Razón Española, nº 111; Rafael Alberti*

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Rafael Alberti*

Por F. Suárez

Editorial : Razón de la tradición indice Revisión de la economía española en los años 40

Rafael Alberti*

Tantos años celebrando a Rafael Alberti como gran poeta -y sin duda lo fue (1)- y sin embargo, la persona concreta, el hombre, todavía resulta en muchos aspectos un desconocido; quizá se han pasado demasiadas cosas por alto de las que él mismo contó en La arboleda perdida, y acaso no se ha prestado, por lo general, bastante atención a lo que en sus poemas podía haber de expresión de hechos o circunstancias de su vida (sobre todo hasta 1933), aunque hay alguna excepción (2).

Nació en 1902 en el seno de una de las principales familias del Puerto de Santa María. «Los abuelos -escribió en La arboleda perdida- habían sido cosecheros de vino, grandes burgueses, propietarios de viñas y bodegas (...). Ellos y otras cuantas familias poderosas, eran, aun a principios de este siglo, los verdaderos amos del Puerto». De niño estudió en las Carmelitas la primera enseñanza; cuando a los diez años fue al colegio, el bienestar económico de la familia había venido a menos. «Que un autor, en las postrimerías de una Guerra Civil perdida, con la misma vida insegura, escriba, al evocar sus días de colegio, que aún le escuecen las humillaciones y amarguras de entonces, significa que ellos contribuyeron a definir su personalidad» (Monleón, o.c. 18). Quizá. Pero no es este lugar ni momento oportuno para examinar en La arboleda perdida los hechos que relata de su adolescencia y las reflexiones que hizo casi treinta años después en torno a ellos. Al leer lo que dice de su época del colegio de los jesuitas, hasta los quince años, es muy difícil encontrar motivos para un «odio que hoy sólo encuentro comparable a ese que los obreros sienten por sus patronos: es decir, un odio de clase». Es mucho más probable que ese odio de clase, del que no hay ni el más leve indicio hasta 1929 ó1930, se debiera a otras causas, pues en 1928 su recuerdo era el de una niñez feliz: «yo había perdido un paraíso, tal vez, el de mis años recientes, mi clara y primerísima juventud, alegre y sin problemas». La crítica que hace a todos los aspectos religiosos del colegio, así como de la religiosidad de su familia («fea, rígida, sucia y desagradable beatería»), es lógica si se piensa según él mismo escribió- en que mentía bastante, no era raro que faltara a clases, hacía malas confesiones, no era buen estudiante y comulgaba sacrílegamente (utiliza esta misma palabra). Estos últimos aspectos, a pesar de lo claro que aparecen en La arboleda, no suelen ser mencionados, y sin embargo son, a mi juicio, los que realmente influyeron en su vida (3).

Por razón de su trabajo, los Alberti se trasladaron a Madrid en 1917. Poco antes, Rafael -por una causa u otra- había sido expulsado del colegio, «y con esto, la pérdida del cuarto año del bachillerato, que abandoné definitivamente por la pintura al trasladarse mi familia a Madrid».

En los apuntes autobiográficos que puso al frente de la edición de sus Poesías completas (Buenos Aires, Losada, 1961) anotó: «1917-1923. Dibujar y pintar. Febrilmente. Academias. Dibujo de estatuas clásicas en el Museo de Reproducciones. Copias en el Museo del Prado (...) Hacia 1921 comienza mi vocación literaria. Escribo algo ya, pero todavía pinto. Con una exposición de dibujos y cuadros en el Ateneo madrileño, me despido de mi primera vocación». No sólo Academias y Museos, también pintaba al aire libre, todo ello compatible con una vida desordenada que poco a poco iba minando su salud. Insomnio, desgana, falta de apetito... Un día se desmayó en medio de la calle. Como su padre tampoco iba muy bien de salud, «me mandaron ese verano como su acompañante a la sierra de San Rafael». Al llegar el invierno le acompañó a Málaga, donde hizo pocas amistades, algunas ya olvidadas -o mejor, borradas- como las de unos «insoportables señoritos de la buena sociedad malagueña», con los que visitó «una cálida noche un precioso prostíbulo cercano al mar. No sin cierto temor, que perdí a los pocos minutos, penetré -era la primera vez que lo hacía- en aquella casa mediterránea de Venus...» (La arboleda, 117).

En Madrid, influído por unos cuadros pintados con luz de luna, «quise yo ensayar lo mismo, marchándome, sigiloso, de mi casa, una noche de claro plenilunio a horas en que supuse que mis padres dormían»; pintó la Puerta de Alcalá; llegó a su casa a las tres de la madrugada, y su padre le abofeteó; «cuando llegada la mañana mostré a los de mi casa mi Puerta de Alcalá, separando a uno de mis hermanos, al mayor, que sonreía burlonamente, le dije: Para que veas tú también que se puede salir de noche sin necesidad de ir de putas (...) Luego, a la hora de almorzar apareció mi padre, besándome, sencillo, como lo hacía normalmente, entendiendo yo con esto que me perdonaba o que tal vez estaba arrepentido de su injusta violencia. Ni que decir tiene que aquella misma noche volví a coger mi caja de colores y sin pedir permiso a nadie me escapé a las afueras de Madrid en busca de un nuevo paisaje lunar». Y concluye: «Así continuaba yo educando a mi familia, defendiendo mi libertad y haciendo respetar mi queridísima vocación pictórica».

Su padre no logró que terminara el bachillerato, ni siquiera prometiéndole facilitar sus estudios de Bellas Artes. Sólo cuando murió en 1920 se dio cuenta Alberti de lo poco que le había querido. Al recordarlo en La arboleda (p. 133) muchos años después escribió:

«Allí estaba mudo, casi en la misma postura que tenía la mañana en que de lejos le mostré, engañándolo, las notas falsificadas de mis exámenes. Y sentí como si una piedra -o clavo feroz- me subiese del corazón a la garganta. Estaba remordido, lleno de infinito pesar por haberlo tratado casi siempre con una dejadez y frialdad muy semejante a la falta de amor», pues su padre, «a pesar de su intranquilidad y disgusto por mi nublado porvenir, me quería mucho».

Nunca había hablado de aquel desmayo en la calle, pero dado el régimen de vida que llevaba su salud se deterioró. Un día se sorprendió escupiendo sangre, y cuando lo comunicó «a la mañana siguiente, llanto de mi madre y gran reprimenda de toda la familia por ser yo el único culpable. Tenían más que razón. No me cuidaba. Vivía como un caballo desbocado. No comía. Apenas si dormía cuatro horas. Verdaderamente era un bruto».

Algún tiempo en un sanatorio en la sierra de Guadarrama y vuelta a Madrid. Reposo obligado. Había conocido a un joven escritor valenciano, Juan Chabás, que sin previo aviso se presentó en su casa. Fue a proponerle que hiciera con sus cuadros una exposición en el Ateneo, propuesta que no complació demasiado a Alberti, que le dijo que había dejado la pintura y que ahora se dedicaba a escribir. «Quiero que se me olvide como pintor», dijo. Al fin consintió en la exposición como su despedida de la pintura. Se celebró en «el saloncillo del Ateneo» a primeros de 1922. Pero antes recibió, en el invierno de 1921, otra visita de Chabás, pero esta vez acompañado de Dámaso Alonso, «un joven, entonces, de prematura madurez, con un extraordinario talento; padecía de desilusión, de una incomprensible falta de seguridad en sí mismo (...). Se hablaba ya de él como de un pequeño fenómeno de erudición y sabiduría (...). Estaba dotado para la poesía como el mejor, aunque escribiera poco...». Le llevó a Alberti su libro Poemas puros. Poemillas de la ciudad, que «abrió cauces hacia la gran poesía de aquella época».

