Razón Española, nº 113; El capítulo marítimo de la economía de la Guerra de España

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El capítulo marítimo de la economía de la Guerra de España

Por J. Velarde Fuertes

La ideología del contrato social indice Negrín

El capítulo marítimo de la economía de la Guerra de España

1. UNA GUERRA, SEIS CONTIENDAS



En toda contienda importante, y la Guerra Civil española lo fue, existe una movilización sencillamente colosal de hombres, de recursos y de imaginación, por parte de los bandos implicados. Incluso quienes, en el caso español, intentaron refugiarse en lo que llamó Salvador de Madariaga la Tercera España, la que se articulaba en torno a las ideas de Giner de los Ríos, acabaron por militar con fuerza, salvo rarísimas excepciones, en uno u otro de los dos bandos. Lo cierto es que en la Guerra Civil española existió un enorme esfuerzo bélico, quizás el mayor de nuestra historia al compararlo con nuestro Producto Interior Bruto, y en el que, de modo consciente, participaron desde los adolescentes a los ancianos, y tanto los hombres como las mujeres.

Como consecuencia, aparecieron, violentísimas además, seis contiendas que se solapan y entrecruzan las unas con las otras. Por supuesto, una es la tradicional lucha en los frentes. En el caso de la guerra civil española, es quizá la mejor conocida, al poder disponer de monografías tan brillantes como la de Fr. Luis María de Lojendio,O.S.B., Guerra y neutralidad de España (1936-1945), incluida en la Historia Universal dirigida por Walter Goetz (Espasa Calpe, 1968), o como la aportación de Manuel Aznar, Historia militar de la guerra de España (Ediciones Idea, 1940), seguidas de innumerables obras, algunas tan fundamentales como la de Ramón Salas Larrazábal, Historia del Ejército Popular de la República (Editora Nacional, 1973).

Existe una segunda contienda que, en general, es complemento de la anterior, la de la guerra en el aire. También existe sobre ella bibliografía, dentro de la que ocupa un puesto central el libro de Jesús Salas Larrazábal, La guerra de España desde el aire. Dos ejércitos y sus cazas frente a frente (Ariel, 1969), sin olvidar los Cuadernos de Guerra (1936-1939) de Alfredo Kindelán (Plus Ultra).

La tercera contienda, que empieza a ser cada vez mejor conocida, es la de servicios de información, unidos a veces a grupos de acción que, precisamente en España, comenzaron a denominarse quintas columnas. Desde el viejo libro de José Bertrán y Musitu Experiencias de los servicios de Información del Nordeste de España (S.l.F.N.E.) durante la guerra (Espasa Calpe, 1940), que con gente catalana y con gran eficacia creó en las primeras campañas del Norte una red aceptablemente eficaz, hasta documentos acerca del alto espionaje de la KGB, se dispone de trabajos muchas veces apasionantes.

La cuarta es la de los órganos de propaganda en toda su amplitud. A veces se mezclaba lo artístico y la atención a los combatientes, bien en campañas dramáticas -recordemos en el bando nacional el poco estudiado TAC (Teatro Artístico de Campaña)- bien en publicaciones periódicas para lo que basta consultar las colecciones de El Mono Azul, de Vértice o de La Ametralladora. Incluso afectaba a la literatura juvenil, como sucedió con Pelayos y con Flechas. El número de personas movilizadas fue enorme. Tuvo una importancia grande su proyección en el exterior, a través de Congresos, de reuniones, de giras de conferenciantes, muy especialmente en Hispanoamérica, con publicaciones periódicas relacionadas con estos servicios. Sabemos de ella mucho porque movilizó a gentes de la pluma que no callaron ni disimularon sus participaciones, aunque en algunas ocasiones esto se escribiese desde el agobio y quizás el remordimiento, en uno y otro lado. Nunca se concluye la recopilación de estas actividades. En el verano de 2001 localicé uno de esos raros: se titula Trilogía sobre el alma de España. Conferencias celebradas en el Teatro Odeón de Buenos Aires por la O.M. Española de Beneficencia. Octubre-noviembre 1937 (Buenos Aires, 1940). Los textos son del Marqués de Foronda, el Conde de Guadalhorce, Carlos Promines, Eduardo Marquina y Monseñor Franceschi.

