Navarro Rubio
Ha
fallecido Mariano Navarro Rubio. Su muerte ha producido
abundante literatura. Recordando sus cargos, los
sindicales, Ministro de Hacienda, gobernador del Banco de
España, etc., y algunas de sus peripecias políticas. Me
basta con afirmar que era todo un hombre de Estado.
Aportaré algún dato que no se ha dado por una cierta
secularización de las notas necrológicas.
Navarro Rubio fue, sobre todo, un hombre religioso.
Nacido en Burbáguena (Teruel), a donde acudió su madre,
doña Ramona, a dar a luz; pero fue en Daroca (Zaragoza),
a diez kilómetros, donde desarrolló su vida. De una
familia sencilla -el abuelo había sido artesano
zapatero-, pero trabajadora y sacrificada. El padre, don
Eusebio, sería luego médico titular forense, y de la
Renfe. Estuvo en los párvulos del colegio de Religiosas
de Santa Ana, con la hermana Dolores. Hizo el
bachillerato en el de Escolapios; el P. José Beltrán,
literato, buen gramático y escritor, influyó mucho en
su formación. Su gratitud a la Escuela Pía, y la de
ésta hacia su ilustre exalumno, le valió la Carta de
Hermandad, que él tenía como uno de sus méritos
preferentes. No solía faltar a la festividad de Santo
Domingo de Guzmán, y con el P. Emilio Sauras, el gran
teólogo del Concilio, se veía en los veranos.
Por los años 30, fundó en Daroca el primer centro de
Acción Católica, que alcanzaría, dentro de la
diócesis, un significado relevante, tanto por el número
de sus militantes, como por las dificultades y ambientes
ante otras personalidades destacadas, como el poeta
Ildefonso Manuel Gil, o el ideólogo Martín M. Rodero,
con posiciones distintas en lo religioso. En Zaragoza,
trató mucho al consiliario de la A. C., de talla
nacional, Francisco Izquierdo Molins. Al iniciarse la
guerra civil, y en un momento de incertidumbre para
Daroca, Navarro Rubio fue voluntario y terminó la
contienda, como Capitán de Regulares, con propuesta de
Medalla Militar Individual, por una acción en la Ciudad
Universitaria. (Le siguieron la mayor parte de «sus»
jóvenes de A.C., entre ellos los primeros caídos y
mártires de Belchite). Ya en Madrid, de la mano de don
Angel Herrera, pasó a la Junta Nacional de Acción
Católica y, posteriormente, a la Junta Técnica, con
José María Mohedano.
Fue de los seglares con quienes en Madrid, conectó muy
pronto, el beato Escrivá. En los años 40-50, en sus
días de descanso en Daroca, solía convocarnos a
muchachos más jóvenes, y nos comunicaba lo que él
sabía y conocía de Madrid.
Padre de familia numerosa, todo su pensamiento y acción
estaban imbuidos de un sentido de la trascendencia del
trabajo y de la vida, que él había recibido de sus
educadores, y que luego el Opus Dei llenaría hasta la
santidad del cristiano de filas. Ya en Daroca había sido
asistente habitual a la Adoración Nocturna, de la que mi
padre -al que admiraba- fue muchos años Presidente. Más
de una vez, nosotros le acompañábamos en las vigilias
en la capilla de los Sagrados Corporales de Daroca. En
las procesiones llevaba la Bandera de la Esclavitud, que
en representación de las de los Tercios de Daroca,
portaban militares cualificados, por ejemplo, el aviador
García Morato, durante la guerra. Luego, las presidía
como autoridad nacional. Después, en los últimos años,
portaba uno de los dos cordones como peregrino.
En Madrid, cuando vivía en la Plaza de Oriente, asistía
a misa diaria en compañía de su esposa, María Dolores,
mujer culta, una artista en el bordado -como prueba las
casullas para la liturgia-, activa y espiritual. Más
tarde, ya en la plaza de Cristo Rey, frecuentaba la
parroquia de los agustinos. El matrimonio hacía el
recorrido a pie. Tras su nueva residencia en Majadahonda,
y luego, ya limitado, en el Hospital Militar
«Generalísimo Franco», dentro de la misma parroquia .
Aquí, en sus últimos años, tenía el consuelo, no
sólo de su asistencia sanitaria, sino de la religiosa,
con visitas eucarísticas en silla de ruedas, atenciones
de las hermanas de San Vicente Paúl, con una
preparación espiritual verdaderamente ejemplar. Fue su
única y sustancial ocupación, junto con la oración.
Quiso que su esquela se encabezase con el «clásico»
«rogad a Dios en caridad por el alma...», luego
completado por «se ruega una oración por su alma...»
(«así se nos invitaba a rezarle dos veces», decía
él). En su lecho mortuorio, y por deseo expreso, un
rosario que le regaló el Papa, un manto de la Virgen del
Pilar, la medalla de Esclavo Mayor del Misterio de
Daroca, y un escapulario del Carmen.
Esencialmente fue un hombre de fe, honesto, comprometido,
y con una gran visión social-humana -el primer proyecto
de Ley que presentó fue para la creación del «Fondo
para la igualdad de oporutnidades». Si para la cosa
pública se preparaba, para lo espiritual, era muy
exigente. Los últimos casi diez años de enfermedad y de
muchas limitaciones se le veía con gozosa esperanza.
Servidor de la Iglesia, sin servirse de ella.
Aragonés tesonero, trató de superar las contrariedades
con humildad y resignación. Y con ese horizonte quiso
ser enterrado íntimamente en su villa de Daroca.
J. López Medel
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