La crisis
argentina. Ideología, historia y literatura
La
Argentina ha irrumpido en el mundo contemporáneo con una
crisis estruendosa y patética que las pantallas de
televisión y los titulares periodísticos han difundido
profusamente. En el contexto de los países euro-peos se
está lejos del conocimiento y por lo tanto de la
comprensión de la América hispánica y, desde luego, de
la Argentina. A veces hay apenas curiosidad, para no
hablar de simpatía porque ésta se concede sólo frente
a anécdotas capaces de conmover una atención pasajera y
superficial.
Además la Argentina- y eso lo admitimos quienes somos
capaces de cierta objetividad-- no ha merecido abundantes
cuotas de simpatía. No tenemos el exotismo colorido del
Caribe ni la atracción llamativa que provocan México y
Brasil, por ejemplo, por sus rasgos simbólicos o su
música, populares en todo el mundo. Es verdad que
nuestro tango es famoso y que una serie de figuras
difunden nuestro nombre pero, en conjunto, estamos lejos
de la popularidad. Sobre todo para los medios
norteamericanos que difunden estos estereotipos por el
mundo por los canales del periodismo, el cine y la
televisión.
Además y dentro de este cuadro arbitrario de las
imágenes, los argentinos nos hemos presentado, muchas
veces, en una actitud en que se mezclaban la soberbia y
el desdén por los demás y por ello, cuando tropezamos,
se han disparado con rapidez las sentencias
condenatorias, a veces cargadas con el sarcasmo y casi
siempre con la ironía. En una palabra, nos han devuelto,
con creces, nuestra consabida altanería. Que no viene de
la nada y quizás sea una de las formas con que
asimilamos y continuamos la arrogancia española. Un gran
escritor colombiano, Eduardo Caballero Calderón, que
vivió muchos años en España -donde escribió un
hermoso y comprensivo libro, Ancha es Castilla- solía
decirme que los hispano-americanos teníamos los mismos
defectos y virtudes que los españoles, "pero
pasados por agua"...Quizá valga aquí aquello de
que "Lo que se hereda, no se hurta", como se
suele decir...
Aunque estuviera calificado para abordar la multiplicidad
de aspectos que dicha crisis implica, debo aclarar que en
unas líneas no hay suficiente espacio para una
explicación satisfactoria. Pero trataré de ofrecer
algunos elementos que pudieran ser útiles para
comprender nuestro problema. No tienen la pretensión del
estudio sociológico o académico y he prescindido de
innumerables datos y cifras que se pueden encontrar
fácilmente en la prensa y en Internet, que en estas
exposiciones siempre son insuficientes y, sobre todo,
insoportablemente aburridos. Mi enfoque tiene un sesgo
histórico que proviene de mi profesión y sólo me
atendré a la Argentina aunque advierto que muchos de
estos temas alcanzan a otros países de Hispanoamérica,
en un marco de alcance mundial.
Confieso, por último, que se trata de apreciaciones
personales y por lo tanto sujetas a todas las
observaciones y críticas que se quieran hacer. Como
muchos argentinos, he decidido que una reflexión dura
pero sincera debe ser el testimonio inicial de una
solución de nuestra crisis. Cuando la Argentina era
"el granero del mundo" o la tierra de la
abundancia y las esperanzas de la fortuna, José Ortega y
Gasset, que escribió sobre nosotros con sagacidad y
penetración no exentas de dureza, puso las bases de una
de las más agudas caracterizaciones de la Argentina.
Vio, entonces, bajo la faz del argentino exitoso y
satisfecho, la fragilidad de nuestros éxitos, amenazados
por el descuido de las virtudes colectivas y el engaño
de instituciones endebles, detrás de cuya formalidad se
escondía una debilidad sólo sostenida por la fuerza con
que el país avanzaba hacia un futuro material. Desde la
crisis actual deberíamos volver a leer y meditar las
generosas páginas de Ortega, como una introducción al
análisis, forzosamente breve e inconcluso, de nuestra
situación.
Aquella imagen de la Argentina exultante y afirmativa ha
estallado en mil pedazos, y las pantallas de televisión
han mostrado al mundo las escenas de incendios y saqueos
y la actitud mendicante y tramposa de los gobernantes de
turno, que recorren el mundo con la escudilla y nos han
avergonzado tanto como las colectas en las iglesias para
los niños argentinos, las corridas de toros a beneficio
de nuestros pobres, el envío de ropas y medicinas con el
mismo destino y, por último, las críticas de la
Argentina por su conducta en el mundo de las finanzas y
las inversiones extranjeras.