La quinta contienda fue la económica. Todo lo publicado hasta ahora debe pasar por la revisión de los últimos trabajos de José Angel Sánchez Asiaín -destacaría su ensayo Economía y finanzas en la Guerra Civil española (1936-1939) (Real Academia de la Historia, 1999)- a cuya capacidad investigadora debemos ya aclaraciones fundamentales sobre la financiación de los servicios de información del bando nacional, o sobre la guerra entre la peseta republicana y la peseta nacional, o acerca de contiendas tan violentas y concretas como la que tuvo lugar en la sucursal londinense del Banco de Bilbao. Esta guerra económica tiene un complemento científico y tecnológico que, en el caso concreto de España, no llegó entonces a tener la importancia que hoy hubiera tenido. No pasó más allá del Servicio de Guerra Química del bando nacional, por ejemplo, y se refiere a planteamientos científicos y tecnológicos capaces de crear un tal desequilibrio con el enemigo, que el vencedor, al final del conflicto, resultase obligado.

La sexta contienda fue la desarrollada en el mar. Constituye, en buena medida, más un complemento de la guerra económica que de la lucha en los frentes. Por supuesto que, como he intentado demostrar en otro trabajo1, la guerra en los frentes tuvo, mirada desde la conducción del Ejército Nacional, una evidente orientación hacia planteamientos ligados a la economía, pero en lo que se refiere al papel de la Marina Nacional esto resulta aun más claro, por lo que es necesario introducir este elemento para entender lo sucedido. Quienes primero plantearon esto de modo global fueron Rafael González Echegaray en su espléndido libro La marina mercante y el tráfico marítimo durante la Guerra civil (San Martín, 1977) y más brevemente, Ricardo de la Cierva en 1939. Agonía y victoria. (El Protocolo 277) (Planeta, 1989)2. También había recogido algunas noticias el libro de Juan Cervera Valderrama, Memorias de guerra (Editora Nacional, 1968). Otras aportaciones que me habían ampliado las informaciones en este sentido habían sido el libro del almirante Francisco Moreno, La guerra en el mar 1936-1939 (AHR, 1959) y también, los de sir Peter Gretton, El factor olvidado (San Martín, 1984); Michael Alpert, La guerra civil española en el mar (Siglo XXI de España, 1987); Ricardo Cerezo, Armada española. Siglo XX, en el volumen sobre su actuación en la Guerra Civil, y algo en el de Manuel D. Benavides, La escuadra la mandan los cabos (Luz sobre España, México, 1944). Pero ahora es cuando todo ha pasado a quedar definitivamente claro.





2. MARINA ESPAÑOLA Y DESARROLLO ECONOMICO



Conviene comenzar por señalar que, como demostró Román Perpiñá Grau desde su primera versión para el Weltwirtschaftliches Archiv en 1935 y la inicial edición en castellano del mismo ensayo, bajo el titulo de De Economía Hispana (Labor, 1936), la vida económica española depende, en lo esencial, del exterior. Si éste aporta en abundancia bienes y servicios o financiación, el crecimiento es seguro; y viceversa. Esto es, el corte, por ejemplo, del comercio exterior o de los envios de capital del exterior, provoca depresión. Por lo que se refiere a las mercancías, buena parte de su tráfico con los mercados extranjeros se desarrolla por vía marítima. Como señalaba Ramón Tamames en la primera edición de su Estructura Económica de España (Sociedad de Estudios y Publicaciones, 1960), «aproximadamente el 97% del peso de nuestras importaciones totales entra por vía portuaria... Con las exportaciones sucede casi lo mismo: el 91% sale por mar». En la vigésima cuarta edición de la misma obra (Alianza, 2000) se lee «que alrededor de un 90% del volumen de importaciones y el 70% de las exportaciones entran o salen de España por vía marítima». Por lo tanto, quien controle el mar, en una situación bélica que implique a España, tiene mucho ganado para estrangular, o para impulsar nuestra economía y, con ello, la capacidad bélica de España. En un artículo que publiqué en ABC el 26 de febrero de 1986, titulado El documento del almirante Carrero subrayé cómo el comprender esto había sido decisivo para que Luis Carrero Blanco, con un dictamen, contribuyese de modo importante a evitar nuestra participación en la II Guerra Mundial.

