Mentiras
póstumas
La
mentira se ha convertido en ingrediente constante de los
mal llamados medios informativos. Me refiero a la mentira
sobre el que ellos denominan el anterior régimen o, más
comunmente la dictadura. Nada de lo referente a la época
más pujante, más ilusionada, más fructífera del siglo
XX español escapa al tratamiento sectario, a la burda
falsedad, cuando no al insulto. En lo tocante a la
cultura, han llegado a extremos tan aberrantes, que dos
escritores nada franquistas, Jesús Marías y Juan
Goytisolo, tuvieron que desmentir semejante sarta de
falacias.
Tan desvergonzada actitud no respeta siquiera a los
muertos. Glosan hasta el paroxismo los presuntos méritos
de los suyos, de forma tal que llegan a perjudicar a
quienes los tuvieron, que algunos hay. Silencian o
despachan con cuatro líneas malhumoradas el obituario de
quienes no formaron parte de su tropa. Y lo que aún es
peor: mienten con impudor en los apuntes biográficos de
personajes de cierta notoriedad, para los cuales, al
fallecer, inventan fidelidades democráticas, posturas
antifranquistas o actitudes de martirio.
Así ocurrió con Miguel Gila, sobre quien discurrieron
un delirante curriculum, con fusilamiento incluído,
frustrado, decían, porque los moros encargados de la
ejecución, moros para mayor escarnio, estaban borrachos.
Y un bizarro autoexilio, para huir de España. Angel
Palomino desmontó tanta falsedad en un contundente
artículo de ABC, que por supuesto, nadie ha refutado. Ni
reproducido, claro. Sólamente Jaime Campmany, en el
mismo diario, abundó en la verdadera biografía del
humorista.
En la muerte de Paco Rabal, las mentiras póstumas
volvieron a manifestarse. En esta ocasión, por omisión;
y sabido es que las medias verdades resultan aún más
peligrosas que las mentiras plenas. Tengo cierta
autoridad para opinar sobre Rabal. Durante muchos años
fui abogado suyo y, obviamente, hice buena amistad con
él. Era un hombre bueno, de sanos sentimientos;
también, mujeriego, borrachín y sin creencias. Por
supuesto, extraordinario actor, así de cine como de
teatro, y en este sentido, un profesional ejemplar.
También era comunista. Un comunista utópico, valga
decir que idealista, del que se aprovecharon
concienzudamente quienes hacían de la idea herramienta
destructiva, fómite de odio social, enfrentamiento con
el franquismo. Nunca Rabal anduvo en conjuras, ni
siquiera firmó manifiestos. Transitó sin el menor
problema por el régimen del 18 de julio, en él se dió
a conocer y en él cosechó éxitos, fama y fortuna. Su
fervor por el comunismo, su fervor puramente sentimental,
lo conocíamos todos. Lo que se han callado los
redactores de las mentiras póstumas es que jamás estas
creencias constituyeron obstáculo alguno para el normal
desarrollo de su actividad profesional. El Sindicato
Nacional del Espectáculo le premió en varias ocasiones,
porque se lo merecía. Ningún productor, por vinculado
que estuviese con el sistema (Cesáreo González, Vicente
Casanova, Benito Perojo) le vetó jamás.
Las biografías amañadas, las glosas mortuorias
sectarias han pasado de puntillas sobre su largo cuarto
de siglo de ininterrumpido trabajo en el cine durante la
era de Franco. Algunos han señalado Nazarín como el
comienzo de su fama. En primera página de un diario
madrileño le calificaron como «el actor de
izquierdas». Y citaron a algunos de los directores con
los que rodó; curiosamente, todos también de
izquierdas.
Pero resulta que el realizador con quien más películas
hizo, nueve nada menos, fue Rafael Gil, el mismo que le
había descubierto. Fui testigo en numerosas ocasiones de
la cordialísima relación que siempre mantuvieron;
parece ocioso aclarar que Rafael era consciente del iluso
comunismo de Rabal y a éste le constaba sobradamente el
franquismo de Gil, siempre proclamado.
Tres películas hizo bajo la dirección de José Luis
Sáenz de Heredia, «el primo de José Antonio» como
ahora recuerdan algunos necios cuando a regañadientes
tienen que reconocer la calidad de sus películas,
reprogramadas en televisión. Sin darse cuenta de que es
ese el mejor elogio de José Luis, el título del que
más honrado se sentía. Tampoco el falangista Sáenz de
Heredia tuvo inconveniente en contratar al comunista
Rabal ni hubo jamás el menor roce entre ellos.
Dos consideraciones se me ocurren a propósito de lo
expuesto. La primera, que en los tiempos de la era de
Franco, las ideas cuando en eso se quedaban, jamás
fueron represaliadas: el caso de Rabal es paradigmático.
Curiosamente, ya en plena partitocracia, habrá que
recordar que el PSOE remitía a los municipios por él
gobernados unas listas de artistas con doble contenido:
aquellos que debían ser contratados para festivales y
giras, por sus afinidades socialistas, y los que bajo
ningún pretexto podrían ser tenidos en cuenta, dada su
tendencia hacia la derecha.
Quiero también destacar el hecho evidente de que, en
plena ebullición de dicterios, censuras, insultos y
menosprecios al régimen de Franco, nunca Paco Rabal hizo
declaraciones abyectas ni descalificaciones mezquinas ni
renegó de sus muchos años de trabajo bajo dicho
régimen. Le tiraban de la lengua y se salía con
invocaciones a la belleza de la democracia y la alegría
de las libertades. Más aún; en alguna ocasión
manifestó expresamente que, en lo profesional, guardaba
el mejor recuerdo de aquel tiempo.
Los mentirosos póstumos se lo han callado.
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