La muerte del
liberalismo
¿Seremos
testigos de un cambio dramático en el ánimo popular del
mundo occidental? El siglo XX -el siglo americano, como
se le ha llamado a menudo- ha sido la era del
liberalismo. En los inicios de este siglo XXI, el poder
económico y la preponderancia militar de Estados Unidos
son mayores que nunca. Pero que este cataclismo por el
que está pasando el país va a traer como resultado un
endurecimiento de las mentes y los corazones
estadounidenses, cuya primera advertencia será la
respuesta militar que se va a dar contra los enemigos de
la nación. Y cuando Estados Unidos emprende algo, el
resto del mundo le sigue.
¿Está a punto de convertirse este siglo XXI en la era
de la reacción, en la que el reloj de los tiempos de
nuevo se encamine firmemente hacia la severidad, la
disciplina y la aplicación inexorable de la ley?
La era del liberalismo ha transformado todos los aspectos
de nuestras vidas, pero donde más se ha notado su
impacto ha sido en la esfera de la geopolítica. Y quizá
su mayor consecuencia física haya sido la
desconolonización, proceso por el cual se desmantelaron
imperios -de buena voluntad (en su conjunto), el
británico; de mala gana, el resto-, creándose a
continuacióin más de un centenar de nuevas naciones.
Durante este proceso floreció el fenómeno del
terrorismo, mientras que la actitud de las autoridades
competentes frente a él era cada vez más ambivalente.
Los agitadores nacionalistas, que se habían convertido
en despiadados asesinos de masas, fueron después -con el
paso del tiempo y también bajo la presión del
sentimiento liberal- reconocidos como líderes; se
negoció con ellos, se legitimó y, finalmente, se les
otorgaron cargos importantes invistiéndoles con el
poder. En definitiva, cambiaron las armas por cetros.
Este proceso se inició en Irlanda, donde un macabro
apóstol de la muerte y la destrucción, Eamon de Valera,
se convirtió en su primer ministro y presidente,
gobernado en el sur de la isla durante toda una
generación.
Hoy en día, esta situación todavía persiste. Los que
aún lloran por las víctimas de las atrocidades del IRA
o los lisiados de por vida contemplan, con cólera
impotente, cómo a los mismos individuos que perpetraron
aquellos crímenes se les libera de la cárcel, se les
otorgan cargos e, incluso
suprema ironía- se les da protección policial frente a
las familias de aquellas personas a quienes ellos
asesinaron.
Muy pocos terroristas han sido ejecutados por sus
crímenes. El liberalismo del siglo XX logró que la pena
capital fuera algo imposible o cuando menos objeto de
controversia, aún en los casos más atroces. Muchos de
ellos fueron condenados a cadena perpetua, pero muy
pocos, si es que hubo alguno, cumplieron sus condenas. A
consecuencia de unos acuerdos negociados, fueron
legalmente puestos en libertad. Como ellos ya sabían que
esto ocurriría y contaban con ello, la cárcel nunca
supuso ningún tipo de freno para los terroristas.
Irónicamente de nuevo, Israel, ahora asolada por el
terrorismo, fue
tras Irlanda- el siguiente Estado en demostrar que las
bombas y las pistolas obligan siempre a un imperio
liberal a hacer concesiones.
El primer ministro Menahem Begin, que dirigió los
destinos de Israel durante muchos años, comenzó su
carrera política como líder del grupo terrorista Irgun,
el cual, entre otras atrocidades, llevó a cabo la
voladura del hotel Rey David de Jerusalen, en un atentado
que costó la vida a más de un centenar de personas
inocentes pertenecientes a todas las razas.
Durante el acto de apertura de la Primera Conferencia
sobre Terrorismo Internacional, en la década de los 70,
en la que tanto Begin como yo mismo éramos
conferenciantes, le rogué que pidiera perdón por la
atrocidad del hotel Rey David. Y él se negó
terminantemente. Para él había terroristas buenos (los
luchadores por la libertad y los patriotas israelíes) y
terroristas malos (los árabes asesinos de masas).