Las noticias que ahora podemos ya encuadrar definitivamente se deben a la obra de los vicealmirantes Fernando Moreno de Alborán y de Reyna y Salvador Moreno de Alborán y de Reyna, «La Guerra silenciosa y silenciada. Historia de la campaña naval durante la guerra de 1936-39, que lleva el largo subtítulo de El relato riguroso y exhaustivo de la campaña naval durante la guerra de España de 1936 a 1939 basada en las memorias completas del almirante D. Francisco Moreno y Fernández, marqués de Alborán, en documentos oficiales de ambos contendientes y en testimonios v declaraciones -a menudo apasionantes y en su mayor parte inéditos- de sus más destacados protagonistas3 (1998). Dejo a un lado, porque no me compete, el asunto de las Memorias del almirante Francisco Moreno, mutiladas, retrasadas y censuradas (págs. 19-29, I), pero no puedo por menos de manifestar mi asombro de que este libro en cuatro volúmenes casi no se haya comentado, a pesar de que, como señala en el Prólogo el contraalmirante Leopoldo Boado, la figura central de esta obra, el almirante Francisco Moreno, quien ostentó el mando de la Flota Nacional primero y, después, la Jefatura de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire del Bloqueo del Mediterráneo, logró «el dominio del mar ante fuerzas muy superiores». Eso convierte, indudablemente, «al almirante (Francisco Moreno) en la figura más destacada de nuestro Almirantazgo durante el siglo que ahora agoniza» (pág. 11, I).





3. EL ESPARTAQUISMO MARINERO



Un economista al contemplar esta obra, auténticamente deslumbradora, se topa, en primer lugar, con la cuestión que se podría denominar del «espartaquismo en la Marina»4, o sea el amotinamiento por motivos sociales, nunca rigurosamente relacionados con (un programa) de reivindicaciones ligadas a un programa político mínimamente realizable. El más famoso de estos alzamientos, que dio lugar además a la curiosa comunidad actual de la isla de Pitcairn, fue el motín de la «Bounty», el cual tenía una motivación económica relacionada con el árbol del pan5. No hubo marina de guerra importante que haya escapado de este espartaquismo. En el cine ha quedado para siempre la magistral película de Einsenstein, «El acorazado Potemkin» y, en la historia, lo ocurrido en 1921 con los amotinados del «Sebastopol» que también se conoció como «el asunto de los marineros de Kronstadt». Lenin, ante este alzamiento espartaquista de la flota del Báltico, incluso pensó en la conveniencia del hundimiento de toda ella. No puede olvidarse tampoco el alzamiento en Kiel de la marinería alemana al concluir la I Guerra Mundial, en las sangrientas jornadas que transcurren del 1 al 4 de noviembre de 1918, fundamentales para el triunfo de esa extraordinariamente compleja revolución socialista alemana que intentó capitalizar el grupo Espartaco. Tampoco se pueden dejar a un lado los sucesos de Portsmouth y el amotinamiento en la Armada británica dentro del malestar económico que existía en Gran Bretaña en el periodo que transcurre entre el final de la I Guerra Mundial y la Gran Depresión, sobre todo en relación con los intentos de Churchill de retornar al patrón oro y la famosa huelga de los mineros de carbón. El 8 de septiembre de 1936 estalló un serio alzamiento de la marinería, de tipo antisalazarista en un buque de guerra en Lisboa.

Tiene, pues, interés, tratar de entender en esa clave la violenta reacción de la marinería española contra la oficialidad en las jornadas que siguen inmediatamente al 18 de julio de 1936. Se exponen en esta obra siguiendo, fundamentalmente, el «expediente Colomina» Se dan así noticias de «los antecedentes previos» y de los sucesos en forma de motines, desobediencias, choques, que tuvieron lugar en esas fechas en buques y bases nacionales (págs. 25-27, 58-100, 387-491 y 757-760, I). Ha llegado la hora de incorporar todo eso a la historia social española, y borrar, de una vez, eso de que trataban de defender la legalidad constitucional. Sería una equivocación no tener en cuenta estas realidades como una especie de apéndice a la historia de nuestros movimientos sociales, aunque, desgraciadamente, como dicen Salvador y Fernando Moreno de Alborán, «no se llegó a efectuar, a sugerencia de las autoridades de la Armada, ningún trabajo oficial que recogiese los antecedentes previos a los motines en los buques y bases navales», agregando que «esta política de inhibición hacia el esclarecimiento de la verdad histórica condujo también, por extensión, a la renuncia a establecer contacto con algunos oficiales de Marina que vivieron en el exilio... Estos contactos pudieron y debieron haberse hecho en secreto, si entonces no se querían divulgar acontecimientos recientes. Pero era una obligación contar para el futuro con estas revelaciones» (págs. 25-26,I).





