Razón Española, nº 111; Razón de la tradición

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Razón de la tradición

Editorial

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Razón de la tradición

Hay quienes entienden la tradición como una revelación, ya originaria ya histórica, apenas asequible al logos. Es el caso de las tradiciones religiosas, como la judía, donde la única aproximación intelectual correcta es la exégesis del texto inspirado. Pero la tradición también es abordable desde otra perspectiva, la estrictamente racional.

Tradición es trasmisión desde el pasado al presente y, probablemente, hacia el futuro. La primera cuestión es determinar quién transmite. El sujeto de la tradición es el hombre. Los demás animales nacen con unos instintos inscritos en su código genético y pueden aprender ciertas prácticas específicas o de domesticación; pero carecen de tradición. Sólo los seres humanos inventan, asumen y perfeccionan tradiciones. Y lo hacen como individuos y como miembros de un grupo. Hay tradiciones hospicianas porque se desconoce a su inventor, no porque aparezcan por generación espontánea. Los autores de la tradición judía son los redactores de los libros bíblicos y los patriarcas. Las sociedades son destinatarias, portadoras y peremnizadoras de las tradiciones, pero no sus creadoras. Acontece lo mismo que con la llamada poesía popular: procede de un rapsoda concreto, aunque olvidado y luego colectivizado. El origen de toda tradición es individual aunque se ignore el nombre del actor. Desde su orto, una tradición, en la medida en que es humana, tiene una pretensión de racionalidad y no procede analizarla como un mito. Se puede narrar e incluso dar razón de una tradición porque su curso histórico es racionalizable, no simplemente descriptible. Siempre brota de un logos personal.

La segunda cuestión consiste en determinar qué trasmite una tradición. Describir los contenidos concretos, pasados o presentes, es tarea del sociólogo. Ahora se trata de caracterizar el estatuto ontológico de cualquier tradición independientemente de su materia ética o declarativa. Se trata de formalizar la esencia de una tradición. El contenido de una tradición no sólo es este o aquel principio, este o aquel uso; es cultura. La cultura aparece allí donde la inteligencia ha incorporado valores a la naturaleza. Una tablilla o un papiro son artefactos en los que el hombre ha puesto el valor de poder escribir sobre ellos un mensaje. Si ese mensaje es, por ejemplo, la Iliada se suma un nuevo valor informativo y estético.

Cultura es, pues, todo lo valioso que el hombre añade a la naturaleza. Unas veces, la cultura se objetiva en sustancias menos perecederas como el mármol o el papel; otras veces la cultura se objetiva en lo efímero como el hombre cultivado y se extingue con su muerte. Aunque los saberes y las virtudes de un maestro son trasmisible directamente, no adquieren toda su virtualidad hasta que los valores magistrales se objetivan de modo más duradero y comunicable como un libro, una escultura o un instrumento.

La tercera cuestión es determinar para qué se crea y conserva una tradición. Su contenido es cultural, y se compone de una explicación de la realidad y de un conjunto de pautas de comportamiento. Una tradición no es un problema, sino un sistema de soluciones a las interrogaciones que el mundo plantea a los individuos y a los grupos. Hay respuestas acerca del curso de los acontecimientos históricos, y sobre la concatenación de las causas y su aplicación, o sea, relato, ciencia y técnica. Hay, además, normas de conducta porque la especie humana se encuentra a sí misma sin planos de su propia estructura y sin instrucciones de empleo. Ambas cosas han de averiguarse esforzadamente mediante investigaciones biológicas, sociológicas y filosóficas, en suma, utilizando la razón.

Gracias a la tradición, cada individuo no ha de empezar a vivir desde la nada cultural como Adán, sino desde niveles que tienden a ser más altos. Los valores lógicos y los útiles se acumulan en un creciente patrimonio cultural que cada nacido va adoptando como una prótesis que potencia sus posibilidades. La integración continua de los valores morales y estéticos es más problemática, y de ahí las versátiles modas y las anemias éticas. Por eso hay dos categorías de contenidos en una tradición: el núcleo duro científico-técnico, que aspira a ser universal y necesario; y la parte blanda que es local y contingente. Es un reduccionismo cientificista identificar lo tradicional como lo meramente folklórico. La Física, por citar una ciencia típica, se inicia en épocas remotas, se va complementando y, sobre todo, trasmitiendo a generaciones sucesivas. La Física no es otra cosa que una tradición en perfectivo dinamismo.

