Razón Española, nº 111; Clases de monárquicos

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Clases de monárquicos

Por A. Maestro

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Clases de monárquicos

Mi reciente colaboración en estas columnas Sobre la monarquía (núm. 110, págs. 315-317) me ha proporcionado mucho correo, el dominante ha sido de corresponsales que se autocalificaban de monárquicos, quizá porque a los demás no les interesa el tema. Estas cartas me permiten hacer una clasificación políticamente útil.

1. Los viscerales. Son monárquicos a toda prueba, insensibles a los hechos y a las razones. Ven la realeza como un dogma religioso, y cualquier crítica les parece una especie de blasfemia. Intocabilidad, inviolabilidad e irresponsabilidad. Derecho divino. Y servilismo absoluto. Los de esta especie han sido muy pocos, como venidos de un pasado fantasmal.

2. Los esnobs, que consideran elegante y distinguido ponerse de pie cuando nombran a un monarca, aunque sea de Borneo. En el monarquismo se sienten un poco aristócratas. Se saben al dedillo las genealogías principescas y hablan de sus miembros como de viejos conocidos. Sólo echan de menos las recepciones palaciegas. De este tipo ha habido alguno más, siempre con título nobiliario más o menos deslucido, y de edad avanzada.

3. Los oportunistas, que se apuntan a lo políticamente correcto, los que ven heterodoxias en cualquier alejamiento de las consignas mediáticas. Estos han sido los más numerosos y de edad mediana. Algunos de ellos son antiguos republicanos que ahora llegan a acusar a ciertos gobernantes de «ningunear» al rey cuando fueron ellos los que en la vigente Constitución redujeron al monarca a un símbolo suntuario.

4. Los de razón, porque entienden que ahora no sería prudente modificar el régimen, y se inclinan por lo que, de momento, consideran un mal menor. No son optimistas respecto al futuro de la institución y me parece que, en el fondo, la deshaucian. También éstos han sido una exigua minoría, casi ruborizados de reconocerse monárquicos.

El común denominador de estas cuatro variantes actuales es que todos vienen a considerar el modelo como problemático en las presentes circunstancias nacionales y dinásticas. Esto es lo revelador. En el transcurso del último lustro, la opinión española ha evolucionado hacia un republicanismo más o menos tácito. Cuanto mejor informados, más decepcionados o perplejos ante la Corona.

La monarquía instaurada por Franco ya no es lo que era en diciembre de 1975, y lo lamento. Aunque, por experiencia, soy agnóstico en materia de formas de gobierno, estoy relativamente cerca de la última clase, los pesimistas e indecisos, sobre todo, después de la impresentable e insistente pretensión matrimonial del príncipe heredero.



A. Maestro



 

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