4. LOS PRIMEROS PASOS DE LA CONTIENDA



Nada más comenzar la contienda, el Gobierno republicano se dio cuenta de la trascendencia del bloqueo del tráfico dirigido al enemigo. A partir de un decreto de la Presidencia de la República Gaceta de Madrid de 24 de julio de 1936 se declaraba zona de guerra a las costas del protectorado de Marruecos. Después, esto se amplió sucesivamente, hasta alcanzar grandes dimensiones en el Decreto de 7 de agosto de 1936. Como se señala en esta obra (pág. 503,I), «la finalidad del decreto estaba clara. Si los buques extranjeros respetaban la proclamación, quedarían vacíos todos los puertos en poder de los nacionales, los cuales no dispondrían de medios para sostener la guerra». Por tanto, el primer éxito de la Armada Nacional fue lograr que no fuese posible este bloqueo, por lo que ni el gobierno británico, ni el norteamericano aceptaron esa declaración, amparándose en el principio de derecho internacional de que «el bloqueo legal ha de ser efectivo para ser vinculante». Diferente a esto fue el Acuerdo de No Intervención, relacionado con el envío de tropas y pertrechos bélicos a ambos combatientes, que entró en vigor el 27 de agosto de 1936.

Pronto se observó que la Marina Nacional lograba bloquear, rápidamente, de manera efectiva, los puertos de la zona norte republicana, aislándola así por mar. Para ello se actuó con gran decisión (págs. 544-545, I) gracias al acorazado «España», al crucero «Almirante Cervera» y al pequeño «Velasco», más 19 «bous» de las flotillas basadas en Ribadeo y Pasajes. El cañoneo, el 20 de agosto de 1936 por el «Almirante Cervera» del «Arriluce» que, procedente de Valencia y con material de guerra se dirigía a Gijón, inició ese firme bloqueo (pág. 504, I). Que se enviase armamento ligero desde Málaga para Bilbao, adonde llegará el 24 de agosto de 1936, a bordo de los submarinos «C-3» y «C-4» tras un viaje de cuatro días, muestra hasta qué punto, casi de inmediato, había pasado a ser eficaz el bloqueo (pág. 552, I). Que el almirante de la Flota republicana, Buiza, que se había trasladado del Mediterráneo al Cantábrico para tratar de detener el derrumbamiento de la zona norte republicana, solicitase del ministro de Marina y Aire, Indalecio Prieto, retornar a la base de Cartagena, aduciendo «escasez de petróleo» (pág. 848, II), es una prueba más de las consecuencias, instantáneas casi, del bloqueo marítimo impuesto por la Armada Nacional. Había sido este traslado de la Flota republicana al Cantábrico, por otro lado, un error estratégico mayúsculo de Prieto, porque así permitió en aquellos momentos iniciales el control del Estrecho de Gibraltar por la Marina Nacional, a cambio de frenar momentáneamente la ofensiva sobre parte de Guipúzcoa. Tal equivocación probablemente se debió a la obsesión de Prieto, un asturiano formado en Bilbao, en relación con lo que podía suceder con la industria del Norte. Parece ser que su convicción -ésta sí que no era disparatada- era que si se perdía el Norte, Franco era el forzoso vencedor. Lo que en cambio no percibió es que eso no se frenaba con el envío de la Flota y, además, todo empeoraba si se perdía el Estrecho.

A partir de ese momento se interrumpió prácticamente el tráfico de mercancías entre el Cantábrico y el Mediterráneo republicanos. Como indican Fernando y Salvador Moreno de Alborán, «la cifra de barcos que habían logrado cruzar... (el Estrecho) en 1936, disminuyó drásticamente. A pesar de la facilidad de pasar inadvertidos,sobre todo,de noche, enmascarados en el intenso tráflco, muy pocos -cinco buques, los «Esles», «Guernica», «Elcano», «Lealtad» y «Darro»- lograron eludir la vigilancia nacional» (pág. 1.472, III).

A partir de entonces se desarrolló una relación curiosa de tensión y afecto entre la Armada Nacional y la Marina británica. Desde el «Hood», la marinería inglesa alzaba «sarcásticamente el puño cerrado» procurando además dificultar la labor de bloqueo de la Marina nacional. Simultáneamente, según el vicealmirante sir Peter Gretton, en su obra citada, El factor olvidado, era clara la simpatía de la oficialidad por la Marina Nacional porque, aunque sus componentes eran «los rebeldes», representaban «la ley, orden y seguridad para los ciudadanos británicos», mientras que las autoridades republicanas «estaban desorganizadas, con frecuencia dominados por las turbas y sin mostrar ningún sentimiento de compasión». Se produjo en todo esto un cambio tras la caída de Vizcaya en poder del Ejército nacional. Pero previamente la flota británica apoyó un intenso tráfico de mercantes de su país con puertos de la zona republicana. Actuó en este sentido su marina de guerra, que protegió también la llegada de mercantes de otras naciones, sobre todo de Francia y Grecia.

