Rafael Alberti*
Tantos
años celebrando a Rafael Alberti como gran poeta -y sin
duda lo fue (1)- y sin embargo, la persona concreta, el
hombre, todavía resulta en muchos aspectos un
desconocido; quizá se han pasado demasiadas cosas por
alto de las que él mismo contó en La arboleda perdida,
y acaso no se ha prestado, por lo general, bastante
atención a lo que en sus poemas podía haber de
expresión de hechos o circunstancias de su vida (sobre
todo hasta 1933), aunque hay alguna excepción (2).
Nació en 1902 en el seno de una de las principales
familias del Puerto de Santa María. «Los abuelos
-escribió en La arboleda perdida- habían sido
cosecheros de vino, grandes burgueses, propietarios de
viñas y bodegas (...). Ellos y otras cuantas familias
poderosas, eran, aun a principios de este siglo, los
verdaderos amos del Puerto». De niño estudió en las
Carmelitas la primera enseñanza; cuando a los diez años
fue al colegio, el bienestar económico de la familia
había venido a menos. «Que un autor, en las
postrimerías de una Guerra Civil perdida, con la misma
vida insegura, escriba, al evocar sus días de colegio,
que aún le escuecen las humillaciones y amarguras de
entonces, significa que ellos contribuyeron a definir su
personalidad» (Monleón, o.c. 18). Quizá. Pero no es
este lugar ni momento oportuno para examinar en La
arboleda perdida los hechos que relata de su adolescencia
y las reflexiones que hizo casi treinta años después en
torno a ellos. Al leer lo que dice de su época del
colegio de los jesuitas, hasta los quince años, es muy
difícil encontrar motivos para un «odio que hoy sólo
encuentro comparable a ese que los obreros sienten por
sus patronos: es decir, un odio de clase». Es mucho más
probable que ese odio de clase, del que no hay ni el más
leve indicio hasta 1929 ó1930, se debiera a otras
causas, pues en 1928 su recuerdo era el de una niñez
feliz: «yo había perdido un paraíso, tal vez, el de
mis años recientes, mi clara y primerísima juventud,
alegre y sin problemas». La crítica que hace a todos
los aspectos religiosos del colegio, así como de la
religiosidad de su familia («fea, rígida, sucia y
desagradable beatería»), es lógica si se piensa según
él mismo escribió- en que mentía bastante, no era raro
que faltara a clases, hacía malas confesiones, no era
buen estudiante y comulgaba sacrílegamente (utiliza esta
misma palabra). Estos últimos aspectos, a pesar de lo
claro que aparecen en La arboleda, no suelen ser
mencionados, y sin embargo son, a mi juicio, los que
realmente influyeron en su vida (3).
Por razón de su trabajo, los Alberti se trasladaron a
Madrid en 1917. Poco antes, Rafael -por una causa u otra-
había sido expulsado del colegio, «y con esto, la
pérdida del cuarto año del bachillerato, que abandoné
definitivamente por la pintura al trasladarse mi familia
a Madrid».
En los apuntes autobiográficos que puso al frente de la
edición de sus Poesías completas (Buenos Aires, Losada,
1961) anotó: «1917-1923. Dibujar y pintar. Febrilmente.
Academias. Dibujo de estatuas clásicas en el Museo de
Reproducciones. Copias en el Museo del Prado (...) Hacia
1921 comienza mi vocación literaria. Escribo algo ya,
pero todavía pinto. Con una exposición de dibujos y
cuadros en el Ateneo madrileño, me despido de mi primera
vocación». No sólo Academias y Museos, también
pintaba al aire libre, todo ello compatible con una vida
desordenada que poco a poco iba minando su salud.
Insomnio, desgana, falta de apetito... Un día se
desmayó en medio de la calle. Como su padre tampoco iba
muy bien de salud, «me mandaron ese verano como su
acompañante a la sierra de San Rafael». Al llegar el
invierno le acompañó a Málaga, donde hizo pocas
amistades, algunas ya olvidadas -o mejor, borradas- como
las de unos «insoportables señoritos de la buena
sociedad malagueña», con los que visitó «una cálida
noche un precioso prostíbulo cercano al mar. No sin
cierto temor, que perdí a los pocos minutos, penetré
-era la primera vez que lo hacía- en aquella casa
mediterránea de Venus...» (La arboleda, 117).
En Madrid, influído por unos cuadros pintados con luz de
luna, «quise yo ensayar lo mismo, marchándome,
sigiloso, de mi casa, una noche de claro plenilunio a
horas en que supuse que mis padres dormían»; pintó la
Puerta de Alcalá; llegó a su casa a las tres de la
madrugada, y su padre le abofeteó; «cuando llegada la
mañana mostré a los de mi casa mi Puerta de Alcalá,
separando a uno de mis hermanos, al mayor, que sonreía
burlonamente, le dije: Para que veas tú también que se
puede salir de noche sin necesidad de ir de putas (...)
Luego, a la hora de almorzar apareció mi padre,
besándome, sencillo, como lo hacía normalmente,
entendiendo yo con esto que me perdonaba o que tal vez
estaba arrepentido de su injusta violencia. Ni que decir
tiene que aquella misma noche volví a coger mi caja de
colores y sin pedir permiso a nadie me escapé a las
afueras de Madrid en busca de un nuevo paisaje lunar». Y
concluye: «Así continuaba yo educando a mi familia,
defendiendo mi libertad y haciendo respetar mi
queridísima vocación pictórica».
Su padre no logró que terminara el bachillerato, ni
siquiera prometiéndole facilitar sus estudios de Bellas
Artes. Sólo cuando murió en 1920 se dio cuenta Alberti
de lo poco que le había querido. Al recordarlo en La
arboleda (p. 133) muchos años después escribió:
«Allí estaba mudo, casi en la misma postura que tenía
la mañana en que de lejos le mostré, engañándolo, las
notas falsificadas de mis exámenes. Y sentí como si una
piedra -o clavo feroz- me subiese del corazón a la
garganta. Estaba remordido, lleno de infinito pesar por
haberlo tratado casi siempre con una dejadez y frialdad
muy semejante a la falta de amor», pues su padre, «a
pesar de su intranquilidad y disgusto por mi nublado
porvenir, me quería mucho».
Nunca había hablado de aquel desmayo en la calle, pero
dado el régimen de vida que llevaba su salud se
deterioró. Un día se sorprendió escupiendo sangre, y
cuando lo comunicó «a la mañana siguiente, llanto de
mi madre y gran reprimenda de toda la familia por ser yo
el único culpable. Tenían más que razón. No me
cuidaba. Vivía como un caballo desbocado. No comía.
Apenas si dormía cuatro horas. Verdaderamente era un
bruto».
Algún tiempo en un sanatorio en la sierra de Guadarrama
y vuelta a Madrid. Reposo obligado. Había conocido a un
joven escritor valenciano, Juan Chabás, que sin previo
aviso se presentó en su casa. Fue a proponerle que
hiciera con sus cuadros una exposición en el Ateneo,
propuesta que no complació demasiado a Alberti, que le
dijo que había dejado la pintura y que ahora se dedicaba
a escribir. «Quiero que se me olvide como pintor»,
dijo. Al fin consintió en la exposición como su
despedida de la pintura. Se celebró en «el saloncillo
del Ateneo» a primeros de 1922. Pero antes recibió, en
el invierno de 1921, otra visita de Chabás, pero esta
vez acompañado de Dámaso Alonso, «un joven, entonces,
de prematura madurez, con un extraordinario talento;
padecía de desilusión, de una incomprensible falta de
seguridad en sí mismo (...). Se hablaba ya de él como
de un pequeño fenómeno de erudición y sabiduría
(...). Estaba dotado para la poesía como el mejor,
aunque escribiera poco...». Le llevó a Alberti su libro
Poemas puros. Poemillas de la ciudad, que «abrió cauces
hacia la gran poesía de aquella época».
