Razón Española, nº 112; Representación orgánica

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Representación orgánica

Por A.L. Sánchez Marín

Editorial indice La representación orgánica en el pensamiento tradicionalista

Representación orgánica

A la memoria del profesor don Rodrigo Fernández-Carvajal


I. PRECEDENTES



La doctrina orgánica de la sociedad y del Estado tiene un origen milenario, ya que se remonta al pensamiento griego.

Para Platón existe una pluralidad de partes sociales menores -gobernantes, guerreros y artesanos- con sus funciones propias dentro de la polis. Cada una debe tener su propio status y su virtud propia, debiendo vivir en armonía, lo que supone, en palabras de Gambra al glosar al filósofo griego, «que cada clase, cada grupo humano (debe asumir) a la vez unos derechos y unos deberes, y (debe ser) fiel, y de una manera proporcionada, a estos deberes y a estos derechos» (1).

Aristóteles entiende que el hombre y la mujer se unen para la generación, constituyendo entre ambos y con sus hijos la casa (familia), que unidas entre sí forman la aldea, y éstas a su vez constituyen la «polis» o ciudad. El individuo logrará su perfeccionamiento dentro de ésta y sólo en ella se alcanzará la eudomonía (felicidad), lo bueno y lo bello: «...La ciudad -dirá el Estagirita- no es una comunidad de lugar cuyo fin sea evitar la injusticia mutua y facilitar el intercambio. Todo esto se dará necesariamente, sin duda, si existe la ciudad; pero el que se dé todo ello no basta para que haya ciudad, que es una comunidad de casas y (aldeas) con el fin de vivir bien, de conseguir una vida perfecta y suficiente..., y ésta es, a nuestro juicio, la vida feliz y buena» (2).

El paso siguiente se da desde las bases greco-latinas. Pablo de Tarso elabora la doctrina de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo. Su concepción orgánica de la sociedad eclesial se encuentra en la siguiente afirmación: «Así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y no todos los miembros tienen una misma función, así también nosotros, aunque somos muchos, estamos injertados en Cristo en orden a formar un solo cuerpo, y somos miembros los unos de los otros» (3). El hombre es, en el orden teológico, miembro de una comunidad superior, la Iglesia, y en el orden civil, miembro de un grupo natural. Dice a este respecto San Agustín: «Después de la ciudad o la urbe viene el orbe de la tierra, tercer grado de la sociedad humana, que sigue estos pasos; casa, urbe y orbe» (4).

De todo esto se deduce que, para un gran sector del pensamiento antiguo -no así para los sofistas, por ejemplo- la persona aparece asentada en una pluralidad de comunidades naturales (familia, aldea, ciudad).

Las teorías medievales de la sociedad constituyen uno de los momentos esenciales de su estructuración orgánica. Santo Tomás de Aquino afirma: «...se da lo suficiente para vivir en familia los de una casa, en cuanto a lo necesario para los actos normales de nutrición y generación de la prole y similares; en un barrio, en cuanto a lo que se precisa para una profesión; en una ciudad, la comunidad perfecta en cuanto a lo necesario para la vida; pero todavía más en una provincia (regnum) por la necesidad de lucha y mutuo auxilio contra los enemigos» (5). Esta articulación escalonada de las comunidades -que podemos encontrar en otros autores (6)- va a constituir la base en la que se apoyaron importantes juristas medievales para crear la doctrina de los cuerpos intermedios (7), estableciendo las bases de la democracia orgánica.

Así se construyeron las comunidades políticas medievales. Ambitos espaciales que se integraban sucesivamente; y ámbitos funcionales que se articulan de modo escalonado. Ningún ciudadano conectaba directamente con el poder político; todos lo hacían por medio de cuerpos sociales intermedios que se institucionalizaban corporativamente y que se interrelacionaban con jerarquía. El pensamiento medieval concluye afirmando que los grupos intermedios son órganos básicos de la comunidad.

La concepción orgánica de la sociedad sufrió una impetuosa ofensiva a través de la Reforma -individualismo religioso y moral- perviviendo no obstante en la gran escolástica española y, aun en el ámbito protestante, no deja de influir en algún autor, como ocurre con Althusio.

A la cabeza de los teólogos españoles de la segunda escolástica encontramos a F. de Vitoria: «La Iglesia es un cuerpo; y no se divide en dos porque haya república civil y espiritual, sino que sigue siendo uno solo, como consta por el testimonio aducido por San Pablo; pues Cristo es cabeza de la Iglesia, y tan monstruoso sería un cuerpo sin cabeza como una cabeza con dos cuerpos; y en un cuerpo todo está unido y subordinado, y los miembros menos nobles existen y son por los más nobles. Luego en la república cristiana todo está unido y enlazado: los oficios, los fines y las autoridades, y de ningún modo puede decirse que las cosas espirituales son por las materiales, sino al contrario, que éstas dependen de aquéllas» (8)..

Para Althusio, la sociedad no es una creación artificial, sino natural, necesaria, desigual y orgánica: «Ningún hombre es autárquico o autosuficiente ni está bastante instruido por la naturaleza. Nace privado de todo auxilio, desnudo e inerme, como habiendo perdido todo en un naufragio, lanzado a las fatigas de la vida, incapaz de alcanzar el pecho de su madre, soportar las injurias del clima o desplazarse» (9). De donde resulta que el hombre está «casi impelido» a vivir en sociedad (10). Para luego apostillar: «Dios distribuye sus dones desigualmente», y «La Asamblea General es la reunión de todos y cada uno de los miembros y estamentos del Reino..., es un epítome o compendio del reino, que en el Imperio se denomina Reichstag» (11).



