Razón Española, nº 110; Dos siglos para converger con Europa

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Dos siglos para converger con Europa

Por Juan Velarde Fuertes

Razón del miedo indice Pidal y la Escuela Histórica

Dos siglos para converger con Europa

Existe una vieja polémica sobre si España tiene algo, mucho o poco, que ver con el resto de Europa. Dentro de esa cuestión me parece que se han empleado escasos argumentos económicos. Más bien sólo han existido intuiciones de que éramos muchísimo más pobres, esto es, que el continente europeo tenía adosada, de siempre, una extraña península subdesarrollada, y en muchos sentidos, desde luego, en los económicos, difícil de asimilar. Debo añadir que la cuestión -si Africa comienza o no en los Pirineos tanto en lo político y cultural como en lo económico- no tenía sentido alguno plantearla en la Edad Media, con un Camino de Santiago y un ambiente casi de cruzada a partir de unos reinos cristianos en España que tan pronto vivían enlazados con la próspera Córdoba como con los herederos de Carlomagno. Tampoco en los siglos XVI a XVIII, cuando España fue una gran potencia europea que, hasta la Paz de Westfalia, en 1648, incluso intentó imponer en Europa un orden español. En el siglo XVIII, el binomio creado en las Cortes de París y Madrid, con sus añadidos italianos -Nápoles, Parma-, más los Virreinatos americanos, Filipinas y las relaciones de París con las viejas tierras de la Lotaringia, se vinculaba con una realidad típica de gran potencia política para España.

Realmente, sobre el siglo XVIII en lo económico comparativo bien poco más se puede decir que lo que señaló Albert Carreras en su ensayo fundamental, La renta y la riqueza, dentro del volumen Estadísticas históricas de España. Siglos xix-xx, al indicar lo arriesgado que es el razonamiento de Prados de la Escosura "para estimar la renta nacional hacia 1778/1842 fundamentada en ensayos anteriores de Gabriel Tortella sobre la utilización de la velocidad de circulación del dinero con fines de estimación de la renta. Recientemente Prados fija unos márgenes de confianza muy amplios, de 5.300 a 13.300 millones de reales, realmente imprecisos, pero no inútiles. El mismo autor se ha aventurado a conjeturar que desde 1720 a 1830 la renta per cápita española no debió crecer en absoluto en términos reales". Inspirándose en datos contemporáneos continúa Carreras: "J. P. Merino... ha supuesto un crecimiento de la renta nacional entre 1752 y 1807 del orden del 250%, que en términos reales y per cápita también queda reducido a nada. Gonzalo Anes, sin embargo, ya había advertido en 1975 que no es posible, en nuestros días, establecer hipótesis sobre si la renta per cápita debió de tender a aumentar o disminuir [en el siglo XVIII]" (1). Añade Carreras que "las aportaciones recogidas en el primer volumen de la Historia Agraria de la España contemporánea (2) insisten en los cambios que se produjeron entre 1800 y 1833, pero no autorizan ningún supuesto sobre la evolución de la renta per cápita. Pienso que la estabilidad de esta magnitud en términos reales es, más bien, un máximo, mientras que es más probable suponer que descendió en alguna medida significativa, dadas las penosas vicisitudes que tuvieron que soportar los españoles durante los últimos años del reinado de Carlos IV, bajo la ocupación francesa y a lo largo del reinado de Fernando VII".

