Razón del miedo
Miedo
es la inquietud que se siente ante la representación de
un mal. El pánico no es su forma suprema; es una
emoción cualitativamente distinta porque está suscitada
por un mal inminente que provoca bloqueo e inacción. El
mal presente produce dolor; pero en el miedo hay
anticipación, presunción de un mal que todavía es
virtual, imaginativo, sólo mental. Se teme no lo que es
en acto, sino en potencia. Parece absurdo un sentimiento
penoso cuyo fundamento, aunque posible, es irreal; pero
es una emoción orientadora y fértil, aunque no
exclusiva de la especie humana.
El hombre es un ser asustado. Mucho antes del uso de
razón, se siente dominado por un genérico miedo al
dolor y a la soledad. El maduro enfrentamiento con la
realidad suscita otros miedos: al mercado de bienes
necesarios o suntuarios, a la competencia o agresividad
del prójimo, y a la muerte. Estos temores son esenciales
para la existencia humana; su ausencia es gravemente
desestimulante y, en definitiva, letal porque vivir es
permanecer en estado de alarma.
Sin el miedo a la soledad, el niño no podría
sobrevivir, porque únicamente puede perdurar al abrigo
de otros, sobre todo del maternal. En los primeros años,
aislarse sería suicidarse. El infantil miedo a perderse
viene exigido por su menesterosidad natural. Es un temor
imprescindible y eficaz. No es un absurdo, es un
imperativo de racionalidad obvia.
La sociabilidad del adulto es difícilmente separable del
miedo a la soledad. Se busca al amigo, al vecino, al
colaborador, y también al amante, aunque en este último
caso presione, además, el instinto genésico. Estar
sólo es una carencia que atemoriza. Superarla es
posibilitar la continuidad de la especie, el trabajo, la
solidaridad, el amor y el progreso. El miedo a la
reclusión robinsónica es un dinamismo radical.
Vivir es consumir, necesitar bienes. El adulto ha de
cuidar de sí mismo, ha de prever y proveer. El temor a
la menesterosidad mueve a formarse y a producir. La
fabulosa hipótesis de Jauja no es otra cosa que la
eliminación ideal de todo miedo a la pobreza. Tal lugar
no existe. Innumerables necesidades en potencia son el
estímulo del esfuerzo humano. Sin miedo a la indigencia
se desaceleraría la Historia hasta aproximarse a la
entropía social máxima.
Se teme a la inseguridad física y a la incertidumbre de
la propiedad que imperan entre irracionales, la
impropiamente llamada ley de la selva, que es simple
anomia. Y ese temor mueve a configurar las sociedades
políticas o a integrarse en ellas. La ciudadanía no
suprime el miedo, sino que lo transforma y sublima: el
miedo universal e indeterminado es sustituido por el
concreto y previsible a los usos y normas penales. Una
vez constituido el Estado, su fundamento real es la
amenaza de coacción legítima. Cualquier otra
interpretación es utópica. La fuerza de las leyes es
proporcional a su capacidad ejecutiva real. No otra es la
situación en ámbitos superiores: el relativo orden
internacional es o hegemonía de una superpotencia o
amenaza disuasoria de otras. Es, en definitiva, la
consecuencia de miedos colectivos. En todas sus formas,
el Derecho entraña coacción, y se volatiliza cuando
deja de inspirar temor. La convivencia pacífica es
compatibilización de los intereses individuales en
función de normas constrictivas. Sin intimidación que
amedrenta no hay Estado. La seguridad colectiva es fruto
del miedo.
La sociedad política subsume los plurales miedos al otro
en el miedo al soberano y sus agentes. Se reglamenta la
resolución de las pretensiones contrapuestas y, a veces,
excluyentes. La guerra de todos contra todos se limita.
El otro ya no es un agresor, sino un concurrente. Ese
salto convivencial es consecuencia del miedo. Poco a poco
se van ampliando los ámbitos de solidaridad: de la
inaccesible cueva al recinto castreño, de ahí a la
ciudad amurallada, luego al Estado y, finalmente, a la
ecumene. Se ritualiza la lucha darwinista, se renuncia a
la ley personal del físicamente más fuerte. Ese
repliegue nace del miedo de los más débiles y del miedo
del poderoso a la coalición de los demás. La especie
multiplica sus posibilidades de avance cuando el otro
deja de ser un enemigo mortal. El miedo a ese terrible
escenario resulta pacificador. La racionalización del
temor es lo que denominamos paz.
El nervio de la convivencia institucionalizada es el
miedo a la ley. En las sociedades imperfectas, que lo son
todas, se añade el desasosiego ante las facultades
discreccionales del gobernante que arbitrariamente
favorece o posterga. El aspirante a participar en el
poder ha de observar sin pausa los gestos del soberano
para atenerse a ellos, temeroso de caer en su desgracia.
El simple súbdito ha de optar entre el consenso dócil o
la disidencia al precio del ostracismo, quizás temporal,
Pero la mayoría de los discrepantes tampoco se libra del
temor a desagradar a su líder de la oposición. No hay
disciplina partidista sin amenaza. Es imposible escapar a
la coacción de la ley, y es muy dificil liberarse del
temor político, incluso en los regímenes menos
despóticos. Pese a las retóricas populistas, los goznes
axiales de la cosa pública son el gendarme y el
recaudador, y su máquina oscila entre el pavor y el
temor. No es una sinrazón porque, como quintaesencia el
refranero, el miedo guarda la viña.
El temor a la insatisfacción es el resorte de la
invención creadora, utilitaria en muchos,
autorrealizadora en algunos. Muchos descubrimientos son
producto de miedos a insatisfacciones o a frustraciones.
En un paraíso ultraterreno donde no exista el miedo no
hay lugar para la investigación ni pura ni aplicada. En
el mundo se sabe porque se teme.
Y el miedo a la muerte obliga a planificar una existencia
limitada y, sobre todo, mueve a la religiosidad y a la
adquisición de méritos para otro mundo. Los inmortales
no han de esforzarse en ser buenos: ni los
bienaventurados ni los proscritos mejoran o empeoran
éticamente. El miedo a la muerte es un poderoso factor
de moralización y de ordenación de las existencias
individuales. Dios es independiente de las emociones
humanas, pero los hombres le temen. Ese sentimiento ha
sido uno de los más fecundos de la Historia.
El terrorismo es la explotación maligna del miedo; es
estéril porque nace del rencor y de la venganza; es
inhumano por su zoológica crueldad; es involutivo porque
sólo es demoledor; es demencia, pasión y nihilismo.
Hay en el hombre algo de gacela pávida y, por tanto, en
vigilia y riesgo. Pero los temores humanos no suelen ser
sólo vías de supervivencia, son también motores de
progresiva racionalización. Los desazonantes miedos
azuzan al logos. Así es el "homo sapiens",
aunque quepa concebir otro subjetivamente mejor.
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