II. FORMULACION ACTUAL



Con la Revolución francesa se consagra el individualismo político: la comunidad política nace de un pacto entre individuos iguales. Cada ciudadano, sin cuerpos intermedios, se integra directamente en la sociedad y participa en su gobierno. A partir de este momento, la concepción orgánica de la sociedad y del Estado discurrió por cuatro corrientes principales (la sociológica fue predominantemente académica (12)); el restauracionismo o romanticismo político, el llamado krausismo liberal y el tradicionalismo del siglo XIX. Finalmente, el corporativismo del siglo XX, principalmente de carácter autoritario.





1. Romanticismo político. Se trata de un movimiento intelectual, contrario al despotismo absolutista, que rechaza los postulados de la Revolución francesa y que defiende los gremios, la confesionalidad, la historicidad de la existencia humana, el derecho consuetudinario, y la representación orgánica; en definitiva, este movimiento postula una vuelta al pasado medieval, pero reelaborada desde el idealismo y el historicismo filosófico.

Autores como Moser, Herder y Fichte, con su reivindicación de la tradición nacional germana, abren el camino a Gentz, Baader, Schlegel, Müller y Savigny, entre otros.

Müller escribe: «El Estado es la totalidad de los asuntos humanos, su conexión en un todo orgánico; si segregamos de esta conexión aun la parte más insignificante del ser humano, si en cualquier punto apartamos el carácter ciudadano, no podremos sentir el Estado como fenómeno orgánico o de idea, que es lo que importa» (13). Y Schlegel afirma: «Toda Constitución bien reglamentada, incluso republicana, se apoyará sobre las corporaciones y la división orgánica de clases más que sobre la igualdad y el sistema numérico de votos» (14). Görres reitera: «La sociedad civil se articula en tres estamentos, y a partir de ahí se divide en elementos secundarios» (15).

Todo es orgánico, incluso el ordenamiento jurídico, como demostraría Savigny: «La concepción orgánica del Derecho con la esencia y el carácter del pueblo se manifiesta con el transcurso de los tiempos.... El Derecho crece con el pueblo, se configura con él y, finalmente, muere tan pronto como el pueblo pierde su personalidad» (16).

A finales del siglo XIX, gierke, que fue fiel toda su vida a los postulados fundamentales de la Escuela Histórica, afirmaría: «La sociedad no se agota en el Estado, sino que se manifiesta, a la vez, en una multitud de comunidades diferentes con fines de vida propios: en la familia, en la Iglesia, en el municipio, en la corporación, en la comunidad internacional» (17). Estas totalidades orgánicas se componen de miembros, no de partes.Y cuando éstos están llamados a expresar la personalidad social en un ámbito determinado de su actividad, se llaman órganos. Tales órganos serían «instrumentos visibles de la invisible unidad de vida del cuerpo social» (18).



2. Krausismo liberal. Después del romanticismo político, y dentro del idealismo alemán, la escuela de doctrinarios que reelaboró la concepción orgánica de la sociedad y del Estado lo hizo desde una posición liberal: fue la de algún krausista, especialmente representada por Heinrich Ahrens, quien a través de sus dos obras principales, Curso de Derecho Natural (1839) y La Enciclopedia (1855), facilitó el esquema conceptual básico de la democracia orgánica.

Para Ahrens, el concepto esencial del que parte es el de organismo. La naturaleza es un «organismo en el que todo, centro y partes, se determinan recíprocamente» (19). Consecuentemente, la sociedad humana aparece como una estructura orgánicamente articulada. En la idea de organismo encuentra este filósofo el principio informador de la vida social: «El grande organismo social comprenderá un conjunto de sistemas y de organismos particulares cada uno de los cuales tiene una actividad propia y un fin especial» (20).

Entre la más alta comunidad y la absoluta unidad del hombre individual, encontramos una serie de unidades intermedias que se proyectan en dos tipos de ámbitos. Uno es el territorial, «según que estas esferas (abarquen), en diversos grados, a los miembros en su personalidad entera y la unidad de todos sus fines humanos» (21). Y el otro un ámbito o plano funcional, cuyos miembros están constituidos «como órdenes especiales, cada cual prosiguiendo uno de los fines principales del destino humano» (22). Pertenecen al primer ámbito, «la persona individual, después la familia, el municipio, la nación, y finalmente, la federación de las naciones y de toda la humanidad» (23). El segundo grupo, denominado «esferas de la cultura», se halla constituido por «todos los órdenes sociales, pertenecen primero el orden de derecho mismo, el Estado, después el orden religioso, el orden de instrucción pública y, en fin, el orden económico en el trabajo agrícola, industrial y comercial» (24)..

Tales son los órdenes principales de la sociedad humana. Pero en esta variedad de órdenes, el Estado proporciona la unidad necesaria a todo el organismo social, posibilitando el concurso armónico de las fuerzas orgánicas socialmente representativas. El Estado representa «la unidad jurídica y política, por la que están unidas todas las esferas sociales por el vínculo del derecho sobre un territorio común por la apacible coexistencia y la ayuda recíproca» (25).

El Derecho, llamado a regular en el organismo social las relaciones recíprocas de todos los elementos funcionales, ejerce su cometido de una manera descentralizada, la «persona individual o colectiva, tiene una independencia relativa, que exige que se la respete en su existencia y su actividad propias» (26). La teoría orgánica del derecho asegura a las comunidades intermedias cierta cuota de autonomía, una esfera de derechos dentro del dominio del derecho público. Insiste Ahrens en que «se garantice a cada persona individual o moral una esfera de acción, en la que se pueda mover libremente, proseguir sus fines lícitos de la manera que juzgue más conveniente. En esto es (en lo que) consiste el principio del selfgovernment aplicable a todas las esferas de la sociabilidad humana» (27).

