Razón de la
tradición
Hay
quienes entienden la tradición como una revelación, ya
originaria ya histórica, apenas asequible al logos. Es
el caso de las tradiciones religiosas, como la judía,
donde la única aproximación intelectual correcta es la
exégesis del texto inspirado. Pero la tradición
también es abordable desde otra perspectiva, la
estrictamente racional.
Tradición es trasmisión desde el pasado al presente y,
probablemente, hacia el futuro. La primera cuestión es
determinar quién transmite. El sujeto de la tradición
es el hombre. Los demás animales nacen con unos
instintos inscritos en su código genético y pueden
aprender ciertas prácticas específicas o de
domesticación; pero carecen de tradición. Sólo los
seres humanos inventan, asumen y perfeccionan
tradiciones. Y lo hacen como individuos y como miembros
de un grupo. Hay tradiciones hospicianas porque se
desconoce a su inventor, no porque aparezcan por
generación espontánea. Los autores de la tradición
judía son los redactores de los libros bíblicos y los
patriarcas. Las sociedades son destinatarias, portadoras
y peremnizadoras de las tradiciones, pero no sus
creadoras. Acontece lo mismo que con la llamada poesía
popular: procede de un rapsoda concreto, aunque olvidado
y luego colectivizado. El origen de toda tradición es
individual aunque se ignore el nombre del actor. Desde su
orto, una tradición, en la medida en que es humana,
tiene una pretensión de racionalidad y no procede
analizarla como un mito. Se puede narrar e incluso dar
razón de una tradición porque su curso histórico es
racionalizable, no simplemente descriptible. Siempre
brota de un logos personal.
La segunda cuestión consiste en determinar qué trasmite
una tradición. Describir los contenidos concretos,
pasados o presentes, es tarea del sociólogo. Ahora se
trata de caracterizar el estatuto ontológico de
cualquier tradición independientemente de su materia
ética o declarativa. Se trata de formalizar la esencia
de una tradición. El contenido de una tradición no
sólo es este o aquel principio, este o aquel uso; es
cultura. La cultura aparece allí donde la inteligencia
ha incorporado valores a la naturaleza. Una tablilla o un
papiro son artefactos en los que el hombre ha puesto el
valor de poder escribir sobre ellos un mensaje. Si ese
mensaje es, por ejemplo, la Iliada se suma un nuevo valor
informativo y estético.
Cultura es, pues, todo lo valioso que el hombre añade a
la naturaleza. Unas veces, la cultura se objetiva en
sustancias menos perecederas como el mármol o el papel;
otras veces la cultura se objetiva en lo efímero como el
hombre cultivado y se extingue con su muerte. Aunque los
saberes y las virtudes de un maestro son trasmisible
directamente, no adquieren toda su virtualidad hasta que
los valores magistrales se objetivan de modo más
duradero y comunicable como un libro, una escultura o un
instrumento.
La tercera cuestión es determinar para qué se crea y
conserva una tradición. Su contenido es cultural, y se
compone de una explicación de la realidad y de un
conjunto de pautas de comportamiento. Una tradición no
es un problema, sino un sistema de soluciones a las
interrogaciones que el mundo plantea a los individuos y a
los grupos. Hay respuestas acerca del curso de los
acontecimientos históricos, y sobre la concatenación de
las causas y su aplicación, o sea, relato, ciencia y
técnica. Hay, además, normas de conducta porque la
especie humana se encuentra a sí misma sin planos de su
propia estructura y sin instrucciones de empleo. Ambas
cosas han de averiguarse esforzadamente mediante
investigaciones biológicas, sociológicas y
filosóficas, en suma, utilizando la razón.
Gracias a la tradición, cada individuo no ha de empezar
a vivir desde la nada cultural como Adán, sino desde
niveles que tienden a ser más altos. Los valores
lógicos y los útiles se acumulan en un creciente
patrimonio cultural que cada nacido va adoptando como una
prótesis que potencia sus posibilidades. La integración
continua de los valores morales y estéticos es más
problemática, y de ahí las versátiles modas y las
anemias éticas. Por eso hay dos categorías de
contenidos en una tradición: el núcleo duro
científico-técnico, que aspira a ser universal y
necesario; y la parte blanda que es local y contingente.
Es un reduccionismo cientificista identificar lo
tradicional como lo meramente folklórico. La Física,
por citar una ciencia típica, se inicia en épocas
remotas, se va complementando y, sobre todo, trasmitiendo
a generaciones sucesivas. La Física no es otra cosa que
una tradición en perfectivo dinamismo.
