Conjuras contra
Franco
No voy
a tratar aquí de las conjuras expresas, ni tácitas
-¡esos silencios continuos!-, sobre la persona y la obra
de Franco, que constituyen una «damnatio memoriae» como
pocas veces se ha dado en la Historia. Voy a referirme a
unas reales conjuras contra Franco en vida de éste,
basando esta nota en una lectura del interesante trabajo
de Angel Maestro, titulado «Cuando Stalin proyectó el
asesinato de Franco», en la desaparecida revista
«Hespérides» (n.º 8, Madrid, noviembre 2001, págs.
282-305).
Los servicios secretos soviéticos, por orden directa de
Stalin, proyectaron el asesinato de Franco durante
nuestra guerra. En el centro del complot estuvo Philby,
el célebre espía inglés. Sólo la prioridad otorgada
al exterminio de los trotskystas y la deserción de dos
importantes agentes soviéticos, temerosos de su propia
eliminación, frustraron la conjura, que Stalin veía en
nuestra guerra una oportunidad única para instalar una
«cabeza de puente» y llevar a la práctica la consigna
de Lenin: Primero, Rusia; luego, España; después,
Alemania y el resto de las naciones europeas. Los
testimonios de los sucesivos directores de los servicios
secretos de la URSS, algunos de ellos desvelados después
del largo «deshielo» del comunismo soviético, no dejan
lugar a dudas: Stalin liquidó a la ultraizquierda
comunista, al trotskysmo; primero en la propia Rusia,
eliminando en las famosas «purgas», llevadas a cabo
sucesivamente por la CHEIZA, la NKVD, y la KGB, a los
acusados de aquel «delito»; luego en España,
asesinando a los dirigentes del POUM, Joaquín Maurin y
Andrés Vin, y apartando a aquel partido de los
anarquistas de la CNT y la FAI.
A comienzos de 1937, fue cuando Iejov, jefe supremo de la
NKVD, dió la orden de matar a Franco; y según parece,
los precisamente encargados del asesinato fueron Philby,
el espía inglés al servicio de la URSS, y los,
posteriormente, generales soviéticos Eitingon y Nahumov
(«general Rotov» en nuestra guerra). La mejor cobertura
la tuvo Philby, pues no solamente estaba en la España
nacional como corresponsal del «Times», sino que,
además, cayó herido durante la batalla de Teruel por un
disparo -precisamente- de un cañón del 12,40 ruso (el
famoso «chis-pun»), al servicio de los rojos (el mismo
disparo mató a los corresponsales Seeskphans, de la
Agencia Reuter, Neil y Johanson, de la Associated Press y
Newsweek, norteamericanos). Se dio la circunstancia que
fue el propio Generalísimo Franco quien, el día 2 de
marzo de 1938, impuso a Philby la Cruz del Mérito
Militar. ¡Mejor ocasión...!
Se conoce, pues, el proyecto de asesinato de Franco, así
como los ejecutores definidos; pero todavía no se conoce
el posible nexo de unión entre ellos, ni tampoco los
medios previstos.
Angel Maestro baraja dos hipótesis: la del atentado
directo, por Philby, y la de un golpe de mano por una
patrulla de rusos al mando de Eitingon. Sin embargo, no
cabe olvidar las dificultades que los magnicidas debieron
salvar; sobre todo por la vigilancia ejercida en torno a
la persona de Franco y de su cuartel general. La escolta
personal del Generalísimo estuvo durante toda la guerra,
y después de ella, compuesta por requetés navarros al
mando del capitán de requetés Juan Villanueva.
Procedentes en su mayoría, como ex combatientes, de los
Tercios de Lácor, Montejurra, María de las Nieves, etc.
el entorno íntimo -personas de Franco y su familia- en
el interior garantizaron la seguridad en los alojamientos
y en el cuartel general del Generalísimo. El entorno
exterior lo vigilaban guardias civiles y legionarios;
aparte del Batallón de escolta y de la Guardia mora.
Hubiera sido, pues, dificilísima la actuación de un
«comando soviético». No tan difícil, en cambio, un
atentado personal como el que pudo ejecutar Philby en la
ocasión ya indicada, aunque, ¡claro está!,
equivaldría al suicidio.
En todo caso, no existe hoy documentación alguna que
revele cuándo fue retirado o archivado el proyecto ruso
de magnicidio.
Al leer el trabajo de Angel Maestro lo relacioné con un
pequeño libro de Armando Romero, Objetivo: Matar a
Franco (Ed. Barbarroja, Madrid, 1994, 105 págs.), cuyo
subtítulo, «La Falange contra el Caudillo», sintoniza,
aunque inexactamente, el contenido de la obra. En ésta
se cuenta cómo una «fracción» falangista, compuesta
por una clandestina Junta Política de F.E. no unificada,
encabezada por Rodríguez Tarduchy, proyectó también
eliminar a Franco al final de la guerra, por considerar
que había traicionado los principios falangistas. Sin
embargo, conseguida el 1 de abril de 1939 la victoria
nacional, la Junta determinó -4 votos y 1 abstención-
no proceder al magnicidio.
Otros proyectos -casi todos ingenuos e ineficaces-
pretendieron secuestrar al Caudillo, «para acelerar el
triunfo nacional», sustituyendo a Franco por otro
general más audaz. Ninguno consiguió adhesiones, ni
militares ni civiles, que pudieran considerarse
relevantes. La persona de Franco y su Jefatura, la del
Ejército y la del Estado, fueron, si no indiscutidas,
inapelables hasta su muerte. Por otra parte los
indiscutidos valor y sentido del deber de Franco le
hicieron despreciar los intentos contra su vida.
Conocida es la anécdota ocurrida durante la visita del
Presidente Eisenhower a España. Se pretendió, contra lo
proyectado, que ambos generales y jefes de Estado no
recorrieran el Paseo de la Castellana en un coche
descubierto, sino en uno blindado y cubierto, dando como
razón la de un anunciado atentado. Consultado Franco por
quienes le prevenían , contestó: «Hay que "estar
a la talla" y no variar el plan previsto. Mi deber
es estar con el Presidente de USA, y, ambos juntos,
saludaremos a la gente en la Castellana. Y el deber de
ustedes es que no nos pase nada». Y añadió con galaico
humor: «Eso es cosa de ustedes. A mí no me gusta asumir
responsabilidades ajenas.»
Sin duda alguna, y también como Jefe del Estado, Franco,
a lo largo de su vida, hizo buenas las palabras con las
que el socialista Indalecio Prieto le juzgó en abril de
1936: «Para mí -dijo- el General Franco llega a la
suprema fórmula del valor: es hombre sereno en la lucha.
Tengo que rendir este homenaje a la verdad.»
Javier Nagore Yárnoz
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