LIBROS: Alfonso
y Victoria
Cierva,
Ricardo de la: Alfonso y Victoria, ed. Fénix,
Madridejos, 2001, 408 págs.
El primer cuarto de siglo de esta IIRestauración es,
desgraciadamente, uno de los períodos más pobres de la
cultura española, la etapa que, con mayor aproximación,
se podría calificar de «páramo». En este decadente
período no se ha revelado ningún filósofo como Zubiri,
ningún historiador como Menéndez Pidal, ningún pintor
como Dalí, ningún ensayista como Ortega, ningún
físico como Palacios, ningún matemático como
Rey-Pastor, ningún dramaturgo como Benavente, ningún
comediógrafo como Jardiel Poncela, ningún prosista como
Foxá, ningún ingeniero como Torroja, ningún inventor
como La Cierva, ningún helenista como Adrados, ningún
periodista como González-Ruano, ningún músico como
Rodrigo, ningún escultor como Avalos, ningún poeta como
Gerardo Diego, etc., etc. Vanamente se ha esperado que
presuntos genios supuestamente amordazados por la censura
hicieran públicas sus ocultas obras maestras. Nada de
eso, lo aparecido es como el parto de los montes de la
fábula, ratoncillos. Si acaso, subproductos del
marxismo, ya putrefacto y volatilizado. ¿Por qué? Entre
otras razones porque se ha pretendido anular a los
grandes valores del régimen anterior, porque se ha
predicado «todo lo contrario», y porque se ha
implantado un pensamiento políticamente correcto o
pensamiento único que ha esterilizado a los creadores.
En medio de ese páramo actual, sobresalen los
intelectuales provenientes de la era de Franco. Y uno de
los más valiosos en el campo de nuestra historiografía
de la contemporaneidad es Ricardo de la Cierva, autor de
una obra inmensa -125 libros- caracterizada por una
valerosa independencia y una ingente erudición objetiva.
Por eso escribe el autor en el prólogo que este no es
libro «políticamente correcto». Esa es una de las
poderosas razones de su interés y calidad. No es una
colección de tópicos, lugares comunes y consignas como
casi todo lo que sobre el tema difunden los reporteros
aúlicos y los medios de comunicación de masas. Los que
vilipendiaban a los Borbones cuando estaban proscritos,
ahora los subliman. No es difícil adivinar lo que
harían si retornasen al exilio: volver a cubrirlos de
ignominia. De la Cierva no figura en la legión de los
oportunistas o serviles y cuenta la verdad, hace
Historia.
El autor ya había consagrado centenares de páginas a la
familia real española, desde la liviana Isabel II hasta
hoy. Ahora examina a la pareja Alfonso XIII-Victoria
Eugenia, con respeto, pero sin convencionalismos
apologéticos. El matrimonio por amor súbito fue un
fracaso y, en el largo exilio, las tensiones se
incrementaron. La familia de Alfonso XIII fue otro gran
fracaso, en parte a causa de la hemofilia. Pugnas
dinerarias, disputas sobre derechos de la corona y
destinos trágicos. Los matrimonios por amor y contra el
consejo paterno como los del infante don Gonzalo o el del
infante don Jaime con una cantante alemana fueron
funestos. Era previsible para cualquier observador
sensato, y esperemos que análogos disparates no se
repitan a tales alturas. También el curso vital de
Alfonso XIII fue patético y, a pesar de su patriotismo,
fracasó como soberano. De la Cierva censura al monarca
por el precipitado abandono del trono. Nada de esto se
oculta en este libro donde la narración con frecuencia
adquiere tintes dramáticos.
De la Cierva reconoce un cierto distanciamiento de la
familia y de España por parte de la reina Victoria.
Pero, desde la muerte de su real consorte, fue
recuperando un españolismo que culminó cuando le pidió
a Franco que eligiera uno entre los tres candidatos: Don
Juan, Don Juan Carlos y el recién bautizado don Felipe.
Victoria Eugenia actuó de pacificadora en su familia y
dio muestra de un realismo y de una constancia de los que
carecía su heredero.
Ahora, los palatinos creen halagar al rey denigrando a su
predecesor e inventor, el generalísimo Franco, y se
fabrican unas beligerencias democráticas y
oposicionistas de la dinastía. Todas esas fantasías las
refuta De la Cierva. Adhesión absoluta de Alfonso XIII,
quien llamaba a Franco «el Jefe». Tres intentos de don
Juan para incorporarse a la primera línea del ejército
nacional, rechazadas por Franco, que así le salvó de
morir en el crucero «Baleares». Infantes de España
combatientes y tres muertos en la guerra civil a las
órdenes de Franco. Adhesiones del Conde de Barcelona al
Movimiento Nacional antes y después. En fin, del
ficticio antifranquismo borbónico no queda nada, salvo
la imaginación rencorosa de los pseudocronistas, alguno
de imaginación digna de un folletín dealejandro Dumas.
Libro de grata lectura, sin excesiva apelación a las
fuentes, y de bien trabada unidad narrativa. Desde luego,
el autor no aspira a que lo nombren marqués, por
ejemplo, de Madridejos, aunque se lo merecería más que
casi todos los neotitulados, como Gutiérrez-Mellado, el
más despreciado de los generales españoles por sus
compañeros de armas.
Casi al mismo tiempo que este libro, se ha publicado la
tercera edición de Franco, la historia y la octava de
Historia total de España, dos obras capitales del autor,
de obligada lectura para los que no quieren ser
humillados, y engañados acerca del ser nacional.
A. Maestro
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