Las consecuencias institucionales del principio de autogobierno, exigen se respete el principio de subsidiaridad en favor de los grupos infrasoberanos, como entidades dotadas de valor intrínseco y con derechos propios, «el Estado no debe nunca invadir la actividad que ejerciten las diversas esferas para su fin especial» (28). Ahrens denomina a esta función primordial del Derecho, «la función reguladora del principio de autonomía» (29).

De lo dicho hasta ahora se desprende que para este autor existen dos tipos de relaciones, una que afecta a la persona en la totalidad de sus fines y otra que toma a la persona en alguno de sus fines principales. El resultado para Ahrens es obvio: «(reconoce) en cada miembro del orden social, su doble cualidad de miembro del orden político y de un orden de cultura humana» (30).

Y esta doble cualidad o condición tiene para él una importante proyección política en la configuración de la representación pública. Estas dos condiciones -para Ahrens- «deben encontrar una expresión conforme en el sistema de elección y de representación» (31). El resultado lógico de esta dualidad exige el bicameralismo, «la representación general o nacional, para reflejar este organismo interno de la sociedad en sus dos géneros de grupos, deberá ser producto de un doble sistema de elección, y dividirse en dos Asambleas o Cámaras, descansando sobre distintos principios, de los cuales uno, al que llamaremos primero, representaría las esferas de vida completa o los grandes centros de vida localizados en diversos grados, y constituidos en último lugar por las provincias (...). La segunda Cámara, al contrario, se formaría por elección en los diversos órdenes de cultura o, como se dice, de intereses sociales» (32).

De este sistema plural resulta que el derecho de voto, «sería ejercido por cada persona a la vez en los dos géneros de grupos, porque, por un lado, pertenece a una familia, a una municipalidad, a una provincia , y ejerce en cada una de estas esferas, el derecho de elección para la constitución de los consejos correspondientes, y por otro lado, forma o debe naturalmente formar parte de un orden de trabajo o de cultura social, y cooperar con su voto a la constitución de los consejos o asambleas (...), consejos que existen (...) en el orden económico, como cámara de agricultura, cámara de industria y comercio» (33). Más concretamente, la primera de estas Asambleas sería elegida por los representantes provinciales, designados a su vez por los municipales y la segunda Cámara estaría compuesta de los representantes nombrados por cada sector cultural o de intereses, pudiendo existir delegados de los grupos políticos en ambas Cámaras. opone, pues, el autor el voto plural o indirecto al voto único y directo propio de las democracias liberales (34).



* * *



El modelo de teoría orgánica de la sociedad y del Estado formulado por Ahrens influyó en España decisivamente en hombres como J. Sanz del Río, único representante español de la filosofía krausista (35), y F. Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza.

Próximos al primero, aunque no en la estricta filosofía, encontramos a N. Salmerón, G. de Azcárate (36), y al propio Giner de los Ríos, etc...; y discípulos del segundo podemos mencionar a A. Posada (37), J. Besteiro, F. de los Ríos, etc....

Institucionistas españoles fueron E. Pérez Pujol, rector de la Universidad de Valencia desde 1869 a 1873, y el liberal S. de Madariaga, quien desarrolló en su famoso libro Anarquía o jerarquía la idea de la democracia orgánica (38).





3. Tradicionalismo. Coetánea de la corriente anterior, es la doctrina tradicionalista, vinculada a posiciones católicas, y cuyos autores principales formularon sus esquemas de representación orgánica después de Ahrens y bajo su influjo directo o indirecto, o simplemente colateral.

Las figuras más relevantes del pensamiento católico tradicionalista francés van a ser: Le Play, Mun y La Tour du Pin; sus máximos representantes en nuestro país son: Aparisi y Guijarro; E. Gil-Robles; A. Brañas; J. Vázquez de Mella (39); R. de Maeztu (40); Vegas Latapie, quien fundara «Acción Española» (41), a la que pertenecerían J.M. Pemán (42), V. Pradera, R. Sainz Rodríguez, J. Calvo Sotelo (43), etc...; y en la actualidad, la línea tradicionalista pervive en Vallet de Goytisolo, A. d'Ors, Gambra Ciudad, Puy Muñoz, Cantero Núñez, y Ayuso Torres, entre otros autores (44)..

¿Cuáles son los principios fundamentales de la doctrina tradicionalista? Vamos a sistematizarlos en coincidencia con los llamados krausistas y siguiendo en esto a Fernández de la Mora:

1) La sociedad no es una situación a la que el hombre accede voluntariamente a través del contrato social; la sociedad es algo necesario y dado en donde el hombre nace, y sólo en ella es viable; 2) no existe el hombre aislado, sino únicamente el hombre dentro de uno o varios grupos; 3) entre la familia y la humanidad hay una serie de cuerpos sociales intermedios; 4) esos cuerpos intermedios tienen autonomía propia, y el Estado debe respetarla; 5) la misión del Estado es subsidiaria, y sólo podrá asumir aquellas funciones que no sean efectivamente realizadas por los cuerpos intermedios; 6) en los órganos políticos deberán estar representados los intereses de los distintos grupos sociales mediante el voto plural y corporativo; 7) el sufragio universal e individualista no permite la representación genuina de la estructura y de los intereses sociales; 8) la autonomía de los cuerpos intermedios incrementa las posibilidades de libertad real (45).