Hemos pasado de las columnas de turistas pródigos que
recorrían el mundo comprando y gastando dinero -se
decía que los argentinos cuando llegábamos a los
paraísos de las compras, siempre repetíamos,
jactanciosamente, ante los bienes codiciados: "deme
dos"-, a las procesiones de miserables que abandonan
su país en emigraciones de decenas de miles, que llegan
a España, a Italia, a los Estados Unidos y hasta otros
países hispanoamericanos, en una búsqueda implorante de
protección y socorro, del mismo modo como antaño
llegaron a nuestras playas los europeos y hoy asedian a
Europa los africanos y los asiáticos. Hoy todo lo que
cuesta uno, a nosotros nos cuesta dos...
En un relámpago hemos pasado del orgullo a la miseria
pero en una paradoja absurda porque en este mismo año
tenemos unas de las mejores cosechas de granos, capaces
de alimentar a todo un continente, y seguimos creando e
inventado desde una base óptima de alfabetización y
cultura que, aun deteriorada, supera a muchísimos
países del orbe. Mientras el país, rico en bienes
potenciales, en tierras y recursos, sigue abierto
esperando la realización de todas las empresas. Una
aproximación al tema puede hacerse desde el ángulo de
la constitución y debilidad de su sistema político y,
más concretamente, de su democracia de partidos,
alterada durante el siglo XX por las intervenciones
militares. Un proceso originado en los finales del siglo
XIX en un contexto de abundancia que superaba todos los
reclamos de sus escasos habitantes. Fue la obra de
hombres excepcionales que conservaban el
"ethos" patriótico de los fundadores de la
emancipación, quienes, a su vez, se habían formado en
una de las mejores escuelas políticas de su tiempo: la
de la España ilustrada. Emprendedores, idealistas,
inteligentes y honestos, miraban hacia el horizonte de
libertad, progreso y paz universal que fijaba el
Liberalismo de las naciones europeas y los Estados
Unidos. Entre todos y sobre la base de una nación unida
por el mestizaje racial, la lengua castellana, la
religión católica y los antecedentes históricos
españoles, construyeron un Estado nuevo, con el atuendo
moderno y progresista que reemplazaba a la vieja
Argentina hispano-criolla, más aferrada a la tradición
hispánica, autoritaria y religiosa. Así se desarrolló
el comercio exterior, se estableció un sistema exitoso
de educación popular y se completó el edificio formal
de sus instituciones políticas, jurídicas y sociales,
con el repertorio de códigos, normas y leyes que
reflejaban el más alto nivel de su tiempo.
Esta Argentina quedó consagrada en una copiosa
literatura ensayística que justificó estos cambios y
obras como el Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento, las
Bases de Juan Bautista Alberdi, que se completaron con
una historiografía: la del General y Presidente
Bartolomé Mitre, fundador del diario "La
Nación" y autor de las biografías de dos figuras
simbólicas: José de San Martín y Manuel Belgrano. Esta
fue la construcción intelectual de la Argentina moderna
que ha durado hasta la víspera de la catástrofe de
diciembre del 2001.
Con el aporte de los emigrantes, la Argentina creció en
una escala portentosa, sobre una ecuación que, a mi
entender, se debe recordar como la clave de la Argentina:
un gran territorio que se extendía desde Bolivia y
Brasil hasta la Antártida, una suma extraordinaria de
recursos naturales que, en su explotación inicial, ya
producía niveles altísimos de riqueza, y una población
escasa, concentrada en Buenos Aires y en algunas ciudades
del interior del país que, en su vasta extensión,
apenas si estaba poblado. Con la democracia de masas en
el siglo XX se formaron dos grandes partidos que
compartían, en lo esencial, el ideario Liberal: los
Conservadores, apegados a una evolución controlada de la
participación popular y los Radicales, cuya base era el
reclamo de una apertura electoral que, sin fraudes,
facilitara el protagonismo de las masas. Esta dialéctica
política fue favorecida por el crecimiento cultural y,
sobre todo, por la abundancia de los recursos que se
obtenían con el comercio exterior de las carnes y los
cereales. En el marco de una sociedad con Gran Bretaña,
dueña del poder internacional.
La riqueza argentina permitió los gobiernos populares y
las Presidencias de Hipólito Irigoyen (1916-1922), de
Marcelo T. de Alvear (1922-1928), en una plenitud
política e institucional que se correspondió con el
auge de intelectuales como el filósofo Alejandro Korn,
los novelistas Enrique Larreta, Manuel Gálvez y Ricardo
Güiraldes y los poetas Lugones, Enrique Banchs y Jorge
Luis Borges, para citar sólo algunos nombres.