Volvió a la sierra: «como el cuidarme la salud se me había convertido en una cómoda costumbre, apenas acababa la primavera planteaba a mi familia, el marcharme a la sierra para huir del verano y sus calores, tan dañinos -recalcaba yo- para mi pulmón todavía no calcificado». En efecto: «1923-1924. Por motivos de salud, vivo retirado en la Sierra de Guadarrama. Con la nostalgia del mar, empiezo Marinero en tierra, mi primer libro orgánico de poemas (...) En la Residencia de Estudiantes me hago amigo de Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel y Moreno Villa. Voy conociendo también a los otros poetas que habían de formar mi generación: Pedro Salinas, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, etc.» (4). Fue Gregorio Prieto, a quien había conocido cuando ambos pintaban, quien le llevó. Antes debió conocer a Juan Ramón, a juzgar por un comentario del poeta de Moguer: «Hay que ver todo lo que Alberti cogió de estos libros (se refería Juan Ramón a "El marinerito" y a "El señorito del mar") que yo le fui leyendo en la terraza de la calle de Lista antes de que él diera su Marinero en tierra; lo de "voy por las calles del mar", que tanto ha repetido, lo cogió de ahí» (Guerrero Ruiz, o.c., I, 238).

«1925. Recibo por Marinero en tierra el Premio Nacional de Literatura. En el jurado: Ramón Menéndez Pidal, Carlos Arniches, Antonio Machado, Gabriel Miró y José Moreno Villa. Visito a Juan Ramón Jiménez, quien me escribe la preciosa carta que coloco al frente de mi libro. Soy ya muy amigo de José Bergamín». Gastó las cinco mil pesetas del premio, y de nuevo volvió a andar mal de dinero. Sus amistades, ahora, eran poetas y críticos. En 1926, algunos de ellos tuvieron la idea de rendir un homenaje a D. Luis de Góngora; fue en un café donde el mismo Alberti, con Pedro Salinas, Melchor Fernández Almagro y Gerardo Diego acordaron convocar una asamblea para prepararlo; así se hizo, y aunque con varias ausencias, se celebró el homenaje en Sevilla al siguiente año, tan vinculado a la llamada generación del 27 y que por ciertas circunstancias disgustó a Juan Ramón hasta el punto de enviar a Gerardo Diego una molesta carta a través de Alberti.

«1926. Invierno en Rute (...) Inicio un nuevo libro de canciones: El alba del alhelí, que completo en Almería con otros poemas marineros. Antes, a mi paso por Málaga, visito la Imprenta Sur, en donde Emilio Prados y Manuel Altolaguirre me reciben sonrientes (...)». Conoció a Ignacio Sánchez Mejías y viajó con él a Sevilla, donde conoció también a Fernando Villalón y Luis Cernuda. «Primera colaboración en la Revista de Occidente. Amable acogida de José Ortega y Gasset».

Después de Marinero en tierra compuso otros dos libros, La amante y El alba del alhelí, ambos muy celebrados -o, al menos, muy aprobados-, por Juan Ramón, que decía que Alberti era un poeta «de gran facilidad, y lo mejor de su obra son las cancioncillas». Una de ellas, en la primera parte de El alba del ahelí (El Platero) dice así:

-A la Virgen un collar,
y al Niño Dios un anillo.
Platerillo,
no te lo podré pagar.
-¡Si yo no quiero dinero!
-¿Y entonces qué? Di
Besar el Niño es lo que yo quiero.
-Besa, sí.

Ya nunca volvió a sentir algo parecido. Todavía, pues, en 1926 conservaba, aunque de modo muy superficial, algo de la fe católica en la que había sido bautizado.

En 1927 escribió Cal y Canto (título que debió a José Bergamín) y conoció a Manuel de Falla. En 1928 anotó: «Amor. Ira. Cólera. Rabia. Fracaso. Desconcierto. Sobre los ángeles. Aparecen Cántico, de Jorge Guillén, y el Romancero gitano, de García Lorca. Comienzan mis poemas dedicados a los grandes "tontos" del cine». A juzgar por lo que dice en La arboleda, lo que calla y lo que deja entrever, su vida hasta entonces había sido un deslizarse continuamente cuesta abajo, sin ninguna disciplina. He aquí cómo lo vio Dámaso Alonso, hacia 1922 y adelante, buen amigo suyo: «No sólo era Alberti el más inconsciente, desocupado y despreocupado gustador de la vida, sino el espíritu más rebelde a toda disciplina, con una manera de anarquismo estrictamente literario. ¡Nadie le podría haber imaginado como pieza de una especie de conventualidad política, de una disciplinada estructura de hierro!» (Poetas españoles contemporáneos, Gredos, 1988, p. 160). Sin tiempo para pensar (y probablemente sin deseo de hacerlo), llegó un momento en que hubo de adquirir conciencia de lo que había sido su vida hasta entonces, sin ideales -a no ser que lo fuera la poesía- ni provecho, vacía. Y entonces sobrevino la crisis; por primera y única vez llegó al fondo de lo que era, y lo que vio no le gustó. Debió ser terrible, a juzgar por la descripción que hizo en La arboleda:

«¿Qué espolazo en la sombra me separó casi insensiblemente de la luz, de la forma marmórea de mis poemas inmediatos, del canto aún no lejano de las fuentes populares, de mis barcos, esteros y salinas, para arrojarme en aquel pozo de tinieblas, aquel agujero de oscuridad, en el que bracearía casi en estado agónico, pero violentamente, por encontrar una salida a las superficies habitadas, al puro aire de la vida? (...) ¡Cuántas cosas reales, en claroscuro, me habían ido empujando hasta caer, como un rayo crujiente, en aquel hondo precipicio! El amor imposible, golpeado y traicionado en las mejores horas de entrega y confianza; los celos más rabiosos, capaces de tramar en el desvelo de la noche el frío crimen calculado; la triste sombra del amigo suicida, como un badajo mudo de campana repicando en mi frente (5); la envidia y el odio inconfesados, luchando por salir, por reventar como una bomba subterránea sin escape; los bolsillos vacíos, inservibles ni para calentarme las manos; las caminatas infinitas, sin rumbo fijo, bajo el viento, la lluvia y los calores; la familia indiferente o silenciosa ante esta tremenda batalla, que asomaba a mi rostro, a todo mi ser, que se caía, sonámbulo, por los pasillos de la casa, por los bancos de los paseos; los miedos infantiles, invadiéndome en ráfagas que me traían aún remordimientos, dudas, temores del infierno, ecos umbríos de aquel colegio jesuita que amé y sufrí en mi bahía gaditana; el descontento de mi obra anterior, mi prisa, algo que me impelía incesantemente a no pararme en nada, a no darme un instante de respiro; todo esto, y muchas cosas más, contradictorias, inexplicables, laberínticas. ¿Qué hacer, cómo hablar, cómo gritar, cómo dar forma a esa maraña en que me debatía, cómo erguirme de nuevo de aquella sima de catástrofes en que estaba sumido? Sumergiéndome, enterrándome cada vez más en mis propias ruinas, tapándome con mis escombros, con las entrañas rotas, astillados los huesos. Y se me revelaron entonces los ángeles, no como los cristianos, corpóreos, de los bellos cuadros o estampas, sino como irresistibles fuerzas del espíritu, moldeables a los estados más turbios y secretos de mi naturaleza. Y los solté en bandadas por el mundo, ciegas reencarnaciones de todo lo cruento, lo desolado, lo agónico, lo terrible y a veces bueno que había en mí y me cercaba.