Sin embargo, esto no nos puede llevar a confundir krausismo con tradicionalismo, pues como señala el profesor E. Díaz, «las sociedades intermedias y los organismos sociales de una y otra concepción poseen una estructura y un contenido bastante diferente. La también diferente manera de entender la libertad, la aceptación por el krausismo de las modernas libertades liberales (libertad religiosa, política intelectual, etc...); la diferente concepción de la economía y de la producción, más rural-agraria en el tradicionalismo, más urbana-industrial en el krausismo; la diferente filosofía general en que se apoyan una y otra concepción» (46).

Los tradicionalistas pretenden la realización efectiva de los principios expuestos en el marco de la monarquía hereditaria, católica y tradicional, es decir, postulan volver al sistema de equilibrio institucional -Rey-Cortes estamentales- que imperó en la Edad Media antes del absolutismo, aunque obviamente actualizando el sistema (47).

¿Cómo quedaría organizado modernamente el régimen representativo orgánico? Los esquemas formulados por Vegas Latapie y Elías de Tejada nos ayudarán a contestarnos a este interrogante.

1. Vegas Latapie llegó a formular en 1939 un proyecto de ley fundamental defendiendo la monarquía tradicional: un rey que gobernara y que pudiera vetar y proponer la derogación de las leyes, unas Cortes orgánicas con procuradores con mandato imperativo, designados por las corporaciones y por el rey(una quinta parte), un Consejo Real y varios consejos ministeriales, una administración dividida en dieciséis regiones, y el Código de Derecho Canónico convertido en ley del reino (48).

2. Parte Elías de Tejada de una concepción orgánica de la sociedad concebida como un corpus mysticum, integrado por las familias, los municipios y las regiones con sus instituciones, sus leyes, sus costumbres. Los fueros -dice Ayuso Torres- «son el instrumento legal para forjar la realidad autárquica de las entidades territoriales mayores, de los estilos vitales de cada uno de los pueblos de las Españas. Pero, por encima de las libertades forales, tenemos la atadura religiosa y la corona, es decir, la monarquía federativa y misionera, de modo que donde los fueros ponen variedad, la misión trae el aliento de la unidad interior de las conciencias y la realiza el signo externo de la unidad interior» (49).

He ahí -continúa Ayuso Torres- «sintéticamente expuesta la confluencia de las dimensiones vertical y horizontal en el corpus politicum, que es también corpus mysticum, de la sociedad en su sentido general. La unidad del cuerpo político no queda garantizada sólo por el derecho, sino por tres elementos básicos: la fe en el mismo Dios, la fidelidad al mismo rey y la vinculación a una tradición común. Lo que desemboca en la monarquía tradicional como forma óptima de gobierno. El poder es hereditario, queda legitimado por su ejercicio de acuerdo a la ley moral y conforme con el sentido de la tradición, y se muestra respetuoso con las peculiaridades constitucionales de los pueblos que integran las Españas» (50).

¿Cómo se configurarían las Cortes Generales dentro de esta monarquía tradicional? Elías de Tejada entiende que son las corporaciones territoriales y funcionales las que habrían de estar representadas en ellas, pero nunca los partidos políticos.

Dice así el citado profesor: «Organismos especialmente adecuados para ser representados en Cortes serían los municipios, comarcas y regiones como entidades territoriales en las que se dividiría el Estado y Hermandades Agrarias, Agrupaciones Industriales, Comunidades de Pescadores, Cámaras decomercio y Navegación y las Cofradías Gremiales de varias clases, entre otras, como entidades funcionales, con tal de que tales organismos se rijan autárquicamente, sin la más mínima intervención estatal. La proporción numérica de procuradores que correspondería a cada una de dichas entidades sería fijada, no con arreglo a las cantidades de población, sino según la medida de su peso económico o social en la vida del país» (51).

Las elecciones «serían libres, según ley especial, cuya salvaguardia no sería política, sino judicial» (52). Todos los ciudadanos tendrían derecho de sufragio, pero no todos los votos tendrían el mismo valor, porque «en las Cortes no se cuenta a los hombres; se les pesa» (53).

Las Cortes Generales estarían compuestas por representantes de los distintos cuerpos integrantes de la sociedad, agrupados por razones económicas, profesionales o territoriales, teniendo así voz orientadora y voto con efectividad obligatoria dentro de los términos fijados por la ley, es decir, que los representantes en aquellos asuntos para los cuales hayan recibido mandato imperativo, tendrán que remitirse al deseo expreso de sus electores.

Por último, postula que los representantes o procuradores se sometan, terminando su mandato, al juicio de residencia, haciéndose así un balance de su actuación y de su fortuna anterior y posterior al desempeño del cargo.

4. Corporativismo y neocorporativismo. Hacia 1920 y coincidiendo con la crisis en casi todo el mundo del Estado liberal, la concepción orgánica de la sociedad y del Estado entró en una nueva etapa: el corporativismo, que a través de Mohl, Bluntschli, Winkelbelech, Renan, Toniolo, Oliveira Martins, Hitze, Tonnies, Mosca, Preuss, Scheller, Rava, Spann y otros, enlazó -como dice Fernández de la Mora- «con los medievales románticos y, a través de otros pensadores, conectó con las respectivas tradiciones nacionales» (54) y se intentó hacer realidad, aunque principalmente en el marco del Estado autoritario, en la Rusia soviética (1918), URSS (1923), Italia (1928), Portugal (1933), Austria (1934), Brasil (1937), España (1942), Argentina (1943 y 1955), Yugoslavia (1953), etc..., aunque ninguno de estos países llegó a tener una auténtica democracia orgánica (55).