A flnales del siglo XVIII, daba la impresión de que el juego de gran potencia, en lo político, en lo cultural y en lo económico, se había esfumado. La Revolución Industrial tiene mucho, muchísimo, de corte drástico en la historia de la Humanidad. Desde el Neolítico hasta finales del siglo XVIII existió una base económica bastante parecida; desde el borde final del siglo XVIII hasta los inicios del siglo XXI los cambios económicos son tan profundos (3) que, forzosamente tienen que haber transformado, sin necesidad de emplear ningún periclitado modelo hismat marxiano, con mucha hondura, la vida de las gentes y, por tanto, su cultura. Gracias al libro de Angus Maddison La economía mundial 1820-1992. Análisis v Estadísticas (4) es posible conocer que de 1500 a 1820 el PIB mundial se incrementó a una tasa media anual de crecimiento acumulativo del 0'33% y el PIB por habitante a una del 0'04%; en cambio el PIB mundial avanzó, desde 1820 a 1992 a una tasa media acumulativa del 2'17% y el PIB por habitante, a una del 1'21%. Dentro de las explicaciones de esta nueva realidad se encuentra una aceptación a los mandatos de los grandes clásicos de la economía, de contar con grandes mercados internacionales, basados en patrones monetarios de ámbito mundial, como sucedió con el patrón oro, y una difusión de los mensajes de la división internacional del trabajo derivados de las aportaciones de David Ricardo con su teoría de los costes comparativos. En el siglo XIX todo esto habría comenzado a fracasar, porque hasta avanzado el siglo XX, una serie de mensajes nacionalistas destruyeron las enseñanzas librecambistas, lo que se ligó, además, a una especie de extraña alianza, que teóricos marxistas como Baran se vieron incapaces de explicar, entre un nacionalismo en buena parte de los casos autoritario y radicalmente antimarxista -entre otras cosas, porque de Marx se derivaban las tesis del internacionalismo proletario- y los combatientes anticapitalistas. La economía de mercado fue repudiada colectivamente en todo el planeta como algo que convenía olvidar. Desde la encíclica Quadragesimo anno de Pío Xl al peronismo, desde el falangismo a las aportaciones económicas del rumano Manoilescu -sin las que, como ha expuesto Love, no se puede explicar el estructuralismo económico latinoamericano-, sin olvidar el New Deal de Roosevelt, el Gosplan de Stalin, el nacionalsocialismo germano, o el revisionismo marxista de Bernstein, padre de la socialdemocracia, todo contribuía a hundir el mensaje de los economistas clásicos (5). Los intentos de coordinar en lo económico los nacionalismos fracasaron con estrépito y su liquidación coincidía con esta oleada anticapitalista. Sea con el Nuevo Orden Europeo, que fue incapaz de crear nada interesante para Francia o España, sea con la Unión Panamericana, que acabó siendo sustituida, en buena parte en lo económico, por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) para estar al margen de los Estados Unidos, y dentro de la escuela creada por Raúl Prebisch en 1947, parecía no existir ninguna posibilidad de ir más allá de economías nacionales desunidísimas. El enorme esfuerzo que se desarrolla desde 1947, como una especie de toma de conciencia del mundo occidental ante el recuerdo de la II Guerra Mundial y para afrontar el reto de la Guerra Fría culmina, a comienzos del siglo XXI con la aparición del sistema globalizado. En ese esfuerzo existe, también, una clara participación española.

Esta integración española con la línea de política económica occidental, y por supuesto, su juego dentro del sistema globalizado, ¿ha supuesto algún tipo de acercamiento a Europa? Y lo anterior, ¿había significado un sistemático alejamiento? Es decir, desde comienzos del siglo XIX y el inicio de la Revolución Industrial, en esta triple y sucesiva realidad de desarrollo y aceptación como base de la política económica del modelo clásico primero, de nacionalismo económico con abundantes dosis de socialismo opuesto al mercado libre después, y, finalmente del avance hacia el sistema globalizado a partir de la Unión Europea, España, ¿ha sido un país que ha aproximado a las medias europeas sus magnitudes macroeconómicas o, por el contrario se ha separado de nuestros vecinos? O si se preflere: ¿con qué planteamiento, de estos tres mencionados, España se hace más europea?