Como demostración de su eficacia, con gran celeridad la escasa Armada Nacional consiguió el dominio del mar frente a «la casi totalidad de la Escuadra» y el 85% del registro bruto de los barcos mercantes españoles, que estaban en poder del Gobierno republicano. Por eso en este libro se ha de escribir que «resulta dificil comprender cómo no supieron -los partidarios del Gobierno republicano- asegurar el dominio del mar y ganar la guerra» (pág. 510, I). De modo sistemático, a partir de ahí, se describe cómo logró el dominio del mar la Marina Nacional.





5. DE TRIUNFO EN TRIUNFO



Su primera presa fue la del vapor «Alejandro», de 345 toneladas, por el «Almirante Cervera», en los primeros días de agosto de 1936. La última, el mercante inglés «Stanpato» (pág. 3.264, IV, 2ª parte). Como consecuencia pasó a alterarse totalmente la situación de la marina mercante vinculada al bando nacional. Al comienzo de la Guerra Civil, éste controlaba «tan sólo el 15% del tonelaje mercante español... Además, el pabellón de los sublevados no estaba reconocido internacionalmente. De continuar así, el colapso económico de la zona nacional y el agotamiento de sus recursos bélicos era cuestión de pocas semanas» (pág. 1.468, III). De ahí lo importante de la ayuda, mancomunada, de las Marinas de guerra y mercante, de Alemania e Italia, aparte de la ventaja de disponer del flanqueo de Portugal. González Echegaray aporta sobre esto datos esenciales. Pues bien, al finalizar 1937, entre capturas y entregas voluntarias, «los nacionales habían recuperado el 50% del tonelaje existente al comienzo de la guerra», aparte de las capturas, sobre todo de buques soviéticos y griegos, que fueron declaradas «buenas presas» y que engrosaron la marina mercante española en la serie inicial de los «Castillos» que, después, dieron origen a la Empresa Nacional Elcano (pág. 1.469, III).

Otro resultado del dominio del Atlántico por la Armada Nacional fue que, desde abril de 1937, hubo líneas regulares marítimas entre Galicia, Andalucía y Canarias. El puerto de Santa Cruz de Tenerife pasó a tener una importancia enorme. Recibía los crudos de Texaco -cuyo apoyo fue esencial- y desde él, con petroleros españoles o de la propia Texaco, los productos refinados llegaban a la península.

En relación con todo lo dicho, muchísima importancia tuvo, tras la reorganización por decreto de diciembre de 1938, del Alto Tribunal de Presas, de la publicación de «listas negras» de buques y navieras que negociaban con el gobierno republicano. El impacto fue notable. Incluso «varias compañías aseguraron que sus barcos no tocarían puertos españoles que no estuvieran bajo la jurisdicción del general Franco» (pág. 1.579, LV, 1a parte).

Pero falta por señalar algo que fue casi decisivo. Tras el éxito del aislamiento del Norte republicano, preludio de su derrumbamiento a lo largo de 1937, el combate naval del Mar de Alborán -o si se prefiere, de cabo Espartel- el 29 de septiembre de 1936, tuvo un significado muy superior al del hundimiento por el «Canarias» del «Almirante Ferrándiz». Supuso esta victoria el levantamiento del bloqueo de las comunicaciones del sur de la España peninsular nacional con Canarias y Marruecos. Como se recoge en esta obra (pág. 803,II ), al plegarse la flota republicana, a partir de ahí, a una estrategia defensiva, «ignoró reiteradamente el primer objetivo de toda guerra naval: la destrucción de la flota enemiga». Desde entonces, las actividades de la marina de guerra nacional consistieron, esencialmente, en cortar los suministros dirigidos por vía marítima al bando republicano. La acción de la flota republicana pronto pasó a centrarse en la protección de los «mercantes cargados con material de guerra soviético en la última etapa de su derrota», que se situaba entre las aguas jurisdiccionales francesas de Argelia y la costa española» (ibidem). Así la «Flota nacional pudo penetrar con mayor profundidad en el Mediterráneo para lograr una adecuada interceptación, aparte del mantenimiento seguro de la línea de convoyes Cádiz-Palma de Mallorca, tarea en la que se perdería al «Baleares», aunque los convoyes siguieron funcionando con normalidad».

Una ayuda notable se recibió con la ocupación de la costa sur de Andalucía, desde Estepona a Motril, en enero y febrero de 1937 (págs. 1.477-1.544, III). En octubre de 1937 el Gobierno de Burgos declaró el bloqueo de todas las costas enemigas. Naturalmente para esto fue preciso que «jamás (se eludiese).... el encuentro con la Flota roja» (pág. 876, II).