Volvió a la sierra: «como el cuidarme la salud se me
había convertido en una cómoda costumbre, apenas
acababa la primavera planteaba a mi familia, el marcharme
a la sierra para huir del verano y sus calores, tan
dañinos -recalcaba yo- para mi pulmón todavía no
calcificado». En efecto: «1923-1924. Por motivos de
salud, vivo retirado en la Sierra de Guadarrama. Con la
nostalgia del mar, empiezo Marinero en tierra, mi primer
libro orgánico de poemas (...) En la Residencia de
Estudiantes me hago amigo de Federico García Lorca,
Salvador Dalí, Luis Buñuel y Moreno Villa. Voy
conociendo también a los otros poetas que habían de
formar mi generación: Pedro Salinas, Jorge Guillén,
Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, etc.»
(4). Fue Gregorio Prieto, a quien había conocido cuando
ambos pintaban, quien le llevó. Antes debió conocer a
Juan Ramón, a juzgar por un comentario del poeta de
Moguer: «Hay que ver todo lo que Alberti cogió de estos
libros (se refería Juan Ramón a "El
marinerito" y a "El señorito del mar")
que yo le fui leyendo en la terraza de la calle de Lista
antes de que él diera su Marinero en tierra; lo de
"voy por las calles del mar", que tanto ha
repetido, lo cogió de ahí» (Guerrero Ruiz, o.c., I,
238).
«1925. Recibo por Marinero en tierra el Premio Nacional
de Literatura. En el jurado: Ramón Menéndez Pidal,
Carlos Arniches, Antonio Machado, Gabriel Miró y José
Moreno Villa. Visito a Juan Ramón Jiménez, quien me
escribe la preciosa carta que coloco al frente de mi
libro. Soy ya muy amigo de José Bergamín». Gastó las
cinco mil pesetas del premio, y de nuevo volvió a andar
mal de dinero. Sus amistades, ahora, eran poetas y
críticos. En 1926, algunos de ellos tuvieron la idea de
rendir un homenaje a D. Luis de Góngora; fue en un café
donde el mismo Alberti, con Pedro Salinas, Melchor
Fernández Almagro y Gerardo Diego acordaron convocar una
asamblea para prepararlo; así se hizo, y aunque con
varias ausencias, se celebró el homenaje en Sevilla al
siguiente año, tan vinculado a la llamada generación
del 27 y que por ciertas circunstancias disgustó a Juan
Ramón hasta el punto de enviar a Gerardo Diego una
molesta carta a través de Alberti.
«1926. Invierno en Rute (...) Inicio un nuevo libro de
canciones: El alba del alhelí, que completo en Almería
con otros poemas marineros. Antes, a mi paso por Málaga,
visito la Imprenta Sur, en donde Emilio Prados y Manuel
Altolaguirre me reciben sonrientes (...)». Conoció a
Ignacio Sánchez Mejías y viajó con él a Sevilla,
donde conoció también a Fernando Villalón y Luis
Cernuda. «Primera colaboración en la Revista de
Occidente. Amable acogida de José Ortega y Gasset».
Después de Marinero en tierra compuso otros dos libros,
La amante y El alba del alhelí, ambos muy celebrados -o,
al menos, muy aprobados-, por Juan Ramón, que decía que
Alberti era un poeta «de gran facilidad, y lo mejor de
su obra son las cancioncillas». Una de ellas, en la
primera parte de El alba del ahelí (El Platero) dice
así:
-A la Virgen un collar,
y al Niño Dios un anillo.
Platerillo,
no te lo podré pagar.
-¡Si yo no quiero dinero!
-¿Y entonces qué? Di
Besar el Niño es lo que yo quiero.
-Besa, sí.
Ya
nunca volvió a sentir algo parecido. Todavía, pues, en
1926 conservaba, aunque de modo muy superficial, algo de
la fe católica en la que había sido bautizado.
En 1927 escribió Cal y Canto (título que debió a José
Bergamín) y conoció a Manuel de Falla. En 1928 anotó:
«Amor. Ira. Cólera. Rabia. Fracaso. Desconcierto. Sobre
los ángeles. Aparecen Cántico, de Jorge Guillén, y el
Romancero gitano, de García Lorca. Comienzan mis poemas
dedicados a los grandes "tontos" del cine». A
juzgar por lo que dice en La arboleda, lo que calla y lo
que deja entrever, su vida hasta entonces había sido un
deslizarse continuamente cuesta abajo, sin ninguna
disciplina. He aquí cómo lo vio Dámaso Alonso, hacia
1922 y adelante, buen amigo suyo: «No sólo era Alberti
el más inconsciente, desocupado y despreocupado gustador
de la vida, sino el espíritu más rebelde a toda
disciplina, con una manera de anarquismo estrictamente
literario. ¡Nadie le podría haber imaginado como pieza
de una especie de conventualidad política, de una
disciplinada estructura de hierro!» (Poetas españoles
contemporáneos, Gredos, 1988, p. 160). Sin tiempo para
pensar (y probablemente sin deseo de hacerlo), llegó un
momento en que hubo de adquirir conciencia de lo que
había sido su vida hasta entonces, sin ideales -a no ser
que lo fuera la poesía- ni provecho, vacía. Y entonces
sobrevino la crisis; por primera y única vez llegó al
fondo de lo que era, y lo que vio no le gustó. Debió
ser terrible, a juzgar por la descripción que hizo en La
arboleda:
«¿Qué espolazo en la sombra me separó casi
insensiblemente de la luz, de la forma marmórea de mis
poemas inmediatos, del canto aún no lejano de las
fuentes populares, de mis barcos, esteros y salinas, para
arrojarme en aquel pozo de tinieblas, aquel agujero de
oscuridad, en el que bracearía casi en estado agónico,
pero violentamente, por encontrar una salida a las
superficies habitadas, al puro aire de la vida? (...)
¡Cuántas cosas reales, en claroscuro, me habían ido
empujando hasta caer, como un rayo crujiente, en aquel
hondo precipicio! El amor imposible, golpeado y
traicionado en las mejores horas de entrega y confianza;
los celos más rabiosos, capaces de tramar en el desvelo
de la noche el frío crimen calculado; la triste sombra
del amigo suicida, como un badajo mudo de campana
repicando en mi frente (5); la envidia y el odio
inconfesados, luchando por salir, por reventar como una
bomba subterránea sin escape; los bolsillos vacíos,
inservibles ni para calentarme las manos; las caminatas
infinitas, sin rumbo fijo, bajo el viento, la lluvia y
los calores; la familia indiferente o silenciosa ante
esta tremenda batalla, que asomaba a mi rostro, a todo mi
ser, que se caía, sonámbulo, por los pasillos de la
casa, por los bancos de los paseos; los miedos
infantiles, invadiéndome en ráfagas que me traían aún
remordimientos, dudas, temores del infierno, ecos
umbríos de aquel colegio jesuita que amé y sufrí en mi
bahía gaditana; el descontento de mi obra anterior, mi
prisa, algo que me impelía incesantemente a no pararme
en nada, a no darme un instante de respiro; todo esto, y
muchas cosas más, contradictorias, inexplicables,
laberínticas. ¿Qué hacer, cómo hablar, cómo gritar,
cómo dar forma a esa maraña en que me debatía, cómo
erguirme de nuevo de aquella sima de catástrofes en que
estaba sumido? Sumergiéndome, enterrándome cada vez
más en mis propias ruinas, tapándome con mis escombros,
con las entrañas rotas, astillados los huesos. Y se me
revelaron entonces los ángeles, no como los cristianos,
corpóreos, de los bellos cuadros o estampas, sino como
irresistibles fuerzas del espíritu, moldeables a los
estados más turbios y secretos de mi naturaleza. Y los
solté en bandadas por el mundo, ciegas reencarnaciones
de todo lo cruento, lo desolado, lo agónico, lo terrible
y a veces bueno que había en mí y me cercaba.