Es posible dar alguna contestación a esto. Angus Maddison (6) nos ofrece las cifras básicas del PIB, en miles de millones de dólares Geary-Khamis de 1990 -y, por tanto, homogéneos-, así como de la población, en serie que llega de 1820 a 1994, de los doce países clave de la Unión Europea (UE). No se puede seguir del mismo modo a los quince, porque falta información de Grecia, de Portugal y de Luxemburgo. Esto, lo que supone, en relación con los quince, es que la realidad de convergencia española con el actual conjunto completo de la UE se encuentra algo por encima del porcentaje de su convergencia con los doce, porque este conjunto que falta es más pobre, como media y sistemáticamente, que España. Se comprueba además, porque tenemos, gracias a un trabajo de Julio Alcaide Inchausti y Pablo Alcaide Guindo (7), las cifras de la convergencia del PIB a precios de mercado según el poder de compra con los quince de la Unión Europea, que parece mucho más realista, como muestran sus autores (8), para el periodo 1985-1999, que todas las derivadas de las estadísticas oficiales de Eurostat y la OCDE. Por ello disponemos de dos series, la de los 12 de Angus Maddison de 1820 a 1992, y la de los quince de Alcaide y Alcaide de 1985 a 1999, que aunque emplean metodologías diferentes, muestran en la diferencia de porcentajes de convergencia algo tan claro, que carece de sentido hacer otra cosa que ratificar que la convergencia con los quince va por encima de la convergencia de los doce.

El gráfico siguiente aclara, en sus líneas esenciales este devenir de nuestra convergencia económica con Europa.

De la serie que se publica como complemento de esta nota, se desprende que en la comparación cuantitativa del PIB por habitante entre España y el mundo comunitario en su conjunto han existido cuatro etapas. La primera podría denominarse la de la desconexión con la Revolución Industrial. Va de 1820 a 1850. Teníamos una confortable situación en 1820, pero, como consecuencia de las conmociones interiores, que se coronarán con la I Guerra Carlista, disminuye mucho nuestra convergencia. En 1850, gracias al esfuerzo de los moderados, se estabiliza la situación, que va a proporcionar la base de la segunda realidad: una estabilidad de cercanía a Europa situada en torno al 70% -no merece la pena efectuar aquí un estudio de la varianza- y que dura casi un siglo, pues alcanza desde 1850 a 1935. Seguidamente aparece la larga crisis de la economía de guerra, del aislamiento internacional y del intervencionismo, que se prolonga de 1936 a 1962. Son veinte años muy duros para España. Las consecuencias del Plan de Estabilización de 1959 son las que, a partir de la sima de 1960, sacan a la economía española, con fuerza, hacia una creciente convergencia con la media europea, pero el proceso se puede subdividir en tres etapas. La primera deriva del gran crecimiento que va de 1960 a 1975, o sea, la etapa de fortísimo desarrollo económico del final de la Era de Franco, que es, cabalmente, la que produjo la herencia económica en la que se basó una transición pacífica. A continuación sobreviene una crisis económica que, por unos u otros motivos, llega desde 1976 hasta 1986. A partir de ahí se inicia la etapa comunitaria, en la que nos encontramos ahora, y que exhibe un fuerte desarrollo y convergencia creciente con la UE que se aceleran desde que se pone en marcha la rectificación Solbes en 1995 y sobre todo, con el ortodoxo modelo Aznar-Rato, a partir de 1996

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Apéndice estadístico.

Años

(a)

PIB de los 12

Miles de m. de $ Geary-Khamis

Población de los 12

En millones de personas

PIB p.c. de los 12

En $ Geary-Khamis

PIB p.c. de España

En $ Geary-Khamis

Porcentaje de convergencia según Angus Maddison Porcentaje de convergencia según Julio y Pablo Alcalde con los 15 (b)

(1)

