Razón Española, nº 110; ¿Ejerce Rusia su propio control?

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¿Ejerce Rusia su propio control?

Por J. L. Barceló

De nacionalismo indice Clero politizado

¿Ejerce Rusia su propio control?

Se está cumpliendo el décimo aniversario del llamado «Golpe de Agosto», que durante el verano de 1991, azotó no solo los cimientos de lo que quedaba de Unión Soviética, sino que tuvo atemorizado al resto del mundo. El otro aniversario es simbólico en el derrumbamiento del imperio soviético: hace un año que el submarino Kursk se hundió en el Mar de Barents. Entre las reflexiones más atractivas del último decenio está la protagonizada por el economista estadounidense Lyndon LaRouche que ha anunciado ya su intención de presentarse a las Elecciones Presidenciales de los Estados Unidos del 2004. LaRouche acudió a la Duma rusa el pasado 29 de junio y habló ante 150 diputados y asesores gubernamentales, rodeado por un nutrido elenco de científicos. La tesis de LaRouche se centra en la necesidad de establecer lo que denomina un «Puente Terrestre Euroasiático» para salvar al mundo de una crisis de su proceso de globalización. El puente, un caramelo para los rusos en su actual situación, consistiría en una serie de redes de autopistas y trenes de alta velocidad que enlazarían Europa Occidental y Rusia con el Lejano Oriente, cerrando un circuito de accesos sobre Africa del Norte y Oriente Medio. LaRouche defiende asimismo que se está produciendo un hundimiento de la burbuja de la «nueva economía» en los países Occidentales o industrializados lo que, contrastado por algunos otros analistas económicos, ha hecho crecer la autoridad de LaRouche.

Lo que no exime a LaRouche de dosis muy elevadas de optimismo acerca de lo que Occidente pueda llegar a hacer con Rusia. LaRouche sostiene tres paradigmas fundamentales que podrían sintetizarse en que es imposible salvar al sistema financiero mundial actual mediante trucos inflaccionarios, hay que crear oportunidades de generar un auge económico mundial construyendo corredores de desarrollo de unos cien kilómetros de ancho a través de Eurasia, en lo cual Rusia cobra una importancia decisiva, «como potencia europea y asiática» -según sus propias palabras-, y tercero y último se están dando una serie de acontecimientos positivos en Eurasia que demuestran la posibilidad de realizar el llamado «Puente Terrestre Euroasiático». Por todo lo cual, LaRouche concluye defendiendo, desde tesis de sospechosa renovación de las argumentaciones geopolíticas, que es llegado el momento de inspirar a las grandes potencias un nuevo acuerdo internacional al estilo de Bretton Woods con tipos de cambios fijos.

¿Por qué un candidato a la Presidencia de los Estados Unidos defiende la potenciación del bloque geopolítico euroasiático de forma tan radical? Puede que el temor cierto a un derrumbe de los sistemas financieros internacionales. Puede que un temor cierto a un nuevo bloque geopolítico se conforme a partir de los posibles éxitos de la unión política y económica europea, más burocrática que política, pero con cierta verosimilitud. En este mismo sentido, existen serias dudas acerca de lo que en realidad es Rusia. Con apenas un territorio bien contorneado, y ahora redefinido tras la caída del Muro de Berlín y el Golpe de Agosto de 1991 que llevó a la URSS al colapso político, la Federación de Rusia no es más que un espejismo de su antigua identidad nacional definida siguiendo los criterios de estado-nación de la politología tradicional. Si bien es cierto que aparentemente cuenta con un idioma, un territorio, un pueblo, una cultura, una religión y una historia comunes, no es menos cierto que estas propiedades son más bien difusas o poco definidas, y diluidas en un entramado de territorios, pueblos y minorías étnicas y religiosas que no cooperan en la idea de la unidad nacional, sino todo lo contrario, tienden a la dispersión y a la pluricentralidad o a la negación de lo ruso.