La ambivalencia a propósito del terrorismo ha sido una
arraigada y mortal característica del liberalismo del
siglo XX que también afectó a Estados Unidos, quien
proporcionó ayuda a los terroristas irlandeses durante
más de 150 años.
Los presidentes estadounidenses, y Bill Clinton el
últimos de ellos, siempre han auspiciado acuerdos entre
los terroristas y el Gobierno británico. Los
intelectuales liberales de Estados Unidos se han venido
arrastrando siempre a los pies de asesinos como el Che
Guevara o Fidel Castro, quienes comenzaron su vida adulta
como terroristas en la Universidad y aprendieron a
asesinar policías mientras supuestamente estudiaban
leyes.
Durante el proceso de descolonización, en Londres, se
convirtió en acontecimiento periódico festejar y colmar
de honores a individuos antes reclamados por asesinato, a
los que a continuación se les aclamaba como estadistas.
Un ejemplo típico de esta costumbre se puede encontrar
en Homo Kenyatta, creador del salvaje Mau-Mau, descrito
por el gobernador de Kenia como «líder de la oscuridad
y la muerte». Sin embargo, sobrevivió y logró
convertirse en presidente del país y en su «viejo gran
hombre» (como le llamaban los liberales blancos). Kenia
es ahora una brutal dictadura unipartidista.
Otro ejemplo de primera magnitud fue el del taimado
arzobispo Makarios, de Chipre, quien controlaba la
organización terrorista Eoka oculto detrás de su sotana
y su alzacuellos de clérigo. También acabó siendo
presidente.
Durante una fiesta de recepcióin a los participantes en
una conferencia de la Commonwealth, estaba yo hablando
con Harold Wilson, siendo éste aún primer ministro,
cuando Makarios, con su peculiar tocado en la cabeza y su
bastón plateado, apareció ante nuestra vista.
«Mírale», me dijo Wilson cínicamente, «se mueve por
todas partes como si fuese un dalek y lleva los bolsillos
llenos de granadas de mano».
El último de esta lista es el presidente de Zimbabue,
Robert Mugabe, que ha hecho evolucionar su terrorismo
gangsteril hasta una nueva modalidad de terrorismo de
Estado. Sus métodos no han cambiado en absoluto: siguen
siendo los de la fuerza, el miedo y el asesinato. Pero su
objetivo ahora ya no es el Gobierno colonial, sino
conseguir que las minorías blancas queden totalmente
indefensas.
Quien asista hoy a una Asamblea General de las Naciones
Unidas se encontrará con antiguos terroristas
encabezando delegaciones, hablando incansablemente sobre
manidos clichés de paz y solidaridad humanitaria;
corruptos y ricos, reverenciales y aventajados, pero aún
con la oscuridad y la muerte en sus corazones. Solamente
uno o dos de estos líderes terroristas se han
significado como gobernantes eficientes. La gran mayoría
de ellos ha fracasado.
Un ejemplo típico de esto último es Argelia, en tiempos
uno de los países más prósperos de Africa. Cuando los
antiguos terroristas tomaron el poder demostraron su
tremenda crueldad de forma espectacular: utilizaron a los
funcionarios públicos que habían permanecido fieles a
Francia como detectores humanos para limpiar los campos
de minas. Desde entonces, su rico sector agrícola se ha
convertido en un yermos y su industria del acero en mera
chatarrería.El miedo es que la República Sudafricana,
con una nueva clase dirigente de orígenes similares, al
final vaya por el mismo camino. Y, ciertamente, está
derivando en tal sentido, a pesar del pavoroso ejemplo de
Zimbabue, un país literalmente destrozado por la
pobreza.
En esa enorme convulsión global que legitimó en tantos
casos el terrorismo y colocó en el poder a pistoleros y
colocadores de bombas, Estados Unidos fue la que inició
la andadura cuando, después de la segunda guerra mundial
presionó sobre Gran Bretaña para que iniciase su
proceso de descolonización, porque en la liberal
América, la palabra imperio tenía igual significado que
la del mismo demonio.
