LIBROS: Las dos
vías del liberalismo
Gray,
John: Las dos vías del liberalismo, trad. esp. ed.
Paidos, Barcelona 2001, 168 págs.
En 1971, el norteamericano J. Rawls publicó A theory of
justice. Ese libro, pronto famoso, resucitaba en
términos aún más inverosímiles la vieja e irreal
hipótesis del contrato social, modernamente vulgarizada
por Rousseau. Además, se formulaba un voluntarista
postulado igualitarista que agradó mucho a los
«liberals» o socialistas estadounidenses y a otros
correligionarios europeos. En su afán igualitario y
colectivizador, Rawls llegó a afirmar que las
invenciones de los investigadores y de los creadores eran
patrimonio social y no de sus autores.
Contra la tesis de Rawls arreciaron las críticas desde
campos tan distantes como el iusnaturalismo o el
positivismo y, sistemáticamente, desde la escuela
denominada «comunitaria». Ante objecciones tan
demoledoras que incluso denunciaban graves
contradicciones en la teoría, Rawls no tuvo más remedio
que responder con aclaraciones y rectificaciones.
Finalmente, en el volúmen titulado Political liberalism
(1993) recogió una serie de trabajos publicados entre
1978 y 1982, donde hacía pública una retirada en todo
el frente doctrinal y admitía que su teoría de la
justicia no tenía una pretensión filosófica universal,
sino que era una mera concepción «política» para las
democracias occidentales. Ante este repliegue, muchos
seguidores se limitaron a aceptarlo como un hecho
consumado, pero otros, los menos, más papistas que el
papa, trataron de argumentar en favor de los postulados
iniciales. En cualquier caso, las rectificaciones de
Rawls y las decisivas críticas han tenido como resultado
que Teoría de la justicia haya dejado de ser el
catecismo que, para ciertos socialistas, sustituía al ya
muerto marxismo.
A pesar de la palinodia rawlsiana, no han cesado las
severas objecciones y ese es el caso del libro de Gray
(2000) profesor en la London School of Economics, recién
traducido al español. Según el autor hay dos
interpretaciones del liberalismo. Para una la tolerancia
es una forma de vida ideal. Otra es que se trata de
alcanzar un mero «modus vivendi», compromiso o arreglo
práctico para que puedan convivir en paz diferentes y
aún permanentemente divergentes concepciones de la vida
humana. El autor niega la primera interpretación, que
sería la rawlsiana, y afirma la otra, que considera
derivada de Hobbes. Sus conclusiones se asientan en tres
tesis fundamentales.
Una es que «ningún tipo de vida puede ser considerado
el mejor para todos. Otra es que hay valores
inconmensurables, o sea, incomparables y que no permiten
jerarquización, por ejemplo, la amistad y la justicia.
Otra es que «no necesitamos valores comunes para
convivir en paz, sino instituciones comunes» Esas
instituciones no son las mismas para todos y han de
adaptarse a las circunstancias de cada sociedad, no son,
pues, la aplicación de un modelo político ideal, sino
el fruto de compromisos y adaptaciones.
La primera y la segunda tesis suponen el abandono de la
verdad en ética. La tercera tesis significa que hay que
respetar el pluralismo institucional que, de hecho,
reflejan las distintas sociedades y que no cabe valorar
sus regímenes según un patrón universal. La
relativización de las formas políticas lleva a una
doctrina empírica de la legitimidad. Es legítimo el
gobierno que mantiene el imperio de la ley y la paz y
posee instituciones representativas que puedan ser
relevadas sin violencia. «Un régimen liberal
democrático puede ser ilegítimo si es débil..., no hay
un test sencillo para determinar la legitimidad»,
escribe Gray. Se niega, pues, que, como pretenden hoy las
oligarquías partidistas, sólo la partitocracia sea un
modelo legítimo. En suma, los diferentes esquemas
políticos y modos de vida no son antagonistas, sino
alternativas posibles.
Frente al liberalismo presuntuoso y dogmático de Rawls,
el de Gray se presenta como modesto y posibilista.
Entre las objecciones concretas a Rawls, destacan las
siguientes:
1. Aparece un silencio injustificable acerca de los
sistemas económicos preferibles. 2. Contrariamente a lo
pretendido, el modelo entraña valores y una concepción
del bien; no es éticamente neutro. 3. Se prescribe un
supuesto régimen ideal que no existe. 4. La preferencia
por la «mayor libertad posible», no explica en qué
consiste eso, que es sumamente indeterminado y
problemático según las personas y sus circunstancias.
5. Las libertades básicas propuestas son conflictivas
entre sí y, a veces, incompatibles. 6.Se afirma que las
libertades sólo son restringibles si ocasionan daño a
otro; pero la noción de daño es subjetiva y depende de
circunstancias concretas. 7. Cuando el ideal de igualdad
plantea demandas incompatibles, como es frecuente,
resulta irrealizable. 8. La utonomía no es un bien al
que pueda darse prioridad sobre todos. En resúmen: «hay
dilemas para los que los principios liberales no tienen
respuesta» y los principios de Rawls «no son una buena
guía».
La conclusión de Gray es que no hay un régimen ideal
universal, y si tal pretensión fuera esencial al
liberalismo, la posición de Gray sería
postliberal». El título de uno de sus libros es
precisamente Post liberalism.
El análisis de Gray es demoledor para el esquema de
Rawls, inclusoen su postrera formulación meramente
política, y es convincente. Es también muy crítica la
interpretación clásica del liberalismo y tiene la
cualidad de estar formulada desde la misma orilla
política. Pero el pragmático e inestable «modus
vivendi» entre concepciones permanentemente
incompatibles que preconiza Gray cae en el escepticismo
moral, y supone que en el futuro no variarán los
conflictos axiológicos que se producen en las sociedades
modernas. Esta última previsión permanece indemostrada
y es improbable (no se dio en épocas pasadas). En cuanto
al escepticismo surge la eterna objección ¿por qué no
dudar también del modelo propuesto por Gray? Pero sobre
todo, si no hay verdad moral, no hay ética y se disuelve
la responsabilidad personal. El escepticismo de Gray es
un permisivismo para cuanto no imposibilite una
convivencia sin violencias legítimas. Es un mínimo de
mínimos, llamado a incrementar la conflictividad en vez
de atenuarla. La especie humana ha progresado gracias a
ideas objetivas del deber, no por el permisivismo.
Hay que aplaudir a Gray cuando refuta el dogmatismo del
igualitario liberalismo rawlsiano; pero no cuando se
torna no ya dubitativo, que sería signo de madurez, sino
escéptico.
El sugestivo y original libro adolece de asistematismo y
de insuficiente reelaboración de textos anteriores.
G. Fernández de la Mora
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