El profesor Robert Service, de la Universidad de Londres, en su recién publicado libro Historia de Rusia en el siglo XX, afirma que la «enormidad de Rusia resulta más un problema que una ventaja», con enemigos potenciales al oeste, al este y al sur. Cabría inclinarse además por la creencia, aún no generalizada entre los estudiosos de Rusia, antaño autodenominados con el hermético calificativo de sovietólogos, que Rusia cuenta con un hecho de singularidad sobre el que no cabe aplicar reglas generalizadas y que impide su estudio desde un punto de vista academicista. Habría entonces que prever unas reglas que le sean propias, y que tendrían que ver con esa extraña deriva histórica de Rusia, paciente, propia e incapaz de acoplarse a los ritmos que rigen al resto del mundo.

Ahora acechan noticias inquietantes sobre Rusia, con magnates como Borodin o Gusinski que son buscados bien por la justicia internacional, bien por la propia de Rusia, que pide su extradición. El fenómeno de la pérdida de orgullo ruso por parte de sus ciudadanos, es un hecho patente, que ve como la arrogante estación MIR cae en picado sobre el Oceáno Pacífico, se le hunden submarinos nucleares con la tripulación dentro, o acampa la rapiña de la corrupción en una Administración que no busca la eficacia, sino que tiene como objetivo el enriquecimiento objetivo de sus máximos dirigentes.

A la sombra del fallecimiento de Vladimir Semitchastny, ex director del KGB que murió en Moscú a la edad de 77 años el pasado 12 de enero, cabe reflexionar sobre el curso del gran imperio ruso, y si tiene el control sobre sí mismo o incluso si alguna vez ha sido posible tener control sobre Rusia. El general Semitchastny fue uno de los artífices del complot de octubre de 1964 en el seno del Politburó para destituir a Khruschev, el número uno soviético y sustituirlo por Leonid Brezniev, mucho menos imprevisible. Director del KGB de 1961 a 1967, Semitchastny no fue finalmente recompensado por Brezniev, quien lo destituyó en 1967 y nombró viceprimer ministro del Gobierno ucraniano. Tiempos de guerra fría en su máxima expresión, y tiempos en los que los complots se entretejían en los pasillos de los temidos edificios de la avenida Lublianka. Parece que ya ni siquiera los propios Servicios Secretos rusos tienen el control sobre sus propias actividades, en lo que en tiempos de Khrushchev ya fue una división entre el poder político y el interno sobre el control de los servicios secretos. O sí, pues se los reclama insistentemente cuando las cosas no funcionan por lo normal, si es que en Rusia existe algo normal. El mismísimo presidente ruso Vladimir Putin acaba de rehabilitar la bandera roja como enseña del ejército ruso, y ha restablecido el viejo himno nacional de la Unión Soviética sobre el de la transición rusa escrito por el músico Mijail Glinka. Probablemente uno de los objetivos no escritos asumidos por este Presidente -antaño coronel del KGB-, sea el de restituir aquellos símbolos con los que el pueblo ruso se identificaba mejor, como manera de contribuir a rehabilitar el orgullo nacional.

Actualmente, los problemas que acechan sobre el territorio de la poliforme CEI (Confederación de Estados Independientes), una entelequia instaurada por Mijail Gorbachov apenas inexistente, se intentan controlar sobre la base de guerras o guerrillas en las que intervienen las minorías étnicas o religiosas, el fundamentalismo islámico y el terrorismo internacional. Tal es el caso de las guerras de Chechenia, o la que padece Georgia sobre el territorio de Abjacia, sumidas en el olvido por parte de los medios de comunicación internacional, pero que aún cuestan muertes, como los tres soldados rusos fallecidos el 14 de enero en un atentado terrorista checheno coincidiendo con la visita a la región de una delegación del Consejo de Europa, o el soldado ruso muerto en la ciudad chechena de Maly Atagi, en la región central de Shali en las mismas fechas. Todas las semanas hay atentados y en algunos de ellos, fallecidos.