K. Loewenstein ha descrito el proceso de descomposición de la democracia parlamentaria y el viraje del pensamiento político hacia una representación de signo orgánico, en donde el régimen autoritario encontró su adecuado complemento constitucional. «La mecánica del sistema de partidos -dice este autor- funcionó satisfactoriamente mientras los partidos políticos representaban exclusivamente las diferentes ramas de una clase dominante homogénea. Pero con la extensión del sufragio a las masas y con la proliferación de partidos alentados por diferentes ideologías, el parlamentarismo cayó en unas aguas turbulentas. Los partidos políticos dirigidos por políticos profesionales se desacreditaron y, con ellos, el parlamentarismo. Además, los grupos organizados de interés, trabajando dentro y fuera del parlamento y del gobierno, supieron influir a su favor en las más importantes decisiones fundamentales. El abismo entre la realidad pluralista y la ficción del monopolio político del par-lamento se hizo palpable. Todos estos factores -continúa diciendo Loewenstein- se combinaron para crear en Europa, a principios de este siglo y en un considerable sector de intelectuales y de la masa, una amplia «malaise» frente al parlamentarismo y a la democracia parlamentaria. (De este modo la) integración legal de los grupos de interés en el parlamento, a través de una representación corporativa, se convirtió en la panacea universal. El pluralismo inorgánico y caótico tenía que ser sustituido por el pluralismo orgánico y racional. (Así concluye diciendo Loewenstein), la reacción pragmática contra los parlamentos y los partidos acusados de haber mecanizado el proceso político se alió con una fascinante ideología: el corporativismo y la teoría orgánica de la sociedad» (56).

Con ellos -dice Montoro Ballesteros- «el régimen autoritario se cubría con el manto de la apariencia democrática. Sólo apariencia democrática porque la representación corporativa ha funcionando por lo general, en los diferentes ensayos que ha conocido la historia contemporánea, más que como un auténtico cauce representativo como un instrumento de control social y económico en manos del Estado autoritario para hacer frente y desmontar el sindicalismo obrero y el juego de los partidos políticos» (57). Hans Kelsen ha señalado en este sentido que la representación orgánica es «a menudo una simple ideología, cuya función consiste en ocultar el dominio de un grupo sobre otro» (58).

Tras la Segunda Guerra Mundial se han generalizado en occidente los pactos socioeconómicos entre organizaciones empresariales y sindicatos de trabajadores y han proliferado los Consejos Económicos y Sociales junto a otros órganos consultivos de naturaleza administrativa en los que participan diversos grupos sociales. Estos acuerdos y negociaciones, auspiciados por el Estado, al igual que todas estas instituciones y órganos, son claro testimonio del renacimiento por vía doctrinal (59) y práctica (60) de la representación orgánica. Se trata ahora de «un corporativismo absuelto en el que no se apunta a la destrucción del sistema de partidos, pero sí a su eficaz y seria corrección» (61); a este fenómeno lo denomina la doctrina científica como «neocorporativismo».





III. CONCLUSIONES



Primera. La concepción orgánica de la sociedad y del Estado y con ella la técnica de la representación orgánica, tiene un origen medieval, que incluso llega, en una formulación primaria de la sociedad, a la antigua Grecia.

El más completo impulso de la democracia orgánica, procede del idealismo alemán y, más concretamente, de Ahrens, quien a través de su obra principal ya mencionada, Curso de Derecho Natural (1839), influiría, tal como ha demostrado Fernández de la Mora, en los llamados krausistas y, directa o indirectamente, en tradicionalistas, facilitando así el marco teórico fundamental de este modelo de democracia (62).

La base doctrinal de la representación orgánica se completa con una serie de ideas, aspiraciones y propuestas que tienen su origen en un amplio y difuso movimiento en donde se entrecruzan recíprocamente los idearios socialistas, sindicalistas y otras corrientes de orientación izquierdista. En este sentido cabe hacer mención de las influencias del socialismo gremialista inglés (63); el blanquismo y el sindicalismo francés (64); la defensa que hizo el sociólogo Durkheim en las últimas décadas del siglo XIX de la representación orgánica; la reclamación que hizo desde 1918 hasta 1937 la Confedération Génerale du Travail francesa de incorporar el elemento corporativo en el Consejo Económico y Social; las ideas que en este sentido tenía Deat, secretario del grupo parlamentario socialista francés en 1930; la propuesta de representación política a través de cuerpos intermedios que hicieron los italianos R. Rigola, fundador de la Confederazione Generale del Lavoro, y Odon Por, dirigente sindical de correos, telégrafos y teléfonos; las de F. Turati, fundador del Partido Socialista italiano, quien quería convertir el Consejo Superior del Trabajo en un verdadero Parlamento del Trabajo (65); la propuesta del diputado español radical-socialista Gordon Ordás, al proyecto constitucional de la II República, defendiendo la división territorial del Estado en comarcas constituidas como corporaciones autónomas y cuyo gobierno correspondería a representantes de los empresarios y de los trabajadores haciendo las veces de presidente un magistrado social (66), etc...

Segunda. A pesar de su base doctrinal liberal e izquierdista, la representación orgánica es instrumentalizada por los Estados autoritarios del siglo pasado para controlar la sociedad desde el Estado. El Estado no se limitaba a promover los cuerpos sociales intermedios y a auxiliarlos en su formación, sino que se reservaba el derecho a utilizarlos, con lo que el derecho de asociación quedaba bajo la autoridad del Estado, pudiendo únicamente desenvolverse en los cuadros de la organización corporativa, que se perfilaba así como un corporativismo estatal. Y aún más. El Jefe del Estado y el Gobierno no sólo tenían una posición de definida independencia respecto a la Asamblea, sino que ejercían parcial o sustantivamente los poderes normales atribuidos a las Cámaras deliberantes de carácter representativo (67).