La tradición es el sistema de soluciones que los seres racionales objetivan y sistematizan para trasmitirlo a generaciones venideras. Es, pues, el fundamento del progreso humano y lo que diferencia a nuetra especie de todas las terrá-queas. De momento ignoramos si ese admirable fenómeno de la tradición tiene paralelo en otros lugares del Universo.

Hay, sin embargo, dos aspectos aporéticos en la tradición. El primero es que puede trasmitir errores. Esta flaqueza es inevitable puesto que muchos conocimientos avanzan por el método del tanteo lo que necesariamente implica verdades parciales y equivocaciones. Es el caso de todas las ciencias. Pero el propio método induce a la revisión y a la superación. La realidad se va conociendo lentamente, y es utópica la pretensión de revelarla repentina y totalmente. Lo tradicional es perfectible. Tal condición, no es deficiencia, sino potencialidad y estímulo. El genuino tradicionalismo no es estático, sino dinámico.

El otro aspecto controvertible es que, sin ir más lejos ahora mismo, la Humanidad se encuentra con tradiciones que, en algunas dimensiones son no sólo diferentes, sino incompatibles. Está en juego el principio de contradicción. ¿Cómo afrontar ese desafío lógico y práctico? Respecto al núcleo duro de las tradiciones, las diferencias las va resolviendo la investigación empírica. Por ejemplo, las paradojas entre la medicina oriental y la occidental habrá de superarlas la experiencia clínica, no los apriorismos voluntaristas o ideológicos. Respecto al núcleo blando o folklore, se impone el respeto a la pluralidad y la tolerancia: que los chinos continuen utilizando su sistema de escritura hasta que, eventualmente, lleguen a la conclusión de que no es práctico, y que los afganos prosigan tocándose de turbantes hasta que se inclinen quizás por la simple boina. La variedad en lo accidental enriquece al mundo, aunque lo pintoresco suela tener un coste adicional para los usuarios.

La variedad de las tradiciones es decisiva cuando afecta a las normas éticas. Es evidente que la tradición moral no ha sido infalible puesto que, junto al admirable Decálogo ha trasmitido durante milenios usos rechazables como la esclavitud. Esta cuestión es una insoluble aporía para los voluntaristas, es decir, para los que creen que el Derecho lo define la mitad más uno de los votantes. En tal caso, las normas pueden legitimar en unos tiempos o en unos territorios lo que en otros es delictivo como el asesinato de inocentes o la pedofilia. El voluntarismo da lugar a tradiciones enfrentadas. Pero para los racionalistas también la ética es susceptible de una aproximación lógica que permite la formulación de una ética universal. Es esa dialéctica la que va eliminando el canibalismo, la esclavitud o el sexismo, que permanecen allí donde lo justo se reduce a lo relativamente mayoritario en un momento dado. Las contradicciones tradicionales acerca de la moral son subsanables si se parte de criterios objetivos y universales acerca de lo justo; pero son insuperables y son fuente de violencia si se parte del principio voluntarista de que lo bueno y lo justo dependen de los deseos «hic et nunc» predominantes. Las llamadas confrontaciones de civilizaciones, cuando no son simple concurrencia de intereses, son conflictos de tradiciones morales que nunca se resolverán por el voluntarismo de las mayorías, sino por el ejercicio de la razón práctica, que es un instrumento de validez universal.

Cuando un hombre incorpora valores a la naturaleza le mueve un propósito racional de perfección. Esta fuente hace originariamente noble esa tradición que, depurada, llega a las generaciones humanas. Sólo la refutación lógica o la empírica justifica el repudio de una tradición. La tradición es preferible al arbitrio. El tradicionalismo no es un irracionalismo, sino una consecuencia de la economía racional.

Los que abominan de la cultura heredada por el hecho de ser legado de la tradición actúan irracionalmente ¿Repudiaríamos el acueducto de Segovia, el puente de Alcántara, la catedral de León, el Diccionario de la lengua española o el Consejo Superior de Investigaciones Científicas porque nos llegan con la tradición? ¿Rechazaríamos todos los saberes porque son el saldo de una perfeccionada tradición milenaria? Tampoco hay motivo para negar, por principio, la ética tradicional.

Decía d'Ors que todo lo que no es tradición es plagio; pero no es eso lo más grave, sino que todo lo que no es tradición es primitivismo, es empezar desde casi cero; es la renuncia a la Historia como matriz de la prótesis cultural de la Humanidad; es irracionalismo rampante.



 

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