De nacionalismo
El
presidente del Partido Nacionalista Vasco ha escogido el
verano -finales de julio, comienzos de agosto- para dar a
conocer desde el extranjero, concretamente por medio del
diario polaco Gaceta Wyborcza, cuáles son las
auténticas características del movimiento político que
él dirige. Aunque acostumbra Arzalluz a enmascarar su
pensamiento, de tal modo que en cada momento sólo dice
lo que le conviene escuchen sus oyentes, no consigue del
todo sus propósitos y entre sus meditadas líneas o
entre sus cuidadas palabras siempre se le escapan ideas y
conceptos que denuncian la falsedad. Veamos un ejemplo,
tomado de las declaraciones efectuadas al citado
periódico: Arzalluz hace en ellas hincapié en que su
partido, el PNV, no ha tenido nunca nada que ver con la
banda terrorista ETA, pero en otro momento se declara
convencido de que «ETA surgió de la acción de los
servicios de inteligencia vascos que trabajaban para
Estados Unidos». Yo también creo que la CIA y sus
antecedentes -el coronel Donovan y sus muchachos, por
ejemplo- trabajaron en la Segunda Guerra Mundial; por
ello y para ello crearon, instruyeron, dirigieron y
pagaron unidades o células de información y acción,
reclutadas entre los sectores nacionalistas y marxistas
vencidos por Franco y entre los con él vencedores en
nuestra guerra pero de él disidentes en la paz. Queda
pendiente, pues, que el antiguo jesuíta explique cómo
el PNV, dirigente de los servicios vascos de inteligencia
que trabajaban para los Estados Unidos, no ha tenido
nunca nada que ver con la organización terrorista por
ellos creada. La verdad es que, como reconoce
indirectamente en otro párrafo, «para nosotros el
asunto ETA siempre ha sido y sigue siendo alto
primordial». Y tanto. Como lo son siempre los hijos para
los padres, primero mientras los crían y educan, hasta
la muerte después, aunque hayan puesto casa propia y
vivan y trabajen a su manera.
Este no es, sin embargo, el motivo del presente
comentario. Tampoco lo es que en dichas declaraciones el
nacionalista Arzalluz se confiese abiertamente
separatista. Está claro -todos coincidimos con él- que
cambiarían muchas cosas si Vasconia se separara del
resto de España. No menos diáfano está que él no se
siente ni un ápice español. Pero de modo deliberado
sigue enturbiando por qué, cómo y cúando dejó de
sentirse español, si sus padres y sus maestros públicos
y notorios le enseñaron todo lo contrario. No nos
explica tampoco cuál es la verdadera razón de su
confesada preferencia por los presos de ETA, sus padres y
sus familias, y por tanto su enmascarada predilección
por los terroristas libres y activos. Afirmar que para
él lo primordial es que los etarras -todos ellos- son
vascos, «son de aquí», equivale a volver a asesinar a
todas las víctimas de la banda terrorista, pues priva de
su vida y condición vasca a los no etarras asesinados en
aquella tierra, a sus padres y demás familiares, y
clasifica como muertos de tercera categoría, a los
asesinados andaluces, catalanes, madrileños, etc., y
como ciudadanos prescindibles o indignos de tenerlos en
cuenta a sus padres, hijos y demás componentes de su
desgarrada familia. Una verdadera revelación de la
condición de tan destacado ex-sacerdote.
Creo haber descubierto -mejor dicho, haber confirmado-
mediante la lectura de tan citadas declaraciones que el
pensamiento nacionalista vasco tiene demasiadas y
sospechosas coincidencias con el que la historia de la
humanidad nos revela como propio de los pueblos
primitivos. En efecto: da pruebas de poseer una
mentalidad débil, incapaz del necesario desarrollo,
quien no expresa su pensamiento con teorías
sistemáticas o mediante abstracciones más o menos
generalizadas, sino con palabras que manifiestan
contenidos sociales reaccionarios, cuando no sirven para
ocultar o disimular lo que luego descubre su conducta. Un
hombre revela su debilidad mental cuando no da a conocer
su pensamiento de un modo explícito y abstracto, sino
implícito y concreto. La escasa propensión a hablar, y
sobre todo a hablar con claridad y para cualquiera, es
una consecuencia y una prueba de que quien así actúa
padece una inmovilidad mental casi siempre engendrada
más por un voluntario aislamiento social que por un
aislamiento impuesto. En un claro ejemplo de círculo
vicioso, esa misma especie de inmovilidad conduce a un
progresivo aislamiento de los hombres y de los pueblos
que la sufren y protagonizan. Las declaraciones de
Arzalluz a La Gaceta polaca me han revelado que también
existen pseudointelectuales que cuando especulan sobre
organizaciones sociales y otros artilugios semejantes
demuestran ser en realidad unos prealfabetos políticos.