Tercera. El renacer de la representación orgánica se produce tras la segunda guerra mundial, principalmente en forma de representación consultiva y negociada de intereses. Se trata de un corporativismo social y no estatal que se nos presenta en complemento con la representación ideológica individual de signo partitocrático. Se vive así bajo formas de representación pública mixta, de naturaleza constitucional o legal, que deben de terminar concretándose en parlamentos heterogéneos, de signo orgánico e inorgánico, pues es evidente que el enorme poder de los partidos políticos puede y debe ser drásticamente limitado de diversas maneras, entre las que se encuentra la representación orgánica. Esto, claro está, si no queremos que el régimen democrático degenere en partitocracia (68).



Angel L. Sánchez Marín

Notas

1 «Hacia una nueva estructura de la sociedad», en varios autores, Contribución al estudio de los cuerpos intermedios, Editorial Speiro, Madrid, 1968, pág. 29. «... cuando un artesano u otro que su índole destine a negocios privados, engreído por su riqueza o por el número de los que le siguen o por su fuerza o por otra cualquier cosa semejante, pretenda —dirá Platón— entrar en la clase de los guerreros, o uno de los guerreros en la de los consejeros o guardianes, sin tener mérito para ello, y así cambien entre sí sus instrumentos y honores, o cuando uno solo trate de hacer a un tiempo los oficios de todos, entonces creo, como digo, que tú también opinarás que semejante trueque y entrometimiento ha de ser ruinoso para la ciudad». La República, IV, 10, 434 b, traducción de J. M. Pabón y M. Fernández Galiano, IEP, Madrid, 1949, págs. 87-88.

2 Política,III, 1280, b, traducción de J. Marías y M. Araujo, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1951, pág. 85.

3 Epístola a los romanos, XII, 4-5.

4 La ciudad de Dios, en sus Obras completas, tomo XVI-XVIIm, edición preparada por J. Morán, BAC, 1958, pág 1.385.

5 La monarquía, Editorial Tecnos, Madrid, 1994, pág. 10.

6 Colonna, E., Dante, Trionfo, A., De Rosellis, A., etc. Cfr. Gierke, Otto Von, Teorías Políticas de la Edad Media, traducción de Piedad García-Escudero, CEC, Madrid, 1995, pág. 116.

7 De Claraval, B., De consideratione, III, 82; Marsilio de Padua, Defensor Pacis, II, 5; De Cusa, N., que entiende que en virtud de su elección, los jefes temporales han de representar a las colectividades a ellos subordinadas, las asambleas de aquéllos a las provincias y países, y el universale concilium imperiale al Imperio,. De concordantia catholica, III, c. 12 y 25.

8 De potestae Ecclesiae prior, q.3.ª, p.3ª, 10, en Relaciones Teolópgicas, edición crítica de Fr. Luis Alonso Getino, tomo II, Madrid, 1934, págs. 74-75. Sobre el poder político y el Estadoñ en De Vitoria, F., cfr. Truyol y Serra, A., Los principios del Derecho Público en Francisco de Vitoria, Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1946, pág. 103 Cfr. Suárez, F., Defensio Fidei, III, 1,5, traducción de E. Elorduy y L. Pereña, Madrid, 1975, págs. 8 y ss.

9 Política, I, 3-4, traducción española de P. Mariño, CEC, Madrid, 1990, pág. 714.

10 Ibidem, I, 4.

11 Ibidem, Í, 26 y XXXIII, 1. Sobre su consideración como el primer doctrinario sistemático de la interpretación orgánica de la sociedad y de su representación política, cfr. Fernández de la Mora, G., El organicismo de Althusio, en «Revista de Estudios Políticos», 71, enero-marzo 1991, págs. 7-38.

12 Su máximo representante fue Spencer, H., aunque habría que citar también a autores como Lilienfeld, Fouille, Kid, Pioger, Kjellen, etc... En general, estos autores defendían la analogía e incluso hacían una real idenfivicación entre organismo humano y sociedad, siendo por consiguiente su concepción de la sociedad, orgánico-biológica.

13 Elemente der Staakunst, Editorial Baaxa, 1922, pág. 48.

14 Philosophie des Lebens, 1827, pág. 286.

15 Die Küftige deustche Verfassung, en «Rheinischer Merkur», núm. 105, 1914, pág. 50.

16 Von Beruf unserer Zeit für Gesetzgebung und Rechtswissenschaft, 1814, pág. 13.

17 Deutsches Privatrecht, Bd, I, Leipzig, 1985, pág. 27.

18 Ueber die Geschichte des Majoritätsprinzips, en los Essays in Legal History,m edit. por P. Vinagradoff, XVI, Oxford, 1913, pág. 327. SDobre la obra de Von Gierke en castellano. Cfr. González Vicen, Estudios de la Filosofía del Derecho, Universidad de La Laguna, 1979, págs. 272 y ss.; Wolf, E., Von Ihering-Von Gierke, traducción de A. Truyol y Serra, Editorial Revista de Derecho Privado, Madrid, s.f. págs. 81 y ss.

19 Curso de Derecho Natural, traducción de P. Rodríguez Hortelano y M. Ricardo Asensi, París-México, Liberaría de Ch Bouret, 1887, XX, pág. 122.

