Gianfranco
Miglio
El día
10 de agosto de 2001 falleció en su casa de Como el
politógo y jurista lombardo Gianfranco Miglio. Había
nacido el 11 de enero de 1918 y con él se cierra el arco
de la tradición «realista» italiana, equívocamente
denominada «neomaquiavelista», que tiene sus epónimos
en Mosca, Pareto y Michels. Con motivo de su
septuagésimo aniversario sus discípulos recopilaron y
editaron casi todos sus trabajos en los dos tomos de Le
regolaritá della politica (Giuffre). La lectura de esta
obra suscita, entre otras, una interrogante demasiado
frecuente, supuesto de una sociología del saber que se
ocupase de los últimos treinta o cuarenta años de
historia intelectual europea: ¿por qué no es leído y
traducido? Las razones acaso tengan que ver con el
deterioro de los saberes políticos.
Las reacciones ante su muerte fueron relativamente
discretas en su propio país, sobre todo si se tiene
cuenta que con él ha desaparecido uno de los puntales de
la Ciencia politica italiana de la segunda mitad del
siglo XX. Fuera de Italia ha sido, en el mejor de los
casos, un escritor para minorías, eclipsado por la fama
internacional de Bobbio y Sartori. En España únicamente
se conoce la traducción de un breve pero enjundioso
texto suyo sobre «La Monocracia», clarificador de la
confusión introducida por Montesquieu entre el
despotismo y la tiranía -véase en Hespérides, n° 20,
2000-. Ahí explica también, sin plegarse a la
ideología del consenso, que «todos los sistemas
politicos que funcionan, en su fase ascendente, disfrutan
de una monocracia carismática, pero cuando alcanzan el
estadio de la normalidad adoptan, si pueden, alguna forma
de monocracia institucional. Unicamente devienen
pluralistas cuando entran en la fase del declive y de la
disolución. La monocracia, por tanto, más que una forma
de gobierno es un momento necesario del ciclo
político».
Los políticos italianos, especialmente sus deudos
intelectuales, Bossi el primero de todos , han reconocido
en él a una inteligencia superior, aguda y cínica a
partes iguales; también a uno de los inspiradores de la
transformación del sistema constitucional de la II
República italiana (partitocracia pura). Miglio había
desempeñado durante las tres últimas legislaturas el
cargo de senador, participando activamente en los asuntos
relacionados con la reforma institucional. Además, en su
faceta de consejero de príncipes, todos le atribuían la
inspiración del ideario federalista, nacionalista y
antiestatalista de la Liga Norte de Umberto Bossi, quien
le incluyó como «independiente» en las listas de
organización en 1992 y 1994. Esta última fecha tiene
una importancia singular, pues marcó la ruptura con el
lider independentista padano, su ingreso en el Grupo
mixto y la acerba crítica al oportunismo de aquél,
expuesta con cierto detalle en su pamphlet «Io, Bossi e
la Lega Nord». Lo que Miglio no quiso explicar alli fue
que la razón última de su decepción fueron las
presiones del Jefe del Estado Scalfaro sobre Berlusconi,
entonces enfrentado a las responsabilidades de su primer
gobierno con el apoyo de los liguistas y Alianza
Nacional, para impedir que Miglio fuese nombrado Ministro
para las Reformas institucionales.
El Presidente de la República, defensor de la
constitución partidocrática, no le profesaba ninguna
simpatía al director de la investigación Verso una
nuova costituzione, promovida a principios de los años
1980 por el federalista Grupo de Milán, integrado sobre
todo por antiguos miembros de la Democracia cristiana,
desencantados con el partido institucionalizador de la
corrupción, ya desde los primero años de la era De
Gasperi. En aquel estudio, en el que se desbastaba la
constitución italiana, se proponía una reforma en
profundidad del sistema, incluida una nueva división
territorial del país en tres «macrorregiones». De
aquella época viene, sin duda, la creciente presencia de
Miglio en los medios de comunicación de masas.
Pero Miglio, que aparece fotografiado en la contraportada
de unos de sus últimos libros, L'asino di Buridano
(1999), contra un retrato de Thomas Hobbes, en actitud
desafiante, no ha sido tan sólo un hombre del momento.
Por encima de su faceta de crítico del consenso y
arbitrista politico, Miglio representa la estación de
arribada del pensamiento estatal moderno o, mejor
todavía, el salto hacia las nuevas formas del
pensamiento político prefiguradas en Carl Schmitt. El
Estado moderno, al menos en su versión pluralista y
partitocrática, está agotado y mantener la ficción
puede tener un coste muy elevado. En realidad, venía a
decir el sabio lombardo, los atributos tradicionales del
Estado «unitario» constituyen ahora la coartada de los
poderes indirectos, de las nuevas feudalidades. La Europa
postestatal, solia recordar, será una Europa de
ciudades-estado federadas. Al pensamiento de las
articulaciones federales del futuro, en lo que coincide
con los economistas neoliberales de la Escuela austriaca,
se une en Miglio el atisbo de una nueva forma de
organización espacial, lo que se podría llamar, si no
existiese el temor de las palabras, la geopolitica del
Gran espacio europeo. También una nueva manera de pensar
las relaciones políticas, deducida de la contraposición
entre las repúblicas «atlánticas» y las de tipo
«mediterráneo», y que toma en consideración, entre
otros elementos, la mayor o menor visibilidad del factor
personal de todo poder politico.
Durante algún tiempo, tal vez se quiera ver en Miglio al
ideólogo del irredentismo lombardo, opinión interesada
que minimiza su legado intelectual. Por otro lado, tal
vez haya para ello importantes razones; no es la menor su
pasión por la tierra de sus antepasados. Sin embargo, el
tiempo ha de decantar en él la contribución del
catedrático de Ciencia politica de la Universidad
católica de Milán. En particular su pensamiento
administrativo, que trae causa de Lorenz von Stein; sus
estudios sobre las «regularidades» de la politica, una
verdadera fenomenología de esta actividad humana; y, por
último, derivada de los anteriores, su teoría del
«ciclo politico».
Liberal, regionalista («jacobino del norte») y
católico («católico hugonote» se llamaba a sí
mismo), por ese orden. Esa es la cifra de su pensamiento.
Jerónimo Molina
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