la autoridad y la libertad de los ciudadanos». Los obispos no quisieron la guerra ni la buscaron. Las causas de ella estaban en los cinco años de laicismo republicano, limitando la libertad religiosa, fomentando el desorden social, la descomposición de la verdadera democracia y la infiltración comunista.

La Carta colectiva fue una denuncia muy valiente, que despertó la conciencia católica mundial ante los horrores de la Guerra Civil española.


Eduardo Palomar Baró

Notas: La Carta colectiva fue suscrita por Isidro, Cardenal Gomá y Tomás, arzobispo de Toledo; Eustaquio, Cardenal Ilundáin y Esteban, arzobispo de Sevilla; Prudencio, arzobispo de Valencia; Rigoberto, arzobispo de Zaragoza, Manuel, arzobispo de Burgos; Agustín, arzobispo de Granada, administrador apostólico de Almería, Guadix y Jaén; Tomás arzobispo de Santiago; José, arzobispo de Mallorca; Adolfo, obispo de Córdoba, administrador apostólico del obispado-priorato de Ciudad Real; Antonio, obispo de Astorga; Leopoldo, obispo de Madrid-Alcalá; Manuel, obispo de Palencia; Enrique, obispo de Salamanca; Valentín, obispo de Solsona, Justino, obispo de Urgel; Miguel de los Santos, obispo de Cartagena; Fidel, obispo de Calahorra; Florencio, obispo de Orense; Rafael, obispo de Lugo; Félix, obispo de Tortosa, Fr. Albino, obispo de Tenerife; Juan, obispo de Jaca; Juan, obispo de Vich; Nicanor, obispo de Tarazona, administrador apostólico de Tudela; José, obispo de Santander; Feliciano, obispo de Plasencia; Antonio, obispo de Queroneso de Creta, administrador apostólico de Ibiza; Luciano, obispo de Segovia; Manuel, obispo de Curio, administrador apostólico de Ciudad Rodrigo; Manuel, obispo de Zamora; Lino, obispo de Huesca; Antonio, obispo de Tuy; José María, obispo de Badajoz; José, obispo de Gerona; Justo, obispo de Oviedo; Fr. Francisco, obispo de Coria; Benjamín, obispo de Teruel-Albarracín; Santos, obispo de Avila; Balbino, obispo de Málaga; Marcelino, obispo de Pamplona; Antonio, obispo de Canarias; Hilario Yaben, vicario capitular de Sigüenza; Eugenio Domaica, vicario capitular de Cádiz, Emilio F. García, vicario capitular de Ceuta; Fernando Alvarez, vicario capitular de León, y José Zurita, vicario capitular de Valladolid.



 

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