Razón Española, nº 111; Los comuneros

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LIBROS: Los comuneros. nº 111

Comentarios de L. Aguado al libro de Joseph Pérez .

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LIBROS: Los comuneros

Pérez, Joseph: Los comuneros, ed. La esfera, Madrid, 2001, 286 págs.



La rebelión comunera de 1520 fue condenada por la historiografía clásica como una rebelión contra el poder legítimo que era el de Carlos I.
Los románticos liberales intentaron rehabilitar a los comuneros y presentarlos como héroes democráticos. Es el caso de la ripiosa "Oda a Padilla" del vate Quintana, publicada en 1813 al calor de la afrancesada Constitución de Cádiz. Los reivindicadores decimonónicos de los comuneros no fueron historiadores, sino políticos liberales. Contra ellos se manifestó Ganivet en 1897 y, sobre todo, Marañón en un magistral estudio de 1957. El primer intento erudito de presentar a los comuneros como adalides de la modernidad es el del ensayo de J.A. Maravall publicado en 1963, severamente criticado en los círculos académicos por el anacronismo de su tesis democratizadora ¡en 1529! En apoyo de Maravall apareció el francés J. Pérez con un trabajo publicado en 1970, e inspirado en la entonces imperante metodología marxista de la lucha de clases, hoy relegada al desván de las curiosidades eruditas. Ese texto es el que ahora se reedita, resumido y con breves alusiones a la bibliografía posterior. El propósito de convertir a los nobles cabecillas comuneros en precursores de los revolucionarios franceses es penalmente lícito; pero no responde a los hechos, ni es compatible con el contexto histórico de mediados del siglo XVI en la España carolina.

Pérez reproduce algunos de los documentos esenciales, como la carta de los frailes salmantinos a los regidores de Zamorano, como los famosos "capítulos" aprobados por la denominada Junta Santa de los comuneros. Las principales directrices de estos textos son fiscales y xenófobas. No quieren más impuestos que los isabelinos, y piden que todos los oficios se otorguen a los nacidos en el lugar correspondiente. Prohiben las exportaciones no sólo de metales preciosos, sino de alimentos. Y definen las Cortes como una reunión de procuradores eclesiasticos, señoriales y urbanos.

Los caudillos comuneros eran hidalgos emparentados entre sí y envidiosos de la gran nobleza. Los doctrinarios de la rebelión eran clérigos inquisitoriales. El comunero obispo Acuña es una de las figuras más impresentables de la historia de España. El modelo económico era el antiliberal mercantilista. El intento comunero de utilizar a Juana la Loca fue sencillamente rastrero. Carecieron de apoyo popular como lo demostró la desbandada de las tropas rebeldes en Villalar. Tan pronto como Carlos V hizo algunas concesiones fiscales, la sublevación perdió apoyo. En suma, el comunero fue un movimiento integrista desde el punto de vista religioso, medievalizante por sus disidencias interseñoriales, económicamente retrógrado, y reaccionario frente a la idea imperial de Carlos V. Egoismo feudal, aldeanismo municipal, autarquía mercantil, y xenofobia fueron los móviles comuneros.

Esta reedición del intento de Pérez no sólo no añade ninguna argumentación a la primera versión, sino que los pocos documentos que reimprime refutan la pretensión de democratizar a Padilla y sus compañeros de sedición.

Ahora, ha rebrotado el romanticismo de Quintana a la sombra de los aldeanismos autonómicos, y algunos quieren presentar a los comuneros como los protomártires de un castellanismo democrático y liberal. Parece un sarcasmo, pero en esa línea se sitúa el autor de este libro, cuya erudición es digna de mejor causa.



L. Aguado



 

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