Una noticia muy poco conocida es que tan delicada situación obligó al Presidente Putin a transferir el pasado día 22 de enero el control de la guerra en la república separatista de Chechenia del ministerio de Defensa a la policía secreta. Efectivamente, Putin firmó un decreto dando a Nikolai Patrushev, director del Servicio Federal de Seguridad-FSB, plena autoridad sobre la conducción de la guerra contra los separatistas chechenos. Putin también anunció que las fuerzas de seguridad en la región serían reducidas, tal como lo había prometido previamente, pero no dijo cuando ni mencionó la cifra. La orden de transferir la responsabilidad del combate al Servicio de Seguridad Federal fue dada tras meses de lucha de baja intensidad en que decenas de soldados rusos han muerto en emboscadas. El portavoz del FSB, Alexander Zdanovich, dijo en una rueda de prensa que la decisión de Putin no descarta la utilización, en caso necesario, de efectivos del ministerio del Interior, pero que el énfasis actual es la utilización de fuerzas especiales. «Esta decisión del presidente no fue algo espontáneo. Ya hemos discutido muchos temas y éste es el resultado final, se trata de intensificar y concentrar nuestras fuerzas», dijo, agregando que las operaciones se concentrarán ahora en el combate de las pequeñas bandas de rebeldes separatistas y ataques específicos contra sus comandantes.

Sergei Yastrzhhembsky, portavoz del Kremlin en la guerra que ha durado 16 meses, no especificó la cantidad de soldados que a estas alturas han debido ya ser retirados de la provincia montañosa del sur de Rusia. Yastrzhembsky dijo que los detalles del repliegue se anunciarían después, pero que la 42ª División Motorizada, con cerca de 15.000 efectivos y por lo menos una brigada de tropas del ministerio del Interior, permanecerán permanentemente en Chechenia. La agencia de noticias Interfax confirmó la noticia y citó a Putin diciendo que una división del ejército con un total de 15.000 efectivos y una brigada del ministerio del Interior, de hasta 7.000 soldados, estarán basadas permanentemente en esta región meridional rusa. El ejército ruso ha reducido poco a poco su presencia, que alcanzó su máximo con 100.000 soldados desplegados durante los combates que terminaron la primavera pasada.

Putin afirmó que la responsabilidad dada al Servicio de Seguridad Federal no significa una reducción de la presión a los rebeldes, ni un fin del operativo militar, sino un cambio de táctica, que nos lleva a pensar más bien en una manifiesta pérdida de control efectivo sobre la guerra por parte de los militares. Hasta ahora, en el combate a los rebeldes, Rusia ha utilizado tropas regulares del ejército, policía paramilitar, tropas del ministerio de Justicia, guardias fronterizos y otras fuerzas. Las tropas rusas entraron en Chechenia en 1999 después de que los rebeldes invadieran una provincia rusa vecina, y tras una serie de atentados contra edificios de apartamentos en Moscú y otras ciudades que dejaron un saldo de unos 300 muertos. Asimismo, controlan sobre el papel la mayor parte de Chechenia, pero los soldados siguen siendo objeto de continuas emboscadas. Según fuentes ministeriales rusas, alrededor de 3.000 han perecido durante la campaña.

La necesidad de que el control sobre las actividades de vigilancia y disuasión militar o policial hayan sido derivadas hacia la policía secreta no es más que de la ineficacia de los sistemas habituales y una muestra del grado de descomposición del Ejército ruso, desposeído de orgullo, minimizado en medios y recursos y cuyos hombres no son recompensados debidamente. La situación que vive Rusia hoy no es segura ni para sus propios habitantes ni para el exterior. No resulta irónico que Rusia haya sido catalogada recientemente, junto con Colombia, como uno de los países más peligrosos del mundo para los periodistas, según la Asociación Mundial de Periódicos, en un comunicado que se hizo público el pasado mes de enero y en el que se ponía de manifiesto que diez reporteros fueron asesinados el año pasado en Colombia y seis en Rusia.

Cabría preguntarse entonces qué es lo que hace un candidato a la Presidencia de Estados Unidos hablando ante la Duma rusa y proponiendo soluciones compartidas.



 

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