Yo había perdido un paraíso, tal vez el de mis años recientes, mi clara y primerísima juventud, alegre y sin problemas. Me encontraba de pronto como sin nada, sin azules detrás, quebrantada de nuevo la salud, estropeado, roto en mis centros más íntimos. Me empecé a aislar de todo: de amigos, de tertulias, de la Residencia, de la ciudad misma que habitaba.

(...) Un poeta antipático, hiriente, mordaz, insorportable, según los rumores que me llegaban. Envidiaba y odiaba la posición de los demás: felices casi todos; unos, con dinero de su familia; otros, con carreras, para vivir tranquilos: catedráticos, viajeros por universidades del mundo, (referencia a Dámaso, Salinas, Moreno Villa, Juan Larrea, A. Machado, Guillén, G. Diego...) bibliotecarios, empleados en ministerios, en oficinas de turismo... ¿Yo? ¿Qué era yo? Ni bachiller siquiera; un hurón en mi casa, enemistado con los míos, yendo a pie a todas partes, rodando como hoja y con agua de lluvia en las plantas rotas de los zapatos. Quise trabajar, hacer algo que no fuera escribir. Supliqué entonces a varios arquitectos amigos que me colocasen de peón de albañil en cualquier obra. ¡Cómo! Imposible. Pensaban que era una broma, una extravagancia o manera de llamar la atención. Y sin embargo, yo insistía: pocero, barrendero, o peor, lo más modesto, lo más rebajante... Me urgía salir de aquella cueva cargada de demonios, de insomnios largos, de pesadillas. Fue entonces cuando José María de Cossío me invitó a pasar unos días en su casona de Tudanca. Y allí llegué con él, una noche de lluvia, a caballo, alumbrados por un farol, entre arroyos crecidos y golpes de ventisca» (6).

Alberti mencionó -al parecer, como causas de su crisis- un amor traicionado, probablemente más fuerte que otros anteriores, y «la triste sombra del amigo suicida», la envidia y el odio... Pero hay algo más profundo que todo eso que no aparece en La arboleda, que tiene que ver con la fe y la esperanza, y que puede rastrearse (al menos, con algún fundamento, aunque sea mínimo) en sus versos. Veamos.

En Marinero en tierra -escrito, recuérdese, en 1923-1924- hay un poema que titula Triduo de alba, sobre el Atlántico, en honor de la Virgen del Carmelo, integrado por tres sonetos a la Virgen del Carmen: «Coronación -Día de amor y de bonanza- Día de la tribulación». El primero de ellos dice así:

Sobre el mar que le da su brazo al río
de mi país, te nombran capitana
de los mares, la voz de la mañana
y la sirena azul de mi navío.
Los faros verdes pasan su diana
por el quieto arenal del playerío.
Del fondo del mar, el vocerío
sube, en tu honor -tin, tan- de una campana.
¡Campanita de Iglesia submarina,
quién te tañera y bajo ti ayudara
una misa a la Virgen del Carmelo,
¡ya generala y sol de la marina!...
La cúpula del mar, como tiara;
y como nimbro la ilusión del cielo.

En La arboleda perdida, escrita muchos años después, Alberti justificó estos sonetos como regalo a su madre, que -dice- «se conmovió profundamente, deduciendo con aquellas líricas oraciones que mi ya advertida indiferencia religiosa se avivaba». Sin embargo, y por el mismo texto de estos sonetos y algún otro breve poema, no parece que fuera exactamente como dijo.

Por de pronto creo que al justificar sus sonetos a la Virgen, Alberti se expresó mal, pues el Triduo de alba no llevaba precisamente a avivar su ya «advertida indiferencia religiosa»; más bien parece que su madre dedujo que con aquellas oraciones líricas se avivaba, no la indiferencia, sino la fe de su hijo, como si lo que se avivara fueran los rescoldos de una fe que todavía no había desaparecido.

Lo que el tercer soneto del Triduo de alba (Día de la tribulación) parece indicar (o del que se puede deducir) es que todavía Alberti, consciente de su deslizamiento hacia la indiferencia religiosa, acude a ponerse bajo el amparo de la Virgen como tabla de salvación:

¡Oh Virgen remadora, ya clarea
la alba luz sobre el llanto de los mares!
Contra mis casi hundidos tajamares,
arremete el mastín de la marea.
Mi barca, sin timón, caracolea
sobre el tumulto gris de los azares.
Deje tu pie, descalzo, sus altares,
y la mar negra verde pronto sea.
Toquen mis manos el cuadrado anzuelo
-tu escapulario-, Virgen del Carmelo,
y hazme delfín, Señora, tú que puedes...
Sobre mis hombros te llevaré a nado
a las más hondas grutas del pescado,
donde nunca jamás llegan las redes.

Cualesquiera que fuesen las vicisitudes por las que pasó en los años veinte, parece ser que hacia el final de ellos su crisis religiosa había llegado al final, decantándose hacia la pérdida de la fe. Esto sucedió en 1928.

Pues fue en Tudanca en la primavera de 1928, durante los días que fue huésped de Cossío, cuando escribió Sobre los ángeles (mejor, cuando lo concluyó); y allí es fácil comprobar -si se tiene en cuenta el Triduo de alba y se lee bien- el fin que puso Alberti a su angustiosa crisis. Los versos que van al frente del libro y que titula Paraíso perdido, son como un pórtico, y tan expresivos que parece como si se hubiera cerrado definitivamente la puerta de la esperanza:

Diluidos, sin forma
la verdad que en sí ocultan,
huyen de mí los cielos.
Ya en el fin de la Tierra,
sobre el último filo,
resbalando los ojos,
muerta en mí la esperanza,
ese pórtico verde
busco en las negras simas.
¡Oh boquete de sombras!
¡Hervidero del mundo!
¡Qué confusión de siglos!
¡Atrás, atrás! ¡Qué espanto
de tinieblas sin voces!
¡Qué perdida mi alma!
Ángel muerto, despierta.
¿Dónde estás? Ilumina
con tu rayo el retorno.
Silencio. Más silencio.
Inmóviles los pulsos
del sinfín de la noche.
¡Paraíso perdido!
Perdido por buscarte,
yo, sin luz para siempre.

La impresión que queda después de su lectura reposada es la de que ya se había, o desvanecido, o abandonado hasta el último rescoldo la fe católica, como arrastrado por una fuerza maldita que le impulsaba a un camino sin retorno. Como describió en La arboleda, aquella fuerza le hizo «caer, como un rayo crujiente, en aquel hondo principio» del que, al parecer, ya no salió. La «mar negra» de la desolación ya nunca volvió a ser «la mar verde» de la esperanza (7).

La amistad de Alberti con Cossío databa de los años 1923 ó1924; las cartas que entre 1926 y 1934 escribió el primero al segundo y publicadas recientemente, todavía proporcionan algunos datos en relación al desenlace que tuvo la crisis vital de Alberti. Alberti solía enviarle sus poemas, de los que Cossío hacía a veces de editor (8) y a veces de agente literario. Contrariamente a la excepcional página -la de mayor profundidad de La arboleda- en la que describió su crisis, el tono de sus cartas a Cossío es superficial, su contenido casi siempre referente a la poesía, a los poetas y a él mismo, con frecuentes alusiones a su falta de dinero y ocasionales referencias a sus andanzas.

