Razón Española, nº 110; Mentiras póstumas

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Mentiras póstumas

Por F. Vizcaíno Casas

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Mentiras póstumas

La mentira se ha convertido en ingrediente constante de los mal llamados medios informativos. Me refiero a la mentira sobre el que ellos denominan el anterior régimen o, más comunmente la dictadura. Nada de lo referente a la época más pujante, más ilusionada, más fructífera del siglo XX español escapa al tratamiento sectario, a la burda falsedad, cuando no al insulto. En lo tocante a la cultura, han llegado a extremos tan aberrantes, que dos escritores nada franquistas, Jesús Marías y Juan Goytisolo, tuvieron que desmentir semejante sarta de falacias.

Tan desvergonzada actitud no respeta siquiera a los muertos. Glosan hasta el paroxismo los presuntos méritos de los suyos, de forma tal que llegan a perjudicar a quienes los tuvieron, que algunos hay. Silencian o despachan con cuatro líneas malhumoradas el obituario de quienes no formaron parte de su tropa. Y lo que aún es peor: mienten con impudor en los apuntes biográficos de personajes de cierta notoriedad, para los cuales, al fallecer, inventan fidelidades democráticas, posturas antifranquistas o actitudes de martirio.

Así ocurrió con Miguel Gila, sobre quien discurrieron un delirante curriculum, con fusilamiento incluído, frustrado, decían, porque los moros encargados de la ejecución, moros para mayor escarnio, estaban borrachos. Y un bizarro autoexilio, para huir de España. Angel Palomino desmontó tanta falsedad en un contundente artículo de ABC, que por supuesto, nadie ha refutado. Ni reproducido, claro. Sólamente Jaime Campmany, en el mismo diario, abundó en la verdadera biografía del humorista.

En la muerte de Paco Rabal, las mentiras póstumas volvieron a manifestarse. En esta ocasión, por omisión; y sabido es que las medias verdades resultan aún más peligrosas que las mentiras plenas. Tengo cierta autoridad para opinar sobre Rabal. Durante muchos años fui abogado suyo y, obviamente, hice buena amistad con él. Era un hombre bueno, de sanos sentimientos; también, mujeriego, borrachín y sin creencias. Por supuesto, extraordinario actor, así de cine como de teatro, y en este sentido, un profesional ejemplar.

También era comunista. Un comunista utópico, valga decir que idealista, del que se aprovecharon concienzudamente quienes hacían de la idea herramienta destructiva, fómite de odio social, enfrentamiento con el franquismo. Nunca Rabal anduvo en conjuras, ni siquiera firmó manifiestos. Transitó sin el menor problema por el régimen del 18 de julio, en él se dió a conocer y en él cosechó éxitos, fama y fortuna. Su fervor por el comunismo, su fervor puramente sentimental, lo conocíamos todos. Lo que se han callado los redactores de las mentiras póstumas es que jamás estas creencias constituyeron obstáculo alguno para el normal desarrollo de su actividad profesional. El Sindicato Nacional del Espectáculo le premió en varias ocasiones, porque se lo merecía. Ningún productor, por vinculado que estuviese con el sistema (Cesáreo González, Vicente Casanova, Benito Perojo) le vetó jamás.

Las biografías amañadas, las glosas mortuorias sectarias han pasado de puntillas sobre su largo cuarto de siglo de ininterrumpido trabajo en el cine durante la era de Franco. Algunos han señalado Nazarín como el comienzo de su fama. En primera página de un diario madrileño le calificaron como «el actor de izquierdas». Y citaron a algunos de los directores con los que rodó; curiosamente, todos también de izquierdas.

Pero resulta que el realizador con quien más películas hizo, nueve nada menos, fue Rafael Gil, el mismo que le había descubierto. Fui testigo en numerosas ocasiones de la cordialísima relación que siempre mantuvieron; parece ocioso aclarar que Rafael era consciente del iluso comunismo de Rabal y a éste le constaba sobradamente el franquismo de Gil, siempre proclamado.

Tres películas hizo bajo la dirección de José Luis Sáenz de Heredia, «el primo de José Antonio» como ahora recuerdan algunos necios cuando a regañadientes tienen que reconocer la calidad de sus películas, reprogramadas en televisión. Sin darse cuenta de que es ese el mejor elogio de José Luis, el título del que más honrado se sentía. Tampoco el falangista Sáenz de Heredia tuvo inconveniente en contratar al comunista Rabal ni hubo jamás el menor roce entre ellos.

Dos consideraciones se me ocurren a propósito de lo expuesto. La primera, que en los tiempos de la era de Franco, las ideas cuando en eso se quedaban, jamás fueron represaliadas: el caso de Rabal es paradigmático. Curiosamente, ya en plena partitocracia, habrá que recordar que el PSOE remitía a los municipios por él gobernados unas listas de artistas con doble contenido: aquellos que debían ser contratados para festivales y giras, por sus afinidades socialistas, y los que bajo ningún pretexto podrían ser tenidos en cuenta, dada su tendencia hacia la derecha.

Quiero también destacar el hecho evidente de que, en plena ebullición de dicterios, censuras, insultos y menosprecios al régimen de Franco, nunca Paco Rabal hizo declaraciones abyectas ni descalificaciones mezquinas ni renegó de sus muchos años de trabajo bajo dicho régimen. Le tiraban de la lengua y se salía con invocaciones a la belleza de la democracia y la alegría de las libertades. Más aún; en alguna ocasión manifestó expresamente que, en lo profesional, guardaba el mejor recuerdo de aquel tiempo.

Los mentirosos póstumos se lo han callado.



 

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