La política
Retirada
de Aznar. El último fin de semana de enero, el Partido
Popular celebró su décimocuarto congreso. Al principio,
parecía que se limitaba a un espectáculo vacío montado
en torno al gran líder que había conseguido llevar a
los sucesores de AP al Gobierno. Pero el discurso de
José María Aznar fue realmente interesante. Reafirmó
su intención de no volver a presentarse a la presidencia
del Gobierno y luego enunció una serie de ideas que
dicen las personas sin privilegios en los bares, las
emisoras de radio y los foros de internet: la educación
básica produce analfabetos, quien inmigre a España debe
obedecer las leyes y no aguardar un trato especial, la
situación demográfica es una catástrofe, no hay
equidistancia entre la vida y la muerte. Con la
confirmación de que en 2003 habrá un nuevo candidato
del PP a la presidencia del Gobierno, la situación de
Aznar se equipara a la de un presidente reelegido de
EE.UU., que dedica sus dos últimos años de
administración a desbrozar el camino a su sucesor y a
preparar su lugar en la historia. Puede gobernar sin
presiones electorales ni dudas sobre su imagen y parece
estar dispuesto a ello. El PP se convertiría así en el
único partido que arrumba el dogmatismo ideológico y
promueve algunas políticas de sentido común. Por el
momento, el Ministerio de Educación anuncia una
reválida en el bachillerato y el de Interior nuevas
medidas contra la delincuencia, gran parte de ella
causada por inmigrantes.
Marruecos. La tensión con nuestro vecino del sur, ése
con el que según la frase tópica y mendaz «estamos
condenados a entendernos», se mantiene. El gobierno
español concedió a Repsol el permiso para buscar
petróleo en el mar en una zona que ha reclamado como
propia Marruecos. Además comienza a hablarse en las
cancillerías de una nueva propuesta para el Sáhara, que
supondría la división del territorio entre los
marroquíes y los saharauis. Mientras tanto, la prensa
amarilla marroquí insulta a los españoles y les acusa
de racistas con los emigrantes (cabe preguntarse si no se
trata peor al marroquí en su propia patria cuando debe
arriesgar la vida para llegar a España). A mediados de
febrero, el corresponsal de la cadena Cope apareció
asesinado en su casa en Rabat.
Concierto vasco. Entró en vigor el 1 de enero la
prórroga decidida por el Gobierno y aprobada por las
Cortes y, pese a lo que sostenían los nacionalistas y
sus tribunos de opinión en Madrid, no ha pasado nada. Ni
insumisión fiscal , ni hundimiento de la economía, ni
manifestaciones en las calles. El mantenimiento de la
normalidad debe servir para disipar todos los miedos a
una hipotética ulsterización de la comunidad vasca ante
las medidas que se tomen en defensa de la libertad de las
personas y la unidad de España. Este nuevo sentimiento
de seguridad es tanto más necesario cuanto en los
próximos meses el mundo nacionalista, ya unido, prosiga
la aplicación de su plan separatista.
Boda real en Holanda. Desde la Revolución francesa, las
Monarquías han ido perdiendo todos sus atributos. Sólo
les quedaba el prestigio y el honor, y los están
despilfarrando, ya sean reinantes o exiliados. El
heredero del archiduque Otto de Habsburgo presenta un
programa de televisión en Austria. Los jefes de las
casas italiana y griega acuden a llorar a los tribunales
para que al primero se le permita regresar a su país y
al segundo se le devuelvan unos ahorrillos. No es que los
monarcas, supuestos portadores de una legitimidad y unas
tradiciones que muchos veíamos con respeto, se hayan
integrado en el sistema que las ha arrumbado en el
desván de la historia, sino que sus hijos, los
príncipes herederos, sean los payasos de los
revolucionarios. Después de la boda del príncipe Haakon
noruego con una mujer, parte de cuya anatomía ya hemos
visto; se celebró el sábado 2 de febrero la del
príncipe heredero de Holanda, Guillermo de Orange. En
este caso, la novia, la argentina Máxima Zorreguieta,
tiene mucho mejores antecedentes.
El caso de Guillermo tiene otros elementos que lo
diferencian de los devaneos del príncipe Carlos y del
príncipe Haakon, aunque coincide en que unas personas
privilegiadas se consideran irresponsables. Quienes más
altos están en la jerarquía social menos deberes
pretenden tener. ¡Qué paradoja tan moderna!
Veamos primero a Máxima, una chica de educación y fe
católica según ha declarado ella misma. La boda se
celebró por el rito de la secta reformada holandesa, con
dispensa para la contrayente otorgada por el arzobispo de
Rotterdam. Los hijos que tengan se educarán en la misma
secta, confesión de la furibundamente anticatólica casa
de Orange. He aquí una de las respuestas que reciben los
esfuerzos ecuménicos del papa Juan Pablo II.
Pero ¿qué hará la católica Máxima si en su
condición de princesa o de reina tiene que inaugurar una
clínica en la que se practique la eutanasia, crimen tan
legal en Holanda como el aborto? ¿Negarse?,
¿Renun-ciar? Cada día comprendo más esas historias que
se nos han contado para mostrarnos la intolerancia de la
Iglesia, en que un cura desaconsejaba el matrimonio a un
hombre o una mujer por el peligro para la salvación de
su alma.