La estancia de Alberti en Tudanca comprendió los meses de mayo y junio de 1928. El 25 de junio estaba de nuevo en Madrid; en julio le da una triste noticia referente a su hermana: «Se ha vuelto loca. Anda a estas horas por los jardines del sanatorio del doctor Esquerdo... Estoy mal... Mi madre, agradecidísima, te saluda». El 15 de agosto una carta reveladora:

«Aquí me tienes en la mayor miseria. Pero, no sé por qué -por cretinismo, sin duda- contento y yendo a todas partes. Y es que ya he perdido la poca moral y la escasa verguenza que me quedaba. Una desgracia. Quizá una suerte. La cuestión es que estoy entregado a todos los vicios. ¿Para qué ocultarlo por más tiempo? Digámoslo de una vez. Soy, en pleno 1928, la verdadera encarnación del inmoral y envilecido Sardanápalo. Así. ¿Te da pena? A mí, ninguna» (9).

El 29 de octubre, después de excusarse con Cossío («como siempre, te pido la muerte por mi comportamiento incalificable»), una noticia de Sobre los ángeles y una mención del dinero: «La otra mañana tuve, en la exposición de Benjamín Palencia, un éxito ruidoso con mi libro, con nuestro libro, Sobre los ángeles. Había unas 150 personas (...) Sigo trabajando muchísimo. Estoy más entusiasmado que nunca. Pero... na va pli plá d'aryan (sic). Una desgracia propia de poetas».

Tenía muy buen concepto de sí mismo, y se valoraba muy alto. En su correspondencia con Cossío hay de vez en cuando expresiones de autoafirmación, aunque alguna -como esta de 25 de junio de 1927- parezca dicha en tono de broma; pero aún así el fondo es serio: «¿No te da rabia que un poeta como yo no tenga contratos?», o esta otra de 1926: «Me imagino que en el Ateneo de Valladolid dirán que soy el mejor poeta de España. No se te olvide». De todos modos, si no era el mejor poeta de España, él creía serlo o quería serlo o tal vez lo fuera. En una cuartilla garrapateada mientras trabajaba, encontrada en Tudanca de cuando componía Sobre los ángeles, se leen «epigramas y «cuchufletas» como estas: «Rafael Alberti, el mejor poeta de España, el más simpático y orgulloso», «Lorca es un tonto», «Juan Ramón Jiménez, poeta, que no vale una peseta», «Federico García Lorca, poeta costumbrista, natural de Asquerosa (¡!)». «Quita luna a la función, la ausencia de Juan Ramón».

La carta a Cossío de febrero de 1929 es otra de las que permite seguir la evolución de Alberti hasta su definitiva actitud: «Sobre los ángeles ha quedado estupendo. Es, sin duda alguna, mi mejor Obra (10). Hace cerca de doscientas páginas. Después de Tudanca trabajé como un desesperado. No te conté que dí una lectura de este libro en la Sociedad de versos y conferencias (Residencia de Estudiantes). Fueron presentados mis ángeles por P. Salinas. ¡Magnífico! El salón estaba lleno de princesas que me miraban con impertinentes. (Creo que todas eran putas). Mi lectura resultó algo así como un sermón de cuaresma. La gente estaba sobrecogida, sumisa, recibiendo ladrillazos y bofetadas de mis ángeles y arcángeles rabiosos. Tuve éxito. Mucho. Me dieron 250 pesetas. (Una porquería, tratándose de una culta sociedad fundada por duques, príncipes y virreyes. Ahora sigo trabajando. Prosa, teatro, conferencias y poesías. Quiero alcanzar, en vida, la fama, la inmortalidad. Hasta que el mundo no se me arrodille para que yo, desde un balcón cualquiera, pueda echarle un gargajo, no estaré contento. Y llegará ese día. Lo sé. Pero tengo que reventarme escribiendo. A veces, me aburro y hasta llego a cagarme en la poesía y en la madre de Paul Valéry. Pero inmediatamente continúo, con ira. Deseo mucho, mucho, más que nadie. Y lloro, y me doy con la cabeza contra la mesita de noche. De verdad».

Ese mismo año -1929- es el primero del que se tiene noticia de su interés por algo más que él mismo y la poesía: «1929. Pablo Neruda, a quien no conozco todavía, me escribe desde la isla de Java. Conozco, en manuscrito su Residencia en tierra (11); empiezo a intervenir en las luchas estudiantiles contra la dictadura de Primo de Rivera».

En sus notas autobiográficas, Alberti da, con referencia a 1930, esta escueta noticia: «Conozco a María Teresa León». Era de Logroño, hija de padre militar bastante incrédulo en materia religiosa, pero que había secundado el golpe de Estado de Primo de Rivera. Casada, pero separada y con dos hijos, era escritora, muy independiente (12) «mujer dominante y arisca», con escaso sentido del humor (según Buñuel) y más bien superficial. Guerrero Ruiz, que llevaba un a modo de diario al que trasladaba sus conversaciones con Juan Ramón Jiménez, escribió el 7 de enero de 1931: «Le cuento brevemente la fuga de Rafael Alberti a Mallorca con María Teresa León, ocurrida hace dos o tres días, y dice que no se explica la necesidad de marcharse cuando ya en Madrid estaban "fugados", pero en fin, "que sean felices y Dios les proteja"». No tan brevemente informó el 11 de enero de 1931 Pedro Salinas a J. Guillén del acontecimiento: «Alberti iba a estrenar ahora su Santa Casilda. Pero he aquí, ¡prepárate!, que se ha fugado hace ocho días con una bella dama, literata [sic] mala ella, María Teresa León, a Mallorca como es natural, abandonando en mis manos Santa Casilda y Maruja Mallo. Es la AAA-Aventura. Un disparate. La cosa aún no se sabe por ahí porque Rafael ha desaparecido sin decir nada ni en su casa (...) El niño, claro es, va con todo pagado, y corona así su historia moral. A mí de todos modos me ha gustado el rasgo, porque me indica que hay algo para Alberti superior a la vanidad y al deseo del éxito. Lo malo es algo» (13).

En La Arboleda perdida, Alberti, después de relatar su conocimiento con María T. León, su estancia en Mallorca y su regreso a Madrid, da un dato importante: «Mi madre, muy enferma del corazón desde hacía tiempo, aprovechando una breve mejoría, se trasladó al sur a casa de mi hermana. (No la vería más). Agustín estaba ya casado. Quedaba sólo mi hermano Vicente, casado también, con quien tenía que seguir viviendo (...). Con María Teresa me pasaba las horas trabajando en algunos poemas o ayudándola a corregir un libro de cuentos que preparaba. Una noche -lo habíamos decidido- no volví más a casa. Definitivamente, tanto ella como yo empezaríamos una nueva vida, libre de prejuicios, sin importarnos el qué dirán, aquel temido qué dirán de la España gazmoña que odiábamos» (p. 306).

Fue el rompimiento de ambos con sus respectivas familias, una ruptura que parece que se convirtió por parte de Alberti en repudio, como lo escribió en su terrible poema:

Os marcháis, viejos padres,
os marcháis,
os hundís todos juntos
derrotada familia de ladrones
Sentimos cómo os vais
y no queremos reteneros,
cómo angustiados resistís a esta impuesta partida,
a esta pérdida
que os precipitamos a empujones,
a grandes paletadas de odio,
de fuego,
tierra,
sangre.
Quedaos allí,
quedaos,
gritando en ese hoya de ignominia,
muertos en esa cueva de olvido,
caritativos padres,
caritativa unión de saqueadores,
con vuestra caridad,
con vuestra hirviente limosna,
con vuestro largo orgullo derrotado (14).

