El vaciamiento
del progresismo
En la
segunda mitad del siglo XVIII, la idea de «progreso»
ascendió al primer plano de la filosofía de la Historia
y figuró en los títulos de libros famosos como el de
Turgot y, sobre todo, el de Condorcet. Significaba el
proceso de perfeccionamiento y mejora del género humano,
supuestamente indefinido. Del sustantivo se derivó el
término político «progresismo», que hicieron suyo los
protagonistas y los epígonos de la revolución francesa.
A partir de entonces, las izquierdas se consideraron como
encarnaciones del progresismo. En el siglo XX, el
marxismo y sus realizaciones del socialismo real trataron
de monopolizar el progresismo. Así es como la URSS se
autodenominó la avanzada de los pueblos progresistas, y
su líder, Stalin, el abanderado del progresismo. En las
postrimerías soviéticas, el eufemístico vocablo
«progresismo» casi sustituyó al de «comunismo».
Además de un término propagandístico ¿cuál era su
contenido doctrinal?
En el siglo XIX la sustancia ideológica del progresismo
era la concepción del mundo de la revolución francesa
y, después, el liberalismo. Pero en el siglo XX los
liberales se opusieron al comunismo, y éste se vengó
identificándose con el progresismo que, de este modo, se
convirtió en sinónimo de la concepción marxista del
mundo, que entrañaba un método, una sociología, una
economía y una interpretación de la Historia. Hasta el
hundimiento de la URSS, la ecuación semántica era
progresismo=marxismo. Y no deja de ser sumamente cínico
que se presentaran como causas de progreso, una
filosofía que ha producido degradación, una teoría
económica que ha ocasionado miseria, y una forma
política inseparable de la tiranía.
Al derrumbarse el marxismo por inconsistencia teórica y
fracaso práctico, los autodenominados progresistas
tuvieron que iniciar un camino de adelgazamiento
conceptual a causa de la pérdida de la concepción
marxista del mundo. Poco antes del desplome, los
socialdemócratas o socialistas de rostro humano se
arrogaron el «verdadero» progresismo. Del bagaje
marxista sólo les quedaba el modelo de economía
estatalizada. Pero cuando en los años sesenta el Partido
Socialista alemán, y luego los de otros países, fueron
adoptando el modelo económico de mercado y propiedad
privada de los medios de producción, ¿a qué se redujo
un progresismo, aligerado del marxismo y de la economía
centralizada? El proceso de adelgazamiento llegó así a
un punto de raquitismo intelectual verdaderamente grave.
Aunque con retraso, ese proceso de desustanciación
doctrinal también lo fueron padeciendo las izquierdas
políticas españolas. Al final, incluso lo aceleraron,
porque el Psoe, desde que asumió el poder en 1982,
introdujo a la sociedad española en el modelo económico
más capitalista de toda la historia nacional.
¿A qué últimas y desesperadas posiciones se retiran
hoy nuestros progresistas? Desde luego, a un atuendo
astroso; pero eso no es una concepción del mundo, es una
simple moda feísta y tan poco filosófica como las
formas de maquillaje y vestimenta. Sin marxismo ni
estatismo, ¿qué alberga una mente progresista? Pues
alberga el último recuelo del stalinismo, un anti
norteamericanismo visceral. La ecuación política
vigente es progresismo=antinorteamericanismo. ¿Puede tal
ecuación ser calificada de progresista? En modo alguno.
Los Estados Unidos, aunque alejados de una perfección
ideal, son la sociedad más desarrollada del planeta, la
de más oportunidades, la más abierta, la que produce la
mayor parte de los avances científicos y técnicos, y la
que ha intervenido como gendarme para desarticular al
terror soviético y, últimamente, al iraquí y al
talibán, ambos, símbolos del reaccionarismo histórico
más retrógrado. De hecho, antinorteamericanismo es hoy
sinónimo de regresión y retroceso. Con ocasión de la
guerra de Afganistán se ha visto a los «progres»
lanzar alfilerazos a los EE.UU., cuando no piropos al
fanatismo y al horror talibánes. Se han convertido en
«progresistas retro», si tal paradoja semántica es
admisible.
En la Universidad Autónoma de Madrid, unos pocos
criptomarxistas han reclutado a unos cuantos estudiantes
despistados en la «Sociedad Carlos», que parece el
nombre de un coro rock, pero que no lo es, puesto que el
tal Carlos es Karl Marx. Los miembros de esta entidad se
consideran los progresistas de hoy. Más que cómico, es
patético.
La raquitización y vaciamiento del progresismo lo ha
reducido a casi nada; sus adictos se han hecho viajeros
en el túnel del tiempo hacia lo peor del pasado
próximo. Carlos Marx ya está en el desván de los
saberes como una curiosidad erudita, y en el archivo de
la Historia como un cáncer social; pero para unos pocos
retroprogresistas es una rancia droga que, como todas,
los va convirtiendo en nulidades mentales.
Vaciado de contenido conceptual, el progresismo ni
siquiera es nihilismo, es una mueca.
G. Fernández de la Mora
|