Clero politizado
Con
motivo del nombramiento de monseñor Marcelo González
Martín, nuevo arzobispo coadjutor con derecho a
sucesión de la diócesis de Barcelona, en mayo de 1966,
se desencadenaron protestas callejeras, protagonizadas
fundamentalmente por sacerdotes disidentes, que con
rebeldía aireaban la consigna de «Volem bisbes
catalans» (Queremos obispos catalanes). Muchos de ellos
después colgaron los hábitos.
Difícil misión le esperaba a Don Marcelo -una de las
mentes más lúcidas y cultas del episcopado español-
ante esta oposición de índole esencialmente política,
desconocida hasta entonces. Los cinco años y medio que
ocupó la Sede barcelonesa padeció este sufrimiento
moral hasta que fue nombrado en 1971 Primado de España
en Toledo, sucediéndole en la Ciudad Condal el Dr.
Narciso Jubany.
En este ambiente de subversión clerical, el día 11 de
mayo de 1966, mientras pasaba consulta en mi despacho
profesional de la calle de Venezuela, por la mañana, con
la sala de espera llena de pacientes, se presentaron dos
sacerdotes jóvenes con la intención de que les
atendiera enseguida. Tras solicitar permiso a las
personas que esperaban su turno en el consultorio, les
hice pasar a la sala de reconocimiento. Se trataba del
vicario de la Parroquia y un compañero suyo a quien yo
no conocía.
Al preguntarles el motivo de su urgente visita, me
explicaron que aquella mañana habían participado en una
manifestación protagonizada por un grupo de sacerdotes,
desde el Obispado hasta la Comisaría de Policía de la
Vía Layetana, en señal de protesta por la detención de
algunos estudiantes. Al llegar a las dependencias
policiales, fueron dispersados por la fuerza pública.
En el reconocimeinto practicado, observé la presencia de
hematomas y señales de contusiones en la región dorsal
del tronco. La exploración sistemática, clínica y
radiológica, no ofrecía otra sintomatología digna de
interés. Les tranquilicé, confirmando la
superficialidad de las lesiones, que se resolverían en
breves días con un simple tratamiento tópico.
Me dijeron también que antes de acudir a la consulta
pasaron por el fotógrafo para que quedara constancia
gráfica de las lesiones, y deseaban que se extendiera el
parte médico de asistencia a efectos judiciales.
Teniendo en cuenta que tenía el consultorio lleno, con
pacientes que esperaban largo tiempo, la inoportuna hora
del día y la larga distancia que me separaba del Juzgado
de Guardia, dificultaban cursar con rapidez el parte
médico. Resolvimos, de común acuerdo para agilizar los
trámites, remitirlos al Hospital Clínico Provincial,
donde un colega que estaba de guardia haría las
gestiones oportunas con celeridad, a través del libro
correspondiente que teníamos para tales contingencias.
Casualmente, aquella misma tarde acudió a mi consulta un
oficial de la Policía Armada que estuvo en el lugar de
los hechos, relatándome detalladamente lo sucedido. Se
trataba de una manifestación no autorizada y prohibida
por el Gobierno Civil. Los sacerdotes congregados en el
patio del palacio episcopal de Barcelona fueron
advertidos, por el obispo Dr. Gregorio Modrego Casaus, de
la ilegalidad de sus propósitos y que por orden de la
autoridad competente debían disolverse regresando a sus
respectivos domicilios ordenadamente. Desatendiendo la
admonición episcopal, emprendieron la marcha
multitudinaria, ascendiendo por la Vía Layetana en
dirección a la Jefatura Superior de Policía. Durante el
breve trayecto, fueron invitados por miembros de la
Brigada Social a dispersarse varias veces, en evitación
de serias consecuencias. Fueron desestimadas
violentamente estas advertencias, llegando finalmente a
las puertas de la Comisaría, en cuyo momento fueron
contundentemente disueltos por la policía, emprendiendo
los manifestantes veloz huida al comprobar que se habían
terminado las consideraciones.
Di por supuesto que tan lamentable incidente de orden
público había terminado sin mayor trascendencia, pero
no fue así. El domingo siguiente, como era habitual,
asistí a la Misa de la Iglesia provisional que teníamos
en el barrio, cuyo celebrante era el coadjutor al que
días antes había atendido en mi consulta, con quien
tenía cierta amistad a través de algunos pacientes
indigentes o muy modestos que acompañaba al consultorio
y trataba desinteresadamente. Mi asombro fue mayúsculo
cuando al llegar el momento de la homilía -prescindió
del comentario del Evangelio-pronunció un mitin
demagógico, relatando peyorativamente lo sucedido en la
aludida manifestación clerical. Se despachó
encolerizado, criticando incisivamente a los medios de
comunicación social, prensa, radio y televisión,
insistiendo con énfasis en que no dijeron la verdad. La
inmensa mayoría de fieles que asistían a la
celebración, ajenos a lo ocurrido, quedaron
desconcertados. Soporté estoicamente el beligerante
discurso sacerdotal. Al término de la Misa -a pesar de
que me esperaba un coche en la puerta del templo para
atender una urgencia, me dirigí a la sacristía para
manifestar mi absoluta disconformidad al sacerdote por
tan deplorable e inoportuna perorata, impropia de su
ministerio, que además no se ajustaba a la realidad de
los hechos. Había intervenido como médico y tenía
conocimiento directo del caso.
Sorprendido el vicario por mi actitud que no esperaba, me
preguntó con cierta preocupación, cuál era su
situación después de tan grave equivocación y qué
medidas creía que debía adoptar para subsanar el error.
Le aclaré que mi postura era esencialmente apolítica y
le censuraba exclusivamente a título personal, como
ciudadano español y profesional universitario.
Consideraba inadmisible un proceder tan bochornoso
soliviantando a los feligreses que acudíamos al templo
para orar y buscar un camino de perfección. No me movía
por consiguiente una opción temporal, sino
exclusivamente espiritual y no pensaba denunciarle. Solo
esto último le interesó y tranquilizó.
La actual crisis de la Iglesia española tiene sus
causas.
|