Como antiguo cura de almas y como actual pastor de un
escogido rebaño, Arzalluz siempre ha conocido muy bien y
diferenciado individualmente a todos y a cada uno de sus
parroquianos lo que le permite calcular el beneficio o
provecho que pueden proporcionarle.
Los nacionalistas, mentalmente inmóviles, políticamente
anclados, se ligan de tal forma a su concreto horizonte
físico y mental que ya no les entra en la cabeza ninguna
otra clase de conocimiento sociopolítico o histórico.
Tal clase de dolencia no tiene fácil remedio, pues sólo
puede curarse si se logra que el pueblo o la persona
afectada entre en contacto con la realidad del mundo
exterior al forjado por el mismo enfermo durante sus
elucubraciones. Saliendo al exterior, entrando en
contacto con otras realidades personales y sociales, en
la mente del afectado por el virus nacionalista comienzan
a producirse vivencias y operaciones que, sin debilitar
en nada las relaciones que le ligan a su comunidad o a su
tierra, cambian su «longitud de onda» o estructura de
tal forma que proporcionan la mayor resonancia posible a
la personalidad del antes limitado sujeto. Cuando esto
ocurre, no solamente se hacen más claros y explícitos
los dichos y los hechos de tales individuos y pueblos,
sino que tanto unos como otros acceden a un superior
nivel de trascendencia personal y social. La historia de
España, tan rica a lo largo de los siglos en nombres y
en obras de vascones, lo explica con suficiente claridad.
La aversión a todo lo extraño, que caracteriza a los
débiles mentales y motiva sus conductas, está
íntimamente unida a la convicción de que todo lo propio
-la fisonomía, la sangre, la lengua, los usos y
costumbres, etc.- es infinitamente superior a todo lo
ajeno, y por ello exige de éste un trato especial, hasta
el punto de convertirlo en el centro del mundo. Tal
criterio es el que manifiesta Arzalluz en sus mentadas
declaraciones cuando afirma: «Cada vez que el Estado
ejerce una facultad, las cosas van peor que cuando esas
facultades pasan a nuestras manos», «los vascos somos
más ordenados y trabajadores que los españoles»,
«sabemos hacer las cosas mejor y con menos dinero» y
«no necesitamos Madrid para nada». Lo malo de estas
pretensiones no está tanto en lo que dicen, que no pasa
de ser una fanfarronada, como en su contenido, pues de
él se deduce lo fácil que resulta pensar en que el malo
no es tan malo si es vasco, mientras que ser maketo es ya
un mal indicio. Ello explica que las infracciones del
orden establecido -por ejemplo, el terrorismo semanal y
callejero que algunos llaman «de baja intensidad»- no
se castiguen ni con la fuerza ni con la intensidad que se
aplicarían si sus protagonistas no fueran vascos. El PNV
se limita a expresar su reprobación moral o todo lo más
cierta dosis de burla contra los aprendices del
terrorismo «fuerte», porque en el fondo de su corazón
y de su mente late la convicción de que tales jóvenes
«son miembros de su propio grupo político y social».
Una de las características del mentalmente débil es que
casi siempre piensa y actúa desde la plataforma del
«nosotros». Por eso se muestra sumamente comprensivo
con quienes considera íntimamente parecidos y hasta
incluso iguales, reservando su indignación para los
extraños. Madrid, como símbolo de España, merece de
modo permanente cualquier clase de repulsa. Con los
parientes próximos, «con los que son de aquí», no
suele ejercitarse ni la imputación de culpa ni se suele
aplicar el merecido castigo.
ETA, todavía más mentalmente inmóvil que su madre
política, lleva al extremo su repulsa por «los otros»,
por quienes no son como ellos, por los extraños, en
definitiva, aunque esos «extraños», esos «otros»,
sean en verdad tan vascos como el andaluz, el castellano,
el extremeño, el valenciano, etc. que histórica y
socialmente siempre han vivido muy cerca de los vascones
y han manifestado siempre tener con ellos leves
diferencias. No importa. Para el nacionalismo anclado en
un pensamiento fijo no existe ninguna clase de lazo
-religioso, paisanaje, vecindad, cultural, etc.- que le
vincule con los maketos, sencillamente porque éstos «no
son de aquí», están fuera de la comunidad vasca, más
allá de la frontera trazada por la débil mentalidad que
tiene como límites el rh, la lengua, los bailes, los
cánticos
Contra quienes «no son de aquí» es
lícito, cualquier cosa que sirva para depurar a los
coterráneos; en definitiva, aterrarlos, con el múltiple
y temible significado que podemos y debemos dar a esta
palabra.
La debilidad mental del nacionalismo se manifiesta no
sólo en considerar como vitalmente enemigo suyo a cuanto
sea o huela a español sino en creer que cuanto sea vasco
es cuando menos superior a todo lo demás. El
nacionalismo extremo ha llegado a considerar que lo
euskaldún es el no va más del mundo.
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