Razón Española, nº 110; LIBROS: Conversaciones con Alfonso Armada

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LIBROS: Conversaciones con Alfonso Armada. nº 110

Comentarios de A. Marchante Gil al libro de J. M. Cuenca Toribio .

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LIBROS: Conversaciones con Alfonso Armada

Cuenca Toribio, José Manuel: Conversaciones con Alfonso Armada. F 23. ed. Actas, Madrid, 2001.



Tres prólogos dedica Cuenca Toribio a hacer la presentación de un libro que contiene la visión que el general Alfonso Armada tiene de su paso por la vida militar y política de España y singularmente la versión personal de su papel en los acontecimientos del día 23 de febrero de 1981 y en sus antecedentes.

El vigésimo aniversario de los hechos ha dado lugar a la aparición o reaparición de varios libros a ellos dedicados. La mayoría no son sino refritos periodísticos, llenos de errores y tergiversaciones sin aportación alguna a la historia y cuya finalidad parece puramente económica. Por el contrario, la obra de Pardo Zancada, seria y solvente, y las aportaciones de Ricardo de la Cierva y Jesús Palacios sobre la participáción del Cesid en el golpe, junto con el libro que comentamos, hacen que aquel episodio, lamentable por tantos motivos, quede aclarado en su génesis y en sus responsables últimos que no coinciden con los que fueron condenados.

Conocida es la personalidad de Armada. Militar de herencia y profesión, monárquico «casi somático» según dice el autor, y persona de profundas convicciones religiosas y patrióticas, su testimonio es muy importante aunque haya que matizarlo en función de su obligación de defensa, que lamentablemente no extiende a sus compañeros, y de las trabas que precisamente su condición de monárquico «visceral» -diría yo- le han impuesto.

Asistimos a una especie de danza de los siete velos de forma que al principio nada se aprecia pero, a medida que corre la cinta de la grabadora, van cayendo velos -tal vez sin que el General se dé cuenta- de forma que cada vez se van viendo más cosas. Lo más interesante, es decir, el contenido de la conversación entre el Rey y Armada mantenida el 13 de febrero de 1981 queda inédito ante la prohibición real de revelarlo que el General, llevado sin duda por su fervor monárquico, ha respetado haciendo imposible, según dice, la demostración de su inocencia y acaso la de quienes participaron en la aventura. Por tanto, al final queda velado lo que algunos pueden considerar más importante.

Esta incógnita que ni siquiera la demostrada habilidad de Cuenca Toribio ha logrado despejar subsiste, pero el libro con las medias confidencias del General deja bien claras una serie de cuestiones de no poca importancia.

En primer lugar Armada, fiel servidor del Rey durante tantos años, logró el acercamiento entre el entonces Príncipe y Franco con la convicción, compartida por la Princesa Sofía, de que sólo de la mano de Franco podrían llegar a la Corona. Curiosamente, dice de aquélla que le interesaba más la Corona que España.

En segundo lugar, el entrevistado muestra muy claramente su convicción -compartida por el entrevistador- de que el monarca ha obrado hacia él con suma ingratitud. Cuenca Toribio explica este desagradecimiento por la razón de Estado.

En tercer término, Armada insiste en que no fue él quien organizó el golpe, lo cual es verdad hasta cierto punto pues la organización corrió a cargo del Teniente Coronel Tejero ayudado por el Cesid, aunque admite repetidamente que conocía la gravedad de la situación y tenía el convencimiento de que algún tipo de actuación del Ejército o de parte de él se iba a producir. De ello informó al Rey repetidamente hasta que, remitido por el monarca a Gutiérrez Mellado, Vicepresidente del Gobierno, éste no le hizo el menor caso y le prohibió hablar con el Rey con términos y modales que demuestran, una vez más, el nefasto papel desempeñado por Mellado.

Hay que estar de acuerdo con la repetida afirmación del entrevistado en el sentido de que fueron los Capitanes Generales, con la mayoría de los cuales habló aquella noche, los que decidieron el fracaso de un golpe que veían con simpatía, pero al que no se unieron por desconfianza hacia Tejero y Milans.

Niega Armada que llevase al Congreso una lista del gobierno que pensaba encabezar. La negativa choca que todos los testimonios recogidos en las obras citadas y en el propio Consejo de Guerra, y no explica la actitud final de Tejero que fue la segunda causa del fracaso de la acción emprendida.

Insiste una y otra vez el General en que fue al Congreso obedeciendo órdenes, en que nunca se sublevó y en que fue su arriesgada acción la que permitió que los diputados saliesen indemnes del Congreso cuando nadie había sido capaz de lograrlo. No le falta razón en esto último.

Por la gran cantidad de datos concretos que contiene la obra resulta importante para conocer la realidad de lo acaecido en aquellos meses en los que se estaban poniendo en riesgo los fundamentos de la convivencia de los españoles. La idílica versión de lo que fue la tan alabada transición se viene abajo a medida que pasan las páginas del libro.

Lo que acertadamente llamó Pardo Zancada «la pieza que falta» comienza a faltar menos a la luz de lo dicho y de lo no dicho en este libro. Confiemos en que el último velo caerá también para bien de la Historia.



A. Marchante Gil



 

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