La Argentina se entregó al goce de su riqueza y
prestigio, pero ya en la segunda Presidencia de Irigoyen
(1928-1930) se abusó de los recursos con un aumento
descontrolado del gasto y, sobre todo, con el crecimiento
de los empleados públicos como botín del poder políico
y sustento de la clientela electoral. Una verdadera
empleomanía que crecía sin cesar hasta convertirse en
un cáncer que devoraría una riqueza que parecía
inagotable.
Un gran pensador político argentino, Rodolfo Irazusta,
me dijo hace muchos años: "En la Argentina la
abundancia conspira contra la grandeza" y conviene
meditar esta afirmación. La Argentina disfrutaba de sus
ingentes riquezas, había construido una política
exterior subordinada a su mejor comercialización, y los
recursos naturales eran completados con adelantos
industriales que el país inauguró cuando el aislamiento
de la Primera Guerra Mundial la empujó a un primer
crecimiento industrial. La dialéctica de Conservadores y
Radicales en lucha por la libertad electoral, que había
permitido el triunfo Radical sobre los Conservadores y el
reducido grupo Socialista, agotaba nuestro proyecto
político y no advertimos su fragilidad creciente. En ese
momento, la debilidad del segundo gobierno Radical
despertó a un sector de la sociedad que estaba marginado
de la política desde el siglo XIX: los militares.
Los Conservadores, que en su Liberalismo laicista habían
sometido a la Iglesia Católica, tan poderosa en la
Hispanoamérica tradicional, incorporaron a los militares
como otro pilar del nuevo orden progresista. Pero en las
primeras décadas del siglo XX, junto a las críticas del
Liberalismo, se diseminaron las ideas socialistas y
autoritarias, los militares cambiaron en su posición y
el poeta Leopoldo Lugones -adversario de la democracia
Liberal- que proclamó "la hora de la espada",
sostuvo que los militares y un gobierno autocrático eran
la única valla contra el comunismo que se difundía por
el mundo después de la Revolución Soviética de 1917.
Los militares, apoyados por minorías ideológicas y por
los Conservadores e izquierdistas, interrumpieron en 1930
la regularidad constitucional e iniciaron un destructivo
ciclo de golpes de Estado.
La Argentina superó la crisis económica de 1930 gracias
al flujo de sus riquezas, que fueron administradas
acertadamente por los Conservadores, que, para mantenerse
en el poder, acudieron al fraude electoral sistemático.
La oposición del otro partido Liberal, la Unión Cívica
Radical volvió a su origen: la lucha por el sufragio
libre, con la cual redujo sus posibilidades renovadoras
pues persistió en esta única doctrina hasta el
presente, cuando ya no existían las limitaciones de
dicho fraude. Los años que van de 1930 a 1943
correspondieron al desasosiego popular, pero la pobreza
relativa fue menos destructiva que la conciencia del
fracaso político. En la obra de ensayistas y pensadores
quedaron los testimonios de esta desazón: La
Radiografía de la Pampa (1933) y La cabeza de Goliath
(1940) de Ezequiel Martínez Estrada, El hombre que está
solo y espera (1931) de Raúl Scalabrini Ortiz, Historia
de una pasión argentina (1937) de Eduardo Mallea, las
novelas de Roberto Arlt y un caudal considerable de
ensayos de análisis nacional, de historia revisionista y
de críticas políticas y sociales. El clima ideológico
era interesante. Los católicos se habían renovado al
compás de las influencias española y francesa, había
surgido el Nacionalismo de Derechas con Julio y Rodolfo
Irazusta, y en la izquierda también se desarrollaban
tendencias más teóricas que activas, pero testimonios
de una inquietud intelectual valiosa que jamás ha
faltado en la Argentina.
Pero la construcción y el perfeccionamiento de la
república democrática y participativa seguía
estancada. Los militares volvieron a sus golpes de Estado
en 1943 y de allí surgió Juan Domingo Perón, con un
populismo autoritario y paternalista que pareciera ser la
alternativa reiterada de la democracia de partidos.
Perón despreciaba las formas habituales de la democracia
y sus partidos -Radicales, Conservadores y Socialistas-,
los marginó y los redujo a la insignificancia, sin que
pudieran superar sus fracasos ni oponerse a la marcha
arrolladora del peronismo. Con cuadros empobrecidos de
una mínima calidad intelectual, la falta de idoneidad
reemplazaba a lo que antes había convocado las mejores
energías del país.
Contra la acusación tópica de no ser democrático,
Perón obtuvo aplastantes éxitos electorales, aunque su
concepción de este sistema no era la que, años más
tarde, impondrían los Estados Unidos: la de un gobierno
de mayorías pero con minorías, comercio libre y
derechos humanos.
