LIBROS: El
imperio que nunca existió
Nerin,
José Gustau, y Bosch Alfred : El imperio que nunca
existió. Prólogo de Preston. ed. Plaza y Janés.
Barcelona 2001. 333 pp.
De un tiempo a esta parte, en el tinglado universitario
español vale todo lo que no se aparte del consenso. La
originalidad, la independencia de espíritu y una cierta
valentía intelectual, con la ayuda de un arbitrario
sistema de «evaluación» de la calidad instituido por
la administración educativa universitaria, han quedado
en un segundo plano. Esto explica un determinado tipo de
libros que en los últimos años prolifera en España. Lo
define muy bien el prologuista en cuya opinión «destaca
porque, si bien el tema es totalmente serio y se apoya en
una meticulosa investigación, está escrito con humor,
ironía y gran abundancia de detalles pintorescos. En
consecuencia se lee como una novela» (p. 13)
Pero
no es cierto; estamos ante un libro deslavazado,
reiterativo y plagado de incorrecciones, cuya meta es
demostrar la obsesión imperialista de Franco y los
denominados «africanistas franquistas», sin que se
explique quienes pertenecen a esta categoría.
Los autores, dentro de la órbita de los centros de
Estudios Africanos -fórmula institucionalizada de
neotercermundismo-, han querido abordar la presencia de
Africa en la «ideología» del régimen de Franco. Se
trata, de un asunto relativamente poco estudiado desde
que España abandonase a su suerte la provincia
sahariana. Los autores quieren demostrarnos que han
leído mucho. Sin embargo, el resultado final deja mucho
que desear y nada aporta a la bibliografía seria sobre
el pensamiento africanista hispánico en ninguna de las
vertientes en las que se incursiona: economía,
geopolítica, cliopolítica. El millar y medio de citas
constituye aquí una autoridad dudosa, pues parece que,
en no pocos casos, sólo han examinado el índice,
aplicando al resto los tópicos de la ideología
dominante. Esto sucede con el notable tratado
geopolítico de Barcia Trelles titulado Puntos cardinales
de la política internacional española (Fe, 1939), que
se define como el «primer tratado falangista sobre
política exterior» (p. 28). Nada más lejos de la
realidad, como puede comprobar cualquiera que conozca un
poco la obra. Los jóvenes autores se han dejado
impresionar más de lo razonable por las flechas yugadas
impresas en la portada. Mas a nada conduce levantar el
acta de las citas espurias y de los errores: a Franco,
por ejemplo, le atribuyen la autoimposición de la Cruz
Laureada de «San Francisco» (sic), según un pie de
foto de la página 4.
En este libro puede verse denunciado el estado de
abandono intelectual de los estudios africanos, al menos
de todo aquello que tiene alguna relevancia para España.
Las nuevas generaciones perciben el africanismo
hispánico como una nota exótica, ajena en última
instancia a la política española. Así afirman en la
página 283 que Franco ocultó sus proyectos imperiales
después de 1945 pues formaban un todo con la
germanofilia del régimen. En su opinión, «la eclosión
de las ongs, de la cooperación al desarrollo y el olvido
del lenguaje franquista resucitarían del interés por el
continente vecino» (p. 280). Pero este razonamiento no
puede sostenerse desde ningún punto de vista.
Los autores no han percibido, ni de lejos, lo que
significa Africa en la política española desde mediados
del siglo xix, para no remontarnos a Cisneros. Tal vez
por eso intentan sin éxito construir la tesis, a todas
luces falsa, de que el africanismo de los años 40 fue
algo reaccionario y oportunista que se desarrolló
espontáneamente, carente de toda relación con la
historia o la posición geográfica española. Con una
frase son capaces de resumir un periodo cuyo principio
fijan obsesivamente en la ocupación de Tánger en junio
de 1940 y cuyo final se diluye imprecisamente en los
episodios de Ifni, el abandono del protectorado
marroquí, la independencia de Guinea y la entrega del
Sáhara: «la codicia colonial franquista, escriben, no
tenía límites» (p.50).
La cuestión africana, de la que en perspectiva
histórica son episodios relativamente recientes sucesos
como los del Barranco del Lobo, viene pues de antiguo y
carece totalmente de seriedad el intento de presentarla
en condiciones de vacío histórico, como si todo se
alumbrase en las Reivindicaciones de Castiella y Areilza.
No es de recibo que en un libro sobre África en el
pensamiento español no se hable de Gonzalo de Reparaz
(padre) ni de Emilio Huguet del Villar, o que se cite de
pasada a Joaquín Costa o Angel Ganivet. Para los autores
tampoco existen los planteamientos intelectuales de los
geopolíticos españoles -Amando Melón Ruiz; José
María Martínez Val; Martín Echevarría, traductor del
ratzeliano Arthur Dix-, expresados en la Revista de
Estudios Geográficos. De ese grupo sólo se menciona a
Vicens Vives (p. 49), pero al precio de falsificar el
sentido de la cita que alegan , ubicada en la última
página de un libro que probablemente tampoco han leído
(Geopolítica del Estado y del imperio, de 1940). Brilla
por su ausencia toda referencia a los Cuadernos
Africanos, de la Asociación Española de Africanistas.
Al notable jurista y colonialista José María Cordero de
Torres se le menciona con más profusión, aunque no se
llega a profundizar en su pensamiento. En suma, el libro
está apoyado en citas secundarias evacuadas de los
historiadores oficiales, dueños del establishment
universitario a los que conviene halagar para hacer
carrera, y en referencias a un material histórico de
orden muy marginal y de valor coyuntural.
Si es cierto que ningún libro es absolutamente malo, tal
vez la virtud de este resida en la capacidad de producir
una reacción científica de la que quepa esperar una
cabal compresión de la presencia española en Africa.
Problemas tan serios como la expulsión de los pescadores
españoles de sus caladeros tradicionales y la presión
demográfica proyectada desde Marruecos ponen en
evidencia las limitaciones de una clase política para
comprender lo que significa África, pero también las de
los universitarios.
J. Molina
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