Yo había perdido un paraíso, tal vez el de mis años
recientes, mi clara y primerísima juventud, alegre y sin
problemas. Me encontraba de pronto como sin nada, sin
azules detrás, quebrantada de nuevo la salud,
estropeado, roto en mis centros más íntimos. Me empecé
a aislar de todo: de amigos, de tertulias, de la
Residencia, de la ciudad misma que habitaba.
(...) Un poeta antipático, hiriente, mordaz,
insorportable, según los rumores que me llegaban.
Envidiaba y odiaba la posición de los demás: felices
casi todos; unos, con dinero de su familia; otros, con
carreras, para vivir tranquilos: catedráticos, viajeros
por universidades del mundo, (referencia a Dámaso,
Salinas, Moreno Villa, Juan Larrea, A. Machado, Guillén,
G. Diego...) bibliotecarios, empleados en ministerios, en
oficinas de turismo... ¿Yo? ¿Qué era yo? Ni bachiller
siquiera; un hurón en mi casa, enemistado con los míos,
yendo a pie a todas partes, rodando como hoja y con agua
de lluvia en las plantas rotas de los zapatos. Quise
trabajar, hacer algo que no fuera escribir. Supliqué
entonces a varios arquitectos amigos que me colocasen de
peón de albañil en cualquier obra. ¡Cómo! Imposible.
Pensaban que era una broma, una extravagancia o manera de
llamar la atención. Y sin embargo, yo insistía: pocero,
barrendero, o peor, lo más modesto, lo más rebajante...
Me urgía salir de aquella cueva cargada de demonios, de
insomnios largos, de pesadillas. Fue entonces cuando
José María de Cossío me invitó a pasar unos días en
su casona de Tudanca. Y allí llegué con él, una noche
de lluvia, a caballo, alumbrados por un farol, entre
arroyos crecidos y golpes de ventisca» (6).
Alberti mencionó -al parecer, como causas de su crisis-
un amor traicionado, probablemente más fuerte que otros
anteriores, y «la triste sombra del amigo suicida», la
envidia y el odio... Pero hay algo más profundo que todo
eso que no aparece en La arboleda, que tiene que ver con
la fe y la esperanza, y que puede rastrearse (al menos,
con algún fundamento, aunque sea mínimo) en sus versos.
Veamos.
En Marinero en tierra -escrito, recuérdese, en
1923-1924- hay un poema que titula Triduo de alba, sobre
el Atlántico, en honor de la Virgen del Carmelo,
integrado por tres sonetos a la Virgen del Carmen:
«Coronación -Día de amor y de bonanza- Día de la
tribulación». El primero de ellos dice así:
Sobre el mar que le da su brazo
al río
de mi país, te nombran capitana
de los mares, la voz de la mañana
y la sirena azul de mi navío.
Los faros verdes pasan su diana
por el quieto arenal del playerío.
Del fondo del mar, el vocerío
sube, en tu honor -tin, tan- de una campana.
¡Campanita de Iglesia submarina,
quién te tañera y bajo ti ayudara
una misa a la Virgen del Carmelo,
¡ya generala y sol de la marina!...
La cúpula del mar, como tiara;
y como nimbro la ilusión del cielo.
En La
arboleda perdida, escrita muchos años después, Alberti
justificó estos sonetos como regalo a su madre, que
-dice- «se conmovió profundamente, deduciendo con
aquellas líricas oraciones que mi ya advertida
indiferencia religiosa se avivaba». Sin embargo, y por
el mismo texto de estos sonetos y algún otro breve
poema, no parece que fuera exactamente como dijo.
Por de pronto creo que al justificar sus sonetos a la
Virgen, Alberti se expresó mal, pues el Triduo de alba
no llevaba precisamente a avivar su ya «advertida
indiferencia religiosa»; más bien parece que su madre
dedujo que con aquellas oraciones líricas se avivaba, no
la indiferencia, sino la fe de su hijo, como si lo que se
avivara fueran los rescoldos de una fe que todavía no
había desaparecido.
Lo que el tercer soneto del Triduo de alba (Día de la
tribulación) parece indicar (o del que se puede deducir)
es que todavía Alberti, consciente de su deslizamiento
hacia la indiferencia religiosa, acude a ponerse bajo el
amparo de la Virgen como tabla de salvación:
¡Oh Virgen remadora, ya clarea
la alba luz sobre el llanto de los mares!
Contra mis casi hundidos tajamares,
arremete el mastín de la marea.
Mi barca, sin timón, caracolea
sobre el tumulto gris de los azares.
Deje tu pie, descalzo, sus altares,
y la mar negra verde pronto sea.
Toquen mis manos el cuadrado anzuelo
-tu escapulario-, Virgen del Carmelo,
y hazme delfín, Señora, tú que puedes...
Sobre mis hombros te llevaré a nado
a las más hondas grutas del pescado,
donde nunca jamás llegan las redes.
Cualesquiera
que fuesen las vicisitudes por las que pasó en los años
veinte, parece ser que hacia el final de ellos su crisis
religiosa había llegado al final, decantándose hacia la
pérdida de la fe. Esto sucedió en 1928.
Pues fue en Tudanca en la primavera de 1928, durante los
días que fue huésped de Cossío, cuando escribió Sobre
los ángeles (mejor, cuando lo concluyó); y allí es
fácil comprobar -si se tiene en cuenta el Triduo de alba
y se lee bien- el fin que puso Alberti a su angustiosa
crisis. Los versos que van al frente del libro y que
titula Paraíso perdido, son como un pórtico, y tan
expresivos que parece como si se hubiera cerrado
definitivamente la puerta de la esperanza:
Diluidos, sin forma
la verdad que en sí ocultan,
huyen de mí los cielos.
Ya en el fin de la Tierra,
sobre el último filo,
resbalando los ojos,
muerta en mí la esperanza,
ese pórtico verde
busco en las negras simas.
¡Oh boquete de sombras!
¡Hervidero del mundo!
¡Qué confusión de siglos!
¡Atrás, atrás! ¡Qué espanto
de tinieblas sin voces!
¡Qué perdida mi alma!
Ángel muerto, despierta.
¿Dónde estás? Ilumina
con tu rayo el retorno.
Silencio. Más silencio.
Inmóviles los pulsos
del sinfín de la noche.
¡Paraíso perdido!
Perdido por buscarte,
yo, sin luz para siempre.
La
impresión que queda después de su lectura reposada es
la de que ya se había, o desvanecido, o abandonado hasta
el último rescoldo la fe católica, como arrastrado por
una fuerza maldita que le impulsaba a un camino sin
retorno. Como describió en La arboleda, aquella fuerza
le hizo «caer, como un rayo crujiente, en aquel hondo
principio» del que, al parecer, ya no salió. La «mar
negra» de la desolación ya nunca volvió a ser «la mar
verde» de la esperanza (7).
La amistad de Alberti con Cossío databa de los años
1923 ó1924; las cartas que entre 1926 y 1934 escribió
el primero al segundo y publicadas recientemente,
todavía proporcionan algunos datos en relación al
desenlace que tuvo la crisis vital de Alberti. Alberti
solía enviarle sus poemas, de los que Cossío hacía a
veces de editor (8) y a veces de agente literario.
Contrariamente a la excepcional página -la de mayor
profundidad de La arboleda- en la que describió su
crisis, el tono de sus cartas a Cossío es superficial,
su contenido casi siempre referente a la poesía, a los
poetas y a él mismo, con frecuentes alusiones a su falta
de dinero y ocasionales referencias a sus andanzas.
