Razón Española, nº 110; Lain creyente

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Lain creyente

Por J. López Medel

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Lain creyente

Siendo asiduo del Colegio Mayor Cerbuna, de Zaragoza, por los años 40-50, para los universitarios de la generación de la posguerra, Laín era conocido por sus colaboraciones en las revistas «Escorial», de «Estudios Políticos», Discursos a los caballeros aspirantes de la Milicia Universitaria. Guardaban relación con Fernando Solano, director del citado colegio, que lo era a su vez de la Institucióin Fernando el Católico, entidad que le propondría como miembro del Colegio de Aragón. De éste formaron parte, entre otros aragoneses ilustres, Severino Aznar, monseñor Escrivá, Legaz, Castán, Alvar, Lázaro Carreter y Camón.

Aparte de ese conocimiento erudito, me encontraba a Laín en los cursos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, de Santander, por los años 1950-1960, cuando teníamos a mano un plantel de profesores, intelectuales y políticos, en las aulas o en la playa, como Eugenio D'Ors.

Luego fuimos relativamente vecinos. Vivía en las casas de profesores de la calle Ministro Ibáñez Martín, de Madrid. Nos encontrábamos en algunas misas en la parroquia de Santa Rita, de la calle de Gaztambide. Se colocaba discretamente a la izquierda, un poco atrás, como hacía Luis Buñuel en su pueblo de Calanda. Salía de los primeros y bajaba por Cea Bermúdez, siempre como ausente. Me hacía el encontradizo con él, o le hacía llegar alguna publicación. Era la etapa de su discutido Descargo de conciencia, después del desencantamiento de 1936, de cuyo sistema había sido
más que Ridruejo- entusiasta doctrinario.

Laín tuvo contacto y noticia de un padre agustino de la parroquia mencionada de Santa Rita. Le había dejado huella. Y en su fase del «envejecimiento», sobre lo cual estaba trabajando como obra final, se acordó de aquel religioso. Es verdad que algún obispo auxiliar o sacerdote le visitaban, por ejemplo, Cardenal, o el P. Cofarina, autor de su homilía en el funeral en los Jesuitas de Madrid. Pero él quiso encontrarse con el agustino, que estaba, por aquellas fechas, acompañando en sus últimos días a Jesús Suevos. Por distintas vías se localizó al padre agustino. Ya enfermo grave, Laín le saludó, con estas palabras: «Padre, sigo creyendo en la divinidad de Jesucristo.» Fueron varias las conversaciones, acaso fermento de una buena confesión. Recibió la extremaución, con plena conciencia, y aún añorando algún capítulo de su obra póstuma sobre envejecer. Al día siguiente se durmió en la eternidad.

Acaso -lo pienso porque he estudiado la obra, vida y muerte de Ortega y Gasset-, Laín también hubiera querido describir cómo sería su muerte, por dentro. Se había ocupado de ella. Y su obsesión por lo religioso no era como precupación, ni como angustia o «agonía» -Unamuno-, sino como «ocupación». Quería tener en su mano los hilos de ese misterio, el nacer y el morir.

Con ocasióin de su fallecimiento, apenas hemos visto subrayar la condición de creyente cristiano: Laín lo fue siempre.



 

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