Razón Española, nº 110; Sobre la monarquía

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Sobre la monarquía

Por A. Maestro

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Sobre la monarquía

Desde mi juventud, pensé que la monarquía tradicional debería ser la institución que diera continuidad perfectiva a la era de Franco, periodo en el que se llevó a cabo la europeización social y económica de España, soñada por los regeneracionistas e iniciada por la dictablanda de Primo de Rivera. Pero la Constitución de 1978 convirtió a la realeza en un mero símbolo, sin potestad alguna. Esa institución desustanciada ¿puede tener alguna funcionalidad? Como demostró Fernández de la Mora1, una monarquía simbólica no puede tener otra funcionalidad que la de la ejemplaridad moral. Si pierde esa virtud se convierte en vestigio historicista o en parásito administrativo.

Las monarquías hereditarias meramente simbólicas, como la española, no se fundan en un programa de gobierno, cuya elaboración corresponde a los partidos, sino simplemente en algo tan poco democrático como el azaroso privilegio del nacimiento, o sea, de la genealogía oficial. En un artículo reciente (25-VI-2001), Rafael Borrás, que es uno de los mejores conocedores de la monarquía española contemporánea, citaba esta veraz opinión: «La fe del Conde de Barcelona en el sistema monárquico se basaba en la milenaria teoría, elaborada en la antigüedad remota, de un derecho divino de ciertas familias a imperar, postulado teóricamente incompatible con el democrático». A esto replicó L.M. Ansón (23-VI-2001), con su conocido visceralismo juanista, que lo que reclamaba el Conde de Barcelona no era que se reconociera su presunto derecho a reinar en España, sino que se devolviera la soberanía al pueblo. Pero este postulado de la soberanía popular no es de las monarquías, sino de la Revolución francesa que guillotinó a Luis XVI y a su familia. Y ese ideal lo puede defender el hombre de la calle sea cual fuere su nacimiento. ¿Por qué Don Juan alzaba su pretensión política? No por su condición de español, sino por la singular circunstancia de ser hijo de Alfonso XIII y titular de lo que siempre definió como «imprescriptibles derechos» a la corona de España. No era un doctrinario, era un pretendiente por herencia.

Volvamos a la realidad inicial y obvia: hay ciertas familias que, por nacimiento, se consideran con derecho a reinar en determinados países. Nadie mínimamente racional puede ya creer en la existencia de tal derecho, si no está fundado en normas legales vigentes.

¿Por qué accedió Don Juan Carlos de Borbón al trono de España contra la voluntad de su padre el Conde de Barcelona? Porque así lo decidió Franco en aplicación del Derecho constitucional en vigor que eran las Leyes Fundamentales. ¿Por qué continúa Don Juan Carlos como rey de España? Porque así lo ha ratificado la Constitución de 1978, si bien le ha desposeido de todas las potestades que le atribuían aquellas Leyes Fundamentales. No hay otra fuente de legitimidad. Al contrario, el legitimismo alfonsino tendría que haber declarado usurpador a Don Juan Carlos y haber entronizado a su padre, a la muerte de Franco. ¿Por qué no lo hizo? Porque, carente de posibilidades prácticas, tuvo que asumir la volatilización del legitimismo o supuesto «derecho hereditario a reinar» y aceptar la aplicación del Derecho vigente que era la aplicación por Franco de las Leyes Fundamentales.

Esta es la verdad y lo demás es retórica y sofisma. Que al cabo de un cuarto de siglo, haya aún quien recurra a los viejos tópicos legitimistas es pura paleontología política, pero no fundada en hallazgos fehacientes, sino en falsos fósiles como el de Piltdown que tanto ha hecho sonreir a los científicos.

El legitimismo monárquico se funda en el supuesto derecho de una familia a reinar, y nada más que en eso. La actual monarquía española no tiene otra legitimación originaria que las Leyes Fundamentales y la propuesta de Franco. Las monarquías simbólicas de ahora únicamente se justifican por su ejemplaridad moral y, si la pierden, carecen de función y sólo las mantiene una temporal inercia histórica.



 

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