20 Ibidem, pág. 124.

21 Ibidem, pág. 232.

22 Ibidem, pág. 232.

23 Ibidem, pág. 233.

24 Ibidem, pág. 233.

25 Ibidem, pág. 238.

26 Ibidem, pág. 125.

27 Ibidem, pág. 127.

28 Ibidem, pág. 129.

29 Ibidem, pág. 127.

30 Ibidem, pág. 568.

31 Ibidem, pág. 568.

32 Ibidem, pág. 575.

33 Ibidem, págs. 574-575.

34 Ibidem, págs. 576 y 577.

35 En general, sobre el krausismo español puede consultarse: López Morillas, J., El krausismo español. Perfil de una aventura intelectual, Fondo de Cultura Económica, México, 1956, págs. 218; Gil Cremades, J. J., El reformismo español, Editorial Ariel, 1969, págs. 285 y ss.; Díaz, E., La filosofíasocial del krausismo español, Editorial Cuadernos para el Diálogo, Edicusa, 1973, págs. 61 y ss. Sobre Sanz del Río, cfr. Terroy, E., Textos escogidos de Julián Sanz del Río, Ediciones de Cultura Popular, Barcelona, 1968, pág. 93.

36 Cfr. Revista Nacional, III, Madrid, 1989, pág. 46.

37 Cfr. España en crisis, Editorial Caro Raggio, Madrid, 1923, págs. 154 y 166. En esta obra señala Posada las funciones de ambas Cámaras: «...en una Cámara popular nada de extraño tiene que predomienen las tendencias disociantes, verbigracia, oposiciones ideológicas o de intereses, posiciones en lucha... En las asambleas populares..., hijas de sufragios directos y amplios..., es donde puede reflejarse con más fidelidad el dramatismo de la vida social... Pero precisamente por ello importa que haya en el Estado instituciones de acolchamiento y de resistencia, que formen lo disociante, que hagan sentir la fuerza y el valor social, humano, de los elementos o factores unitivos y persistentes.» Op. cit., pág. 147.

38 Op. cit., Editorial Aguilar, Madrid, 1934, cfr. 3.ª ed., 1970, págs. 109 y ss. Cito por esta última.

39 Este diputado carlista defendió insistentemente la idea de una doble soberanía: la social, detentada por los cuerpos intermedios, y la política, cuya titularidad recaería sobre el Estado. Cfr. Discurso de Archanda, en Obras completas, XV, Casa Subirana, Barcelona, 1932, pág. 334. Por otro lado, Vázquez de Mella, aun defendiendo a ultranza la representación orgánica, no rechaza la posibilidad de «partidos circunstaniales», lo que le lleva a Vicente Marrero, al glosar a aquél, a postular que el ionstituto de la representación política se debe modular de tal modo que «desaparezca el espejismo de un viejo parlamentarismo, que es a todas luces repudiable, así como el de unas cortes inoperante,s y se dé, poco a poco, entrada al lado de unos procuradores de intereses sujetos al principio de gestión, una parte de representantes cuya representación sea electiva, y por cicunscripciones en un sentido tan maplio como bien discriminado», El régimen representativo y los partidos accidentales, Revista «Punta Europa», núm. 25, año III, enero 198, Madrid, pág. 83.

40 Cfr. González Cuevas, P. C., El organicismo de Maeztu, en «Razón Española», 96, julio-agosto 1999, págs. 43-57.

41 Los intelectuales ypolíticos que se agrupan en torno a esta revista de pensamiento básicamente defienden el tradicionalismo católico, la monarquía autoritaria y el Estado corporativo. Cfr. Morodo, R., Acción Española. Orígenes ideológicos del franquismo, Alianza, Madrid, 1980, págs. 343 y ss.; González Cuevas, P. C., Acción Española. Teología Política y nacionalismo autoritario en España, 1913-1936, Editorial Tecnos, Madrid, 1998, pág. 412.

42 Cfr. Acedo Castilla, J. F., Pemán, tradicionalista, en «Razón Española», 86, noviembre-diciembre 1997, págs. 261 y ss.

43 Cfr. El Estado que queremos, Editorial Rialp, Madrid, 1958, págs. 273.

44 Cfr. Alferez Callejón, G., El orden político al alcance de todos, Editorial Speiro, Madrid, 1979, págs. 321; La participación política al alcance de todos, Editorial Speiroi, Madrid, 1980, págs. 356 y ss.

45 Los teóricos izquierdistas de la democracia orgánica, Plaza y Janés, 1985, págs. 129 y 130.

46 La filosofía social del krausismo español, op. cit., págs. 238 y 239.

47 Cfr. Ayuso Torres, M., ¿Después del Leviathan? Sobre el Estado y su signo, Editorial Speiro, Madrid, 1996, págs. 127 y ss. Fernándesz de la Mora ve inviable en la actualidad el modelo tradicionalista principalmente por dos razones: en primer lugar, porque la Iglesia postconciliar ha renunciado a la confesionalidad del Estado y ha aceptado el pluralismo ideológico, y en segundo lugar, porque la realeza se ha pronunciado a favor de unos esquemas institucionalies incompatibles con los de los tradicionalistas, Democracia orgánica, viabilidad del modelo político y utopía en Eugenio Vegas Latapie, en Revista «Verbo», 243-244, marzo-abril, 1986, pág. 477.

48 La frustración en la victoria, Editorial Actas, Madrid, 1995, págs. 460 y ss., apéndice documental.

49 La filosofía jurídica y política de Francisco Elías de Tejada y Spínola, Fundacióin Elías de Tejada y Erasmo Pércopo, Madrid, 1994, pág. 302. Cfr. sobre el tema de los fueros en el pensamiento de Elías de Tejada, su artículo Los fueros como sistema de libertades públicas concretas, en Revista «Arbor», 03-94, 1953, págs. 50 y ss.

50 Ibidem, pág. 302.

51 La monarquía tradicional, Editorial Rialp, Madrid, 1954, págs. 171-172.

52 Ibidem, pág. 171.

53 Ibidem, pág. 171.

54 Los teóricos izquierdistas de la democracia orgánica, op. cit., págs. 34 y 35.

55 Una teoría general del corportativismo puede consultarse en el libro de los profesores Sancho Izquierdo, M. y Prieto Castro, L., Corporatismo: Los movimientos nacionales contemporáneos, Editorial Imperio, 1937, págs. 69-86.