La estancia de Alberti en Tudanca comprendió los meses
de mayo y junio de 1928. El 25 de junio estaba de nuevo
en Madrid; en julio le da una triste noticia referente a
su hermana: «Se ha vuelto loca. Anda a estas horas por
los jardines del sanatorio del doctor Esquerdo... Estoy
mal... Mi madre, agradecidísima, te saluda». El 15 de
agosto una carta reveladora:
«Aquí me tienes en la mayor miseria. Pero, no sé por
qué -por cretinismo, sin duda- contento y yendo a todas
partes. Y es que ya he perdido la poca moral y la escasa
verguenza que me quedaba. Una desgracia. Quizá una
suerte. La cuestión es que estoy entregado a todos los
vicios. ¿Para qué ocultarlo por más tiempo? Digámoslo
de una vez. Soy, en pleno 1928, la verdadera encarnación
del inmoral y envilecido Sardanápalo. Así. ¿Te da
pena? A mí, ninguna» (9).
El 29 de octubre, después de excusarse con Cossío
(«como siempre, te pido la muerte por mi comportamiento
incalificable»), una noticia de Sobre los ángeles y una
mención del dinero: «La otra mañana tuve, en la
exposición de Benjamín Palencia, un éxito ruidoso con
mi libro, con nuestro libro, Sobre los ángeles. Había
unas 150 personas (...) Sigo trabajando muchísimo. Estoy
más entusiasmado que nunca. Pero... na va pli plá
d'aryan (sic). Una desgracia propia de poetas».
Tenía muy buen concepto de sí mismo, y se valoraba muy
alto. En su correspondencia con Cossío hay de vez en
cuando expresiones de autoafirmación, aunque alguna
-como esta de 25 de junio de 1927- parezca dicha en tono
de broma; pero aún así el fondo es serio: «¿No te da
rabia que un poeta como yo no tenga contratos?», o esta
otra de 1926: «Me imagino que en el Ateneo de Valladolid
dirán que soy el mejor poeta de España. No se te
olvide». De todos modos, si no era el mejor poeta de
España, él creía serlo o quería serlo o tal vez lo
fuera. En una cuartilla garrapateada mientras trabajaba,
encontrada en Tudanca de cuando componía Sobre los
ángeles, se leen «epigramas y «cuchufletas» como
estas: «Rafael Alberti, el mejor poeta de España, el
más simpático y orgulloso», «Lorca es un tonto»,
«Juan Ramón Jiménez, poeta, que no vale una peseta»,
«Federico García Lorca, poeta costumbrista, natural de
Asquerosa (¡!)». «Quita luna a la función, la
ausencia de Juan Ramón».
La carta a Cossío de febrero de 1929 es otra de las que
permite seguir la evolución de Alberti hasta su
definitiva actitud: «Sobre los ángeles ha quedado
estupendo. Es, sin duda alguna, mi mejor Obra (10). Hace
cerca de doscientas páginas. Después de Tudanca
trabajé como un desesperado. No te conté que dí una
lectura de este libro en la Sociedad de versos y
conferencias (Residencia de Estudiantes). Fueron
presentados mis ángeles por P. Salinas. ¡Magnífico! El
salón estaba lleno de princesas que me miraban con
impertinentes. (Creo que todas eran putas). Mi lectura
resultó algo así como un sermón de cuaresma. La gente
estaba sobrecogida, sumisa, recibiendo ladrillazos y
bofetadas de mis ángeles y arcángeles rabiosos. Tuve
éxito. Mucho. Me dieron 250 pesetas. (Una porquería,
tratándose de una culta sociedad fundada por duques,
príncipes y virreyes. Ahora sigo trabajando. Prosa,
teatro, conferencias y poesías. Quiero alcanzar, en
vida, la fama, la inmortalidad. Hasta que el mundo no se
me arrodille para que yo, desde un balcón cualquiera,
pueda echarle un gargajo, no estaré contento. Y llegará
ese día. Lo sé. Pero tengo que reventarme escribiendo.
A veces, me aburro y hasta llego a cagarme en la poesía
y en la madre de Paul Valéry. Pero inmediatamente
continúo, con ira. Deseo mucho, mucho, más que nadie. Y
lloro, y me doy con la cabeza contra la mesita de noche.
De verdad».
Ese mismo año -1929- es el primero del que se tiene
noticia de su interés por algo más que él mismo y la
poesía: «1929. Pablo Neruda, a quien no conozco
todavía, me escribe desde la isla de Java. Conozco, en
manuscrito su Residencia en tierra (11); empiezo a
intervenir en las luchas estudiantiles contra la
dictadura de Primo de Rivera».
En sus notas autobiográficas, Alberti da, con referencia
a 1930, esta escueta noticia: «Conozco a María Teresa
León». Era de Logroño, hija de padre militar bastante
incrédulo en materia religiosa, pero que había
secundado el golpe de Estado de Primo de Rivera. Casada,
pero separada y con dos hijos, era escritora, muy
independiente (12) «mujer dominante y arisca», con
escaso sentido del humor (según Buñuel) y más bien
superficial. Guerrero Ruiz, que llevaba un a modo de
diario al que trasladaba sus conversaciones con Juan
Ramón Jiménez, escribió el 7 de enero de 1931: «Le
cuento brevemente la fuga de Rafael Alberti a Mallorca
con María Teresa León, ocurrida hace dos o tres días,
y dice que no se explica la necesidad de marcharse cuando
ya en Madrid estaban "fugados", pero en fin,
"que sean felices y Dios les proteja"». No tan
brevemente informó el 11 de enero de 1931 Pedro Salinas
a J. Guillén del acontecimiento: «Alberti iba a
estrenar ahora su Santa Casilda. Pero he aquí,
¡prepárate!, que se ha fugado hace ocho días con una
bella dama, literata [sic] mala ella, María Teresa
León, a Mallorca como es natural, abandonando en mis
manos Santa Casilda y Maruja Mallo. Es la AAA-Aventura.
Un disparate. La cosa aún no se sabe por ahí porque
Rafael ha desaparecido sin decir nada ni en su casa (...)
El niño, claro es, va con todo pagado, y corona así su
historia moral. A mí de todos modos me ha gustado el
rasgo, porque me indica que hay algo para Alberti
superior a la vanidad y al deseo del éxito. Lo malo es
algo» (13).
En La Arboleda perdida, Alberti, después de relatar su
conocimiento con María T. León, su estancia en Mallorca
y su regreso a Madrid, da un dato importante: «Mi madre,
muy enferma del corazón desde hacía tiempo,
aprovechando una breve mejoría, se trasladó al sur a
casa de mi hermana. (No la vería más). Agustín estaba
ya casado. Quedaba sólo mi hermano Vicente, casado
también, con quien tenía que seguir viviendo (...). Con
María Teresa me pasaba las horas trabajando en algunos
poemas o ayudándola a corregir un libro de cuentos que
preparaba. Una noche -lo habíamos decidido- no volví
más a casa. Definitivamente, tanto ella como yo
empezaríamos una nueva vida, libre de prejuicios, sin
importarnos el qué dirán, aquel temido qué dirán de
la España gazmoña que odiábamos» (p. 306).
Fue el rompimiento de ambos con sus respectivas familias,
una ruptura que parece que se convirtió por parte de
Alberti en repudio, como lo escribió en su terrible
poema:
Os marcháis, viejos padres,
os marcháis,
os hundís todos juntos
derrotada familia de ladrones
Sentimos cómo os vais
y no queremos reteneros,
cómo angustiados resistís a esta impuesta
partida,
a esta pérdida
que os precipitamos a empujones,
a grandes paletadas de odio,
de fuego,
tierra,
sangre.
