Razón Española, nº 110; De nacionalismo

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De nacionalismo

Por A. Castro Villacañas

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De nacionalismo

El presidente del Partido Nacionalista Vasco ha escogido el verano -finales de julio, comienzos de agosto- para dar a conocer desde el extranjero, concretamente por medio del diario polaco Gaceta Wyborcza, cuáles son las auténticas características del movimiento político que él dirige. Aunque acostumbra Arzalluz a enmascarar su pensamiento, de tal modo que en cada momento sólo dice lo que le conviene escuchen sus oyentes, no consigue del todo sus propósitos y entre sus meditadas líneas o entre sus cuidadas palabras siempre se le escapan ideas y conceptos que denuncian la falsedad. Veamos un ejemplo, tomado de las declaraciones efectuadas al citado periódico: Arzalluz hace en ellas hincapié en que su partido, el PNV, no ha tenido nunca nada que ver con la banda terrorista ETA, pero en otro momento se declara convencido de que «ETA surgió de la acción de los servicios de inteligencia vascos que trabajaban para Estados Unidos». Yo también creo que la CIA y sus antecedentes -el coronel Donovan y sus muchachos, por ejemplo- trabajaron en la Segunda Guerra Mundial; por ello y para ello crearon, instruyeron, dirigieron y pagaron unidades o células de información y acción, reclutadas entre los sectores nacionalistas y marxistas vencidos por Franco y entre los con él vencedores en nuestra guerra pero de él disidentes en la paz. Queda pendiente, pues, que el antiguo jesuíta explique cómo el PNV, dirigente de los servicios vascos de inteligencia que trabajaban para los Estados Unidos, no ha tenido nunca nada que ver con la organización terrorista por ellos creada. La verdad es que, como reconoce indirectamente en otro párrafo, «para nosotros el asunto ETA siempre ha sido y sigue siendo alto primordial». Y tanto. Como lo son siempre los hijos para los padres, primero mientras los crían y educan, hasta la muerte después, aunque hayan puesto casa propia y vivan y trabajen a su manera.

Este no es, sin embargo, el motivo del presente comentario. Tampoco lo es que en dichas declaraciones el nacionalista Arzalluz se confiese abiertamente separatista. Está claro -todos coincidimos con él- que cambiarían muchas cosas si Vasconia se separara del resto de España. No menos diáfano está que él no se siente ni un ápice español. Pero de modo deliberado sigue enturbiando por qué, cómo y cúando dejó de sentirse español, si sus padres y sus maestros públicos y notorios le enseñaron todo lo contrario. No nos explica tampoco cuál es la verdadera razón de su confesada preferencia por los presos de ETA, sus padres y sus familias, y por tanto su enmascarada predilección por los terroristas libres y activos. Afirmar que para él lo primordial es que los etarras -todos ellos- son vascos, «son de aquí», equivale a volver a asesinar a todas las víctimas de la banda terrorista, pues priva de su vida y condición vasca a los no etarras asesinados en aquella tierra, a sus padres y demás familiares, y clasifica como muertos de tercera categoría, a los asesinados andaluces, catalanes, madrileños, etc., y como ciudadanos prescindibles o indignos de tenerlos en cuenta a sus padres, hijos y demás componentes de su desgarrada familia. Una verdadera revelación de la condición de tan destacado ex-sacerdote.

Creo haber descubierto -mejor dicho, haber confirmado- mediante la lectura de tan citadas declaraciones que el pensamiento nacionalista vasco tiene demasiadas y sospechosas coincidencias con el que la historia de la humanidad nos revela como propio de los pueblos primitivos. En efecto: da pruebas de poseer una mentalidad débil, incapaz del necesario desarrollo, quien no expresa su pensamiento con teorías sistemáticas o mediante abstracciones más o menos generalizadas, sino con palabras que manifiestan contenidos sociales reaccionarios, cuando no sirven para ocultar o disimular lo que luego descubre su conducta. Un hombre revela su debilidad mental cuando no da a conocer su pensamiento de un modo explícito y abstracto, sino implícito y concreto. La escasa propensión a hablar, y sobre todo a hablar con claridad y para cualquiera, es una consecuencia y una prueba de que quien así actúa padece una inmovilidad mental casi siempre engendrada más por un voluntario aislamiento social que por un aislamiento impuesto. En un claro ejemplo de círculo vicioso, esa misma especie de inmovilidad conduce a un progresivo aislamiento de los hombres y de los pueblos que la sufren y protagonizan. Las declaraciones de Arzalluz a La Gaceta polaca me han revelado que también existen pseudointelectuales que cuando especulan sobre organizaciones sociales y otros artilugios semejantes demuestran ser en realidad unos prealfabetos políticos. Como antiguo cura de almas y como actual pastor de un escogido rebaño, Arzalluz siempre ha conocido muy bien y diferenciado individualmente a todos y a cada uno de sus parroquianos lo que le permite calcular el beneficio o provecho que pueden proporcionarle.