También en otro sentido fue importante el año 1930. El uno de enero firmó el poema Con los zapatos puestos tengo que morir. Elegía cívica, «primer intento de poesía social», según él mismo dijo, pero cuya calidad poética -si la tiene- no apreció, o no supo apreciar, Juan Ramón cuando escribió: «Las Elegías de Alberti parece que están hechas con prosa de artículo de periódico, y no tiene valor alguna el hilvanar mecánicamente cosas absurdas una tras otras que pueden continuar hasta el infinito» (J. Guerrero, o.c., I, 155 y 156). Claro que según Lechner, Alberti con su poesía comprometida «no iba tanto en busca de literatura como de un arma de combate para realizar el advenimiento de la sociedad, más justa para todos, en la que soñaba», aunque esto último es dudoso. En efecto, el uso de «términos escatológicos y referencias a la vida sexual en su forma más desenfadada, imágines que respiran amenaza y destrucción, rebelión contra instituciones consagradas -familia, educadores, clero, realeza-, y ciertas afirmaciones» (J. Lechner, o.c., 67) indicaron el comienzo de una nueva -y definitiva- orientación de su vida (15).

Algunas frases de su correspondencia con Cossío en este mismo año -dentro del tono generalmente superficial- nos informan de recaídas en su salud, de su obsesión por el dinero y de momentos de desesperación. Desde julio o agosto estaba de nuevo en la sierra -Cercedilla-: «Eres muy buena persona, y voy a ganar mucho dinero contigo» (16 de agosto); «Ando muy mal de argento y necesito, para mi salud, estar en la sierra hasta el mes de octubre (...) Este verano he trabajado poco. Pero ahora voy a empezar. Me volveré a comer todo el mundo» (fines de agosto); «Trabajo poco. Espero la llegada de los Artigas para estrenar mi Santa Casilda. Esta obra, indudablemente, me dará mucho argento (...) Bueno. Adiós. Escríbeme y mándame argento. Ya sabes que los buenos poetas siempre esperan ser favorecidos por hombres potentados y aristocráticos como tú» (Madrid, noviembre); «Estoy, por lo tanto, tristísimo, arruinadísimo, al borde de la desesperación, a una cuarta del suicidio. Nada de esto es broma. De toda la jeune generation (sic) soy el más desgraciado, el más ruso. Pero también, indudablemente, el mejor (...). Una cosa importante: ¿habrá argento? Si lo hay, que sea pronto. Tú sabes que mi ruina es auténtica» (fines de diciembre).

Los años 1931 y 1932 acabaron de moldear el futuro de Alberti. «1931. Estreno mi primera obra de teatro: El hombre deshabitado. Gran escándalo y éxito. Cae la monarquía de Alfonso XIII y se proclama la República. Nueva obra escénica: Fermín Galán (romance de ciego en honor del héroe republicano fusilado el año anterior por la monarquía). La estrena en el Teatro Español la ilustre actriz Margarita Xirgu. Inicio mi amistad con Unamuno. Me marcho con mi mujer a Francia, pasando el verano en la isla de Port-Cros en compañía del poeta Jules Supervielle. Invierno en París. Amistad con Picasso. Frecuento a César Vallejo, Miguel Angel Asturias, Henri Michaud, Arturo Uslar Pietri, Alejo Carpentier...».

El 28 de febrero, un poco antes de la proclamación de la República, estrenó Alberti su primera obra dramática, El hombre deshabitado, de la que se ocupó ampliamente José Monleón, aunque desde luego su interpretación no es la única que se pueda dar, pese a que tome como punto de partida las palabras del mismo Alberti en el prólogo a la edición de Losada en 1956. «Yo entiendo -escribe Monleón- que lo único que le interesa a Alberti es la Ciudad de sus contemporáneos, utilizando los esquemas del Auto Sacramental como residuo cultural (...) que facilita la expresión dramática perseguida, a la vez que revela su regresiva significación ideológica» (16). Más bien parece El hombre deshabitado la expresión del drama -o la tragedia- interior de Alberti, la que comenzó por los años veinte y se manifestó en los sonetos a la Virgen del Carmen, en su crisis de 1928, en Sobre los ángeles y, como punto final, en esta su primera obra teatral. Creo que El hombre deshabitado es ininteligible sin la crisis de 1928 (con sus antecedentes) y da la impresión de que Alberti, empujado por el mismo impulso que le llevó a reflejar su estado interior en algunas estrofas de Sobre los ángeles, se retrata a sí mismo en su primer intento dramático.

El hombre, «a quien esperaba la paz eterna -dice Monleón- caso de conservarse sin saber, ver ni desear» (en efecto, sólo por el pecado original conoció el mal), fue dotado por el Vigilante nocturno (Dios) de Cinco Sentidos, advirtiéndole que «pueden, si su alma no sabe conducirlos, jugarle una mala partida»; pero se confabulan con la Tentación (en figura de dama hermosísima), con la que el hombre se va, asesinando (simbólicamente) a su Esposa (¿la Gracia?), cuyo espectro (El Remordimiento) no deja de inquietarle. Alberti no había olvidado la Historia Sagrada que entonces se aprendía en los colegios. En el epílogo parece como si no pudiera desprenderse de lo que angustiosamente había expuesto en Sobre los ángeles; pero ahora no hay angustia, sino la aceptación de un hecho:

El hombre.- Arderé odiándote, Señor.
El Vigilante nocturno.- Hablas como los ángeles caídos.
Pero aún eres menos que el último de todos:
¡un simple hombre condenado!.

Un remordimiento sin arrepentimiento, para acabar convirtiendo un drama personal en simple literatura. No parece que Guerrero llegara al fondo de la obra cuando comentó a Juan Ramón: «Ayer estuve a ver El hombre deshabitado, de Alberti, encontrando que la obra está bastante bien, aún cuando recuerda mucho El gran teatro del mundo (...); había poca gente en el teatro, y la mayoría protestando aun los pasajes más delicados» (o.c., 1 de marzo). Alberti acertó a medias cuando anotó, con referencia a El hombre deshabitado: «Gran escándalo y éxito», porque fue un escándalo su contenido («¿Cómo es posible -escribió M. Teresa León, o.c., 97- llevar a la escena esa existencia del hombre dominado por sus sentidos, cayendo en la tentación, yéndose a los infiernos después de insultar a su Creador?», y lo fue también el grito del autor: «¡Viva el exterminio! ¡Abajo la podredumbre de la actual escena española!»; y fue un éxito, en el sentido de que realmente lograra escandalizar.