Quedaos allí,
quedaos,
gritando en ese hoya de ignominia,
muertos en esa cueva de olvido,
caritativos padres,
caritativa unión de saqueadores,
con vuestra caridad,
con vuestra hirviente limosna,
con vuestro largo orgullo derrotado (14).
También
en otro sentido fue importante el año 1930. El uno de
enero firmó el poema Con los zapatos puestos tengo que
morir. Elegía cívica, «primer intento de poesía
social», según él mismo dijo, pero cuya calidad
poética -si la tiene- no apreció, o no supo apreciar,
Juan Ramón cuando escribió: «Las Elegías de Alberti
parece que están hechas con prosa de artículo de
periódico, y no tiene valor alguna el hilvanar
mecánicamente cosas absurdas una tras otras que pueden
continuar hasta el infinito» (J. Guerrero, o.c., I, 155
y 156). Claro que según Lechner, Alberti con su poesía
comprometida «no iba tanto en busca de literatura como
de un arma de combate para realizar el advenimiento de la
sociedad, más justa para todos, en la que soñaba»,
aunque esto último es dudoso. En efecto, el uso de
«términos escatológicos y referencias a la vida sexual
en su forma más desenfadada, imágines que respiran
amenaza y destrucción, rebelión contra instituciones
consagradas -familia, educadores, clero, realeza-, y
ciertas afirmaciones» (J. Lechner, o.c., 67) indicaron
el comienzo de una nueva -y definitiva- orientación de
su vida (15).
Algunas frases de su correspondencia con Cossío en este
mismo año -dentro del tono generalmente superficial- nos
informan de recaídas en su salud, de su obsesión por el
dinero y de momentos de desesperación. Desde julio o
agosto estaba de nuevo en la sierra -Cercedilla-: «Eres
muy buena persona, y voy a ganar mucho dinero contigo»
(16 de agosto); «Ando muy mal de argento y necesito,
para mi salud, estar en la sierra hasta el mes de octubre
(...) Este verano he trabajado poco. Pero ahora voy a
empezar. Me volveré a comer todo el mundo» (fines de
agosto); «Trabajo poco. Espero la llegada de los Artigas
para estrenar mi Santa Casilda. Esta obra,
indudablemente, me dará mucho argento (...) Bueno.
Adiós. Escríbeme y mándame argento. Ya sabes que los
buenos poetas siempre esperan ser favorecidos por hombres
potentados y aristocráticos como tú» (Madrid,
noviembre); «Estoy, por lo tanto, tristísimo,
arruinadísimo, al borde de la desesperación, a una
cuarta del suicidio. Nada de esto es broma. De toda la
jeune generation (sic) soy el más desgraciado, el más
ruso. Pero también, indudablemente, el mejor (...). Una
cosa importante: ¿habrá argento? Si lo hay, que sea
pronto. Tú sabes que mi ruina es auténtica» (fines de
diciembre).
Los años 1931 y 1932 acabaron de moldear el futuro de
Alberti. «1931. Estreno mi primera obra de teatro: El
hombre deshabitado. Gran escándalo y éxito. Cae la
monarquía de Alfonso XIII y se proclama la República.
Nueva obra escénica: Fermín Galán (romance de ciego en
honor del héroe republicano fusilado el año anterior
por la monarquía). La estrena en el Teatro Español la
ilustre actriz Margarita Xirgu. Inicio mi amistad con
Unamuno. Me marcho con mi mujer a Francia, pasando el
verano en la isla de Port-Cros en compañía del poeta
Jules Supervielle. Invierno en París. Amistad con
Picasso. Frecuento a César Vallejo, Miguel Angel
Asturias, Henri Michaud, Arturo Uslar Pietri, Alejo
Carpentier...».
El 28 de febrero, un poco antes de la proclamación de la
República, estrenó Alberti su primera obra dramática,
El hombre deshabitado, de la que se ocupó ampliamente
José Monleón, aunque desde luego su interpretación no
es la única que se pueda dar, pese a que tome como punto
de partida las palabras del mismo Alberti en el prólogo
a la edición de Losada en 1956. «Yo entiendo -escribe
Monleón- que lo único que le interesa a Alberti es la
Ciudad de sus contemporáneos, utilizando los esquemas
del Auto Sacramental como residuo cultural (...) que
facilita la expresión dramática perseguida, a la vez
que revela su regresiva significación ideológica»
(16). Más bien parece El hombre deshabitado la
expresión del drama -o la tragedia- interior de Alberti,
la que comenzó por los años veinte y se manifestó en
los sonetos a la Virgen del Carmen, en su crisis de 1928,
en Sobre los ángeles y, como punto final, en esta su
primera obra teatral. Creo que El hombre deshabitado es
ininteligible sin la crisis de 1928 (con sus
antecedentes) y da la impresión de que Alberti, empujado
por el mismo impulso que le llevó a reflejar su estado
interior en algunas estrofas de Sobre los ángeles, se
retrata a sí mismo en su primer intento dramático.
El hombre, «a quien esperaba la paz eterna -dice
Monleón- caso de conservarse sin saber, ver ni desear»
(en efecto, sólo por el pecado original conoció el
mal), fue dotado por el Vigilante nocturno (Dios) de
Cinco Sentidos, advirtiéndole que «pueden, si su alma
no sabe conducirlos, jugarle una mala partida»; pero se
confabulan con la Tentación (en figura de dama
hermosísima), con la que el hombre se va, asesinando
(simbólicamente) a su Esposa (¿la Gracia?), cuyo
espectro (El Remordimiento) no deja de inquietarle.
Alberti no había olvidado la Historia Sagrada que
entonces se aprendía en los colegios. En el epílogo
parece como si no pudiera desprenderse de lo que
angustiosamente había expuesto en Sobre los ángeles;
pero ahora no hay angustia, sino la aceptación de un
hecho:
El hombre.- Arderé odiándote,
Señor.
El Vigilante nocturno.- Hablas como los ángeles
caídos.
Pero aún eres menos que el último de todos:
¡un simple hombre condenado!.
Un
remordimiento sin arrepentimiento, para acabar
convirtiendo un drama personal en simple literatura. No
parece que Guerrero llegara al fondo de la obra cuando
comentó a Juan Ramón: «Ayer estuve a ver El hombre
deshabitado, de Alberti, encontrando que la obra está
bastante bien, aún cuando recuerda mucho El gran teatro
del mundo (...); había poca gente en el teatro, y la
mayoría protestando aun los pasajes más delicados»
(o.c., 1 de marzo). Alberti acertó a medias cuando
anotó, con referencia a El hombre deshabitado: «Gran
escándalo y éxito», porque fue un escándalo su
contenido («¿Cómo es posible -escribió M. Teresa
León, o.c., 97- llevar a la escena esa existencia del
hombre dominado por sus sentidos, cayendo en la
tentación, yéndose a los infiernos después de insultar
a su Creador?», y lo fue también el grito del autor:
«¡Viva el exterminio! ¡Abajo la podredumbre de la
actual escena española!»; y fue un éxito, en el
sentido de que realmente lograra escandalizar.