Perón heredó una Argentina con recursos financieros
provenientes de la post-guerra y retomó la tradición de
la dádiva y el empleo público que ablandó la voluntad
de participación política. Del escepticismo ya
arraigado pasamos al apoyo del Líder que invocaba la
presencia popular y aun obrera, sin entregar jamás un
poder que sólo él operaba. Explotó los peores vicios
del carácter nacional con una vulgaridad y una fuerza
irresistibles y, junto a obras y construcciones de
importancia, dilapidó el dinero en un apoyo popular que,
sin embargo, no alcanzó para mantenerlo en el poder
cuando otra crisis favoreció la acción de sus enemigos.
En 1955 un nuevo golpe de Estado militar derribó al
peronismo y restauró a los decadentes partidos
políticos que, no sólo no se habían renovado, sino que
alentaban un resentimiento vengativo contra la mayoría
peronista. Este retorno de la retórica partitocracia
democrática produjo un clima de enfrentamientos y dureza
que ya no cesaría. Los altibajos económicos se
sucedieron pero el saldo era cada vez mejor: había
surgido una industria promisoria, el país crecía y en
medio de los conflictos desatados por la desorientación
de los políticos, perdidos en luchas de feudos y
pequeños liderazgos personales, se sucedieron los
gobiernos bajo la mirada vigilante y amenazadora de los
militares, que persistían en sus proyectos de hegemonía
autoritaria bajo liderazgos de cuartel, renovados e
infalibles en su incapacidad política. El tejido de la
democracia no lograba reconstruirse y se deterioraba cada
vez mas la relación de las elites políticas con los
sentimientos y requerimientos populares. El peronismo
estaba vetado por los militares y los partidos políticos
aceptaban ese fraude electoral porque sabían de su
incapacidad para superar al peronismo en elecciones
libres. Se mantenía la fachada de la república pero por
debajo bullía el desconcierto ideológico, el
escepticismo y la prescindencia de vastos sectores de la
clase media, entregados al disfrute de recursos que
parecían inagotables.
Un presidente salido del Radicalismo fue Arturo Frondizi,
que en 1958 se adelantó a su tiempo con un proyecto de
transformación económica y social que provocó el
ataque conjunto de los retardatarios Radicales,
Conservadores y Socialistas quienes apoyaron su
derrocamiento por los militares en 1962 en otra etapa de
inestabilidad. También otro buen Presidente Radical,
Arturo Illía, fue expulsado por un golpe militar en 1966
y la Argentina quedó al arbitrio de los grupos de
generales. Los militares estaban animados por las
coartadas utópicas y nostálgicas de una minoría
conspirativa de Nacionalistas de derechas, pero el
aprovechamiento de los golpes de Estado estuvo a cargo de
las facciones de los partidos políticos, que ajustaban
sus cuentas mediante el poder de turno, sin abandonar sus
declamaciones teóricas de democracia, fraude ideológico
que contribuyó al desprestigio, ya irremisible, de los
partidos.
La desorganización y el abuso del poder no alcanzó para
arrebatarles a los argentinos el disfrute de la renta de
sus ingentes recursos naturales. Además se había
desarrollado una industria notable y la Argentina, con
ingenio y audacia, se autoabastecía de todos los bienes
que corresponden a un país moderno. Desde la maquinaria
pesada, las industrias textiles, de electricidad y de la
alimentación hasta las fábricas de automóviles y todo
lo que correspondía a los medios de la cultura.
Entre altibajos y crisis menores, la Argentina había
proseguido elevando el nivel de su sociabilidad: las
universidades, las editoriales, el periodismo y hasta el
cine y el teatro eran los vehículos de la producción
intelectual. Las décadas del 60 y del 70 corresponden a
una cosecha pródiga: son los años de las novelas
políticas, como La alfombra roja (1962) y La Señora
Ordóñez, de Marta Lynch, Pantalones azules, de Sara
Gallardo y los autores mayores como Jorge Luis Borges,
Leopoldo Marechal, Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares,
Manuel Mújica Lainez y Julio Cortázar -que triunfaba en
París-, convivían con los más jóvenes como David
Viñas, Horacio Alvarez Murena y Alicia Jurado. También
fueron los años de los ensayos de Francisco y José Luis
Romero, Julio Irazusta y Bernardo Canal Feijoo, a los
cuales se sumó la corriente de la "Izquierda
nacional" con Jorge Abelardo Ramos y Juan José
Hernández Arregui.
En el plano de la cultura técnica y profesional, la
Argentina jamás dejó de progresar, a pesar del desorden
del Estado y de los problemas políticos y sociales.
