Razón Española, nº 110; LIBROS: Degli ebrei e delle loro menzogn

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LIBROS: Degli ebrei e delle loro menzogne. nº 110

Comentarios de M. Burghesi al libro de M. Lutero .

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LIBROS: Degli ebrei e delle loro menzogne

Lutero, Martín: Degli ebrei e delle loro menzogne, trad. it. ed. II. Prosperi. Turín, 2000, 230 págs.



En 1523, treinta años antes de morir, Lutero imprime un ensayo, Von den Juden und ihren Lügen, publicado ahora en italiano con el título Degli ebrei e delle loro menzogne (De los judíos y sus mentiras). El libelo, de cuyos contenidos las comunidades protestantes actuales se han disociado resueltamente, es de una violencia incomparable. «Son estos judíos seres muy desesperados, malos, venenosos y diabólicos hasta la médula, y en estos mil cuatrocientos años han sido nuestra desgracia, peste y desventura, y siguen siéndolo». Son «venenosas, duras, vengativas, pérfidas serpientes, asesinos e hijos del demonio, que muerden y envenenan en secreto, no pudiéndolo hacer abiertamente».

La única terapia posible es una «áspera misericordia» (scharfe Barmherzigkeit), una dureza sin piedad que se traduce, al final del libelo, en «sin misericordia alguna». Las medidas drásticas que el reformador solicita de las autoridades civiles y religiosas para limpiar Alemania de la «calamidad» judía prevén una serie de puntos. «En primer lugar, hay que quemar sus sinagogas o escuelas; y lo que no arda ha de ser cubierto con tierra y sepultado, de modo que nadie pueda ver jamás ni una piedra ni un resto». En segundo lugar, «hay que destruir y desmantelar de la misma manera sus casas, porque en ellas hacen las mismas cosas que en sus sinagogas. Métaseles, pues, en un cobertizo o en un establo, como a los gitanos». En tercer lugar, «hay que quitarles todos sus libros de oraciones y los textos talmúdicos en los que se enseñan tales idolatrías, mentiras, maldiciones y blasfemias». En cuarto lugar, «hay que prohibir a sus rabinos -so pena de muerte- que sigan enseñando». En quinto lugar «no hay que concederles a los judíos el salvoconducto para los caminos, porque no tienen nada que hacer en el campo, visto que no son ni señores, ni funcionarios, ni mercaderes o semejantes. Deben quedarse en casa». En sexto lugar «hay que prohibirles la usura, confiscarles todo lo que poseen en dinero y en joyas de plata y oro, y guardarlo». En séptimo lugar «a los judíos y judías jóvenes y fuertes, se les ha de dar trillo, hacha, azada, pala, rueca, huso, para que se ganen el pan con el sudor de la frente». A estas medidas Lutero añade la prohibición de pronunciar el nombre de Dios en presencia de cristianos: «Los cristianos no debemos considerar las bocazas de los judíos, dignas de pronunciar el nombre de Dios en nuestra presencia; todo el que lo oiga decir a un judío, que lo señale a la autoridad, o le tire estiércol de cerdo, si lo ve, y lo expulse. Y en este caso que nadie sea misericordioso ni benévolo».

Lutero insiste varias veces en el hecho de que no hay que ser misericordiosos con los judíos. Estos seres «venenosos y diabólicos» han de ser evitados: «Haced de modo que no tengan ninguna protección ni defensa, ningún salvoconducto, ni vida en común con nosotros». El objetivo, evidente, es hacerles la vida imposible para que se vayan. Para Lutero el remedio efectivo es el que ha puesto en práctica la «sabiduría común de otras naciones, como Francia, España, Bohemia», es decir, su expulsión definitiva del país. «Yo pienso esto: si queremos seguir siendo inmunes a la impiedad de los judíos y no ser partícipes, entonces debemos separarnos y deben ser expulsados de nuestra tierra, que se acuerden de su patria». Deben ser expulsados como «perros rabiosos». «Yo», escribe Lutero, «he hecho mi deber: ahora que otros hagan el suyo. Yo no tengo culpas». Es una absolución cargada de infaustos presagios.

Lutero, como padre espiritual de la Alemania moderna, tiene una responsabilidad muy grave en el proceso de odio que se desarrolló contra los judíos. Las páginas «siniestras» de su panfleto, sus palabras «indefendibles», justifican la llamada a capítulo que hizo en el proceso de Núremberg el nazi Julius Streicher, para el cual Martín Lutero «hoy estaría seguramente en mi lugar en el banquillo de los acusados». Una denuncia confirmada por William Shirer, uno de los más ilustres historiadores del nazismo, así como, indirectamente, por el hecho de que «hoy los escritos polémicos de Lutero contra los judíos no aparecen en ninguna de las ediciones en alemán contemporáneo». En verdad -supuesto que fueran necesarios otros elementos para juzgar mal a Lutero- estas páginas son vergonzosas.



M. Burghesi



 

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