«En Nueva España (4 de marzo de 1931) apareció una
crítica durísima: Nueva España (que Pedro Salinas
calificó como «órgano de la alcantarilla») había
sido fundada por J. Arderius, Díaz Fernández y Antonio
Espina. Este último había sido zaherido por Alberti,
junto con el grupo de la Revista de Occidente en el Auto
de los Reyes Magos; y con ocasión del estreno de El
hombre deshabitado vio -y aprovechó- la oportunidad de
devolverle el cumplido con un comentario que afectaba
más aún al autor que a la obra: «El surrealismo
español no es izquierdista, sino retrógrado. Por eso se
ha ido al ABC, en cuyos preciosos números dominicales,
con hueco-grabado y hueco-texto, que tanta delicia les
producen a las burguesitas, pueden leerse los versos del
señor Alberti y demás surrealistas celtíberos. El
señor Alberti, sobre todo, es un ángel de las chuflas
líricas. De él ha dicho otro elegante poeta y turista,
que era el prototipo del poeta, del «vago», del hombre
sobrante, del señorito sin dinero, en una palabra. Ahora
don Rafael Alberti ha estrenado un drama, o cosa así,
con el título de El hombre deshabitado. ¡Excelente
título que caracteriza a su autor! Deshabitado del todo,
especialmente del cerebro. El hombre deshabitado no es,
pues, extraño que se alquile, ya sea en ABC o en la isla
de Mallorca, al lado de una «Jorge Sand» de Burgos que
maneja con más gracia los dólares que la pluma (...) El
señor Alberti gritó «¡Viva el exterminio!» «¡Muera
la bazofia!» Perfectamente. Pero tendrán ustedes que
reconocer que lo mismo hubiera podido gritar: «¡Viva el
pollo con arroz!»
Escribió M. Teresa León -y estuvo acertada-: «Rafael
había sido siempre escandaloso... Cuenta que siempre que
expuso sus cuadros fueron piedra de escándalo». Así
prosiguió cuando dejó de pintar y se puso a escribir.
En noviembre de 1929, invitado por el Lyceum Club a dar
una conferencia salió «vestido a usanza de los cómicos
mudos, con smoking, margarita blanca en el ojal y
sombrero hongo, haciendo gala de un histrionismo agresivo
(...); constituyó un sonado escándalo por su burla de
las principales figuras intelectuales del momento, de
Ortega a Juan Ramón, de Ors a la Real Academia, de las
reglas de urbanidad y del sistema de enseñanza». La
burla a los intelectuales -escribió Pedro Salinas a
Jorge Guillén el 20 de noviembre- fue «en términos
surrealistas», es decir, casi insultantes. El jaleo ha
sido enorme. Ahora dice que es un juglar y que se
dedicará a representar sátiras literarias» (17).
Cuando se proclamó la República -14 de abril de 1931-
Rafael Alberti y María Teresa León estaban en Rota.
«Nos miramos enternecidos -escribe M.T. León- (...) Era
una república que traía con ella hasta sus héroes:
Fermín Galán y García Hernández, fusilados (...)
Cuando llegamos a Madrid ya murmuraba Rafael su romance
de Galán y García Hernández que iba a convertirse en
el cantar de ciego para estrenarla Margarita Xirgu en el
Teatro Español». Pero esta vez Alberti ya no habló de
«gran escándalo y éxito», sino de «mi desgraciado
Fermín Galán». Con razón. He aquí el testimonio del
propio autor:
«El primer acto pasó bien -explica en La arboleda-,
pero cuando en el segundo apareció el cuadro en el que
tuve la peregrina idea de sacar a la Virgen con fusil y
bayoneta calada, acudiendo en socorro de los maltrechos
sublevados y pidiendo a gritos la cabeza del rey y del
general Berenguer, el teatro entero protestó
violentamente; los republicanos ateos porque nada
querían con la Virgen, y los monárquicos por parecerles
espantosos tan criminales sentimientos en aquella madre
de Dios que yo me había inventado. Pero lo peor faltaba
todavía: el cuadro del cardenal -monseñor Segura-
borracho y soltando latinajos molierescos en medio de una
fiesta en el palacio de los duques.»
Al regreso a Madrid después de un largo viaje por
Europa, Pedro Salinas escribía a Jorge Guillén, a
propósito de la representación de esta otra tentativa
de teatro revolucionario:
«Estrenan Fermín Galán. ¡Qué desastre, chico!
Reinaba tal unanimidad en la censura que yo fui,
anteanoche, al teatro esperando que me gustara. Pero
pronto se me pasó. ¡Qué esperansa, ché! La obra es
una hábil combinación de Komintem, Dicenta, Baralt y
pseudo Alberti. Y lo peor es que no se ha equivocado,
como dicen los cándidos. Ha ido a eso, ¡nada más que a
eso!, con un cinismo y una desvergüeza superangélicas.
Necesito apelar a la historia del toreo, recordar las
faenas del Gallo en su máximo descaro para encontrar
algo comparable. No he visto aun al niño. No sé lo que
le diré, si mandarlo a paseo o decirle que me gusta
mucho. Menos mal que le ha salido su paladín Cipriano
(mal llamado Mariquilla Terremoto) que asegura que los
avanzados somos incomprendidos, y que la obra es muy
revolucionaria. Infecto, chico. Y todo quizá por la dama
enamorada. ¡Viva la poesía pura!» (18).
El diplomático chileno Carlos Morla, amigo de Alberti,
que asistió con sus tertulianos al teatro, consideró la
representación como un error: «No se lleva a la escena
un hecho infinitamente doloroso -ocurrido ayer- cuando
impera la obsesión de una madre, una joven viuda y de un
niño que se hallan sumidos en la más honda
desolación» y pensaba que era un ejemplo de lo que no
debía hacerse. «No faltaron quienes le advirtieron a
Rafael que era preferible que no lo hiciera, y creo no
equivocarme al afirmar que numerosos amigos suyos -poetas
como él de ideologías avanzadas- pensaban de igual
manera». Terminaba diciendo: «No basta tener talento en
este mundo; hay que saber aprovecharlo en forma
edificante y no caer en la debilidad de aplicarlo para
satisfacer odio y rencores» (Morla, o.c. 64).
Poco tiempo después del estreno -escribió Alberti- «yo
me iba a París, pensionado por la Junta para Ampliación
de Estudios con el fin de estudiar las nuevas tendencias
del teatro europeo». Lo comunicó a Cossío, en carta
desde París el 29 de septiembre: «Yo vivo ahora en
París, pensionado por la Junta de Estudios para estudiar
el nuevo teatro francés (que no existe y tendré que
inventarlo). Vengo de pasar una temporada en la isla de
Port Cros...».
«1932. Sigo en París (...) Estancia en Berlín. Primer
viaje a la Unión Soviética, donde durante dos meses
frecuento los teatros y me relaciono con los más
importantes poetas y escritores de ese país: Aseev,
Kirsanov, Pasternak, Cholojov, etc. Me encuentro en
Moscú con Louis Aragon y Elsa Triolet. Regreso a
Berlín. Viajes. Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda.
Asistió en Amsterdam al primer Congreso Mundial contra
la guerra. Lo preside Henri Barbusse, a quien conozco.
Ascensión de Hitler al poder. Presencio el incendio del
Reichstag, la lucha heroica de los obreros del barrio de
Weding. Siendo imposible continuar en Alemania, regreso
nuevamente a París y luego a España.»
En febrero de 1932 seguía en París, según escribió el
10 a Cossío: «Como tú sabes, estamos en París, en
París, cerebro puñetero del mundo (...). Ahora me
acuerdo de Tudanca y de los meses que pasé contigo, y de
mi libro de los ángeles. ¿Has puesto ya la lápida en
el cuarto donde yo escribí mis poemas?» (19)
No tardó mucho en cambiar París por Berlín; mediados
de 1932 estaba ya instalado; una carta a Cossío del 11
de julio le da noticia de una breve estancia en París
«para recitar ante la orquesta sinfónica (¡!) el
prólogo de La Pájara Pinta. Figúrate. En el concierto
me encontré a Gerardo. Él me vio desgañitarme, tirarme
al suelo, y dar la voltereta ante los franceses, a los
que debí parecer un desesperado. Sospecho que no
comprendieron nada. Pero yo me divertí y gané mi
argento» (20). En Berlín conoció a Erwin Piscator y a
Bertold Brecht, ambos estrechamente ligados a la URSS a
través del trust de Münzenberg.