«En Nueva España (4 de marzo de 1931) apareció una crítica durísima: Nueva España (que Pedro Salinas calificó como «órgano de la alcantarilla») había sido fundada por J. Arderius, Díaz Fernández y Antonio Espina. Este último había sido zaherido por Alberti, junto con el grupo de la Revista de Occidente en el Auto de los Reyes Magos; y con ocasión del estreno de El hombre deshabitado vio -y aprovechó- la oportunidad de devolverle el cumplido con un comentario que afectaba más aún al autor que a la obra: «El surrealismo español no es izquierdista, sino retrógrado. Por eso se ha ido al ABC, en cuyos preciosos números dominicales, con hueco-grabado y hueco-texto, que tanta delicia les producen a las burguesitas, pueden leerse los versos del señor Alberti y demás surrealistas celtíberos. El señor Alberti, sobre todo, es un ángel de las chuflas líricas. De él ha dicho otro elegante poeta y turista, que era el prototipo del poeta, del «vago», del hombre sobrante, del señorito sin dinero, en una palabra. Ahora don Rafael Alberti ha estrenado un drama, o cosa así, con el título de El hombre deshabitado. ¡Excelente título que caracteriza a su autor! Deshabitado del todo, especialmente del cerebro. El hombre deshabitado no es, pues, extraño que se alquile, ya sea en ABC o en la isla de Mallorca, al lado de una «Jorge Sand» de Burgos que maneja con más gracia los dólares que la pluma (...) El señor Alberti gritó «¡Viva el exterminio!» «¡Muera la bazofia!» Perfectamente. Pero tendrán ustedes que reconocer que lo mismo hubiera podido gritar: «¡Viva el pollo con arroz!»

Escribió M. Teresa León -y estuvo acertada-: «Rafael había sido siempre escandaloso... Cuenta que siempre que expuso sus cuadros fueron piedra de escándalo». Así prosiguió cuando dejó de pintar y se puso a escribir. En noviembre de 1929, invitado por el Lyceum Club a dar una conferencia salió «vestido a usanza de los cómicos mudos, con smoking, margarita blanca en el ojal y sombrero hongo, haciendo gala de un histrionismo agresivo (...); constituyó un sonado escándalo por su burla de las principales figuras intelectuales del momento, de Ortega a Juan Ramón, de Ors a la Real Academia, de las reglas de urbanidad y del sistema de enseñanza». La burla a los intelectuales -escribió Pedro Salinas a Jorge Guillén el 20 de noviembre- fue «en términos surrealistas», es decir, casi insultantes. El jaleo ha sido enorme. Ahora dice que es un juglar y que se dedicará a representar sátiras literarias» (17).

Cuando se proclamó la República -14 de abril de 1931- Rafael Alberti y María Teresa León estaban en Rota. «Nos miramos enternecidos -escribe M.T. León- (...) Era una república que traía con ella hasta sus héroes: Fermín Galán y García Hernández, fusilados (...) Cuando llegamos a Madrid ya murmuraba Rafael su romance de Galán y García Hernández que iba a convertirse en el cantar de ciego para estrenarla Margarita Xirgu en el Teatro Español». Pero esta vez Alberti ya no habló de «gran escándalo y éxito», sino de «mi desgraciado Fermín Galán». Con razón. He aquí el testimonio del propio autor:

«El primer acto pasó bien -explica en La arboleda-, pero cuando en el segundo apareció el cuadro en el que tuve la peregrina idea de sacar a la Virgen con fusil y bayoneta calada, acudiendo en socorro de los maltrechos sublevados y pidiendo a gritos la cabeza del rey y del general Berenguer, el teatro entero protestó violentamente; los republicanos ateos porque nada querían con la Virgen, y los monárquicos por parecerles espantosos tan criminales sentimientos en aquella madre de Dios que yo me había inventado. Pero lo peor faltaba todavía: el cuadro del cardenal -monseñor Segura- borracho y soltando latinajos molierescos en medio de una fiesta en el palacio de los duques.»

Al regreso a Madrid después de un largo viaje por Europa, Pedro Salinas escribía a Jorge Guillén, a propósito de la representación de esta otra tentativa de teatro revolucionario:

«Estrenan Fermín Galán. ¡Qué desastre, chico! Reinaba tal unanimidad en la censura que yo fui, anteanoche, al teatro esperando que me gustara. Pero pronto se me pasó. ¡Qué esperansa, ché! La obra es una hábil combinación de Komintem, Dicenta, Baralt y pseudo Alberti. Y lo peor es que no se ha equivocado, como dicen los cándidos. Ha ido a eso, ¡nada más que a eso!, con un cinismo y una desvergüeza superangélicas. Necesito apelar a la historia del toreo, recordar las faenas del Gallo en su máximo descaro para encontrar algo comparable. No he visto aun al niño. No sé lo que le diré, si mandarlo a paseo o decirle que me gusta mucho. Menos mal que le ha salido su paladín Cipriano (mal llamado Mariquilla Terremoto) que asegura que los avanzados somos incomprendidos, y que la obra es muy revolucionaria. Infecto, chico. Y todo quizá por la dama enamorada. ¡Viva la poesía pura!» (18).

El diplomático chileno Carlos Morla, amigo de Alberti, que asistió con sus tertulianos al teatro, consideró la representación como un error: «No se lleva a la escena un hecho infinitamente doloroso -ocurrido ayer- cuando impera la obsesión de una madre, una joven viuda y de un niño que se hallan sumidos en la más honda desolación» y pensaba que era un ejemplo de lo que no debía hacerse. «No faltaron quienes le advirtieron a Rafael que era preferible que no lo hiciera, y creo no equivocarme al afirmar que numerosos amigos suyos -poetas como él de ideologías avanzadas- pensaban de igual manera». Terminaba diciendo: «No basta tener talento en este mundo; hay que saber aprovecharlo en forma edificante y no caer en la debilidad de aplicarlo para satisfacer odio y rencores» (Morla, o.c. 64).

Poco tiempo después del estreno -escribió Alberti- «yo me iba a París, pensionado por la Junta para Ampliación de Estudios con el fin de estudiar las nuevas tendencias del teatro europeo». Lo comunicó a Cossío, en carta desde París el 29 de septiembre: «Yo vivo ahora en París, pensionado por la Junta de Estudios para estudiar el nuevo teatro francés (que no existe y tendré que inventarlo). Vengo de pasar una temporada en la isla de Port Cros...».

«1932. Sigo en París (...) Estancia en Berlín. Primer viaje a la Unión Soviética, donde durante dos meses frecuento los teatros y me relaciono con los más importantes poetas y escritores de ese país: Aseev, Kirsanov, Pasternak, Cholojov, etc. Me encuentro en Moscú con Louis Aragon y Elsa Triolet. Regreso a Berlín. Viajes. Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda. Asistió en Amsterdam al primer Congreso Mundial contra la guerra. Lo preside Henri Barbusse, a quien conozco. Ascensión de Hitler al poder. Presencio el incendio del Reichstag, la lucha heroica de los obreros del barrio de Weding. Siendo imposible continuar en Alemania, regreso nuevamente a París y luego a España.»

En febrero de 1932 seguía en París, según escribió el 10 a Cossío: «Como tú sabes, estamos en París, en París, cerebro puñetero del mundo (...). Ahora me acuerdo de Tudanca y de los meses que pasé contigo, y de mi libro de los ángeles. ¿Has puesto ya la lápida en el cuarto donde yo escribí mis poemas?» (19)

No tardó mucho en cambiar París por Berlín; mediados de 1932 estaba ya instalado; una carta a Cossío del 11 de julio le da noticia de una breve estancia en París «para recitar ante la orquesta sinfónica (¡!) el prólogo de La Pájara Pinta. Figúrate. En el concierto me encontré a Gerardo. Él me vio desgañitarme, tirarme al suelo, y dar la voltereta ante los franceses, a los que debí parecer un desesperado. Sospecho que no comprendieron nada. Pero yo me divertí y gané mi argento» (20). En Berlín conoció a Erwin Piscator y a Bertold Brecht, ambos estrechamente ligados a la URSS a través del trust de Münzenberg.

