Razón Española, nº 112; LIBROS: Isabel II

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LIBROS: Isabel II. nº 112

Comentarios de G. Fernández de la Mora al libro de M.T. Alvarez.

LIBROS: Realidad e irrealidad. Estudios en el honor del Prof. Millán Puelles indice LIBROS: 23-F. El golpe que nunca existió

LIBROS: Isabel II

Alvarez, María Teresa: Isabel II, ed. Martínez Roca, Madrid, 2001, 234 págs.



Un asesino impidió que Cánovas viviera en 1898 el desastroso desenlace de su Restauración; pero nacido en 1828 y muerto en 1897, fue privilegiado testigo de su tiempo desde los mejores puestos de observación. Por eso es muy fidedigna su opinión de que el siglo XIX fue el más lamentable de la Historia de España. Comparto esa valoración ya generalizada. Más difícil es determinar si, dentro de tal centuria, el reinado de Fernado VII fue peor que el de su hija. En cualquier caso, Isabel II, como soberana, fue un prototipo de frívola irresponsabilidad política, un mal que, en mayor o menor medida, padecieron todos nuestros Borbones desde Carlos IV. Como mujer, su promiscuidad y la conexión que estableció entre sexo y gobernación la han descalificado no ya ante los historiadores, sino también ante los psicólogos.

Un personaje tan novelesco y esclavo de su pasión ha tentado no sólo a los literatos, sino incluso a los historiadores. Y ahí está el caso de Ricardo de la Cierva con su trilogía, donde cuesta mucho deslindar lo real de lo imaginario. Ahora, María Teresa alvarez, que es una dama inteligente y culta, nos presenta otra reconstrucción novelada de la que Aparisi denominó «la reina de los tristes destinos». No es una reivindicación, que sería misión imposible, pero sí el generoso intento de una mujer para entender a su femenino personaje.

Desfilan los amantes más notorios desde el general Serrano hasta Ramiro Puente, pasando por Bedmar, Puigmoltó, Tenorio, Marfori o Altman. Olózaga aparece en la sombra. Y la autora no oculta que Isabel II tuvo diez hijos y que casi nadie se atreve a asegurar que alguno fuera de su esposo el rey consorte Francisco de Asís, consentidor y de virilidad poco acreditada. Tampoco silencia la autora que con Isabel II iba el escándalo, sobre todo en sus largos años de exilio parisiense. La autora escribe que «Isabel se encontraba sumida en una vorágine de locura y desenfreno... y recibía a sus consejeros cantando y diciendo tonterías..., incluso rompiendo un jarrón o una figura». En suma, esta narración en modo alguno es una apología con pretexto literario, por cierto, muy fluido y ameno.

La autora no exculpa a la soberana, pero hace corresponsables a la madre María Cristina y a algunos palatinos. Sin embargo, es difícil explicar por qué tenía sumo coraje y gran independencia para saltarse a la toreara todos los consejos razonables, incluso los del Pontífice y, en cambio, se dejaba influenciar inmediatamente por los que la permitían o la animaban a entregarse a sus inclinaciones más elementales. Cánovas consideró tan impresentable a la ex reina que le prohibió domiciliarse en España.

Ya en el terreno de los principios, se pregunta la autora por qué no se permite a una mujer lo que en el área de la sexualidad se suele tolerar a los varones. Pero ¿algún monarca español, incluso el más mujeriego y reproductor, pensó en nombrar heredero a un hijo adulterino? Creo que no. Además, la mujer suele distinguirse por la cualidad de no separar el sexo del amor y, en general, la Humanidad ha respetado y tratado de consolidar ese rasgo de distinción.

En paralelo con los regios avatares eróticos hay una historia marginal entre dos damas imaginarias, una de las cuales, enamorada de la reina y de la ópera italiana, es la bien predispuesta narradora. Esta trama domina al final del volumen.

Inspira simpatía y, en ciertos momentos, es conmovedor este esfuerzo de comprensión, que es muy relativo, pues muchos de los interlocutores de la historia novelada no regatean sus juicios adversos sobre el comportamiento público y privado de la soberana. Espero que los lectores no se forjen una imagen aceptable de la reina, en mi opinión, un personaje deplorable. Hace muchos años que llegué a la conclusión de que un país que resiste un reinado como el de Isabel II invita a pensar que es inmortal. Esa optimista deducción me mueve a no descartar aún completamente que la Patria pueda sobrevivir al Estado de las neoplásicas autonomías.



G. Fernández de la Mora



 

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