Pero otros siguieron su senda. Los franceses acogieron al
ayatolá Jomeini y le ayudaron a volver en secreto a
Irán para, una vez allí, defenestrar al Sha e imponer
su propio estilo de terror religioso. Y su régimen ha
perdurado hasta la actualidad, ofreciendo, a cambio, un
puerto bien seguro para terroristas religiosos.
La industria armamentística checa abastecía
regularmente a los terroristas del material mortal propio
de su oficio. Los mismos checos admitieron,
posteriormente, que habían provisto al IRA de la
cantidad suficiente de explosivos Semetex como para que
les durara «aproximadamente cien años». Gracias al
liberalismo de los gobiernos británicos, el IRA aún no
ha rendido ni una sola pieza de su enorme arsenal como
pago a la puesta en libertad de sus camaradas asesinos.
Son muy pocos los países cuyas políticas liberales no
hayan servido de ayuda alguna vez al terrorismo. París
está plagado de terroristas y Milán, Madrid, Hamburgo y
Amsterdam no son mucho mejores.
A pesar de las experiencias padecidas por los británicos
por los asesinatos masivos debidos a los efectos de las
bombas terroristas, Gran Bretaña permite todavía que
personajes concectados con las redes terroristas árabes
-que proclaman abiertamente su apoyo a la liberación por
la fuerza de Palestina- sigan viviendo seguros y operando
tranquilamente en Londres.
¿Han sido blandos nuestros servicios de inteligencia o
es que, simplemente, han fracasado a la hora de seguir la
pista de esta gente tan peligrosa?
Uno escucha asombrado la terrible historia sobre cómo
los hábitos liberales estadounidenses permitieron que el
brutal asalto terrorista de la semana pasada se
organizara y montara desde su propio suelo durante más
de 18 meses, una historia que cuentan determinados
individuos cuyas conexiones con los terroristas ahora se
están poniendo rápidamente de manifiesto.
La cuestión que se plantea en estos momentos es: ¿se
puede invertir ahora este clima de descuidado
liberalismo? Yo sospecho que sí. Recuérdese que la
infamia y la vergüenza sufridas en Pearl Harbor
originaron una respuesta de Estados Unidos plena de ira y
de poder que culminó con aquellos ataques nucleares
sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.
Los ciudadanos estadounidenses son pacíficos por
naturaleza e impulsivamente generosos; pero su justa ira,
una vez que se provoca, es lo más parecido que existe en
la Tierra a la ira de Dios.
El asalto de los terroristas musulmanes a Nueva York y
Washington, de un éxito tan ostensible, es un acto de
suprema locura del cual los beneficiarios más obvios
serán los israelíes. Es algo así como si un niño
malcriado golpeara con un martillo la pata de un gorila
gigante: el golpe no produce daños reales, pero sí
desata al máximo su furia.
Todos los estadounidenses -con sus mentes aún afectadas
no sólo por este crimen tan colosal en sí mismo, sino,
también, por esas imágenes que se han podido ver en la
televisión de los árabes bailando por las calles dando
evidentes muestras de alegría por el éxito que han
alcanzado- tendrán ahora que volver a valorar las
actitudes de su nación con relación con todo un
conjunto de problemas globales. Su Gobierno también
deberá hacer lo mismo y con toda la deliberada rapidez
de que sea capaz.
Ahora sí podemos apreciar cómo debe cambiar el
vocabulario. Los problemas que dieron lugar al fenómeno
terrorista han sido evocados hasta estos momentos
mediante expresiones como compasión y piedad, simpatía
y comprensión, impulsos a la negociación, al
compromiso, a las concesiones, es decir, por medio de
todos esos zumbidos que produce la verborrea liberal.