No aclara Alberti el motivo que les hizo viajar a Rusia. En carta a Cossío de 18 de julio de 1932 escribió: «Doy clase de alemán diariamente (...) Me preparo para ir a Rusia a fines de septiembre. Habrá un Congreso teatral muy importante y a María Teresa y a mí nos han invitado». Pero en el tercer libro de La arboleda perdida (Madrid, 1990, p. 26) dijo otra cosa: «El Intourist ruso organizaba, con billete de ida y vuelta, por 260 marcos, para estudiantes y obreros, ocho días en Moscú, o repartidos entre Moscú y Leningrado. Enrolados a una de esas excursiones, María Teresa y yo, en el declive de ese año, tomamos en Berlín el expreso de Varsovia (...) Tres días llevábamos ya en Moscú cuando la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios (MORP) nos invitó a quedarnos con ellos». En efecto, se quedaron durante dos meses constantemente acompañados por el poeta y profesor de castellano de la Universidad Teodoro Kelyin-Fedor, que les presentó a poetas y escritores. Desde allí Alberti envió crónicas que ha publicado Robert Marrast, tomadas del periódico Luz, y que fueron utilizadas -por Alberti- a veces literalmente para componer la continuación de su autobiografía.

En Moscú coincidió con Louis Aragon y Elsa Triolet, una noche, «la de Navidad en otros países», en casa de la viuda de Maiakovski, Lilí Brik, hermana de Elsa Triolet. Ambos, Aragón y Elsa, son personajes curiosos. El primero se pasó del surrealismo al comunismo, como antes se vio, separándose de sus amigos Breton y los demás; tuvo fama de buen poeta, y seguramente lo fue, pero no dice mucho en su favor, aunque sí en el de su fanatismo, que llamara a Stalin «el mayor filósofo de todos los tiempos». En cuanto a Elsa Triolet, una de las más importantes «damas del Kremlin», encontró en Aragón-como su hermana en Maiakovski- su gran poeta, y «presidió durante más de treinta años el círculo elegante del estalinismo europeo, íntima de las figuras más repelentes del aparato soviético» (21).

Al terminar su estancia en la Unión Soviética regresó a Berlín, donde encontró prácticamente deshecho el partido comunista alemán; después del incendio del Reichstag (27 de febrero de 1933) y con Hitler en la Cancillería, se apresuró a dejar Alemania, y por París regresó a España. Había completado su transformación, que cristalizó a través de su contacto, primero, con los comunistas alemanes, luego con los intelectuales del Congreso de Amsterdam, y por último con los escritores soviéticos y la visión de los logros de la revolución que en la URSS mostraban a los visitantes. Sólo debió ver lo que le quisieron enseñar, pues no se enteró (al menos, no lo contó en sus crónicas), o no se quiso enterar, por ejemplo de la espantosa hambre que mencionó Koestler, ni de otros muchos aspectos de los que sí se dio cuenta André Gide. Y el hombre deshabitado de la fe, llenó el vacío con la adhesión hacia el Partido Comunista en 1931: «A partir de 1931 mi obra y mi vida están al servicio de la revolución española y del proletariado internacional» dijo en el prólogo a su Poesía de 1935.

F. Suárez

NOTAS

* Es un capítulo del libro en preparación Intelectuales antifascistas.

1 «Ni Guillén ni Salinas son poetas geniales, no tienen genio poético como lo tiene Alberti, por ejemplo», decía Juan Ramón Jiménez en 1932. Vid. J. Guerrero Ruiz, Juan Ramón de viva voz, II (Valencia, Pre-Textos, 1999) 44.

2 Probablemente haya sido José MonleÓn, Tiempo y teatro de Rafael Alberti (Madrid, 1990) quien más atención ha prestado a los primeros treinta años del poeta del Puerto.

3 Véase La arboleda perdida (ed. Buenos Aires, 1959) págs. 54 -56.

4 Para seguir el orden cronológico se utilizan las notas autobiográficas que puso al frente de las Poesias completas, antes mencionadas. He aquí cómo describe el encuentro con García Lorca: «Me recibió con alegría, entre abrazos, risas y aspavientos. Afirmó conocerme, y mucho, igual que a mis parientes granadinos (...); que yo era su primo, y que deseaba encargarme un cuadro en el que se le viera dormido a orillas de un arroyo, y arriba, en lo alto de un olivo, la imagen de la Virgen ondeando en una cinta la siguiente leyenda: “Aparición de Nuestra Señora del Amor Hermoso al poeta Federico García Lorca”» (La arboleda, 172).

5 En el «Tercer libro (1931-1937)» de La arboleda perdida (Madrid, Alianza, 1990) lo aclara: «... y algún ángel, como espíritu de la inconstancia y del mal, me llevó a volar hacia otro ser, del que me prendé, y a pesar de su nombre -se llamaba Victoria- me llevó, desde lo que yo creí ascensión a los astros, a la caída más vertiginosa a los infiernos. Y un día, al abrir un diario llegado de Madrid, leí, verdaderamente aterrado: “la pintora Maruja Mallo sufre un accidente de coche y Mauricio Roesat, creyendo haberla matado, se suicida”», p. 39-40.

6 a arboleda, 268 y s.

7 El mismo Alberti, en una entrevista que le hizo en 1961 Pablo Vivés y publicada en Les lettresfrançaises confesó que con Sobre los ángeles quiso expresar el estado de su espíritu. Dijo que cuando comenzó el libro «j’etait devoré par des problemes intimes et par des conflits qui m’opposaient a ma famille. J’avait l’impression qu’on m’avait rejeté de la vie et je me revoltais contre tout». Cit. por J. LECHNER, El compromiso en la poesía española del siglo XX (Leiden, 1968) 66 y 67. Aunque no la menciona en La arboleda, Alberti acabó reconociendo que Maruja Mallo tuvo que ver con Sobre los ángeles. Cuando en una entrevista en 1979, al preguntarle un periodista por qué no la mencionaba en La arboleda, Alberti replicó: «Son asuntos amorosos con otras mujeres [no menciona a León]... ¡Para que no sean celosas! Eso no se puede decir. Pero ahora lo voy a poner porque es injusto. Es una persona que desempeñó un papel muy fundamental en mi obra y en mi vida en esos años(...) Parte del drama de Sobre los ángeles es ella». Cit. por SHIRLEY MANGINI, Las modernas de Madrid. Las grandes intelectuales españolas de Vanguardia (Barcelona, Península, 2001)130.

8 En junio de 1928, ya en Madrid de vuelta de Tudanca, escribió: «Hace tiempo que deseaba escribirte, pero no sabía tus señas. Estoy algo extrañado: no he recibido más pruebas del Alba. ¿Qué sucede? Ejemplares, puedes tirar los que quieras. ¿No te parecen muchos 200? A mi sí. Si te es igual, con 125 tenemos de sobra». Vid. R. ALBERTI, Correspondencia a José María de Cossío, seguido (sic) de Auto defe y otros hallazgos inéditos. Edición y estudio por Rafael Gómez de Tudanca y Eladio Mateos Miera (Valencia, Pre textos, 1998) 29.

