Razón Española, nº 112; Editorial: La razón de la muerte

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La razón de la muerte

Por Editorial

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La razón de la muerte

La existencia de todos los vivientes es temporalmente limitada, tiene un comienzo y un final, ocupa un fragmento relativamente despreciable en la cronología cósmica. La peculiaridad del hombre no consiste en una mayor o menor brevedad; tampoco en que él se muere, mientras que los individuos de las demás especies simplemente se extinguen. Quien haya asistido a la agonía del corzo herido o a la del perro doliente no puede caer en el oscuro narcisismo de creer que sentirse morir es una exclusiva humana. La gran diferencia es que el hombre, en todo momento, sabe que morirá y tiende a programar su tra yectoria en función de una caducidad indeseada, pero inexorable. Es difícil sostener que la vida como tácito o expreso «ars moriendi» sea una superioridad felicitaria de nuestra especie.



La muerte es la fuente más caudalosa de angustia por-que es un mal supremo e inevitable. La mente arbitra infinidad de tácticas evasivas; pero efímeras y parciales. También asuntivas y frontales, aunque minoritarias. «No hay nada más que un paso entre yo y la muerte» (I Sam. 20,3), se lee en uno de los libros veterotestamentarios. Como telón de fondo de todos los avatares vitales, yertas cenizas.



Desde el punto de vista del individuo, la caducidad es un absurdo: cuando se ha acumulado más experiencia, más saber y más bienes, hay que extinguirse; después de superados tantos obstáculos para ganar en longevidad, esa ancianidad esforzadamente alcanzada resulta vestíbu- lo del acabamiento. Autoconstruido y, pronto, derribado. El poderosísimo instinto de conservación es contradicho, brutal y paradójicamente, por la muerte; una aparente antinomia de la naturaleza.



Pero desde la perspectiva de la vida en general, la muerte de los individuos no es ninguna aberración, es una exigencia lógica. En la Tierra, la paleontología demuestra que la vida se inicia bajo formas muy simples, y evoluciona hacia configuraciones de complejidad creciente, la última y más capaz, el hombre de hoy.



No es sólo la cruel ley de la selva o economía de la nutrición: la necesaria muerte de unos para sostener a otros. Es que las mutaciones genéticas se producen en el momento de la reproducción. La evolución requiere una serie casi infinita de generaciones que se sucedan y se seleccionen compitiendo para la cópula y sobreviviendo ante circunstancias hostiles. Los menos aptos carecen, a la larga, de viabilidad. Poco tiempo después de surgido el hombre actual, su predecesor, el de Neanderthal, desapareció del planeta, probablemente eliminado por el homínido superior. Si con la transitoriedad de la vida se plantean, como en China, problemas epocales de superpoblación ¿cuál sería la situación terráquea si no hubiera muerto ninguno de los vivientes nacidos? ¿Dónde brotarían las semillas? ¿Habría solar para trillones de insec-tos, y aire para billones de pájaros? ¿Cabrían los humanos en los continentes? La respuesta sería un híbrido de pesadilla y ciencia-ficción.



La evolución, es decir, el proceso irreversible y unidireccional que engendra innovación, diferenciación y niveles más elevados de organización, exige la muerte de los individuos. Cada sucesión abre una posibilidad de perfeccionamiento, sólo excepcionalmente logrado. El árbol de la vida arraiga sobre cadáveres; también, a escala más reducida, el Imperio. El absurdo biológico sería la inmortalidad de los cuerpos. Como seres encarnados hemos de asumir la densa fundamentación racional de la propia finitud somática.



¿Seres lógicamente para la muerte? En modo alguno. El hombre es un ser para construir su propia vida, sea cual fuere su duración. Ningún otro viviente posee tal capacidad de autoconfiguración biográfica. Nos hacemos a nosotros mismos un personal perfil histórico irrepetible. El existir humano es una creación continuada, es la espléndida oportunidad de hacerse más valioso por las obras. En esa dramática carrera, la muerte es un estímulo. La suma de esfuerzos personales eminentes engendra la cultura, que es la maravillosa prótesis con que los hombres salen del estado de naturaleza y, zigzagueantes, progresan.

Y también seres biológicamente para la vida, transitoriamente la propia; pero, a la larga, para la vida en ge-neral, que continúa después de cada individuo y que tiende a evolucionar, hasta ahora misteriosamente. Pero se inicia la era en que los procesos evolutivos podrán ser racionalizados. La próxima gran gesta del logos será perfeccionar no sólo accidental, sino esencialmente, el cuerpo en el que se inserta.



La razón impone la conclusión de que la muerte, subjetivamente absurda, tiene sentido objetivo.



 

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