Ahora, los estadounidenses -y todos nosotros, desde
luego- nos vemos forzados a reconocer que, con esta clase
de asesinos de masas, la palabra negociación carece
totalmente de sentido, las concesiones son un suicidio y
la comprensión es algo imposible.
Estos monstruos creen en el genocidio: en primer lugar,
el del pueblo de Estados Unidos. Su mentalidad es
hitleriana. Y a la proclividad de Hitler por las guerras
de exterminio le añaden la dimensión adicional de
puntos de vista religiosos absolutamente enloquecidos,
que convierten al terrorismo suicida en el camino más
seguro y directo para alcanzar el paraíso.
En las circunstancias por las que actualmente
atravesamos, ¿puede haber alguna duda de que tan pronto
como estos asesinos genocidas pongan sus manos sobre
armas nucleares -o sobre bombas de gérmenes- no las van
a utilizar de inmediato?
Por todo ello, el vocabulario más apropiado para la
respuesta estadounidense deberá venir marcado por
expresiones tales como desquite y severidad,
implacabilidad y justo castigo; es necesario aplicar las
leyes, tanto nacionales como internacionales, con el
máximo rigor e imponerlas a un mundo sin ley, aun a
expensas de cualquier otra consideración.
Es mediodía y el sheriff ya se ha puesto su estrella y
ha reclutado al pueblo entero para que le ayude a
enfrentarse contra el Mal. Las consecuencias de todo esto
se habrán de ver muy pronto en una legislación de
emergencia -posiblemente con enmiendas a la
Constitución- en cuantiosos gastos de dinero y de poder
industrial, en la creación de nuevas fuerzas, armamento
y en operaciones militares de gran envergadura y
complejidad.
En este proceso, la necesidad urgente de seguridad tiene
que echar el telón sobre un siglo de liberalismo y
permisividad. Y no deben confirmarse estos cambios de
ánimo y dirección exclusivamente en la lucha contra el
terrorismo.
Al igual que en el siglo XX, las nociones liberales
acabaron apoderándose de todos los ámbitos de nuestra
sociedad -desde el sexo y los medios de comunicación
hasta el crimen y su castigo, desde el matrimonio a la
vida familiar y desde las relaciones entre padres e hijos
a la sustitución de la tradicional noción del deber por
los derechos universales- la reacción ahora frente a
estos desacreditados valores se extenderá gradualmente,
aunque con rapidez cada vez mayor, hasta alcanzar los
últimos rincones de nuestras permisivas sociedades.
Esta reacción debe afectar, también, a asuntos tales
como el divorcio, el aborto y la ilegitimidad, a la
naturaleza de la educación, al comportamiento en las
universidades, a la formación de la juventud, a la
gestión de becas y, no como tema menor, al futuro de la
religión y de los dictados fundamentales de la
moralidad. De esta manera, nos encontraremos en un mundo
nuevo y más severo, pero también más seguro y estable.
Muchos millones de personas, consternadas ante la forma
en que la sociedad fue yendo a la deriva y
degenerándose, vienen anhelando este tipo de cambios
durante largo tiempo, desesperándose por lograrlos.
Pero los historiadores sabemos muy bien que un
acontecimiento súbito y horrendo puede dar lugar a
cambios fundamentales en la actitud general. Así, por
ejemplo, la etapa del terror de la Revolucióin Francesa
en 1790 conmocionó al mundo, produciendo como
consecuencia un renacimiento religioso que culminó en
una recuperación de valores que, a su vez, condujo a las
certezas de la época victoriana.
El asalto terrorista contra Estados Unidos -y la
respuesta que a continuación se producirá- puede
suponer un acontecimiento de características muy
similares y capaz, por tanto, poner en marcha un retorno
a la noción tradicioinal del bien y del mal.
Estos días, quizá, nos estemos situando en el umbral de
una nueva era que alterará no sólo nuestras propias
vidas, sino, también, las de nuestros biznietos. Y si
esto es así, quiero darle la bienvenida con toda mi
inteligencia y todo mi corazón a este evento. Y usted
también debería hacerlo.
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