Razón Española, nº 111; El patriotismo es preconstitucional

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El patriotismo es preconstitucional

Por Noé de Callar

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El patriotismo es preconstitucional

El patriotismo es amor a la patria o lugar en que se ha nacido. Ese lugar puede ser puntual, por ejemplo, un caserio, o puede extenderse a territorios circundantes de radio progresivamente dilatado. Hay la patria chica o ciudad, la patria mediana o comarca, la patria grande o nación, y la patria ecuménica. El cosmopolitismo era el patriotismo de los estoicos.

El amor a la patria chica, es decir, a lo que se ha vivido desde la niñez y evoca los orígenes y los años de formación, es casi instintivo y brota de la territorialidad característica de numerosas especies y, desde luego, de la racional. Se ama la geografía, la lengua y el folklore, y de ese amor se deduce una solidaridad con las gentes que lo comparten. Lo común se convierte en propio, y se sale en su defensa.

Allí donde la soberanía es asumida por la ciudad, como en la Grecia clásica, el patriotismo se ciñe a la «polis». Cuando Alejandro unifica el Peloponeso y su entorno, aparece el helenismo o patriotismo griego que deja su impronta desde la India a Sicilia, y aún más lejos como muestra Ampurias cuyos mercaderes hablaban la lengua de Platón. La configuración estatal crea extensos ámbitos de egoismo colectivo y, entonces, el patriotismo se extiende a ámbitos delimitados por fronteras políticas. El patriotismo romano se vive en Mérida como en Palmira, a miles de leguas de la Urbe.

En el curso de los siglos, el patriotismo nacional se va esencializando en lo valioso común. Al patriotismo nada grande del pasado nacional le es ajeno, y va sublimándose y desnudándose de lo secundario. Un patriota francés se enorgullece del guillotinado Chénier y del revolucionario Bonaparte. El patriota español se enorgullece del patriota Daoiz y del afrancesado Goya. Durante los años stalinianos, el patriotismo ruso implicaba culto a Pedro el Grande, aunque el zar europeizante y el tirano antioccidental no tuvieran nada ideológico en común.

Una de las tragedias de nuestro siglo XIX es que entonces se fragua el sentimiento de «dos Españas» y, consiguientemente, «dos patriotismos»: uno que a través de Carlos V y Cortés enlaza con Séneca y Trajano; y otro que, a través de los afrancesados, enlaza con los numantinos y Prisciliano. Los mejores, como Costa o Menéndez Pelayo amaban todo lo grande español, fuera católico o hereje, tradicional o innovador.

Claro que los patriotismos, sobre todo en caso de guerra, se hipertrofian como en la famosa sentencia de Cánovas: «Con la Patria se está con razón y sin razón». Tal precepto no es admisible en su literalidad.

Cuando los norteamericanos derrotaron a Alemania en la II guerra mundial no se limitaron a reducirla a escombros y a confiscar sus bienes, sino que exigieron que aceptara una culpabilidad colectiva y se avergonzara de su pasado, del III Reich y también del II y del I. En el Este y en el Oeste, Alemania perdía provincias, y el comunismo pretendía desgermanizar medio país. Sin un suelo cierto, con la Historia desvertebrada ¿dónde podía anclarse el patriotismo alemán? En esa etapa dramática apareció en unos pocos la idea de «patriotismo constitucional» o amor a la Ley Fundamental promulgada en la villa de Bonn cuando en 1948 la nación estaba ocupada por los ejércitos vencedores. Tal patriotismo constitucional nunca ha dejado de ser una curiosidad retórica, sobre todo, después de la reunificación y de que Alemania se convirtiera en la potencia rectora del viejo mundo y catalizadora de la Unión Europea. El patriota alemán se enorgullece de Goethe, Kant, Federico de Prusia, Beethoven y del nacionalsocialista Heidegger. Identificar hoy el patriotismo alemán con una supuesta gran pasión hacia el «Grundgesetz» de 1948 sonaría a sarcasmo bajo los replantados tilos berlineses

En España, algunos epígonos del socialismo alemán han traducido lo del «patriotismo constitucional» ¿De la Constitución vigente de 1978? En tal caso no podría amarse el resto que es casi toda la historia de España ¿De todas las Constituciones escritas desde las Cortes de Cádiz? En esa compleja colección hay materiales varios como el Estatuto Real o la Ley de Sucesión. ¿Cómo puede vincularse el patriotismo a un código reciente? Sería una operación raquitizadora, casi nanométrica que volatiliza la España anterior a 1812, por ejemplo, la de Cervantes, Calderón, y Velázquez.

¿Tomaríamos en serio a quien nos aconsejara: «Como su señora madre resultaría hoy algo «carroza», concentre usted su amor filial en aquella bufanda morada que le regalaron cuando se jubiló, y prescinda de todo lo demás, es decir, sea usted un hijo actualizado». Esperpéntico.

En un país milenario, protagonista de la acción histórica de mayor envergadura después de la romanización (la europeización de América), algunos pretenden reducir su esencia a la Constitución de 1978, que es técnicamente la menos presentable del Derecho público europeo y la que con las autonomías pone en muy grave peligro la unidad nacional. Sería grotesco si no fuera demencial. El patriotismo es anterior y superior a cualquier Constitución.

Noé de Callar



 

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