(2) (3) (4) (5) (6) (7)
1820 146,8 117,1 1.253 1.063 84,8 "
1850 237,3 145,3 1.633 1.147 70,2 "
1870 325,2 159,8 2.035 1.376 67,6 "
1882 405,5 172,3 2.354 1.664 70,7 "
1890 466,9 181,1 2.578 1.847 71,6 "
1900 580,8 194,3 2.990 2.040 68,2 "
1913 764,6 214,8 3.560 2.255 63,3 "
1926 851,4 225,8 3.771 2.658 70,5 "
1929 965,2 229,6 4.203 2.947 70,1 "
1931 890,6 232,7 3.827 2.713 70,9 "
1933 898,7 235,2 3.821 2.695 70,5 "
1936 998,3 237,9 4.196 2.304 54,9 "
1937 1.040,9 240,2 4.333 2.043 47,1 "
1938 1.063,0 241,6 4.399 2.022 46,0 "
1947 998,4 245,3 4.070 2.270 55,8 "
1948 1.063,0 256,5 4.155 2.369 57,0 "
1949 1.136,6 256,7 4.428 2.359 53,3 "
1950 1.239,4 261,1 4.747 2.397 50,5 "
1951 1.312,8 263,0 4.991 2.630 52,7 "
1952 1.361,4 264,6 5.145 2.812 54,7 "
1953 1.430,8 266,3 5.372 2.821 52,5 "
1954 1.508,2 268,2 5.623 2.957 52,6 "
1955 1.604,1 270,1 5.938 3.085 52,0 "
1956 1.674,8 272,3 6.151 3.273 53,2 "
1957 1.749,2 274,5 6.372 3.378 53,0 "
1958 1.792,4 276,8 6.476 3.493 53,9 "
1959 1.876,4 279,1 6.723 3.393 50,5 "
1960 1.999,3 281,3 7.108 3.437 48,4 "
1961 2.105,5 283,9 7.417 3.804 51,3 "
1962 2.209,7 286,8 7.704 4.125 53,5 "
1963 2.312,3 289,5 7.986 4.446 55,7 "
1964 2.450,4 292,1 8.388 4.675 55,7 "
1965 2.554,8 292,3 8.739 5.075 58,1 "
1966 2.655,4 297,1 8.938 5.538 62,0 "
1967 2.745,9 299,1 9.182 5.829 63,5 "
1968 2.898,0 300,7 9.637 6.262 65,0 "
1969 3.075,3 303,1 10.147 6.898 68,0 "
1970 3.212,1 305,3 10.523 7.291 69,3 "
1971 3.312,8 307,7 10.767 7.599 70,6 "
1972 3.452,2 309,7 11.146 8.162 73,2 "
1973 3.660,3 311,5 11.752 8.739 74,4 "
1974 3.738,1 313,0 11.945 9.156 76,7 "
1975 3.707,7 313,9 11.812 9.151 77,5 "
1976 3.874,5 314,7 12.312 9.341 75,9 "
1977 3.981,8 315,4 12.623 9.530 75,5 "
1978 4.101,1 316,4 12.961 9.576 73,9 "
1979 4.246,5 317,6 13.372 9.488 71,0 "
1980 4.301,6 318,7 13.496 9.539 70,7 "
1981 4.304,2 319,9 13.457 9.424 69,8 "
1982 4.338,7 320,3 13.547 9.486 69,2 "
1983 4.414,3 321,1 13.747 9.601 68,9 "
1984 4.521,5 321,6 14.058 9.732 69,2 "
1985 4.634,4 322,3 14.381 9.915 68,9 71,6
1986 4.762.2 323,2 14.733 10.197 69,2 72,2
1987 4.899,3 323,8 15.131 10.733 70,9 75,6
1988 5.103,3 325,0 15.737 11.259 71,5 76,6
1989 5.275,5 326,7 16.150 11.752 72,8 78,6
1990 5.430,4 328,8 16.514 12.170 73,7 79,5
1991 5.495,0 330,1 16.648 12.410 74,5 83,9
1992 5.535,4 332,6 16.644 12.498 75,1 81,5
1993 5.523,3 334,9 16.495 12.354 74,9 81,0
1994 5.667,8 337,0 16.820 12.544 74,6 79,1
1995 " " " " " 80,1
1996 " " " " " 81,2
1997 " " " " " 81,8
1998 " " " " " 83,6
1999 " " " " " 85,9

(a) Para el periodo 1820-1994, los años que aparecen son aquellos en los que hay información proporcionada por Angus Maddison para, simultáneamente, Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, España, Finlandia, Francia, Holanda, Irlanda, Italia, Reino Unido y Suecia, que son “los 12” de las columnas 2, 3 y 4.