No es posible olvidar en este bloqueo que la capacidad de la Marina de guerra nacional aumentó con los «submarinos legionarios», en realidad italianos con un comandante adjunto español. Pero el gran golpe, casi decisivo si se le examina desde un punto de vista económico, fue el hundimiento por el «Canarias» del buque soviético «Komsomol» el 14 de diciembre de 1936. Se decidió bajo la exclusiva responsabilidad del almirante Francisco Moreno. Con ese hundimiento, que la Unión Soviética, en pleno esfuerzo de un país subdesarrollado dentro de los Planes Quiquenales, no podía literalmente soportar, se cortó la llegada de mercantes soviéticos a España. La URSS era un país pobre que no podía permitirse el lujo de perder activos. Por eso la decisión del almirante Francisco Moreno, no sólo eliminó «de raiz la afluencia de vapores rusos a los puertos de Levante», sino que, «en lo sucesivo, los rusos se limitarían a recalar en Marsella y esto con muy poca frecuencia» (pág. 925 II), aparte de iniciar los envíos soviéticos, ante el riesgo del Mediterráneo, por otra derrota «más segura desde el Báltico a los puertos franceses del Atlántico, para desde ellos transportar la carga por ferrocarril a la frontera de Port Bou». También existía otra ruta a los puertos franceses del Golfo de León, desde donde se trasladaban «a los puertos catalanes con barcos y motoveleros españoles» (pág. 1.472, III). Todo esto era caro y complicado. Por eso, al ser un tráfico inseguro, disparó los fletes, con daño evidente para el erario republicano. El hundimiento del «Komsomol», pues, fue fundamental.

El combate naval del cabo Machichaco y el apresamiento poco después del «Mar Cantábrico»6 más otras destrucciones y presas, demostraron que la Armada Nacional era capaz de actuar tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo (págs. 1.029-1.090 y 1.149, II). A más de ello, buques corsarios de la Armada Nacional pasaron a interceptar en el Mar del Norte la llegada de material de guerra a bordo de buques mercantes con pabellón extranjero, bien neutral o de conveniencia y, por supuesto, continuar liquidando la marina mercante al servicio de la República. En la página 1.387, II, se indica que ésta se empleaba «en el comercio exterior paseando la bandera tricolor por todos los mares excepto los circundantes a la Península». Los mercantes armados en corso del bando nacional pasaron a actuar, para perturbarlo, por las aguas internacionales «del Mar del Norte
se llegaba a la proximidad de la costa noruega, a la altura de Bergen- y del Canal de la Mancha». El conocer más a fondo esta cuestión es fundamental para comprender de qué manera el dogal de la Marina de guerra nacional estaba en acción ahorcando la economía de la zona republicana (págs. 1.388-1.438, II). Por otro lado, desde Palma de Mallorca, que pasó a habilitarse como base de operaciones, ese mismo nudo corredizo estaba en el canal de Malta que, junto con el de Sicilia, fue el lugar de las mayores capturas.

En diciembre de 1939, el almirante Moreno se reunió con el Generalísimo Franco. Le entregó una nota en la que, entre otras cosas, pudo escribir con el énfasis que suelen emplear los generales victoriosos, pero que encubría algo que había sido decisivo para el triunfo desde el punto de vista económico: «Nuestros buques efectuaron un gran número de presas, siendo un orgullo para mí el poder dar cuenta a V.E. que el enemigo no apresó durante toda la campaña ni un solo vapor nacional».

Juan Velarde Fuertes

Notas

1 Cfs. Velarde Fuertes, J. La economía de guerra, en Razon Española, enero-febrero 2001, tomo XXXVI, nº 105, págs. 151-164

2 En las págs. 106-108

3 Gil Robles, E.: Tratado de Derecho Político. Imprenta Salmantina, tomo II, Salamanca, 1902.

4 Vázquez de Mella, J.: Discurso en el Congreso de los Diputados el 29 de noviembre de 1905. Obras Completas, volumen I, pág. 120, Barcelona-Madrid, 1931.

5 Solana, M.: El tradicionalismo político español y la ciencia hispana. Editorial Tradicionalista, pág. 257-258. Madrid, 1951.

6 Elías de Tejada, F.: La Monarquía Tradicional. Ediciones Rialp, pág. 148. Madrid, 1954. 7 Ibidem, pág. 154-155.

8 Ferrer, M.: Antología de los Documentos Reales de la Dinastia Carlista. Editorial Tradicionalista, pág. 107 . Madrid, 1951.

9 Ibidem, pág. 109 y 114.

10 Donoso Cortés, J.: Ensayo sobre el Catolicismo. el Liberalismo y el Socialismo. Obras escogidas, Compañía lberoamericana de Publicaciones, S.A., volumen I, pág. 51. Madrid, 1946.