No aclara Alberti el motivo que les hizo viajar a Rusia.
En carta a Cossío de 18 de julio de 1932 escribió:
«Doy clase de alemán diariamente (...) Me preparo para
ir a Rusia a fines de septiembre. Habrá un Congreso
teatral muy importante y a María Teresa y a mí nos han
invitado». Pero en el tercer libro de La arboleda
perdida (Madrid, 1990, p. 26) dijo otra cosa: «El
Intourist ruso organizaba, con billete de ida y vuelta,
por 260 marcos, para estudiantes y obreros, ocho días en
Moscú, o repartidos entre Moscú y Leningrado. Enrolados
a una de esas excursiones, María Teresa y yo, en el
declive de ese año, tomamos en Berlín el expreso de
Varsovia (...) Tres días llevábamos ya en Moscú cuando
la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios
(MORP) nos invitó a quedarnos con ellos». En efecto, se
quedaron durante dos meses constantemente acompañados
por el poeta y profesor de castellano de la Universidad
Teodoro Kelyin-Fedor, que les presentó a poetas y
escritores. Desde allí Alberti envió crónicas que ha
publicado Robert Marrast, tomadas del periódico Luz, y
que fueron utilizadas -por Alberti- a veces literalmente
para componer la continuación de su autobiografía.
En Moscú coincidió con Louis Aragon y Elsa Triolet, una
noche, «la de Navidad en otros países», en casa de la
viuda de Maiakovski, Lilí Brik, hermana de Elsa Triolet.
Ambos, Aragón y Elsa, son personajes curiosos. El
primero se pasó del surrealismo al comunismo, como antes
se vio, separándose de sus amigos Breton y los demás;
tuvo fama de buen poeta, y seguramente lo fue, pero no
dice mucho en su favor, aunque sí en el de su fanatismo,
que llamara a Stalin «el mayor filósofo de todos los
tiempos». En cuanto a Elsa Triolet, una de las más
importantes «damas del Kremlin», encontró en
Aragón-como su hermana en Maiakovski- su gran poeta, y
«presidió durante más de treinta años el círculo
elegante del estalinismo europeo, íntima de las figuras
más repelentes del aparato soviético» (21).
Al terminar su estancia en la Unión Soviética regresó
a Berlín, donde encontró prácticamente deshecho el
partido comunista alemán; después del incendio del
Reichstag (27 de febrero de 1933) y con Hitler en la
Cancillería, se apresuró a dejar Alemania, y por París
regresó a España. Había completado su transformación,
que cristalizó a través de su contacto, primero, con
los comunistas alemanes, luego con los intelectuales del
Congreso de Amsterdam, y por último con los escritores
soviéticos y la visión de los logros de la revolución
que en la URSS mostraban a los visitantes. Sólo debió
ver lo que le quisieron enseñar, pues no se enteró (al
menos, no lo contó en sus crónicas), o no se quiso
enterar, por ejemplo de la espantosa hambre que mencionó
Koestler, ni de otros muchos aspectos de los que sí se
dio cuenta André Gide. Y el hombre deshabitado de la fe,
llenó el vacío con la adhesión hacia el Partido
Comunista en 1931: «A partir de 1931 mi obra y mi vida
están al servicio de la revolución española y del
proletariado internacional» dijo en el prólogo a su
Poesía de 1935.
F. Suárez
NOTAS
* Es un
capítulo del libro en preparación Intelectuales
antifascistas.
1 «Ni Guillén ni Salinas son poetas geniales, no tienen
genio poético como lo tiene Alberti, por ejemplo»,
decía Juan Ramón Jiménez en 1932. Vid. J. Guerrero
Ruiz, Juan Ramón de viva voz, II (Valencia, Pre-Textos,
1999) 44.
2 Probablemente haya sido José MonleÓn, Tiempo y teatro
de Rafael Alberti (Madrid, 1990) quien más atención ha
prestado a los primeros treinta años del poeta del
Puerto.
3 Véase La arboleda perdida (ed. Buenos Aires, 1959)
págs. 54 -56.
4 Para seguir el orden cronológico se utilizan las notas
autobiográficas que puso al frente de las Poesias
completas, antes mencionadas. He aquí cómo describe el
encuentro con García Lorca: «Me recibió con alegría,
entre abrazos, risas y aspavientos. Afirmó conocerme, y
mucho, igual que a mis parientes granadinos (...); que yo
era su primo, y que deseaba encargarme un cuadro en el
que se le viera dormido a orillas de un arroyo, y arriba,
en lo alto de un olivo, la imagen de la Virgen ondeando
en una cinta la siguiente leyenda: Aparición de
Nuestra Señora del Amor Hermoso al poeta Federico
García Lorca» (La arboleda, 172).
5 En el «Tercer libro (1931-1937)» de La arboleda
perdida (Madrid, Alianza, 1990) lo aclara: «... y algún
ángel, como espíritu de la inconstancia y del mal, me
llevó a volar hacia otro ser, del que me prendé, y a
pesar de su nombre -se llamaba Victoria- me llevó, desde
lo que yo creí ascensión a los astros, a la caída más
vertiginosa a los infiernos. Y un día, al abrir un
diario llegado de Madrid, leí, verdaderamente aterrado:
la pintora Maruja Mallo sufre un accidente de coche
y Mauricio Roesat, creyendo haberla matado, se
suicida», p. 39-40.
6 a arboleda, 268 y s.
7 El mismo Alberti, en una entrevista que le hizo en 1961
Pablo Vivés y publicada en Les lettresfrançaises
confesó que con Sobre los ángeles quiso expresar el
estado de su espíritu. Dijo que cuando comenzó el libro
«jetait devoré par des problemes intimes et par
des conflits qui mopposaient a ma famille.
Javait limpression quon mavait
rejeté de la vie et je me revoltais contre tout». Cit.
por J. LECHNER, El compromiso en la poesía española del
siglo XX (Leiden, 1968) 66 y 67. Aunque no la menciona en
La arboleda, Alberti acabó reconociendo que Maruja Mallo
tuvo que ver con Sobre los ángeles. Cuando en una
entrevista en 1979, al preguntarle un periodista por qué
no la mencionaba en La arboleda, Alberti replicó: «Son
asuntos amorosos con otras mujeres [no menciona a
León]... ¡Para que no sean celosas! Eso no se puede
decir. Pero ahora lo voy a poner porque es injusto. Es
una persona que desempeñó un papel muy fundamental en
mi obra y en mi vida en esos años(...) Parte del drama
de Sobre los ángeles es ella». Cit. por SHIRLEY
MANGINI, Las modernas de Madrid. Las grandes
intelectuales españolas de Vanguardia (Barcelona,
Península, 2001)130.
8 En junio de 1928, ya en Madrid de vuelta de Tudanca,
escribió: «Hace tiempo que deseaba escribirte, pero no
sabía tus señas. Estoy algo extrañado: no he recibido
más pruebas del Alba. ¿Qué sucede? Ejemplares, puedes
tirar los que quieras. ¿No te parecen muchos 200? A mi
sí. Si te es igual, con 125 tenemos de sobra». Vid. R.
ALBERTI, Correspondencia a José María de Cossío,
seguido (sic) de Auto defe y otros hallazgos inéditos.
Edición y estudio por Rafael Gómez de Tudanca y Eladio
Mateos Miera (Valencia, Pre textos, 1998) 29.
