Manuel Jiménez
Quílez
En
«Razón Española» (septiembre-octubre 2001) sus
lectores habrán podido leer la crónica política que
durante años ha escrito Manuel Jiménez Quílez. Será
la última con su firma, porque su autor moría cuando el
número comenzaba a imprimirse. Era el final de una larga
y penosa enfermedad, que le redujo, durante más de tres
años, a la servidumbre física de una silla de ruedas.
Pero no quebró su espíritu ni su voluntad. Las últimas
crónicas las escribía ya con ese añadido dramático de
la falta de vista, haciéndoe leer la prensa, lecturas
que memorizaba como las informaciones directas que le
transmitíamos quienes hemos estado a su lado. Era su
compromiso con la revista y su fidelidad a una idea de
España a la que no quiso, a pesar de todo, renunciar.
Una larga andadura que comienza cuando, recién salido
con el número 1 de la Escuela de Periodismo de «El
Debate», hace para su periódico una gran crónica del
magnicidio, que fue, el asesinato de Calvo Sotelo. Antes
se había licenciado en Derecho, estudios en los que se
ayudó con la venta a sus compañeros de los apuntes de
clase. En la Facultad conoce e intima con un muchacho
vasco, Jesús de Galíndez, que en el incendio de aquel
trágico verano del 36 se va a convertir en un personaje,
representando en Madrid al PNV, que se ha aliado ya con
el bando rojo. El salvará a Manolo cuando le buscan para
matarlo. Galíndez le encuentra refugio en la embajada
holandesa. Luego le evacuarán a Holanda, donde queda
internado y comienza una gran peripecia de su vida.
Católico ferviente acude a la residencia de jesuitas en
busca de un confesor que hable francés, que él domina,
y le cuenta en el desahogo de tantas angustias pasadas,
que viene de Madrid. El jesuita seguramente influido por
la propaganda roja, entiende que Jiménez Quílez está
con el gobierno de la República y frente a los
«fascistas alzados contra la democracia y la
legalidad». Le saca del error, se identifica como un
periodista de la EditorialCatólica y le relata lo que ha
visto y ha vivido en las calles de Madrid, las escenas de
horror, los asesinatos, las iglesias quemadas, el terror
que ha convertido la capital de España en un inmenso y
trágico coto de caza humana. «Yo mismo soy un
perseguido.» La impresióin en el confesor es enorme.
«¿Tendría usted inconveniente en hacer ese relato ante
la comunidad?» Y Manolo lo hace y la impresión del
testimonio llega a oídos de la jerarquía holandesa, que
le recibe y oye el relato atroz. «¿Escribiría usted un
libro con todo eso?» Y Manolo escribe Luz de España,
que le traduce al holandés un padre jesuita. Luego
habrá otra edición en español que prologa el Cardenal
Gomá.
Ha comenzado una larga carrera de éxitos profesionales.
Dirige la Agencia Logos, las revistas «Meridiano»,
«Signo», «Gaceta Ilustrada» y el periódico «Ya» en
su época grande, y «Mundo Hispánico», que es la
lanzadera del gran empeño de acercarnos a la realidad
hispanoamericana, que se va a traducir en relaciones
efectivas de la sangre, la historia y la cultura y va a
poblar de cientos de becarios hispanoamericanos las
universidades españolas. Desde entonces tendrá Jiménez
Quílez esa pasión hispánica que no se interrumpe a
través de los años y que él mantiene con viajes a las
Repúblicas suramericanas donde abre canales de amistad
que no se interrumpirá nunca.