11 Pradera, V.: El Estado Nuevo. 2ª Edición con prólogo de José María Pemán. Cultura Española, pág. 146-148. Burgos, 1937 .

12 Donoso Cortés, J.. Carta al Director de la Revue des deux mondes. Obras escogidas. C.I.A., volumen II, pág. 310.

13 Solana, M.: El Tradicionalismo Político Espanol y la .... Obra cit., pág. 557.

14 Nocedal, R. Manifestación hecha en Burgos por la prensa tradicionalista. Obras, tomo II, pág. 50-53. Madrid, 1907.

15 Comellas, J. L.: Historia de España moderna v Contemporánea. Ediciones Rialp, pág. 402. Madrid, 1967.

16 Ibidem, pág. 415 .

17 Foronda en sus Misceláneas, tras declarar "lo honrosa que es la profesión del comercio", desata un violentísimo ataque contra la nobleza estéril, sin más talento o mérito que saber montar a caballo, conducir una carroza y jugar con habilidad, y en las Cartas sobre la policía, combate los monopolios, las tasas, los abastos, y "otras leyes y costumbres opuestas a la libertad mercantil".

18 Suárez Verdaguer, F.: La crisis politica del antiguo Ré~imen en España. Ediciones Rialp, pág. 27. Madrid, 1958.

19 Juretschke, H.: Los Supuestos Históricos e Ideológicos de las Cortes de Cádiz. Revista Nuestro Tiempo, n.º 18, pág. 23. Madrid, diciembre de 1955.

20 López Amo, A.: La Monarquía de la Reforma Social. Ediciones Rialp, pág. 270. Madrid, 1952.

21 Gil Munilla, O.: Historia de la Evolución Social Española durante los siglos XIX y XX. pág. 12. Madrid, 1961.

22 Un extracto de los Discursos de Borrull e Inguanzo en defensa de las Cortes tradicionales españolas, en En Historia del Traddcionalismo Español de Ferrer, M., Tejera, D., y Acedo Castilla, F. Ediciones Trajano, pág. 169-178. Sevilla, 1941.

23 Melchor de Jovellanos, G.: Dictamen de 21 de Mayo de 1809 evacuando la consulta formulada por la Junta Central sobre la forma de ejecutar la convocatoria a Cortes. Sevilla. Obras B.A.E., tomo L, pág. 597. Madrid, 1858.

24 Suárez Verdaguer, F.: La Crisis Politica del .... Obra cit., pág. 85.

25 Real Orden. Manifesto v Representación de los Diputados de Fernando (Manifiesto de los Persas). Recogido íntegramente en el tomo 1, apéndice documental n.º 1, pág. 273-302 de la obra cit. Historia del Tradicionalismo Español.

26 Elías de Tejada, F.: La Monarquía Tradicional, pag. 65-66.

27 Decreto de Valencia de 4 de mavo de 1814. Recogido íntegramente por Ferrer, M., Tejera, D., y Acedo, J.F., en el apéndice n.º 2, pág. 303-306 del tomo I de la obra cit. Historia del Tradicionalismo Espanol.

28 Elías de Tejada, F.: Obra cit. pag. 67.

29 Ferrer y Pons, M.: Las Leves Fundamentales de la Monarquía española según fueron antiguamente v según convienen que sean en la época actual. Volumen Il, pág. 99, 100, 115, 147-148 y 182-183. Barcelona, 1 843.

30 ¿Qué es el Carlismo?. Edición cuidada por Elías de Tejada, F., Gambra, R., y Puy, F., Escelicer. Madrid, 1971 .

31 Conde de Rodezno: La Princesa de Beira y los hiios de don Carlos. Editorial Voluntad, apéndice n.º 1, pág. 265. Madrid, 1928.

32 Carta a los Españoles de doña Maria Tetesa de Barganza, Princesa de Beira. Badem, 25 de Septiembre de 1864, recogida por Ferrer, M., en pág 83 de la obra cit. Antologia de Documentos....

33 Carta Manifesto al Infante don Alfonso. París, 20 de Junio de 1869, recogida por el Conde de Rodezno en Carlos VII, duque de Madrid. Espasa Calpe, S.A., 3.ª Edición, pág. 104-112. Madrid, 1944.