Los nacionalistas, mentalmente inmóviles, políticamente anclados, se ligan de tal forma a su concreto horizonte físico y mental que ya no les entra en la cabeza ninguna otra clase de conocimiento sociopolítico o histórico. Tal clase de dolencia no tiene fácil remedio, pues sólo puede curarse si se logra que el pueblo o la persona afectada entre en contacto con la realidad del mundo exterior al forjado por el mismo enfermo durante sus elucubraciones. Saliendo al exterior, entrando en contacto con otras realidades personales y sociales, en la mente del afectado por el virus nacionalista comienzan a producirse vivencias y operaciones que, sin debilitar en nada las relaciones que le ligan a su comunidad o a su tierra, cambian su «longitud de onda» o estructura de tal forma que proporcionan la mayor resonancia posible a la personalidad del antes limitado sujeto. Cuando esto ocurre, no solamente se hacen más claros y explícitos los dichos y los hechos de tales individuos y pueblos, sino que tanto unos como otros acceden a un superior nivel de trascendencia personal y social. La historia de España, tan rica a lo largo de los siglos en nombres y en obras de vascones, lo explica con suficiente claridad.

La aversión a todo lo extraño, que caracteriza a los débiles mentales y motiva sus conductas, está íntimamente unida a la convicción de que todo lo propio -la fisonomía, la sangre, la lengua, los usos y costumbres, etc.- es infinitamente superior a todo lo ajeno, y por ello exige de éste un trato especial, hasta el punto de convertirlo en el centro del mundo. Tal criterio es el que manifiesta Arzalluz en sus mentadas declaraciones cuando afirma: «Cada vez que el Estado ejerce una facultad, las cosas van peor que cuando esas facultades pasan a nuestras manos», «los vascos somos más ordenados y trabajadores que los españoles», «sabemos hacer las cosas mejor y con menos dinero» y «no necesitamos Madrid para nada». Lo malo de estas pretensiones no está tanto en lo que dicen, que no pasa de ser una fanfarronada, como en su contenido, pues de él se deduce lo fácil que resulta pensar en que el malo no es tan malo si es vasco, mientras que ser maketo es ya un mal indicio. Ello explica que las infracciones del orden establecido -por ejemplo, el terrorismo semanal y callejero que algunos llaman «de baja intensidad»- no se castiguen ni con la fuerza ni con la intensidad que se aplicarían si sus protagonistas no fueran vascos. El PNV se limita a expresar su reprobación moral o todo lo más cierta dosis de burla contra los aprendices del terrorismo «fuerte», porque en el fondo de su corazón y de su mente late la convicción de que tales jóvenes «son miembros de su propio grupo político y social». Una de las características del mentalmente débil es que casi siempre piensa y actúa desde la plataforma del «nosotros». Por eso se muestra sumamente comprensivo con quienes considera íntimamente parecidos y hasta incluso iguales, reservando su indignación para los extraños. Madrid, como símbolo de España, merece de modo permanente cualquier clase de repulsa. Con los parientes próximos, «con los que son de aquí», no suele ejercitarse ni la imputación de culpa ni se suele aplicar el merecido castigo.

ETA, todavía más mentalmente inmóvil que su madre política, lleva al extremo su repulsa por «los otros», por quienes no son como ellos, por los extraños, en definitiva, aunque esos «extraños», esos «otros», sean en verdad tan vascos como el andaluz, el castellano, el extremeño, el valenciano, etc. que histórica y socialmente siempre han vivido muy cerca de los vascones y han manifestado siempre tener con ellos leves diferencias. No importa. Para el nacionalismo anclado en un pensamiento fijo no existe ninguna clase de lazo -religioso, paisanaje, vecindad, cultural, etc.- que le vincule con los maketos, sencillamente porque éstos «no son de aquí», están fuera de la comunidad vasca, más allá de la frontera trazada por la débil mentalidad que tiene como límites el rh, la lengua, los bailes, los cánticos… Contra quienes «no son de aquí» es lícito, cualquier cosa que sirva para depurar a los coterráneos; en definitiva, aterrarlos, con el múltiple y temible significado que podemos y debemos dar a esta palabra.

La debilidad mental del nacionalismo se manifiesta no sólo en considerar como vitalmente enemigo suyo a cuanto sea o huela a español sino en creer que cuanto sea vasco es cuando menos superior a todo lo demás. El nacionalismo extremo ha llegado a considerar que lo euskaldún es el no va más del mundo.



 

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