Crecieron modernos institutos de investigación y las
escuelas especializadas formaron miles de técnicos de la
más alta calidad. Su dotación de profesionales era la
más alta de Hispanoamérica y aunque muchos emigraron en
busca de mejores condiciones de trabajo, la Argentina
podía autoabastecerse en número y calidad de creadores
y difusores de cultura. Su prensa de diarios, revistas y
libros -con las consiguientes casas editoriales- gozaba
de prestigio en el mundo hispánico y prácticamente no
había terreno, tanto en el orden de la ciencia y las
artes como en el cine y los deportes en el cual la
Argentina no alcanzara cotas de excelencia.
Pero estas elites intelectuales formaban un mundo aparte
y sólo te-
nían una incidencia mínima y lejana con la política,
que seguía su lógica del poder al margen de los
reclamos de superación del goce acrítico de la cantera
al parecer inagotable de los recursos naturales. Esa
abundancia que, otra vez más, conspiraba contra la
grandeza que hubiera derivado de un desarrollo auténtico
de las posibilidades nacionales. Se trataba de una
indiferencia que, a veces, se justificaba a sí misma con
ejercicios ideológicos inoperantes, mientras los
partidos se agotaban en luchas contra un peronismo que
Perón impulsaba desde su exilio en Madrid.
Los Estados Unidos declararon a la Rusia Soviética la
"Guerra fría" y obligaron al alineamiento de
todos los países. Se produjo la intervención en Vietnam
y, al comenzar los años 60, llegó a la Argentina, desde
La Habana, la ola de la revolución comunista, que captó
a intelectuales y, sobre todo, a la juventud
universitaria, cuyos cuadros protagonizaron el desafío
de una transformación violenta y armada de la sociedad.
Terrorismo y guerrillas con asesinatos, bombas y
secuestros sorprendieron a una sociedad burguesa que,
aterrorizada por la magnitud del proyecto revolucionario,
acudió a las fuerzas del Estado militar. La reacción
ante esta amenaza total se ejerció hasta aniquilar a los
revolucionarios.
Los militares ocuparon el gobierno en 1976 con el apoyo
de casi toda la sociedad y los partidos políticos. El
líder Radical, Ricardo Balbín, dijo por radio la
víspera del golpe de Estado de Videla: "Soluciones,
no las tengo" y el gobierno logró la adhesión de
los sindicalistas peronistas, tan odiados por los
revolucionarios como por el resto de los burgueses.
Fueron años crueles y duros, con miles de muertos, y los
militares procedieron con soberbia, egoísmo y torpeza.
Liquidaron a los revolucionarios pero fracasaron en todos
los otros problemas. Uno gravísimo: el predominio de los
representantes de poderosos intereses financieros
internacionales y el aumento de la deuda pública, que
habría de devorar toda la vida económica y social
argentina. Los militares, finalmente, intentaron su
reivindicación con una guerra contra Gran Bretaña sobre
la base de un viejo sueño argentino: la recuperación de
las Islas Malvinas en 1982, pero fracasaron y debieron
abandonar el gobierno derrotados por sus rencillas
internas y su incapacidad. La constitución del sistema
político volvió a postergarse y la guerra civil entre
subversivos y militares dejó en la sociedad una herida
abierta de odios y agravios que actúa negativamente
contra todos los proyectos que han tratado de reorganizar
el país.
En este trágico lapso histórico desaparecieron las
instituciones de la república, y la reconstrucción de
la democracia que se inició en 1983, no pudo superar los
fracasos y frustraciones argentinas. El movimiento
Peronista siempre había sido un conglomerado de
ambiciones pequeñas y luchas personales, que sólo el
mando de Perón podía dominar, por lo cual a la muerte
del Líder, no recuperó su antiguo dominio electoral.
Apareció entonces un político Radical, Raúl Alfonsín,
que alcanzó la Presidencia y trató de insuflar nuevos
objetivos a su partido. En primer término y en lugar de
adoptar una política de perdón para construir un futuro
de unidad, como hicieron en las mismas circunstancias el
gran Presidente uruguayo José María Sanguinetti y el
gobiemo de Chile, y en su tiempo lo había hecho España,
Alfonsín eligió el camino de ajustar viejas cuentas con
los militares que habían derrocado, una y otra vez, a
los Radicales: pulverizó las Fuerzas Armadas, juzgó,
condenó y humilló a los jefes del llamado Proceso y
redujo a la insignificancia sus presupuestos.
Clausuró el debate histórico de lo ocurrido en la
Argentina con una ley que impedía exponer las razones de
los anti-subversivos y se declaró que el país ya
"no tenía ninguna hipótesis de conflicto".
Desde entonces las Fuerzas Armadas ya no pesan más en la
República Argentina, situación que tendrá proyecciones
decisivas porque, hasta entonces, cada vez que los
partidos llegaban al límite de sus posibilidades por su
incapacidad, ocurría un golpe de Estado que les
permitía reconstruirse y volver a presentarse como una
alternativa nueva cuando los militares fracasaban. Al
desaparecer los militares, el proceso de los partidos
democráticos se ha desarrollado con una lógica interna
devastadora.