56 Teoría de la Constitución, Editorial Ariel, Barcelona, 1964, pág. 455. Sobre este tema puede verse: Kelsen, H., Teoría General del Derecho y del Estado, publicaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1969, págs. 353 y 354; Izaga, L., Elementos de Derecho Político, Editorial Bosch, 1952, págs. 303 y ss.; Fueyo Alvarez, J., Pueblo y Estado, Ediciones del Movimiento, Foro de Ideas-Nuevo Horizonte, Madrid, 1962, págs. 17, 18, 42, 43 y 57.

57 Representación pública familiar y desarrollo político, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Murcia, Murcia, 1976, pág. 30.58 Representación pública familiar y desarrollo político, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Murcia, Murcia, 1976, pág. 30.

58 Teoría General del Derecho y del Estado, op. cit., pág. 354.

59 ‘Cfr. Harris, Competition and the corporate state, 1972; Schmitter, P. C., Trends toward corporatist intermediatio, 1979; Maraffi, La società neocorporativa, 1982; Mishra, The Welfare State in crisis, 1984; Van Waarden, Dimensions and types of policy networks, En European Journal of Political Research, vol. 231, 1992, etc... En español, cfr. giner, S. y Pérez Yruela, M. (ed.), otros, Corporatismo, en la «Revista Española de IOnvestigaciones Sociológicas», 31, julio-septiembre, 1985; Pérez Díaz, V., Empresarios, sindicatos y marco institucional, «Papeles de Economía Española», vol., 22, 1985; Fernández de la Mora, G., Neocorporativismo y representación política, en «Razón Española, 16, marzo-abril, 1986; Serrano Ruiz-Calderón, J. M., Neocorporativismo, en «Revista de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, 74; Giner, S. y Arbós, X., La gobernabilidad. Ciudadanía y democracia en la encrucijada mundial, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 1993; Ramírez Jiménez, M., España en sus ocasiones perdidas y la democracia mejorable, Mira Editores, Zaragoza, 2000.

60 En España habrá que mencionar los Pactos de la Monclkoa de 1977, el Acuerdoi Básico de 1979, el Acuerdo Marco Interconfederal de 10980, el Acuerdo Nacional de Empleo de 1981, el Acuerdo Económico y Social de 1984, erl Acuerdo Interconfederal para la Estabilidad del Empleo de 1996, el Acuerdo sobre Consolidación y Racionalización del Sistema de Seguridad Social de 1997 y el Acuerdo sobre Trabajo a Tiempo Parcial y Fomento de su Estabilidad de 1998, amén de otros que se puedan ir celebrando en los próximos años.

61 Fernández-Carvajal González, R., Franco y su España, en Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País (Torre de los Lujanes), 23, 1993, pág. 62.

62 Los teóricos izquierdistas de la democracia orgánica, op. cit., págs. 32 y ss. El tradicionalista, Bofarull y Romañá, ya reconoció en 1912 esta preeminencia temporal y conceptual de Ahrens en el desarrollo de la democracia orgánica: «Aunque son muchos ey eminentes los expositores y hombres públicos que defienden este sistema de representación (se está refiriendo al orgánico), a Ahrens se debe, en los modernos tiempos, el haber desarrollado antes que nadie la teoría representativa orgánica. Su «sistema natural de ellección y de representación»... es una organización acertada de la representación política en el orden especulativo». Las antiguas cortes, el moderno parlamento, el régimen representativo orgánico, Alcalá de Henares, 1945, pág. 146.

63 Cfr. Fernández de la Mora, G., El socialismo gremialista de Colé, en «Razón Española», 51, enero-febrero 1992, págs. 19 y ss.

64 Cfr. Duguit, L., La transformación del Estado, Editorial Fernando Fe, Madrid, 1910, págs. 229 y 308.

65 Cfr. Ruini, A., Socialismo corporativo en Italia, en «Razón Española», 51, 1992, págs. 31 y ss.

66 Estas corporaciones comarcanas se podían constituir en mancomunidades regionales autónomas cuyos representantes formarín un Consejo Económico Federal. La misión de esta Cámara sería de planificqción de la vida económica de la nación, puesta al servicio del ejecutivo y con un carácter meramente consultivo. Cfr. Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes de la Segunda República Española, Tomo 570, pág. 1.029 y texto completo en Apéndice 4.ºP al núm. 41, págs. 1 y 2, Archivo del Congreso de los Diputados, Enmienda de 10 de septiembre de 1931.

67 Cfr. gil Robles, J. M., mitin de San Sebastián del día 20 de octubre de 1935, en Discursos Parlamentarios, Editorial Taurus, Madrid, 1971, pág. 478; Fernández-Carvajal González, R., Los diálogos perdidos, Editorial Alférez, Madrid, 1952, págs. 77-78.

68 Las razones que se pueden aducir a favor de una representación parlamentaria de naturaleza orgánica e inorgánica son las siguientes: – con ella se lograría la representación integral del hombre ante el Estado; – la realización efectiva de los principios democrático y de justicia social; – una mayor objetividad en los debates; – disminución del apasionamiento que ponen los representantes políticos o, en su caso, orgánicos en la defensa de sus posiciones considerados aisladamente; – perfeccionamiento en la elaboración de las leyes; – reducción del estatismo y de la partitocracia; – y, por último, mayor implicación de los ciudadanos en el proceso político y mejoramiento de su educación política. Cfr. mi libro, Supuestos y principios fundamentales de la representación pública mixta, Editorial Septem, Oviedo, 2001, pág. 89.



 

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