34 Gil Robles, E.: Tratado de Derecho Político, Obra cit., tomo II, pág. 59.

35 Ibidem, pág. 53, 56 y 58.

36 Ibidem, pág. 29.

37 Ibidem, tomo I, pág. 406-407.

38 Ibidem, tomo I, pág. 416.

39 Ibidem, tomo II, pág. 710-713.

40 Ibidem, tomo II, pág. 679, 680 y 684.

41 Vázquez de Mella, J.: La Estructuración Or~ánica de la Sociedad Politica, la desarrolló en diversos trabajos y discursos, entre ellos en el Discurso en el Congreso de los Diputados el 18 de Junio de 1907, en obra cit., volumen 10, pág. 155 y ss.; en el Discurso en Covadonga el 26 de Octubre de 1916, obras cit., volumen XXVII; en el Discurso en la Semana Regionalista de Santiago de Compostela el 31 de Julio de 1918, obras cit., volumen XXVII, pág. 218 y ss.; en el Discurso en el Teatro Real de Madrid el 25 de mayo de 1920, obras cit., volumen II, pág. 403 y ss.

42 Menéndez PelayoM.: Estudios v discursos de criticas históricas y literarias. Edición Nacional. Obras Completas. C.S.I.C. Tomo V, pág. 175. Santander, 1942.

43 Vázquez de Mella, J.: Discurso pronunciado en Bilbao (Archanda) el 15 de Agosto de 1919. Obras Completas citadas, volumen XV, pág. 315-378.

44 Ibidem. Discurso en el Con~reso de los Diputados el 29 de Febrero de 1808. Obra cit., volumen VIII, pág. 108.

45 Ibidem. La Monarquía Carltsta. Artículo en el "Correo Español'' del 20 de Diciembre de 1889, en obra cit., volumen XVI, pág. 131.

46 Manterola, V.: El espiritu carlista. págs. 7 y 8. Madrid 1871.

47 Ibidem. Don Carlos o el Petróleo. Pág. 18. Madrid 1871.

48 Arauz de Robles, J. M.: Plan. Obra Nacional-Corporativa. San Sebastián, 1937.

49 Aparisi y Guijarro, A.: Representación Politica en el Libro del Pueblo. Obras Completas. Imprenta "La Regeneración", tomo IV, pág. 422. 1877.

50 Fernández de la Mora, G.: Los Teóricos Izquierdistas de la Democracia Orgánica. Editorial Plaza & Janes. Barcelona, 1985, y en Neocorporativismo v Representación Política, Razón Española n.º 16, pág. 150. Marzo-Abril, 1986.

51 Pradera, V.: El Estado Nuevo. Obra cit.

52 Fernández de la Mora, G.: Los Teóricos lzquierdistas ... Obra cit., pág. 188.

53 Pemán, J.M.: Prólogo a la 2.ª Edición de El Estado Nuevo de Pradera, obra cit., pág. 1 1-12.

55 Pradera V.: El Estado Nuevo. Obra cit., pág. 318-320.

55 Ibidem, pág. 322.

56 Elías de Tejada, F.: La Monarquía Tradicional. Obra cit., pág. 130-131 y 133.

57 Elías de Tejada, F.: Las Españas. Formación Histórica. Tradiciones Regionales. Editorial Ambos Mundos, S.L.

58 lbidem. La Monarquía Tradicional. Obra cit., pág. 148.

59 Ibidem. Obra cit., pág. 171 in fine.

60 Ibidem, id, pág. 172.

61 lbidem, id, pág. 168 in fine y 169.

62 Fal Conde, M.: Bosquejo de la futura organización política española inspirada en los Principios Tradicionales. Representación elevada a su excelencia el Jefe del Estado en Burgos el 10 de Marzo de 1939, recogida en El Pensamiento Carlista sobre cuestiones de actualidad. Artes gráficas. Buenos Aires.

63 Ibidem, id, pág. 63.

64 Ibidem, id, pág. 67.

65 Ibidem , id, pág. 72-73.

66 Ibidem, id, pág. 57.

67 Fernández de la Mora, G.: Vid: Los Teóricos Izquierdistas de la Democracia Orgánica, obra citada en la que amplía su trabajo anterior; Los Teóricos socialistas de la Democracia Organica, en "Razón Española", n.º 6, pág. 203; Neocorporativismo y Representación política, en "Razón Espanola", n.º 16, pág. 133; Herrera y la Democracia Orgánica, en "Razón Española", n.º 23, pág. 225; El Organicismo de Althusio, Revista de Estudios Políticos n.º 7; El socialismo gremialista de Cole, en "Razón Española", n.º 51, pág. 19; Jellinek y la Democracia Orgánica, en "Razón Española", n.º 57, pág. 85; Calvo Sotelo v la Democracia Orgánica, en "Razón Espanola", n.º 51, pág. 63; Organicismo en la II República, en "Razón Española" n.º 92, pág. 303; etc.

68 Ibidem. Neocorporativismo v Representacion..., Rev. cit., n.º 16, pág. 157-1 58.



 

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