En segundo lugar y a pesar de ciertas reticencias
formales, la Argentina se alineó en el proyecto
político norteamericano, en la convicción de que los
golpes de Estado siempre habían sido inspirados por los
Estados Unidos, tendencia que, sin embargo, sólo
aceptaron los Radicales a regañadientes en virtud de una
permanente y nunca confesada admiración por la izquierda
y la Cuba de Castro. El Radicalismo había perdido sus
raíces históricas y aunque Alfonsín, deslumbrado por
Felipe González y Mitterand, creyo que haciéndolo
Socialista lo salvaba, sus errores políticos y
económicos -desató una hiperinflación terrorífica- lo
llevaron a que no pudiera terminar su periodo
presidencial.
El Peronismo regresó en 1989 con Carlos Menem,
extravagante, astuto e inescrupuloso, quien profundizó
la adhesión a los Estados Unidos con las
"relaciones carnales y obscenas". Abjuró del
popularismo Peronista y puso a la Argentina entre los
países obedientes a las grandes empresas y bancos
internacionales. Abrió sin límites la importación de
bienes de todo tipo y en poco tiempo se hundió la
industria argentina con millones de desocupados.
Privatizó las empresas nacionales en un modelo de
corrupción y facilitó un carnaval de negocios de una
nueva casta de millonarios, mientras surgían pobres y
marginados y desaparecía la clase media. Transformó la
vida argentina y aumentó el nivel fantástico de las
deudas, el déficit fiscal y el dispendio en los gastos
de los aparatos que requerían las clientelas políticas.
Un fenómeno singular fue el Peronismo, que permitió los
excesos de Menem. Su misterio es que no es sino una
adhesión religiosa fundada en mitos que no se someten a
la prueba de ninguna evidencia. Hay un recuerdo lejano
pero operante de la gran dádiva de Perón y esta memoria
aún gana elecciones y sustenta políticos.
La situación mundial había dado otra vuelta y los
norteamericanos habían impuesto la preeminencia absoluta
de la economía. La globalización era un hecho
irresistible y los conflictos económicos no se
solucionaban en los marcos nacionales sino en los centros
del poder financiero. Los políticos, que habían sido
los operadores de las soluciones, eran supérfluos y sus
gastos, inútiles. Quedó al desnudo la incompetencia de
las elites tradicionales y hubo un implacable ajuste de
cuentas porque no sabían ni servían. Se acudió a
economistas formados en el extranjero, pero los gobiernos
prosiguieron con el desorden y los préstamos de los
bancos se evaporaban en los aparatos políticos, en un
déficit fiscal abrumador y en un clima de corrupción
que adquiría proporciones monstruosas.
En la Argentina no se había logrado construir una
burocracia idónea que sobreviviera a los cambios
políticos y administrara decorosamente. Desorganizados y
caóticos, los políticos asumieron la administración
del país en medio de la torpeza y el dispendio. La
abundancia cubría todo, pero en las condiciones nuevas
el desorden fue letal. La dirigencia política se
distanció cada vez más de una sociedad a la cual no
podía satisfacer y un sector de economistas y
empresarios tomaron su lugar, sin otro objetivo que el
lucro desembozado.
El pago de los impuestos, siempre resistidos y objetados,
es esencial en el Estado moderno, pero en la Argentina
del desorden y el despilfarro doloso, se ha afirmado la
cultura de la evasión impositiva. Ante el mal uso de los
dineros públicos la baja de la recaudación ha entrado
en una caída que nada parece detener. En este momento el
80% de la población no los paga y se sabe que, por
corrupción o imposibilidad técnica, el gobierno ha
renunciado a cobrarlos. De la misma manera permite el
contrabando, gracias al cual salen y entran al país
cantidades ingentes de bienes que no pagan impuestos.
Además, el complejo político-administrativo, al compás
de los turnos de las facciones partidarias, devora
elencos de funcionarios como una gigantesca máquina de
picar carne, y como nada dura, ha desaparecido la
previsión del futuro, sin la cual no hay posibilidad de
vida social y económica. Se cierran por miles los
comercios y las industrias, que lanzan a la miseria
millones de desocupados cuya pobreza desciende hasta un
nivel infrahumano.
Un mago, el ministro de Economía Domingo Cavallo, nos
dijo que en la Argentina un peso valía un dólar y en
ese sueño vivimos casi diez años. Después despertamos
al "corralito" o sea el dinero secuestrado en
los bancos, el robo de nuestros dólares y luego la
devaluación y la pérdida total de la confianza y el
respeto a todas las instituciones políticas, económicas
y financieras. Vino la protesta de las
"cacerolas", ingenuas y en realidad,
inoperantes. Lo mismo que las asambleas populares, que
tratan de reemplazar al Parlamento, y el repudio
callejero de los gobernantes, que, sin embargo, siguen
impertérritos en sus puestos.