La guapa Máxima no sólo está dispuesta a adecuar a su
amor los deberes que le impone su fe, sino también a
prescindir de los debidos a su familia. Un sector
eclesiástico y político de la liberal Holanda se ha
sentido ofendido porque el padre de Máxima, Jorge
Zorreguieta, fuera ministro de Agricultura a las órdenes
del dictador Jorge Videla entre 1979 y 1981. Los
delicados sentimientos democráticos de los holandeses,
que no se conmovieron ante las tiranías comunistas que
opri-mían a media Europa y entre cuyo pueblo los nazis
reclutaron una división de las SS, hicieron a Máxima
culpable de los presuntos delitos contra la Humanidad
perpetrados por su progenitor y le exigieron una prueba
de democratismo. La enamorada jovencita aceptó y tuvo
que disculpar a su padre. A éste, además, se le pidió
una explicación y la inasistencia a la boda de su hija,
quien tragó con semejante desprecio. El Gobierno
holandés encargó una investigación a un historiador
sobre el conocimiento que tenía Zorreguieta de las
desapariciones. Se le absolvió por falta de pruebas. ¡Y
esta sociedad se atreve a reprochar a los españoles la
Inquisición! ¿Cómo un pueblo que ha abolido la moral
puede condenar un comportamiento personal?
En una carta publicada en «La Nación» el 31 de marzo
de 2001, Zorreguieta dijo lo siguiente: «La situación
en la Argentina en marzo de 1976 era de caos económico,
social y político durante el gobierno de Isabel Perón.
Hubo coincidencia en los partidos políticos, sindicatos
obreros, entidades empresariales y la opinión pública
en general para que las Fuerzas Armadas pusieran orden en
el país y así poder llegar a una democracia estable y
pacífica.» Además, añadió, «a partir de 1969 se
desarrolló en forma creciente la acción subversiva con
actos terroristas, toma de cuarteles militares,
comisarías y pueblos en la provincia de Tucumán,
fundamentalmente por parte de las agrupaciones de
Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblo. La
lucha contra la subversión por parte de las Fuerzas
Armadas comenzó antes de 1976 por orden de la presidente
constitucional Isabel Perón». Y recordó la aceptación
de las Juntas militares por los gobiernos occidentales,
incluido el holandés. Sin embargo, cedió a la presión
al declarar: «Creo en la democracia y en los derechos
del hombre, principios en los que he educado a mis hijos
y que sustento firmemente. En resumen, actué de buena fe
arriesgando mi vida y la de de mi familia para llevar a
cabo un trabajo específico en el área de agricultura y
que no tuvo ninguna relación con la represión que se
llevaba a cabo entonces.»
Sin duda, el mayor modelo de esta historia es la esposa
de Zorreguieta, quien, estando libre de mancha, a los
ojos de los demócratas, no asistió a la boda y
permaneció con su marido. El deber antes que los
sentimientos.
Ataques a la Iglesia. Quien dude de que está en marcha
una campaña contra la Iglesia, por favor, que deje de
leer estas líneas. Los hechos se suceden con una
llamativa periodicidad y se hinchan y manipulan a fin de
crear un ambiente hostil a lo católico. Profesoras de
religión que se casan por lo civil con divorciados y son
despedidas, renuncia de los sacerdotes vascos a celebrar
misas o responsos por los asesinados por ETA,
implicación de varias instituciones eclesiásticas en la
estafa de Gescartera, un cura expone en dos revistas su
homosexualidad y afirma que no respeta el celibato, otro
cura es detenido por posesión de pornografía infantil.
Estos dos últimos asuntos sirven, además, para comparar
las varas de medir de los obispos. El obispo de Huelva no
aplicó ninguna sanción contra el sacerdote rosa cuando
éste reveló sus preferencias sexuales en una revista
local en verano y sólo lo hizo meses más tarde, cuando
se enteró toda España. El obispo de Coria-Cáceres
corrió a visitar a su cura encarcelado por coleccionar
pornografía. A los escándalos que crean los citados
sacerdotes, se une la actitud de sus obispos. De sus
actos deducimos que uno es partidario de que el tiempo
solucione el problema y el otro corre a amparar a su
subordinado sin tratar de reparar el daño a las
víctimas. Ambos olvidan sus deberes de protección para
con los fieles. ¿Que barbaridades no habrán cometido
los dos curitas en el altar, el púlpito, el
confesionario y la catequesis? Los obispos deberían
comportarse como verdaderos pastores y atender las
denuncias y protestas de los laicos, en vez de funcionar
como burócratas. Es preferible una parroquia sin
sacerdote a una parroquia destruida por un malvado. Otro
episodio de esta campaña es la última película del
director comunista Costa Gavras Amen, que se basa en las
calumnias de complicidad del Vaticano con el exterminio
de los judíos en la Segunda Guerra Mundial
Francisco Javier Peñalba
|