(b) En la estimación preparada para FUNCAS por Julio Alcaide Inchausti y Pablo Alcaide Guindo, para el periodo 1985-1999 se hace, además, con Grecia, Luxemburgo y Portugal. Como el peso de Grecia y Portugal es importante y son dos países más pobres que España, la convergencia con la media de “los 15” es siempre superior a la que se mide con “los 12”. El empleo de monedas y deflactores diferentes motiva que no exista un paralelismo exacto entre ambas estimaciones, o sea, en el periodo 1985-1994, entre la serie (6) y la (7)

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Notas


1) El trabajo de Carreras editado por Fundación Banco Exterior, Madrid, 1984, especialmente las págs. 539 y 549, estudio que se amplía, según señala en esta página 549, con los de Leandro Prados de la Escosura, La evolución del comercio exterior 1790-1929, en Papeles de Economía Española, n° 20, pág. 134; Gabriel Tortella, National Income estimation bv means of monetary variables. the case of Spain 1772-1972. Some preliminary results, en Rainer Promoling y Patrick O’Brien -directores-, Productivity in the economics of Europe, Klett-Cotta, Stuttgart 1983, págs. 133-140, que sirve de base para el artículo de Leandro Prados de la Escosura, La independencia hispanoamericana y sus consecuencias económicas en España: una estimación provisional, en Moneda y Crédito, 1982, n° 163, págs. 49-69; agréguense José Patricio Merino, La Hacienda de Carlos IV, en Hacienda Pública Española, 1981, n° 69, págs. 139-182 y Gonzalo Anes, El Antiguo Régimen: los Borbones, Alianza Alfaguara, Madrid, 1975, pág. 161.

2) Cfr. GarcÍa Sanz, A. y Barrabou, R. —directores—, Historia agraria de la España contemporánea. 1. Cambio social y nuevas formas de Propiedad. 1800-1850, Crítica, Barcelona, 1 985.

3) Este punto de vista puede verse actualizado por Robert W. Fogel, en Los cambios a partir del año 2000, en Crónica de Economía, otoño 1999, n° 5, págs. 8-33. Se trata del texto de su mensaje presidencial en la reunión anual de la American Economic Association en diciembre de 1998, aparecida en The American Economic Review, marzo de 1999.

4) Centro de Desarrollo. Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos, París, 1997, pág. 22.

5) De esta cuestión que es un simple caso particular y ampliación de lo que Schumpeter expuso en su ensayo La marcha hacia el socialismo, publicado en The American Economic Review en marzo de 1950, me he ocupado varias veces; las dos últimas en Proemio para llegar a casa, prólogo al libro de Jorge Lombardero, Hacia una teoría del Estado Nacional Sindicalista, Fundación Ramiro Ledesma, Madrid, 2000, págs. 7-14 y Sobre el nacimiento del nacionalismo autoritario anticapitalista en España, en Nueva Fundación. Suplemento de Cuadernos de Encuentro, primavera 2001, n° 15, págs. 33-38.

6) Ob. cit., Passim

7) Cfr. Alcaide Inchausti, J. y Alcaide Guindo, P.: Magnitudes económicas provinciales. Affos 1985.1999, FUNCAS, Madrid, 2000.

8) Alcaide Inchausti, J. y Alcaide Guindo, P.: ob. cit., pág. 33.



 

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