En 1945, Martín Artajo, ministro de Asuntos Exteriores,
lleva a Manolo a un puesto destacado en la Oficina de
Información Diplomática. Son los años del aislamiento
que hay que romper, y de la resistencia que hay que
mantener, y Jiménez Quílez sirve con rigor profesional
y el coraje que no le abandonarán nunca. En 1953,
Joaquín Ruiz Jiménez le designa comisario de Extensión
Cultural. tiene de ese tiempo muchos recuerdos, pero él
destacaba uno, imborrable: su viaje a las Hurdes, donde
el régimen de Franco había realizado arduos esfuerzos
por sacar a sus habitantes, a la comarca entera, de la
terrible marginación en que había vivido. Se van a
acabar, afortunadamente, las visitas sólo para el
asombro. Ahora era la avanzadilla de la Sección
Femenina, que había hecho de la redención de aquellas
gentes su empeño más urgente, la que estaba trabajando
con la eficacia que caracterizó a aquellas mujeres.
Manolo ha programado dos o tres días para conocer la
situación, pero aquello le impresiona vivamente y se
queda dos meses, trabaja sin descanso con las mujeres
falangistas y logran frutos que son los adelantados de la
redención total. Desde entonces, Manolo tendrá por la
Sección Femenina un respeto y una admiración
permanentes.
Fraga le lleva en 1962 a la Dirección General de Prensa.
El gran profesional del periodismo que es Manolo se une
al equipo que va a llevar a cabo el desafío de acomodar
ya a las realidades españolas una nueva política de
información. Una etapa difícil, y otra vez Jiménez
Quílez en primera línea: «a la desinformación se
vence con la información». Es su criterio que va a
imponer, a veces con dificultades.
Forma parte de los equipos de gobierno -es también
director general de Coordinación Informativa con don
Carlos Arias, y más tarde subsecretario de Informacióin
con el ministro León Herrera y, sin embargo, no es un
político. Es un gran profesional -«estuvo entre los
grandes del periodismo católico»-, escribirá Justino
Sinova en «El Mundo», que contribuyó también a limar
asperezas con la jerarquía eclesiástica. La carta
pastoral del obispo Añoveros, que ha levantado alarmas,
queda desactivada con las gestiones ante el cardenal
Tarancón, que le dirá a Jiménez Quílez, con poca
caridad para el prelado vasco: «Es un burro. Nos
prometió que no la publicaría.»
Asesinado por la presión rupturista, que ya se
manifiesta en la Iglesia española, el arzobispo de
Madrid, don Casimiro Morcillo, encuentra en Manolo el
afecto y la amistad que le niegan hermanos del
episcopado, y le ayuda a sobrellevar sinsabores. «Don
Manuel, venga a consolar a su obispo.» Y allí está él
con humanidad y afecto muchas tardes.
Está en la política sin ser un político. Es una
personalidad muy notable en esos cuadros distinguidos en
el servicio público, pero no hará de esta condición
escudo para justificar su actuación de entonces y
borrarse después. No va con la entereza de Manolo nada
que signifique deserción o deslealtad, y él es un
hombre del 18 de julio, fiel a Franco, y en esa actitud
no «rebló» -como a él le gustaba decir, con la
expresión turolense que tan bien definía su carácter-
en ningún momento.
La transición traía escondidos los malos vientos de la
destrucción antihistórica de la obra inmensa del
Régimen y del nombre de su conductor y Manolo se agrupa
con los leales, en la Fundación Francisco Franco, y en
ella se muestra tan activo como siempre, y dirigió
veinte años su «Boletín Informativo», y la edición
de El legado de Franco, que recogía trabajos
testimoniales de la gran tarea llevada a cabo en España.
En «Razón Española» encontró también Jiménez
Quílez la ocasión de continuar mostrando con su
extraordinaria condición profesional, la generosa
permanencia en el servicio que ha dado carácter a su
vida. Y ahí ha estado la crónica política hasta su
último aliento. Eligió Balacloche, un pequeño pueblo
de la serranía turolense, lugar de sus raíces y las de
sus mayores, para el descanso eterno. Allí, en un
mínimo cementerio de tierra, que recuerda el «corral de
muertos» del poema unamuniano, sin otro signo que la
cruz, en la que buscó refugio siempre, reposan ya sus
restos. Sus recuerdos ejemplares de honestidad, de
coraje, de desinterés, de hombría de bien, de entrega a
una noble idea de España, quedan en el corazón de sus
amigos.
Félix Morales
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