9 Correspondencia a José Maria de Cossío, 34.

10 Juan Ramón valoraba como lo mejor de Alberti Marinero en tierra, La A~nante y El alba del alhelí. En 1932 dijo a J. Guerrero: «ya me ha oído Vd. decir que dentro de cinco años, el libro Sobre los ángeles será considerando como un libro sin interés, y aunque yo me muera usted lo recordará y lo podrá decir» aUAN GUERRERO, o.c., II, 44). No fue el único que pensaba así. Muchos años después, otro intelectual antifascista, el murciano y pintor Ramón Gaya, osaba disentir del parecer general y escribió en 1979: «Rafael Alberti, gran versificador (buen lidiador, pero poeta muy frío, muy... vacío, frío de vacío). Es, quizá uno de esos artistas... jóvenes que, a la hora debida, no aciertan a sobrepasar su juventud, es decir, no pueden pasar de magníficos novilleros brillantes a consistentes toreros adultos, viniendo a resultar asi, como creia J.R.J. (que es, sin duda el mayor, y mejor, y más fuerte, y más incómodo critico español actual), que Marinero en tierra, su libro más vivo, más fresco, más verdadero». Y André Breton y el grupo surrealista de Canarias opinaron que Alberti publicaba «unos romances de ciego hablando de la guerra, que no es poesía ni tiene esencias liricas ningunas». Cit. por ANDRÉS TRAPIELLO, Las annas y las letras (Barcelona, Planeta, 19 ) 96 y 97.

11 En La Arboleda perdida dice que fue en los primeros meses de 1930 cuando conoció el manuscrito: «Una noche de inviemo -llovía de verdad-, un libro, un raro manuscrito vino a dar a mis manos. (Era en el sótano del Hotel Nacional y ante varias botellas, vacías ya todas menos una, de jerez). El título: Residencia en la Tierra. El autor: Pablo Neruda, un poeta chileno apenas conocido entre nosotros. Me lo traía Alfredo Condon, secretario de la embajada de Chile...» (p. 293). María Teresa León dice que lo recibió en París (Memoria de la melancolia, Buenos Aires, 1970, 80).

12 En su Memoria de la melancolia, María Teresa León va dando datos, en su estilo evocador y desordenado, de su vida: «Desde niña, muy pequeña -escribió de sí misma- la habían zarandeado bien con aquel padre militar que se cansaba de todo y pedía un nuevo destino y estaba contento unos años y luego languidecía y se iba agriando. Niña de militar inadaptada siempre...» . Para valorar los datos que da en su Memoria conviene tener presente lo que ella misma escribió al principio de su libro: «Todo son palabras y colores dentro de mí que ya no sé muy bien qué representa... Lo cierto es que todo lo que estoy escribiendo no tiene deseo de perfección ni de verdad... Aquí dejo únicamente mi participación en los hechos, lo que vi, lo que sentí, lo que oí, todo pasado por una confusión de recuerdos».

13 Pedro Salinas-Jorge Guillén, Correspondencia, 1923-1951. Barcelona, Tusquets, 1992).

14 Véase Poesías completas (1968), p. 377. En De un momento a otro (1934-1939) dice que la primera parte, «La Familia» fue «desde un principio concebida como un largo poema, ordenado y unido, del que pretendía hacer emanar toda la triste, grotesca y trágica poesía de la familia burguesa y clase media española, de donde involuntariamente arranco y procedo.»

15 Quizá andando el tiempo se dé la razón a Juan R. Jiménez, cuando sentenció que a partir de El alba de alhelí decayó como poeta, llevado por las modas literarias y el compromiso político. Con los zapatos puestos comienzan la zafiedad y la blasfemia: «Vuelvo a cagarme otra vez en todos vuestros muertos... nadie sabría que así se escupe a Dios en las nubes... el agrado que siente un niño al ser circuncidado por su cocinera con un vidrio roto... las cabezas peladas de los curas sifilíticos... el vómito amarillo, la blenorragia, las hemorroides... hay muertos conocidos que se orinan en muertos desconocidos...» En los años siguientes sería mucho peor.

16 MonleÓn, J., o.c, 68. Habría que encontrar un fundamento algo más sólido para afirmar que lo único que le interesaba a Alberti era la Ciudad de sus contemporáneos. Tal como hoy están los estudios sobre Alberti (no sobre su poesía) hay motivos para pensar de otro modo, a saber, que la «Ciudad» le preocupaba muy escasamente.

17 PEDRO SALINAS - JORGE GUILL]~N, o.c., 101. Vestido como un cómico, y llevando unas jaulas con una paloma y una tortuga («Palomita y Galápago. No más artríticos» se titulaba la conferencia) Alberti arremetió contra todo y, efectivamente, escandalizó. Véase en R. ALBERTI, Prosas encontradas, recogidas por R. MARRAST, el texto de la conferencia. Sobre el Lyceum Club, SHIRLEY MANGINI, o.c., 88.

18 PEDRO SALINAS -JORGE GUILLÉN, o.c., 138. El niño era Alberti. En otra carta se refiere a los niños: el otro era Federico G. Lorca. Había cierta rivalidad entre ellos, según se desprende de este comentario de Carlos Morla: «Me atrae cada vez más la convivencia con la juventud intelectual creadora de concepciones nuevas. Rafael Alberti -en ausencia de Federico- se destaca entre los jóvenes poetas que frecuentan nuestra casa. Son, sin duda, ambos los que llevan la batuta de esta renovación vanguardista. Son amigos, pero se me antoja que no lo serán siempre. Están preocupados los dos -el uno del otro- y se observan». Cfr. CARLOS MORLA LYNCH, En España con Federico García Lorca (Madrid, Aguilar, 1958).

19 Tardó en ponerse más de cincuenta años: «En la noche del 17 de agosto de 1985 Rafael /~ Alberti, con su cuarteto la,~aúdes “Grandío”, dio un recital en la Casona de Tudanca en homenaje al institucionista D. Manuel Bartolomé Cossío en el 50 aniversario de su muerte. Aquí, por razón de esta misma carta, le ofrecimos a Rafael la lápida conmemorativa de la aparicíón de sus ángeles, la que quedó definitivamente colgada de un muro del aposento de esta casa solariega donde el autor de Sobre los ángeles escribió buena parte de sus poemas» (Cfr. R. GOMEZ DE TUDANCA, Notas al Epistolario, en Correspondencia a José María de Cossío, p. 102).

20 La Pájara Pinta, según afirmó el mismo Alberti en El País (22 jul. 1987), es «una obra hecha más con los pies que con la cabeza. La titulé Guirigay lírico, bufo, bailable ( ). Con La Pájara Pinta traté de inventar una obra de teatro en la que deliberadamente pensaba más en el movimiento, llena de gritos, de cosas incoherentes. Un divertimento que pudiera tener el encanto de lo naif, un poético juego, un atrevido disparate.- El prólogo es un discurso jitanjafórico ritmado, hecho de expresivas palabras inventadas, que tratan de explicar, sin explicarlo, el argumento.- No se trata de un trabalenguas, sino de una especie de composición fonética, un juego silábico, con una musicalidad especial, donde parece que yo estoy contando algo, y al final no cuento nada». (Correspondencia a José María de Cossío, 69). En unas declaraciones a Manuel Bayo en Primer Acto, y a propósito de la Pájara Pinta dijo que el prólogo «del que Esplá llegó a hacer la música y luego Federico Elizalde, se ha tocado varias veces y lo representé yo delante de la orquesta en la sala Gaveau de París». Cit. J. MONLEON, o.c., 44 y sig. La entrevista/es muy interesante para conocer la explicación que el propio Alberti dio de esta pieza.

21 DESANTI, Les clés d’Elsa, cit. por S. Koch, cap. I, nota 37.



 

Editorial : Razón de la tradición indice Revisión de la economía española en los años 40

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