Razón Española, nº 110; LIBROS: La crisis del humanismo

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LIBROS: La crisis del humanismo. nº 110

Comentarios de G. Fernández de la Mora al libro de R. de Maeztu.

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LIBROS: La crisis del humanismo

Maeztu, Ramiro de: La crisis del humanismo, ed. Almar, Salamanca, 2001, 324 páginas.



Puesto que Unamuno era anterior, y Ortega posterior, Maeztu es, entre los llamados noventayochistas, el escritor conceptualmente más valioso; los otros eran literatos en cuyos textos predominaban los valores estéticos. La casi totalidad de la vastísima obra del vasco se publicó en periódicos y revistas. Excepcionalmente sus artículos fueron escritos con un plan general que permitió agruparlos en volúmenes con estructura inbterna de libro. Es el caso de Defensa de la Hispanidad, Defensa del espíritu y esta obra.

Maeztu era hijo de inglesa y residió durante años en Londres, hasta que se repatrió en 1919. A partir de una serie de ensayos aparecidos en la revista «The New Age», dirigida por el socialista gremialA. R. Orage, editó el libro Authority, Liberty and Function in the light of the war (1916), que tradujo al español con el no muy adecuado título de La crisis del humanismo (1919). Esta versión se reimprimió en Madrid (1945), en Buenos Aires (1948) y fue incluida en la selección Obra (1974). La edición recién aparecida es, pues, la quinta en español.

En medio de las crisis ideológicas puestas de relieve antes y después de la primera guerra mundial, Maeztu trató de formular una tesis superadora del principio socialista de autoridad y el democrático de libertad cuyas deficiencias habían quedado de manifiesto. Fue una iniciativa paralela a la intentada por una serie de doctrinarios británicos procedentes del socialismo, pero no marxistas. Uno de los más importantes, algo posterior a Maeztu, sería G. D. H. Cole, cuya obra capital es Guild socialim (1920).

La idea central de esta obra es la de «función», contrapuesta a la del innato derecho subjetivo que había vulgarizado la Declaración revolucionaria de 1793. Esta es la tesis maeztuana «Sin función no hay Derecho» (p. 261). En otros términos: «Los derechos de los Estados, como los del hombre, nacen de la función que desempeñan..., el origen único de los derechos internacionales, como de los políticos y privados, es la función» (p. 274). «No hay derechos inherentes, todos son adherentes» (p. 295). En suma, no se nace con unos derechos supuestamente naturales, sino que los derechos se adquieren por la función que se desempeña. Una consecuencia política es que el soberano no se legitima ni por la herencia ni por la elección; «el que sirve mejor los intereses comunes tiene derecho al primer puesto» (p. 297). Es una generalización de la teoría de de la legitimidad de ejercicio, desarrollada por el pensamiento político tradicional.

El funcionalismo maeztuano conduce a propugnar una organización gremial o sindical de la sociedad donde «los hombres se agrupan en torno a las funciones que desempeñan» (p. 320). De ahí se deduce una representación de intereses o democracia orgánica. En tal esquema cada ciudadano elegirá varios representantes si pertenece a varios círculos de actividad. Maeztu se aleja del individualismo rusoniano y de la democracia inorgánica o partitocrática desde los años de la primera guerra mundial. Cuando se adhirió al régimen del general Primo de Rivera y formó parte de la comisión que elaboró un proyecto constitucional de democracia orgánica, Maeztu no hizo otra cosa que ser fiel a una antigua conviccióin, muy fundada teórica y empíricamente.

Las doctrinas de la democracia orgánica y de la comunidad hispánica de naciones son lo más vivo del pensamiento político maeztuano, puesto que su modelo de monarquía carece ya de razonabilidad histórica.

Esta edición viene precedida por un documentado y objetivo estudio de P. González Cuevas, en el que desmonta la pretensión partidista de que hubo un juvenil Maeztu marxista o anarquista. Escribe el prologuista: «Lejos de configurar su pensamiento en un sentido socialista o anarquista, su norte ideológico se encuentra en un nacionalismo burgués muy crítico respecto a la situación social y política dominante en la Restauración» (p. 20). Y añade: «Maeztu llegó a una especie de atisbo de filosofía tecnocrática avant la lettre, casi podríamos decir que fue uno de los primeros apóstoles del fin de las ideologías» (p. 29). Pero esa actitud, aunque no teorizada hasta 1964, se remonta en España a instituciones de los regeneracionistas con Costa a la cabeza. El llamado «León de Graus» es el capital punto de referencia del realismo político en España.

Incluir este fundamental libro de Maeztu en una naciente biblioteca del pensamiento conservador es un acierto. Que la selección sea igualmente rigurosa en el futuro.



G. Fernández de la Mora



 

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