9 Correspondencia a José Maria de Cossío, 34.
10 Juan Ramón valoraba como lo mejor de Alberti Marinero
en tierra, La A~nante y El alba del alhelí. En 1932 dijo
a J. Guerrero: «ya me ha oído Vd. decir que dentro de
cinco años, el libro Sobre los ángeles será
considerando como un libro sin interés, y aunque yo me
muera usted lo recordará y lo podrá decir» aUAN
GUERRERO, o.c., II, 44). No fue el único que pensaba
así. Muchos años después, otro intelectual
antifascista, el murciano y pintor Ramón Gaya, osaba
disentir del parecer general y escribió en 1979:
«Rafael Alberti, gran versificador (buen lidiador, pero
poeta muy frío, muy... vacío, frío de vacío). Es,
quizá uno de esos artistas... jóvenes que, a la hora
debida, no aciertan a sobrepasar su juventud, es decir,
no pueden pasar de magníficos novilleros brillantes a
consistentes toreros adultos, viniendo a resultar asi,
como creia J.R.J. (que es, sin duda el mayor, y mejor, y
más fuerte, y más incómodo critico español actual),
que Marinero en tierra, su libro más vivo, más fresco,
más verdadero». Y André Breton y el grupo surrealista
de Canarias opinaron que Alberti publicaba «unos
romances de ciego hablando de la guerra, que no es
poesía ni tiene esencias liricas ningunas». Cit. por
ANDRÉS TRAPIELLO, Las annas y las letras (Barcelona,
Planeta, 19 ) 96 y 97.
11 En La Arboleda perdida dice que fue en los primeros
meses de 1930 cuando conoció el manuscrito: «Una noche
de inviemo -llovía de verdad-, un libro, un raro
manuscrito vino a dar a mis manos. (Era en el sótano del
Hotel Nacional y ante varias botellas, vacías ya todas
menos una, de jerez). El título: Residencia en la
Tierra. El autor: Pablo Neruda, un poeta chileno apenas
conocido entre nosotros. Me lo traía Alfredo Condon,
secretario de la embajada de Chile...» (p. 293). María
Teresa León dice que lo recibió en París (Memoria de
la melancolia, Buenos Aires, 1970, 80).
12 En su Memoria de la melancolia, María Teresa León va
dando datos, en su estilo evocador y desordenado, de su
vida: «Desde niña, muy pequeña -escribió de sí
misma- la habían zarandeado bien con aquel padre militar
que se cansaba de todo y pedía un nuevo destino y estaba
contento unos años y luego languidecía y se iba
agriando. Niña de militar inadaptada siempre...» . Para
valorar los datos que da en su Memoria conviene tener
presente lo que ella misma escribió al principio de su
libro: «Todo son palabras y colores dentro de mí que ya
no sé muy bien qué representa... Lo cierto es que todo
lo que estoy escribiendo no tiene deseo de perfección ni
de verdad... Aquí dejo únicamente mi participación en
los hechos, lo que vi, lo que sentí, lo que oí, todo
pasado por una confusión de recuerdos».
13 Pedro Salinas-Jorge Guillén, Correspondencia,
1923-1951. Barcelona, Tusquets, 1992).
14 Véase Poesías completas (1968), p. 377. En De un
momento a otro (1934-1939) dice que la primera parte,
«La Familia» fue «desde un principio concebida como un
largo poema, ordenado y unido, del que pretendía hacer
emanar toda la triste, grotesca y trágica poesía de la
familia burguesa y clase media española, de donde
involuntariamente arranco y procedo.»
15 Quizá andando el tiempo se dé la razón a Juan R.
Jiménez, cuando sentenció que a partir de El alba de
alhelí decayó como poeta, llevado por las modas
literarias y el compromiso político. Con los zapatos
puestos comienzan la zafiedad y la blasfemia: «Vuelvo a
cagarme otra vez en todos vuestros muertos... nadie
sabría que así se escupe a Dios en las nubes... el
agrado que siente un niño al ser circuncidado por su
cocinera con un vidrio roto... las cabezas peladas de los
curas sifilíticos... el vómito amarillo, la
blenorragia, las hemorroides... hay muertos conocidos que
se orinan en muertos desconocidos...» En los años
siguientes sería mucho peor.
16 MonleÓn, J., o.c, 68. Habría que encontrar un
fundamento algo más sólido para afirmar que lo único
que le interesaba a Alberti era la Ciudad de sus
contemporáneos. Tal como hoy están los estudios sobre
Alberti (no sobre su poesía) hay motivos para pensar de
otro modo, a saber, que la «Ciudad» le preocupaba muy
escasamente.
17 PEDRO SALINAS - JORGE GUILL]~N, o.c., 101. Vestido
como un cómico, y llevando unas jaulas con una paloma y
una tortuga («Palomita y Galápago. No más
artríticos» se titulaba la conferencia) Alberti
arremetió contra todo y, efectivamente, escandalizó.
Véase en R. ALBERTI, Prosas encontradas, recogidas por
R. MARRAST, el texto de la conferencia. Sobre el Lyceum
Club, SHIRLEY MANGINI, o.c., 88.
18 PEDRO SALINAS -JORGE GUILLÉN, o.c., 138. El niño era
Alberti. En otra carta se refiere a los niños: el otro
era Federico G. Lorca. Había cierta rivalidad entre
ellos, según se desprende de este comentario de Carlos
Morla: «Me atrae cada vez más la convivencia con la
juventud intelectual creadora de concepciones nuevas.
Rafael Alberti -en ausencia de Federico- se destaca entre
los jóvenes poetas que frecuentan nuestra casa. Son, sin
duda, ambos los que llevan la batuta de esta renovación
vanguardista. Son amigos, pero se me antoja que no lo
serán siempre. Están preocupados los dos -el uno del
otro- y se observan». Cfr. CARLOS MORLA LYNCH, En
España con Federico García Lorca (Madrid, Aguilar,
1958).
19 Tardó en ponerse más de cincuenta años: «En la
noche del 17 de agosto de 1985 Rafael /~ Alberti, con su
cuarteto la,~aúdes Grandío, dio un recital
en la Casona de Tudanca en homenaje al institucionista D.
Manuel Bartolomé Cossío en el 50 aniversario de su
muerte. Aquí, por razón de esta misma carta, le
ofrecimos a Rafael la lápida conmemorativa de la
aparicíón de sus ángeles, la que quedó
definitivamente colgada de un muro del aposento de esta
casa solariega donde el autor de Sobre los ángeles
escribió buena parte de sus poemas» (Cfr. R. GOMEZ DE
TUDANCA, Notas al Epistolario, en Correspondencia a José
María de Cossío, p. 102).
20 La Pájara Pinta, según afirmó el mismo Alberti en
El País (22 jul. 1987), es «una obra hecha más con los
pies que con la cabeza. La titulé Guirigay lírico,
bufo, bailable ( ). Con La Pájara Pinta traté de
inventar una obra de teatro en la que deliberadamente
pensaba más en el movimiento, llena de gritos, de cosas
incoherentes. Un divertimento que pudiera tener el
encanto de lo naif, un poético juego, un atrevido
disparate.- El prólogo es un discurso jitanjafórico
ritmado, hecho de expresivas palabras inventadas, que
tratan de explicar, sin explicarlo, el argumento.- No se
trata de un trabalenguas, sino de una especie de
composición fonética, un juego silábico, con una
musicalidad especial, donde parece que yo estoy contando
algo, y al final no cuento nada». (Correspondencia a
José María de Cossío, 69). En unas declaraciones a
Manuel Bayo en Primer Acto, y a propósito de la Pájara
Pinta dijo que el prólogo «del que Esplá llegó a
hacer la música y luego Federico Elizalde, se ha tocado
varias veces y lo representé yo delante de la orquesta
en la sala Gaveau de París». Cit. J. MONLEON, o.c., 44
y sig. La entrevista/es muy interesante para conocer la
explicación que el propio Alberti dio de esta pieza.
21 DESANTI, Les clés dElsa, cit. por S. Koch, cap.
I, nota 37.
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