La recuperación del sistema de la república
democrática se extravió en la maraña de teorías
urdidas por los arbitristas, politicólogos y
periodistas, su construcción quedó estancada en los
manejos de Radicales y Peronistas para perpetuar el
reparto del poder, y el lenguaje político se redujo a
los debates financieros y a explicar las triquiñuelas de
los grupos en pugna.
¿Por qué no se produjeron reacciones sociales? La
mayoría de los argentinos, adormecidos en el goce de una
abundancia que nadie soñaba en que se agotaría, veían
impotentes aproximarse el final de aquella cantera de
recursos que, durante generaciones, nadie había hecho
nada para desarrollar y acrecentar. Un misterio de la
vida argentina es el brillo, la originalidad y la
capacidad creadora individuales junto al fracaso en la
vida colectiva. ¿Individualismo, falta de solidaridad y,
sobre todo, incapacidad para aprovechar de los errores
del pasado y corregirlos en las situaciones nuevas? Los
mejores elementos huían de los compromisos políticos y
se dedicaban a los negocios o a otras actividades. Como
en todo el mundo, se llegó a despreciar a los políticos
-más tarde fue el turno de los empresarios y de todos
los sectores dirigentes- pero nada se hizo para cubrir el
lugar que aquellos no llenaban. Nuestra sociedad había
perdido hasta el recuerdo de la posibilidad de
sufrimientos: no teníamos enemigos naturales, estaba
lejana la memoria de las guerras y eso había engendrado
una blandura soportable en la bonanza pero destructiva
cuando llegó la crisis y encontró un pueblo que no
estaba preparado para sufrirla.
Otro Presidente Radical, Fernando de la Rúa, fue
derrocado en Diciembre del 2001 por un curioso golpe de
Estado civil a cargo de una organización urdida por un
Peronista, Eduardo Duhalde y un Radical, Raúl Alfonsín,
quienes conquistaron para la Provincia de Buenos Aires el
poder político que no lograban por las elecciones,
frente a los grupos de las Provincias del interior y la
inoperancia del gobierno central. La Casa de Gobierno fue
atacada por bandas violentas de marginales suburbanos que
respondían a Duhalde. Apareció, fugazmente, otra
pintoresca figura del Peronismo provinciano, Adolfo
Rodríguez Saa, hasta que Duhalde se apoderó del
gobierno con una coartada legal de la Asamblea
Legislativa.
Otro enfoque de la crisis puede hacerse desde el ángulo
de las ideologías. En la Argentina hay una derecha
económica y otra política y cultural. La primera
-empresarios y banqueros- siempre está con los
gobiernos, sobre todo, si obtiene prebendas y dádivas, y
pudo sobrevivir al colapso de los militares. Pero la
derecha política y cultural, que constantemente se negó
a participar con un nombre propio en la vida
democrática, por prejuicios ideológicos, y prefirió
ser instrumento de las Fuerzas Armadas, cuando volvió la
democracia en 1983, la desaparición de los militares
también la arrastró al abismo. Hoy carece de
organizaciones, de voceros o personalidades, de órganos
mediáticos y nadie se anima a reivindicar su pertenencia
como si fuera una secta nefanda. Existe sólo
virtualmente, porque responde a valores soterrados de la
sociedad argentina pero que son inoperantes en el campo
real de la política.
La izquierda -en todos sus matices- por el contrario, fue
la gran triunfadora. Sus partidarios colonizaron las
universidades -los profesores de derecha se refugiaron en
las universidades católicas- las instituciones
culturales, las casas editoriales y, sobre todo, los
grandes medios de comunicación: el periodismo, la radio
y la televisión. Los grandes diarios, que habían sido
el soporte de los gobiernos anteriores, cambiaron
súbitamente y se pusieron al servicio de los otros
códigos ideológicos con sus personajes, autores y
libros, figuras científicas y artísticas y de un nuevo
canon crítico tanto en las ideas, como en las artes y,
desde luego, la política. Surgieron grupos
intelectuales, un diario, "Página 12", y
participaron como asesores de políticos, funcionarios en
innumerables proogramas para cambiar la cultura
autoritaria y los valores burgueses.