La tradición es el sistema de soluciones que los seres
racionales objetivan y sistematizan para trasmitirlo a
generaciones venideras. Es, pues, el fundamento del
progreso humano y lo que diferencia a nuetra especie de
todas las terrá-queas. De momento ignoramos si ese
admirable fenómeno de la tradición tiene paralelo en
otros lugares del Universo.
Hay, sin embargo, dos aspectos aporéticos en la
tradición. El primero es que puede trasmitir errores.
Esta flaqueza es inevitable puesto que muchos
conocimientos avanzan por el método del tanteo lo que
necesariamente implica verdades parciales y
equivocaciones. Es el caso de todas las ciencias. Pero el
propio método induce a la revisión y a la superación.
La realidad se va conociendo lentamente, y es utópica la
pretensión de revelarla repentina y totalmente. Lo
tradicional es perfectible. Tal condición, no es
deficiencia, sino potencialidad y estímulo. El genuino
tradicionalismo no es estático, sino dinámico.
El otro aspecto controvertible es que, sin ir más lejos
ahora mismo, la Humanidad se encuentra con tradiciones
que, en algunas dimensiones son no sólo diferentes, sino
incompatibles. Está en juego el principio de
contradicción. ¿Cómo afrontar ese desafío lógico y
práctico? Respecto al núcleo duro de las tradiciones,
las diferencias las va resolviendo la investigación
empírica. Por ejemplo, las paradojas entre la medicina
oriental y la occidental habrá de superarlas la
experiencia clínica, no los apriorismos voluntaristas o
ideológicos. Respecto al núcleo blando o folklore, se
impone el respeto a la pluralidad y la tolerancia: que
los chinos continuen utilizando su sistema de escritura
hasta que, eventualmente, lleguen a la conclusión de que
no es práctico, y que los afganos prosigan tocándose de
turbantes hasta que se inclinen quizás por la simple
boina. La variedad en lo accidental enriquece al mundo,
aunque lo pintoresco suela tener un coste adicional para
los usuarios.
La variedad de las tradiciones es decisiva cuando afecta
a las normas éticas. Es evidente que la tradición moral
no ha sido infalible puesto que, junto al admirable
Decálogo ha trasmitido durante milenios usos rechazables
como la esclavitud. Esta cuestión es una insoluble
aporía para los voluntaristas, es decir, para los que
creen que el Derecho lo define la mitad más uno de los
votantes. En tal caso, las normas pueden legitimar en
unos tiempos o en unos territorios lo que en otros es
delictivo como el asesinato de inocentes o la pedofilia.
El voluntarismo da lugar a tradiciones enfrentadas. Pero
para los racionalistas también la ética es susceptible
de una aproximación lógica que permite la formulación
de una ética universal. Es esa dialéctica la que va
eliminando el canibalismo, la esclavitud o el sexismo,
que permanecen allí donde lo justo se reduce a lo
relativamente mayoritario en un momento dado. Las
contradicciones tradicionales acerca de la moral son
subsanables si se parte de criterios objetivos y
universales acerca de lo justo; pero son insuperables y
son fuente de violencia si se parte del principio
voluntarista de que lo bueno y lo justo dependen de los
deseos «hic et nunc» predominantes. Las llamadas
confrontaciones de civilizaciones, cuando no son simple
concurrencia de intereses, son conflictos de tradiciones
morales que nunca se resolverán por el voluntarismo de
las mayorías, sino por el ejercicio de la razón
práctica, que es un instrumento de validez universal.
Cuando un hombre incorpora valores a la naturaleza le
mueve un propósito racional de perfección. Esta fuente
hace originariamente noble esa tradición que, depurada,
llega a las generaciones humanas. Sólo la refutación
lógica o la empírica justifica el repudio de una
tradición. La tradición es preferible al arbitrio. El
tradicionalismo no es un irracionalismo, sino una
consecuencia de la economía racional.
Los que abominan de la cultura heredada por el hecho de
ser legado de la tradición actúan irracionalmente
¿Repudiaríamos el acueducto de Segovia, el puente de
Alcántara, la catedral de León, el Diccionario de la
lengua española o el Consejo Superior de Investigaciones
Científicas porque nos llegan con la tradición?
¿Rechazaríamos todos los saberes porque son el saldo de
una perfeccionada tradición milenaria? Tampoco hay
motivo para negar, por principio, la ética tradicional.
Decía d'Ors que todo lo que no es tradición es plagio;
pero no es eso lo más grave, sino que todo lo que no es
tradición es primitivismo, es empezar desde casi cero;
es la renuncia a la Historia como matriz de la prótesis
cultural de la Humanidad; es irracionalismo rampante.
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