Pero este abrumador predominio mediático y cultural no
les otorgó''presencia ni eficacia en la política. La
izquierda siempre ha sido una minoría ínfima en la
Argentina, donde las mayorías han permanecido fieles al
Radicalismo y al Peronismo. La gran frustración de la
Izquierda ha sido, precisamente, su desencuentro violento
y absoluto con esa masa obrera de la cual se sentían los
únicos propietarios. Además ocurrió un hecho decisivo:
en un mundo en que se hundían los absolutos bajo el
ataque del relativismo escéptico, el viejo sueño
dogmático socialista perdió su tren histórico y tras
el derrumbe del Muro en 1989, las luchas de estos grupos
se redujeron a conquistar canonjías menores de un
sistema político capitalista que la izquierda odiaba y
zahería ferozmente en sus personajes principales, pero
al cual servía sólo en operaciones de menor cuantía.
En los últimos meses del 2001 la izquierda hizo una
autocrítica descarnada y sus principales figuras
confesaron su incapacidad para comprender la realidad
social y cultural, fuera de las críticas consabidas de
los males argentinos. A pesar de haber tenido en sus
manos la formación de la opinión pública, no habían
podido elaborar una propuesta política aceptable por las
mayorías. No construyeron poder y el abismo que se ha
abierto en la Argentina actual, también la ha devorado
sin piedad.
Una reflexión final: Sin elites ni líderes esta
Argentina en la ruina económica de la cesación de
pagos, de la devaluación y la miseria se enfrenta con su
hora más cruel y despiadada. No tenemos respuesta para
un presente angustiante ni para un futuro amenazador,
pero para pensar los caminos alternativos del desastre,
creo que es necesario hacerse cargo del proceso
histórico que he tratado de reseñar y que, en realidad,
es un interrogante que me hago a mí mismo y a mis
compatriotas. Lo que se ha hundido en la Argentina es un
sistema agotado de la vida política de la república. Se
ha sincerado la farsa de una partitocracia que destruyó
las instituciones con el abuso, el robo y la corrupción,
pero no ha muerto el reclamo popular de una
participación en el gobierno de la sociedad .
Ha quedado al desnudo la casta de dirigentes sin
idoneidad ni decencia que usurparon la administración
del Estado, las instituciones, la justicia y la
representación parlamentaria. Pero podemos reemplazarlos
porque la Argentina conserva enormes sectores que, por
vivir fuera del mundo corrupto de la política, mantienen
intacta su capacidad humana, moral y profesional para
llenar las vacantes que deja la clase expulsada.
Es una hora de exigencias durísimas y de las más
tristes, pero no es la muerte de la Argentina o ¿acaso
tendremos menos vigor que los pueblos de otras latitudes
que supieron renacer de las cenizas de la destrucción y
la muerte para construir realidades promisorias? El país
de los cinco Premios Nobeles, de los éxitos en el mundo
de la técnica y las artes, el de la personalidad propia
y orgullosa capaz de fisionar el átomo, poner satélites
en el espacio, cumplir la hazaña de formar una de las
primeras comunidades civilizadas de América y hasta de
emprender la aventura de declarar la guerra al Imperio
anglo-sajón por causas que los argentinos consideran
honrosas, no va a desaparecer por una conjura de
mercaderes, banqueros y financieros, por más que estén
asistidos por una banda de mafiosos.
Supimos civilizar el desierto y con nuestra herencia
hispánica y el irrenunciable aporte aborigen, cumplimos
la hazaña del mestizaje racial y cultural que nos
permite la igualdad y la justicia para todos los hombres
del mundo. Más aún: les ofrecemos ese ejemplo de
convivencia humana a los demás países del orbe
desgarrados por el irremisible odio racista y religioso.
Reconstruir la Argentina requiere confianza en nosotros
mismos, que es la única manera de que también la
inspiremos a los demás. También solidaridad, para que
el individualismo egoísta no nos aleje de los pobres, y
vayamos a ellos, no con la limosna, sino con la oferta de
un trabajo conjunto que permita esa felicidad general que
es el objetivo de nuestra acción. Hemos hecho grandes
obras desarrollando y aprovechando nuestras riquezas
naturales, que no han desaparecido y que sólo requieren
unas elites nuevas que convoquen a su conquista y
disfrute. Si nosotros empezamos, ya van a venir los de
afuera para participar en las ganancias genuinas.
Bienvenidos en un plan de decencia, justicia y respeto de
todos nosotros.
Es bueno que se sepa que hay en la Argentina millones de
hombres que esperan unirse en esa empresa. No son
limosneros ni mendigan por el mundo que se los admita
como ciudadanos de segunda clase. Con ironía o sin ella,
hemos decidido emprender un camino nuevo y me uno a
ellos, porque soy un argentino viejo que no piensa irse
de su país y que cree en los deberes y las esperanzas
del patriotismo que conserva fuerzas para construir un
futuro. Como lo hicimos otras veces.
Enrique Zuleta Alvarez
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